Prefacio
Tircia, era una ciudad pequeña en la que se creían, según las historias de los más viejos, que tiene su ubicación en el centro de Tergo, el mundo de los mortales. Esto logró que con el tiempo su crecimiento sea tan elevado que se terminó convirtiendo en el lugar elegido de los dioses por excelencia.
Se la conocía con el sobrenombre de Tierra de Plata, en la cual moraban tantas divinidades secundarias como seres poderosos de otra índole, lo que la transformó en la capital del mundo de los mortales.
Quién posea Tircia, posee a los humanos.
No hay reyes en Tircia, es manejada por una divinidad superior elegida por los dioses, aunque siempre fue Brigga; la diosa de la fertilidad quien se ocupa de Tergo.
Lo que la vuelve una gobernante en Tergo, que le gusta mantener el control en base al miedo, respeto o veneración que los humanos tienen para con los dioses.
La torre de Febe es el gran epicentro y allí solo viven seres inmortales. Para los humanos era imposible acceder a Febe a no ser que sean sirvientes o empleados.
Aquellos mortales que contaban con un ingreso elevado podían vivir en los edificios vecinos, para aquellos que no, su suerte era distintas.
Los barrios bajos de la cuidad contrastaban con el fuerte brillo y esplendor del centro de la capital. La mayoría de sus habitantes eran personas sencillas, con empleos comunes y bajos recursos. La zona cuenta con el mayor número de personas en condiciones alimentarias terribles y sus viviendas suelen ser pequeñas para proporcionar solo lo necesario.
Alexia es una mujer que se ganaba la vida dando clases en diferentes lugares. Es de complexión baja y delgada, con ojos color olivo y de piel morena. Su carácter es firme pero a la vez dulce, lo cual le es de gran utilidad a la hora de impartir sus clases a los diferentes niños que tiene a su cargo. Amaba lo que hacía, pero lo que ganaba nunca era suficiente y eso hacía que pasara demasiadas horas lejos de casa. Aunque no tenía otra opción, es soltera hace cinco años, cuando quien era su esposo decidió que no le interesaban ni sus hijos, ni nada que no sea él mismo, para así marcharse. Desde entonces todo recaía en ella, debía mantener a sus tres hijos, la mayor de veinte; responsable de sus hermanos cuando ella no estaba, un niño de dieciséis con el que tenía mayor afinidad y el más pequeño de cinco años de nombre Renzo, su dolor de cabeza principal.
Ya era tarde en la noche cuando regresaba a casa, por desgracia en invierno siempre anochecía temprano y en ese día particular un viento frió hacía que sus mejillas ardieran.
Ella debía transitar el camino a casa con la escasa luz naranja que proporcionaban algunos faroles de la calle. Nunca se retrasaba y el caminar continuo con el tiempo le dio velocidad a sus pasos, pero la noche siempre solía ponerla nerviosa y eso ni el tiempo, ni la rutina pudo quitar. Al menos su casa no quedaba muy lejos, aun debía cruzar unas calles, donde la mayoría de las casas solían tener chimeneas y a esa hora todas se encontraban humeantes para contrarrestar el frio. Luego debía pasar el puente que atraviesa el río hacia los barrios bajos, después de eso su casa se encuentra a menos de veinte metros de distancia donde como siempre su hijo mayor suele esperarla con el agua caliente lista para un té.
Iba entretenida en sus pensamientos cuando llegando al río alcanzó a vislumbrar por el rabillo del ojo un brillo proveniente de la orilla alejada del camino. Decidió no darle mayor importancia, después de todo el río siempre acarreaba con él algún que otro desecho por lo que prosiguió su andar.
Estaba ya a mitad del puente cuando se detuvo, ella sabía que no debía distraerse y continuar, pero su instinto no le permitió dar un paso más sin antes comprobar que era aquello. Molesta consigo misma y con su terrible curiosidad dio media vuelta. Camino hasta llegar al lugar donde vio el resplandor, era una zona bastante oculta por los arboles, una parte le decía que era muy poco probable que algo brillara en tanta oscuridad, que quizás fue su imaginación. Al acostumbrar sus ojos a la poca luz, tardó varios segundos en dar con el objeto. Era un collar de plata, se sostenía a menos de una milésima de la punta de una roca que sobresalía, una parte estaba bajo el agua y solo por un milagro la corriente no se lo había llevado. Se agacho para tomarlo mientras se sostenía con una mano de la rama de un sauce que se encontraba junto a la orilla y con la otra trataba de alcanzar la cadena. Cuando por fin lo sostuvo, lo levanto a la altura de sus ojos y pudo comprobar que en su extremo se balanceaba una piedra negra a la que cada vez que la luz la tocaba se visibilizaban múltiples y pequeños brillos de colores azules, rojos, blancos y amarillos. De inmediato le recordó las noches despejadas, era como si el cielo estrellado hubiera decidido disminuir su tamaño al de esa pequeña piedra.
