Capítulo 1
Cierro los ojos en un intento de controlar un poco mi respiración agitada, la epinefrina inunda mi cerebro, dándome una descarga de adrenalina que me deja aturdida. Siento el latido errático de mi corazón golpeando fuertemente mi pecho, en el mismo instante que dejo salir pequeños gemidos de mi garganta, muerdo mi labio inferior en un intento desesperado de contenerlos. Mi pecho sube y baja, arqueando mi espalda en una mejor postura para que mis pulmones se expandan buscando oxígeno.
—Mas lento, Kitten —ordena Rick.
Cada vello de mi piel se eriza, mis poros se abren y jadeo cansada, sintiendo cómo las gotas de sudor se resbalan por mi frente. Cuando ya no puedo más, cambio mis movimientos por un ritmo más suave y lento, bajando la velocidad de apoco hasta que por fin me detengo por completo y bajo de la bicicleta fija.
Quito mis audífonos, después de pausar la música para escuchar la voz de Richard, quien me mira con reproche.
—¡Dios! Estoy muerta, pero logré superar mi récord —suspiro cansada, tratando de ignorar su mirada.
—Siempre te excedes, vas a hacerte daño uno de estos días —gruñe.
—Amargado.
—Hablo en serio, Kitten.
—Lo sé —ruedo los ojos.
Llevo seis meses en Madrid con Black, y todos los viernes en la tarde venimos al gimnasio para hacer solo cardio. Los miércoles me enseña defensa personal, cuando terminamos el entrenamiento, yo le enseño a bailar salsa, y los lunes hacemos yoga en casa.
—¿Quieres ir a comer algo? —pregunta cuando salimos de las duchas.
—No, solo quiero ir a casa y vegetar por no sé cuánto tiempo.
—Entonces yo hago la cena —murmura mientras mira su celular —¿o quieres pizza?
—Lo que sea.
No estoy de buen humor hoy. No fue un buen día en el trabajo, odio a la gente, sobre todo a los clientes quisquillosos y preguntones. Mi nueva fantasía es poder aventarle una silla en la cabeza a uno de ellos.
—Haré pasta, entonces —se encoje de hombros.
Los últimos meses me he mantenido ocupada, aprendiendo un nuevo pasatiempo casi cada semana, cortesía de Rick. Fundamos una empresa de seguridad aquí en Madrid y nos ha ido muy bien, a pesar de que yo no tenía la menor idea de lo que hacía. Richard me está enseñando defensa personal, manejo de armas y una vez al mes, vamos a un club donde hay paredes para escalar.
Sé que ha pasado poco tiempo, pero cada día extraño muchísimo a Leonard. Desde que llegué no he sabido nada de él, me debe odiar por haberlo dejado, y no lo culpo si quisiera hacer su vida con otra persona.
Pensé que aclararía mi mente, que dejaría de pensar en él si estábamos lejos. Es inútil, mi estúpida cabeza masoquista, no quiere dejarme en paz. Eso, y que seis meses sin sexo tampoco ayudan. Mi nuevo vibrador no se compara con el real.
—Llegamos ¿Vas a quedarte ahí? —la voz de Richard me saca de mis pensamientos.
Parpadeo un par de veces, mirando a todas partes solo para corroborar que ya estamos en el estacionamiento subterráneo del edificio donde vivimos. No es de sorprenderse, el gimnasio no queda muy lejos y yo me entretuve pensando idioteces, como siempre.
—Hoy estás distraída —comenta en el ascensor.
—Tuve un mal día.
—Lo sé, Ana me lo dijo —masculla —el Señor Rodríguez es una pesadilla. Deberías reunirte mejor con su esposa.
Claro que Ana mantiene al día a Rick sobre todo lo que hago o no en mi oficina. Maldita chismosa. No voy a negar que es buena idea hablar con la Señora Rodríguez, pero eso no le quita lo metiche a mi secretaria número dos. Ya estoy harta de ella.
—Deja de Follarte a mi secretaria, Rick. Si quieres saber lo que hago, solo tienes que llamarme, no meter espías en mi oficina —gruño antes de caminar dentro del departamento.
