Capítulo I
Su ropa estaba empapada en sudor. Una vez más los gritos desesperados rasgando su garganta habían cortado de manera abrupta una de las tantas pesadillas frecuentes. Sus pulmones se agitaban frenéticos y su mente apenas se recuperaba tratando de descifrar el lugar en el que se encontraba, contrario a su cuerpo que hacía lo posible por calmarse a sí mismo de manera automática, empujado por el hábito desagradable al qué se había sometido desde hace tanto tiempo.
La oscuridad envolvente la desorientaba, pero sus dedos reconocieron con rapidez las finas y humedecidas sábanas, extendiendo los brazos corroborando su estadía sobre la inmensidad de su propia cama. Su corazón palpitaba con frenesí como el de un animal desesperado ante la amenaza de muerte, situación que se repetía cada vez que esas imágenes atroces sacudían su conciencia.
Posó sus delgadas manos sobre su pecho, como si dicho acto lograra tocar su propio corazón con el fin de darle una caricia tranquilizadora para regresarlo a su estado normal. Una gélida brisa que se había colado por la ventana abierta jugueteó por la habitación llegando hasta su rostro frío por su propio sudor, sus largos cabellos plateados se deslizaron pegándose a sus pómulos en el momento en que tocaron la humedad de su piel.
Poco a poco sus instintos identificaban el aroma especial de aquella noche.
El colchón cedía bajo un peso distinto al suyo, leve pero innegable, con una respiración ajena. Profunda. Pesada. Un cuerpo extendido a su costado ocupaba el espacio como si siempre hubiese estado ahí. El calor masculino se filtraba a través de las sábanas en un contraste tibio contra su piel aún fría por el sobresalto.
Se quedó inmóvil un instante más. Adaptando sus pupilas a la penumbra con lentitud calculada. No necesitaba verlo para saber que seguía ahí.
No era miedo lo que recorrió su columna. Tampoco sorpresa. Solo una exhalación pesada que abandonó sus labios.
El aroma de él —denso, ligeramente amargo— se mezclaba con el rastro salino que aún perlaba su clavícula. Un brazo descansaba pesadamente sobre su cintura, lo suficientemente cerca para insinuar posesión. Al moverse ella, él reaccionó apenas. Un murmullo bajo e ininteligible, vibró en su garganta mientras su cuerpo se acomodaba por reflejo, acercándose un par de centímetros más, guiado por el calor que ella desprendía. No despertó. Solo buscó.
Lo observó apenas un instante. Había hombres que confundían la proximidad nocturna con algún tipo de privilegio ganado.
Tras exhalar el último suspiro que calmó su malestar, sus ojos ya acostumbrados a la oscuridad buscaron las líneas brillantes del reloj sobre la pared que mostraba con orgullo el conticinio del nuevo día. Las cuatro de la mañana.
El temor agudo de reavivar aquellas imágenes impulsó a su cuerpo a salir tembloroso del abrigo envolvente de comodidad. Con lentitud deliberada apartó las sábanas. El aire frío recorrió la piel de sus piernas cuando se incorporó, permitiendo que la ausencia de su cuerpo dejara un vacío inmediato en el espacio que él ocupaba. Esta vez sí hubo un leve gesto inconsciente: sus dedos se cerraron sobre la tela, como si intentara retener el calor perdido. Se puso de pie con calma, dejando atrás el lecho tibio y la respiración profunda que volvía a estabilizarse sin ella.
La noche no necesitaba testigos. Y él... tampoco era uno relevante.
La fina tela negra casi transparente qué se pegaba a las curvas de su cuerpo le producía más frío que el hecho de no tenerla encima, por lo que la deslizó veloz por sus piernas, enroscándose con delicadeza cuando llegó a sus pies.
Tomó su bata de dormir para cubrir su desnudo cuerpo que erizaba su piel al ser acariciado por las ráfagas de aire que entraban por la ventana abierta de par en par. Sin duda un baño frío se encargaría de entumir su mente y enviar de vuelta al abismo sus perturbados recuerdos.
A esas horas de la madrugada, era un hecho que el campo de entrenamiento se encontraba desierto, libre de cualquier alma entrometida realizando preguntas imprudentes sobre sus constantes y extrañas visitas a deshoras. Tomó una barra de metal más larga que su propia estatura y realizando una diversidad de maniobras rápidas y coordinadas, comenzó a golpear el pilar de madera frente a ella.
Su cuerpo estaba caliente y cada uno de sus músculos quemaban entumecidos, sus ojos azules comenzaban a arder gracias a las gotas de sudor que bajaban por su frente y el calor que se generaba en el centro de la coleta le daba un escozor que le provocaba incomodidad. El último movimiento hecho le gritaba que su cuerpo había llegado a su límite, palpitando ardiente al compás de su corazón. La sensación era extraordinaria, su respiración agitada era incapaz de saciar las demandas de sus pulmones.