Alexia guardó el collar en los bolsillos de su abrigo y continuó su camino de regreso a casa, se sentía realmente maravillada con su descubrimiento y sabía a la perfección que hacer con él.
Cruzó el río y llegó a su hogar, una pequeña y sencilla casa, que al atravesar la entrada se hallaba un pequeño jardín delantero de rosas, que tanto tiempo confería a cuidar. Una vez adentro el calor la rodeo y llenó de confort
─Llegas quince minutos tarde—Un chico alto la miraba con ojos reprochadores mientras ella dejaba su maletín en una silla.
—Si, ya sé. ¿Y tu hermano?— Alexia miró a su hijo Erick mientras colocaba un saquito de té en una tasa para llenarla de agua caliente. Él era bastante alto para su edad, lo que le daba el aspecto de alguien mayor, tiene los ojos verdes de su madre y hasta ahí llegaban sus similitudes, ninguno de sus hijos sacó mayor característica a ella que sus ojos. Erick siempre era muy tranquilo, ambos tenían el mismo carácter afable, lo que hacía que se llevaran mejor. Todo lo contrarío a su hija Astreia, las principales discusiones la tiene con ella, suele ser impulsiva, terca y orgullosa aunque principalmente es sensible y se deja llevar por sus emociones.
—Con Astreia, recién terminó de bañarlo.
Alexia le dio un fuerte abrazo a su hijo y luego tomó un sorbo del té que él siempre le prepara para calentar su cuerpo.
La casa en si no era muy grande, la cocina y el comedor se encontraban juntos, luego había un pasillo que daba al cuarto. Ella y sus hijos compartían habitación. Con su hijo más pequeño dormían en la misma cama, Erick tenía un colchón al lado de ellos y su hija dormía sobre otro que estaba más cerca de la puerta, lo que de cierto modo le resultaba bastante cómodo debido a que solía despertarse en la madrugada e ir por agua y al lado de la habitación se hallaba el único baño de la propiedad.
Alexia encontró a su hija que releía uno de los pocos libros que tenían, no podía comprar muchos pero por suerte al ser maestra le proporcionaba varios libros que podía llevar a su casa y devolverlos luego. Junto a ella estaba Renzo jugando con unos autitos. Astreia levantó la vista y fijó sus oscuros ojos en su madre.
Si, Astreia no se parecía a su madre en carácter, pero era la que más se parecía a ella físicamente. Astreia es menuda y de piel trigueña producto de la mezcla entre sus padres, de cabello negro, labios gruesos, es pequeña físicamente, delgada y aún así es imposible no verla , tiene un brillo en su sonrisa, misma que su madre. —Llegaste más tarde que nunca—Astreia la miró a los ojos de manera acusadora esperando su respuesta.
—Ya lo sé, tú y tu hermano son bastante controladores— Alexia observó a su hija como si estuviera molesta y ella miró a su madre seria para luego dejar escapar una sonrisa.
Renzo ya había corrido y abalanzado hacía su madre. Mientras Astreia con los brazos cruzados miraba a su hermanito abrazarla
—Actúa como si lo hubiera maltratado todo el día— dijo Astreia divertida. Una parte de ella al ver a su madre se había relajado, nunca le decía lo mucho que le preocupaba verla volver tan tarde o el miedo que siente cuando llega la noche y ella aún no está en casa.
Renzo se separó y comenzó a ir a donde estaba Erick no sin antes mostrarle la lengua a su hermana a modo de burla
—Recuerda que mañana te quedaras conmigo todo el día pequeño engendro— Astreia había levantado la voz para que este la escuchara y desde lejos percibió su risa
Alexia camino hasta la cama y se sentó ahí para mirar a su hija
—Te traje un regalo.