Comparto un lujoso penthouse con Richard, ubicado en el centro de Madrid, muy cerca de nuestra empresa, y de casi todo, en realidad. A pesar de lo grande del lugar, no tenemos un ama de llaves permanente, ya que no estamos aquí gran parte del día. Un sujeto llamado Juan, viene por unas horas a limpiar, meter ropa en la lavadora, y luego se va. Nosotros nos encargamos de la cocina, más que todo Rick porque yo odio cocinar.
—No la uso como espía —se ríe —No es mi culpa que no tengamos nada mas de que hablar después de follar. La tienes traumada, y ella cree que yo haré algo al respecto.
Recuerdo esas noches de sexo vacío, donde no tenemos nada de qué hablar luego, porque no sabemos nada mas que nuestros nombres. Solo esperamos que el silencio incomodo sea suficiente para que alguno de los dos se levante y salga.
—Pobre chica, cree que le importas —ruedo los ojos —Si tanto te compadeces de ella, entonces te la asigno y yo busco a uno de los pasantes. Incluso ellos parecen más competentes y menos probables que te los folles en el cuarto de fotocopiadoras.
—¿Celosa? —se burla.
—¿De que tengas sexo y yo no? Obvio. Seis meses no es poca cosa, Rick.
—Te dije que puedo presentarte a alguien decente.
—Ya veremos —mascullo con fastidio.
Camino sin ganas hacia mi cuarto, no sin antes tomar a Zanahoria en mis brazos y dejarlo sobre la cama. Mi mente divaga en tonterías como siempre, pensando en lo impresionante que es pasar seis meses sin sexo. Por increíble que parezca, es lo máximo que he estado sin tener relaciones desde que perdí la virginidad. Ese pensamiento me lleva nuevamente a Leonard, haciéndome suspirar con tristeza.
—Soy una tonta ¿Cierto? —pregunto a mi gato como si entendiera —mejor no me respondas, sería perturbador si lo hicieras.
Voluntariamente me adentré en un odioso espiral de abstinencia sexual y despecho emocional, por el simple hecho de no saber qué hacer con mis sentimientos.
Debería decirle a Rick que me presente a uno de sus amigos, el problema es que los que he visto parecen muy sosos. Incluso Miller parece coger mejor que ellos.
Hablando de John, supe que se alteró cuando se dio cuenta de que me fui del país sin decirle nada. Richard habló con Luci, una semana después de venir aquí, y ella dijo que Miller armó todo un espectáculo en mi departamento, incluso rompió uno de los feos jarrones que mi madre me había obligado a conservar.
Estuve tentada a llamarlo y explicarle. Mis sentimientos por él son complicados, a pesar de estar enamorada de Leonard, aun así, siento que no quiero perder del todo a John. Ni siquiera yo me entiendo.
*****
Unas horas más tarde, y una crisis existencial, después de la cena, me siento en uno de los sillones de la sala, encontrando al pelinegro sentado en uno de ellos, con un vaso de whisky en la mano y su celular en otra. Su expresión de concentración parece más una mueca disgustada.
Lo detallo un poco, cabello negro un poco largo, cuerpo delgado, aunque sé de buena fuente que hay músculos debajo de esa camisa de lino. Sus ojos son tan oscuros que no sé de qué color son, podrían ser negros o un marrón muy muy oscuro, no lo sé.
—Me estás viendo extraño, Kitten —habla sin apartar la mirada del celular.
Se me viene a la mente que cuando habla alemán, parece que te estuviera insultando. Estoy tomando clases de eso también, su idioma natal me causa mucha curiosidad, y si puedo agregar otro idioma a mi currículum, es estupendo.
Involuntariamente me río al recordar sus lecciones de alemán y la poca paciencia que tiene.
—¿Te estas riendo de mí? —me mira fingiendo estar enojado.
—No —dejo de reír para poner mi mejor cara de póker.
—Eso creí.
Nos quedamos en un silencio cómodo, cada quien concentrado en sus propios asuntos. Me acuesto en el sofá mirando el techo, pensando idioteces, hasta que me pregunto si Leonard estará pensando en mí. Lo peor es que de la nada me imagino que está con otra y me enojo sin razón.