—Por Dios señorita Lianna ¿De nuevo madrugó para realizar su entrenamiento por separado?
—Solo estaba drenando la energía sobrante —respondió secándose el sudor con una pequeña toalla de mano.
—Debería estar descansando ¿No regresó apenas ayer de una asignación?
—Supongo que si, ¿Sabes qué hora es?
—Faltan unos minutos para las siete de la mañana. Le aconsejo que regrese a su sector para asearse —sugirió el joven con tono nervioso—, no tardan en llegar los miembros del escuadrón asignado al primer horario y bueno... las cosas se pueden complicar para usted.
—Gracias. ¿Podrías hacerme el favor de abrir todas las ventanas?
Apresuró el paso para no toparse con alguna otra persona con intenciones impredecibles, había transpirado demasiado y no deseaba tentar a su suerte al estar tan vulnerable por el cansancio. Era un miembro de segundo rango por lo que su estatus era respetable pero es imposible saber en donde puede esconderse alguna persona con el interés de medir su voluntad.
Mientras avanzaba por el pasillo que conducía a su habitación, el recuerdo la alcanzó con una suavidad casi provocadora. Se había marchado cuando el mundo aún era sombra y silencio. Recordaba el instante exacto en que se desvistió frente a la cama, la tela deslizándose sobre su piel todavía tibia, consciente del cuerpo que permanecía extendido entre sus sábanas.
El cabello dorado desordenado sobre la almohada contrastaba con la oscuridad de la habitación, como si incluso dormido necesitara ocupar espacio visual. La luz incipiente de la noche delineaba la curva de sus hombros desnudos, la línea firme de su espalda relajada en abandono absoluto. No despertó cuando ella se inclinó para ajustar el broche de su zapato. Apenas un leve movimiento, una respiración más profunda, como si su cuerpo hubiese reconocido el aroma de ella alejándose. Había algo íntimamente atractivo en esa inconsciencia. En la confianza implícita de quien duerme desnudo en territorio ajeno.
Y, sin embargo, la memoria del calor compartido —del peso firme acomodándose instintivamente sobre ella durante la noche— permanecía en su piel como un eco leve, la conciencia de lo que había permitido... y de lo fácil que le resultaba marcharse primero.
Exhaló despacio mientras giraba la manija de la puerta. No esperaba encontrarlo allí. De hecho, confiaba en que ya no estuviera. Los hombres que llegaban a su cama solían marcharse al despertar solos, dejando apenas el rastro tibio de su presencia entre las sábanas.
Había logrado llegar a su habitación antes de que los otros huéspedes comenzaran con su rutina diaria, sabía mejor que nadie los puntos en los que había menos circulación de personal, esa era una de las ventajas de andar por los pasillos como alma errante en las madrugadas, así que fue muy sencillo llegar a su destino por lo que apenas cruzar la puerta y sin siquiera ser consciente de sus movimientos ya se encontraba debajo de la corriente de agua helada qué le calmaba la tensión acumulada.
Siempre se le había hecho extraña y dolorosa la manera en que se alteraba todo su cuerpo cada vez que las pesadillas se hacían presentes, de hecho, podría decirse a sí misma que ya era una rutina involuntaria establecida.
Las duras imágenes sangrientas que ennegrecían sus pensamientos, los gritos ajenos que comenzaban en su cabeza y que terminaban con los suyos deslizándose por su garganta, salir de la cama para torturar a su cuerpo y concluir con la reflexión de siempre mirando su torso desnudo frente al espejo sintiendo el ardor y el palpitar de las heridas abiertas que alguna vez estuvieron presentes en su piel y huesos. Aunque ahora apenas eran visibles, incluso algunas ya habían desaparecido y sin embargo en esos instantes se sentían tan frescas y dolorosas cuando se unían al tormento de las pesadillas qué por sí solas ya eran insoportables y la obligaban a detenerse para recordarle que pese a su afán de eliminar esos recuerdos, su carne siempre los tendría presentes.
No, nunca lo olvidaría, pero al mismo tiempo era doloroso recordar y era ese dolor lo que mantenía su mente enfocada, lo que le daba un objetivo a su vida. Era el dolor, el odio, la rabia lo que la mantenía viva desde hace diez años, los únicos que le daban un motivo para seguir respirando.
Sentir tristeza era para las personas que habían perdido algo importante, valioso, pero a ella le habían arrancado de manera salvaje el corazón y la vida en un instante. La tristeza junto con otros sentimientos se había quedado atrás hace mucho tiempo, de hecho estaba casi segura que ya no podría reconocerlos, se habían quedado con ella debajo de aquel árbol, ahora no eran más que unas simples palabras que alguna vez escuchó.
—Lianna ¿estás ahí?
Aquella voz la sacó de su trance, del silencio que eclipsaba la habitación y del ruido que se agitaba dentro de su cabeza.
