El nahual y el alma de obsidiana

Summary

México nació de las entrañas de Tenoctitlan y de la conquista de España. Estaba perdido entre guerras sin saber su identidad de verdad...hasta que lo descubrió de la manera menos esperada. Historia basada en una leyenda mexicana "El nahual del cerro grande. Los personajes no me pertenecen más que Eduardo (México oc)

Genre
Drama
Author
UmiAltin
Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
18+

Enahual y la piedra de obsidiana (MexCan)

Capitulo único.

Nació de las entrañas de Tenochtitlan y de la obstinación de España. Heredó la sangre mística de su madre y el sentido autoritario de conquista de su padre, México existió de la mezcla de dos culturas que peleaban por quedarse en un territorio. Él creció en un ambiente hostil donde debía ser guerrero y revolucionario al mismo tiempo, no tuvo oportunidad de crecer como cualquier humano, no pudo tener un ápice de paz ni de inocencia en su interior. Su alma poco a poco se fue ennegreciendo como una piedra de obsidiana.


Ese mineral que para Xochitl, su madre tenía propiedades curativas y espirituales. Pero para Eduardo, nombre dado por su padre, sólo era una piedra negra ordinaria


Tenía una carga de despreció por sus raíces, fue obligado a aprender español, escribir en latín y retuvo con todas sus fuerzas su lengua náhuatl que le dejó como legado Tenochtitlan antes de volverse cenizas y que su esencia caminara hacia el Mictlán.


Su legado iba más allá de su piel bronceada y ojos oscuros, también tenía la capacidad de vestir otra piel, camuflarse con la naturaleza y perderse ante los ojos de los supuestos conquistadores. Muchas veces tras los ojos afilados de un jaguar observaba atento a España con intenciones de destrozar su yugular. Pero no lo hizo, sabía que después de un tiempo su cuerpo se regeneraria  y volvería  a sus andanzas, tal vez con ánimo de vengarse.


Pero la venganza era suya al ser tan parecido a Antonio y sin embargo ser su peor maldición, haciendo lo que le venia en gana. Destruyendo la imagen intachable que había forjado a través de mano dura para él. Nunca más volveria ser Nueva España.


Los llamaban brujos y también nahuales, la gente decía que aquellos que podían  transformarse en animales era gracias a un pacto con el diablo. México nunca tuvo la necesidad de hacer un trato con nadie, él había nacido así, con dones que no sabía dominar, que más bien parecían ser maldiciones.


La primera ocasión que su cuerpo sufrió una morfología fue a mediados de 1810 en el poblado de Dolores, ubicado en la Intendencia de Guanajuato. En ese entonces sólo quería ser libre, quitarse el yugo de los españoles.


Pobres infelices aquellos que los persiguieron, pués presenciaron como Eduardo se le rompían  los huesos; uno a uno para dar paso a una estructura ósea animal, su piel se desgarraba para que el pelaje azabache saliera, sus ojos cambiaron y su mirada se tornó a una depredadora.


Los alaridos agonizantes de la joven nación horrorizaron a sus captores, tanto así que quedaron inmóviles hasta que, ante sus ojos vieron a un lobo.

El dolor inmensurable que experimentó todo su cuerpo fue insoportable, Eduardo creyó desprenderse desde la carne y de sus sentidos. Cuando su consciencia lo hizo regresar en sí mismo sólo tenía como objetivo destazar a quienes tenía enfrente.


Mientras Dolores Hidalgo daba el grito de independencia anunciando una guerra contra una dictadura opresora, Eduardo tenía su propia independencia dejando las calles adoquinadas con rastros obscenos de sangre.

Pasarian cien años más  para que  medianamente se habituara a su situación, las transformaciones seguian siendo abrumadoras pero ya podía hacerlo a voluntad, sabía el momento exacto si debía tener alas para surcar el cielo y desde ahí vigilar a los insurgentes  o cambiar su cuerpo mitad hombre, mitad bestia para ahuyentar a cualquiera que  quisiera atacarlo.


Un tiempo Eduardo fue nómada en su propia tierra, no echaba raices. No permanecía mucho tiempo en un lugar, al fin y al cabo no tenía nadie por quien quedarse. Ellos como naciones no tenían lazos afectivos que perduraran.

Vagaba de un sitio a otro hasta que a principios de 1910 en el estado de Colima en medió de la revolución, se hizo acompañar de un grupo de hombres dedicados a robar, estafar de la forma más cruenta posible, su mano derecha era un hombre sin escrúpulos que se hacia llamar "El indio Alonso" y a Eduardo lo conocían como "El diablo" ambos conformaban una dupla que atemorizaba a la población.


Un día en un enfrentamiento con hombres armados de machetes y varas de membrillo, hartos de la inseguridad que sufrían sus familias, acorralaron al grupo de bandoleros quienes la mayoría  alcanzaron a huir dejando solos al diablo y al indio:


—Si alcanzo a pelarme, ni te creas que te voy a llorar cuando te maten —le advirtió Alonso a Eduardo quién se alzó de hombros. Realmente no le importaba.


—Yo pensaba hasta rezarte un padre nuestro y un Ave María mi buen Indio —sonrió burlón.


De un momento a otro Alonso transmuto a una lechuza parduzca, voló hasta llegar a lo más alto de un árbol, los hombres quedaron impactados con lo que estaban viendo. En un descuido Edurdo se escabullo hasta perderse entre las calles.