No lo culparía por conseguirse a otra, seguramente me odia por abandonarlo. Yo lo hice, cuando me abandonó a los dieciséis, me acosté con tantas personas que realmente no llevaba una cuenta ¿Por qué él no lo haría? Cada quien pasa el despecho como quiere.
—¿Has sabido algo de Leonard? —la pregunta sale de mis labios sin poder evitarlo.
Hay un silencio después de mi pregunta. Volteo mi cabeza para mirarlo, encontrándome con sus ojos oscuros dirigidos a mí, aunque perdidos en sus pensamientos. Cuando se percata que lo observo, se acomoda en su asiento y aclara su garganta.
—Si – contesta serio – hace días me llamo para preguntarme unas cosa de trabajo.
Siento un hormigueo en el estómago y unas ganas repentinas de sonreír, aunque no lo hago, puedo reprimir mis emociones a la perfección cuando me lo propongo.
—Él... ¿sabe que estoy contigo?
Alza una ceja. Sé que fue una pregunta estúpida solo por ese gesto.
—No. Nunca le he dicho que estas aquí conmigo – me mira seriamente — ¿Quieres que lo haga?
Admito que todo en mi cabeza me grita que sí, que le diga que estoy con él para que venga corriendo a buscarme, como uno de esos protagonistas de las novelas que leo. Solo que desecho la idea cuando me doy cuenta de que eso sería tonto de mi parte. Leonard pensaría inmediatamente que lo dejé por Richard y probablemente se arme toda una historia romántica en la cabeza, lo que pondría en peligro a mi amigo.
Leonard celoso no mide los límites, o no tiene ninguno para ser precisos. No me arriesgaría a que le hiciera daño a Rick, aun sabiendo que puede defenderse. Le he tomado mucho cariño en este poco tiempo.
—No, así está bien —murmuro volviendo la mirada al techo.
—Lo que quieras —escucho sus palabras, aunque no vuelvo a mirarlo.
Me pregunto si estará hablando con él y no quiere decírmelo.
—Una cosa más —vuelvo a llamar su atención —¿Sabes si sale con alguien?
Mi pregunta parece divertirle, haciéndome sentir estúpida, pero mantengo la mirada firme para que sepa que hablo en serio.
—No lo sé, Kitten —sonríe de lado —Solo hablamos de trabajo.
Las conversaciones de hombres son de lo más aburrida ¿No hablan de nada personal? Creo que lo que concierne a sentimientos es un tema prohibido para ellos. Supongo que Richard sabría si Leonard tuviera una pareja recientemente, digo, su vocación es meter su nariz en los asuntos de los demás.
—Como sea —gruño fastidiada.
Con toda la flojera del mundo, voy directamente a la cocina para sacar el vino blanco que guardamos en la nevera, sirviéndome una copa llena y llevándola a mis labios para beberla como si fuera jugo de manzana.
Sostengo la copa en mi mano mientras me quedo observando a Richard desde la barra de la cocina. Un hombre que inspira misterio y al mismo tiempo te hace confiar en él. Creo que, si yo hubiera tenido un hermano mayor, así se vería. Zanahoria lo adora, se le sienta en su regazo, ronroneando cuando el pelinegro lo acaricia con delicadeza.
Se levanta del sofá cuando recibe una llamada, parece ser algo serio porque sale casi corriendo hacia su despacho. Yo por otro lado, meto un sobre de palomitas en el microondas y cuando están listas me encierro en mi habitación para ver una película.
Acaricio a Zanahoria, abrazándolo en contra de su voluntad hasta que el sentimiento de soledad va desapareciendo de apoco.
Para cuando me doy cuenta de la hora, me espanto porque tengo solo cuatro horas para dormir. Mañana tengo que ir al trabajo y tengo un par de reuniones con unos clientes. Además, en la noche tengo un examen y debería estudiar para estar lista.
Aprovechando mi estadía aquí, estoy tomando clases de mercadotecnia, lo que me ayuda a ser mejor en mi nuevo trabajo. Richard se encarga del manejo de la empresa y todo el personal incluido, mientras que yo me encargo de los clientes. Somos un gran equipo después de todo.