—Aquí estoy —respondió abriendo la puerta sin mucho afán— ¿Qué pasa?
El semblante de la otra mujer se ensombreció con molestia, desviando la mirada con evidente enfado luego de ver el cuerpo desnudo de la chica frente a ella.
—Maldición ¿Por qué diablos abres la puerta de esa manera? ¿Acaso no sabes que hay hombres en este mismo piso? Es por eso que las chicas de mantenimiento no quieren subir.
—Ya quisieran ellas tener mi cuerpo y los hombres tocarlo. ¿Por qué has venido?
—Frederick te llama —musitó luego de aclarar su garganta— te espera en su oficina. No tardes.
—La otra chica —exclamó con la mirada puesta en la mano de la mujer luego de notar el hilo blanco que le rodeaba la muñeca, ignorando lo anterior— la de la pulsera azul. ¿Qué pasó con ella?
—Se ha marchado. Le pidió a Frederick la autorización para mudarse a la sección seis.
La mirada de Lianna qué antes era fría y apática se tornó de disgusto haciendo una mueca al mismo tiempo.
—Vaya mierda, esos estúpidos no saben hacer otra cosa más que estar pariendo críos. Con esta ya van tres. Frederick debería comenzar a castrarlos.
—No eres quien para decir eso —reprochó la mujer— con tu estilo de vida terminarás igual, es más, te aseguro que tendrás tantos críos qué no te darás abasto.
Lianna soltó una risilla sarcástica y maliciosa qué no encajaba con su cara de repulsión.
—Escucha mujer, sabes que no existe la persona que se atreva a dejar aquella marca sobre mí y el día que alguien tenga las agallas me aseguraré de dejar su cuerpo en pedazos frente a tu puerta para que te encargues de unirlo como lo hiciste con el mío.
—Agh, viéndolo así creo que se alejarán por su propia cuenta, con ese mal carácter tuyo jamás encontrarás pareja.
En esta ocasión la mirada que se dibujó en el rostro apático de la chica era de satisfacción.
—Me parece perfecto.
—Muere sola entonces —rodó los ojos sabiendo que perdería el tiempo si continuaba— pero ya vete a la oficina de Frederick y por favor no vayas desnuda.
—Que aburrida eres —concluyó antes de cerrar la puerta escuchando los pasos de aquella mujer alejándose por el inmenso pasillo.
Lisa era una de las primeras personas que había conocido luego de su llegada a la hacienda. Era una mujer mayor de carácter fuerte y áspero. Fue ella la que se había encargado del cuidado de la muchacha hasta su recuperación, nunca le había mostrado lástima pese al estado penoso en el que había llegado pero en el fondo se preocupaba por ella pues la monitoreaba constantemente y también era capaz de reprenderla, sermonearla y hacerle frente cuando nadie se atrevía siquiera acercarse, y pese a que trataba de mostrar un semblante firme, en el fondo su corazón se volvía arrogante al saber que solo ella podía cruzar ciertas barreras que ninguna otra persona podría. Era una chica solitaria y tenía sus razones, pero era doloroso verla así. Vacía. Con solo un infame motivo que la ataba a este mundo.
Decir que odiaba la presencia de las personas era exagerado pero no le agradaba lidiar con todos, en especial con el tipo de personas como la que se encontraba de pie frente a ella obstaculizando su paso.
—¿Se le ofrece algo? —preguntó por inercia con tono desinteresado.
—Verás, soy el teniente Ron del segundo cuadrante —su voz se escuchaba nerviosa— y también soy encargado de la división de logística.
—Si, lo sé.
—No nos vemos con mucha frecuencia pues nuestros sectores están muy separados pero... Bueno, yo.... Me... me preguntaba si es que, bueno... ¿Te gustaría ir a tomar algo?... ¿Conmigo?
—No.
La respuesta rápida y fría de Lianna atravesó al hombre, como una estaca punzante, paralizándolo en la fracción de un segundo. Pese a ser mucho más grande que ella en estatura y tamaño, se sentía tan pequeño como un colibrí preso entre sus delicados dedos siendo consumido por la fría mirada de sus hermosos ojos azules. Escondió sus manos detrás de su espalda evitando que ella notara que habían comenzado a temblar de forma involuntaria.
—Disculpa...
—No puedo en este justo momento —suspiró— Frederick me está esperando.
El semblante del hombre se iluminó encontrando alivio en esas escasas palabras, sus ojos marrones casi desaparecen detrás de una amplia sonrisa.
—Entiendo, es un mal momento. Regresaré más tarde. Que tengas suerte con el capitán.
—Vaya con cuidado teniente.
Era creyente de no involucrarse con los compañeros de trabajo, pero ver a un hombre alto y atractivo ponerse nervioso siempre es un deleite para la vista. Y definitivamente le gustaba lo que veía.