Ahí supo que no era el único nahual de la localidad sin embargo estaba extrañado de la facilidad con la que el hombre cambiaba, no pareció ser doloroso para él, entonces se preguntó si su caso era de hechicería. Se quedaría  con la duda hasta la posteridad.


Una noche helada con la luna alumbrando apenas el camino, en el cruce de dos direcciones Eduardo vio la oportunidad de llevarse algo de valor con dos personas que iban pasando, lo curioso es que parecían ser extranjeros; un hombre rubio de ropas elegantes, pero lo que más llamó su atención fue la muchacha que estaba a su lado. Lucía a su apreciación como una muñeca de porcelana y si no le fallaba su vista creyó ver sus ojos color violetas.


—Ah, caray que hacen extrajeros visitando mi tierra, siquiera hablan español.


Los extraños lo miraron con cautela manteniendo una distancia prudente, sus pintas andrajosas lo hacian poco confiable, más en tiempo de guerra.


 —Señor entedemos su idioma ¿necesita algo? —el hombre tenia un acento raro, no era americano, tal vez era proveniente del viejo continente.


—¿A poco si? —chasqueo la lengua.


—Entendemos más de lo que hablamos ¿usted habla inglés? —ahora habló la joven con un tono de voz suave, casi imperceptible.


—Hasta eso tenemos que hacer, no me diga. —rió sarcástico Eduardo.  —Todavía que vienen no sé a que chingados, tengo que hablar su idioma. Usted es muy chula pero muy tonta, bueno de algo me ha de servir.


—¿Disculpe? — el hombre se adelantó un pasó de la muchacha —Margot es mejor que nos vayamos.


—¿A dónde? Aquí hay una joyita que me gustó harto y me la voy a llevar. —Miró de pies a cabeza a Margot; su vestido largo, el collar que descansaba sobre su recatado escote, la delicadeza de su cintura, lo pronunciado de sus caderas. Le hacía pensar en más de una vulgaridad que podría hacerle. 


El hombre se interpuso presintiendo sus intenciones, pero no espero la violencia de ese joven  quien de un movimiento estrujo su cuello.


—¡Francis! —ella se apresuró a auxiliarlo.


—Margot su cuerpo y su alma son mios. Ahora le pertenece a México.—

Margot lo empujó con todas sus fuerzas, quitandole de encima a Francis, entonces Eduardo la jaló del brazo con una sonrisa que le causó escalofríos.


—Así me gustan las mujeres bravas. Usted me va a esperar por aquí —la sacudió con fuerza haciendo que cayera al piso.


El hombre llamado Francis lo amarró con sus brazos desde la espalda. Lo retuvo con todas sus fuerzas esperando darle tiempo a Margot.


—¡Corre!

Margot se quedó pasmada. Quería quedarse pero al mismo tiempo quería correr, sus piernas no respondieron.


—¡Vete querida! —Francis gritó con desesperación. No podía explicarlo pero había un aura extraña que emanaba de ese ladrón.


—Haga caso, váyase lo más lejos que pueda. A ver hasta donde llega.


Margot tomó una gran bocanada de aire antes de levantarse de un tirón y comenzar a correr, no quiso voltear atrás pero la culpa ya la estaba carcomiendo más cuando comenzó a escuchar los gritos de su protector. La voz de Francis se escuchaba desgarradora como si una bestia lo estuviese devorando. Margot corrió tan rápido como sus pies se lo permitieron sin darse cuenta se adentró al bosque haciéndose daño con algunas ramas. Sus pisadas sobre las hojas crujían, el sonido de algunos animales eran inquietantes sumando la incertidumbre que sentía. Su corazón palpitaba tan fuerte que podía escucharlo como si latiera fuera de ella. Margot sollozaba nublando su vista, sus anteojos de montura dorada no le servían mucho en ese momento.


Ya se estaba cansando, de pronto un silencio inundó el bosque, era un mal presagio pues segundos después grandes pisadas escuchó detrás de ella.


—No por favor…déjame tranquila —murmuró agitada, su pecho ya ardía de tanto correr.


Las pisadas se aproximaban pero no sabía en qué dirección, no sabía en qué momento ese hombre la atraparia, no tenía la certeza de lo que le iba hacer. Su piel se erizo y sus piernas temblaron cuando un agarré sobre sus cabellos rubios la llevaron a caer al suelo. La respiración pesada de ese hombre no era normal, lo escuchó gruñir así que cerró los ojos, apretando sus párpados.


 —Me va acompañar a donde  guardo lo que me pertenece —Margot gimió asustada al escuchar una voz cavernosa, gimió de nuevo al sentir como era arrastrada de una pierna.


—¡Suéltame! —intentó forcejear en vano. Al abrir los ojos por fin, más o menos percibió la silueta borrosa de una bestia. No era un animal pero tampoco un humano.—¡¿Qué eres?! ¡¿Qué hiciste con Francis?


—¿Ese hombre? Me tragué su corazón.


Margot enmudeció mientras las lágrimas empapaban su rostro. Parte del camino fue arrastrada y casi cuando llegaron a la piedra de Juluapan, Margot sacó fuerza de una irá que desconocía. Se arrancó el collar de su cuello, que era de piedra de obsidiana y se lo enterró en un ojo a ese ser inmundo. Eduardo aulló de dolor al sacarse esa piedra puntiaguda, furioso de un zarpazo la tumbó sobre la hierba. Bufó acercándose lentamente… 


Ella sería suya, viva o muerta.