Astreia miró sorprendida a su madre, los regalos no eran muy habituales debido a que tenían preocupaciones mayores y si los había siempre se trataba que los obtuviera Renzo ya que es el más chico de los tres.
Recordaba que durante su niñez, cuando aún era hija única, era ella la que recibía toda la atención de su madre, en especial ya que solo estaban ellas dos nomás debido a que nunca conoció a su padre. Luego llegó Erick y pasó a ser quien recibía los regalos, pero cuando el padre de sus hermanos los abandonó, Renzo era un recién nacido y todas las atenciones las tuvo que depositar en él y su madre.
Debía como la mayor, ayudarla durante su recuperación y luego que Alexia tomó más trabajos, a Astreia le tocó cuidar de sus hermanos.
Alexia buscó algo de su abrigo y de allí sacó el collar que encontró en el río para dejarlo sobre la mano de su hija.
Astreia miró la piedra que pendía del extremo, nunca había visto una así. Luego levantó su cabeza para mirar a los ojos de su madre, miles de preguntas se amontonaban en su cabeza.
—Lo encontré mientras venía, por eso me tarde en llegar— respondió Alexia a la mirada inquisidora en el rostro de su hija— deja que te lo ponga, verás, es parecido a mi collar.
Una vez que le colocó la cadena a su hija, ésta se giró y quedaron una enfrente de la otra. Alexia metió una mano por debajo del cuello de su abrigo y saco su collar para que Astreia lo vea. La cadena era dorada y de dije adornaba una bella piedra de cuarzo blanco de tamaño casi idéntico al de su hija
—Me pareció que es una forma de estar conectadas siempre, espero te guste.
Astreia observó a su madre, ella realmente la amaba, nunca dudaba de eso pero a veces solía creer que sus hermanos gozaban de su madre de una manera tan profunda que ella nunca podría, ambas eran muy distintas, casi nunca estaban de acuerdo, no pasaban tanto tiempo juntas y muchas veces sus hermanos requerían más las atenciones de su madre debido a que eran más pequeños.
—Me encanta, es muy hermoso. Gracias— Astreia abrazó a su madre y quedaron por un momento así, con las frentes pegadas, juntas sin decir nada más. Hasta que desde la habitación de al lado se escucharon varios gritos que indicaban que entre sus hermanos ya comenzaron a pelear. Ambas rompieron el abrazo y se dirigieron a ver qué pasaba
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—¿¡Cómo es remotamente posible que aún no tengan resultados capitán!?— Dijo el rey mientras observaba al hombre que estaba frente suyo.
Este le devolvió la mirada con gesto de disculpa
—Lo lamento mi señor, he recorrido cada extremo, cada lugar, cada niñas que nacían se presentaban ante mí. No la he podido hallar.
—Ya han pasado trescientos veinte años de la última vez— dijo recordando.
El rey Bentor estaba sentado mirando al hombre de mayor confianza para él, el gran capitán Silvio Ormon.
Su nerviosismo y preocupación se podían sentir en toda la sala.
Se paró de su trono y empezó a caminar hasta la ventana para tratar de calmar sus emociones. Desde allí observaba su amada Sermia, mundo de los Dioses.
—Mi señor, ¿hay alguna posibilidad de que ella no haya vuelto a nacer?
—No— dijo el rey— Los problemas nunca acaban y en este terrible caso, renacen. Y para confirmarlo, el collar ya desapareció, significa que fue a buscarla
—No sabía que el collar ya no estaba—la verdadera preocupación asomó por los ojos de Ormon.
—Por supuesto que no, nadie debe saberlo, solo significa lo peor— Bentor dejó salir un largo suspiro, para luego darse vuelta y mirar al único hombre al que le tenía la suficiente confianza como para dejar ver su preocupación- Siga buscando capitán.
Ormon asintió con la cabeza, realizo una breve reverencia y se marchó cruzando el salón rápidamente
El rey lo vio irse y luego giró su cabeza hacia la ventana. Estaba seguro de que ella estaba viva y ahora que el collar ya desapareció estaba casi seguro de que encontraría a su dueña, solo era cuestión de tiempo para que ella desarrolle sus poderes, solo era cuestión de tiempo para que ya no pueda pararla.