Capítulo Cero. Disculpas.
-Hola.
-Hola.
-Gracias por venir. Tenía mis dudas si vendrías, y de verdad lo agradezco mucho.
-No tenía por qué no asistir. Eres importante para mí.
-…
-…
-Hace mucho tiempo que no sé nada de ti. Y sinceramente creo que ese es un problema. Nos hemos distanciado demasiado en los últimos años. Perdón, corrijo, me he distanciado mucho los últimos años.
-Lo sé. Te he extrañado –dijo el chico mientras se le inundaban los ojos de lágrimas, ojos rojos, cada vez más rojos. Finalmente una de esas lágrimas resbaló por la mejilla derecha, y después otra por la izquierda. A la vez, el otro caballero imitó a su compañero a través del cristal. Fue un reflejo. Ambos chicos se sentían tristes y apenados muy profundamente, no pudieron ocultarlo. Hubo un silencio mientras los dos jóvenes se miraban uno al otro repentinamente, pues no podían sostenerse la mirada: la pena y la vergüenza se los impedía. Se tenían tanto por decir, pero ninguno se atrevía a iniciar.
-Perdóname –finalmente el joven se decidió a irrumpir el abismal silencio.
-Tú perdóname a mí. Yo fui quien se alejó primero, yo fui quien se molestó contigo, yo fui quien dijo primero ‘te odio’, yo fui quien te insultó desde un principio. Tú eras solo un niño y no te entendí, no supe cómo reaccionar, cómo hablarte, cómo tratarte. No me pidas perdón, nunca lo hagas, no tienes porqué pedirlo, ¿entiendes?
-Fue por papá, ¿verdad?
-… Sí… por una parte –dijo el hombre mientras se limpiaba el rostro con la manga de su playera- lo lamento –continuó.
-Todos se fueron, ¿sabes? Obviamente se fue papá, y aunque trataste de mantener a la familia unida, se fue mamá, y con ella se fue nuestra hermana, y poco tiempo después también nuestro hermano. Aquel con el que se supone estaríamos en el pueblo hasta que él terminara la preparatoria, pero prefirió reunirse con mamá y Yólotl en la ciudad. No soportó la ‘soledad’ –dice el chico mientras simula las comillas con los dedos de ambas manos- la soledad de estar con nosotros y dejó la escuela; también se fueron los abuelos, algunos tíos, primos, amigos (o personas a los que consideramos amigos) –concluyó.
-Y me fui yo…
-Sí…
-Estoy consciente de que pedirte perdón ahora no regresará todo el tiempo que he perdido lejos de ti, y muy probablemente tampoco sanará las heridas que te causé en las ocasiones que hablé mal de ti-dijo el hombre mientras tallaba con la mano un manchón sobre el cristal que los separaba- dejé de comprender que aún eras un niño y olvidé por completo lo que querías; muchas otras situaciones me llenaron la cabeza, así que decidí alejarme de ti, sin saber que estaba cometiendo un error muy grande, el peor de mi vida. Nunca debí molestarme contigo ni ofenderte, y mucho menos culparte de mi presente, el cual ahora es pasado. Tú nunca tuviste la culpa de nada. Tú solo querías ser feliz.
-Y lo fui, sí fui feliz. Vivimos muchos momentos alegres tanto con todas esas personas que nos rodearon, pero sobretodo contigo–mencionó el chico, cuyos ojos se tornaron nuevamente rojizos con la llegada de nuevos recuerdos.
-Tranquilo José, todo está bien. Ya no estás solo. Aquí estoy, y esta vez no huiré. Te necesito siempre en mi vida –dijo el hombre barbado, quien a la vez, sus ojos también se inundaron una vez más de lágrimas- además, ahora tienes a Wandis, la mejor novia-esposa que podrías imaginar, y, ¿sabes qué? Es mucho mejor que las prospectas de noviecillas que habías elegido durante tu adolescencia. Eso te lo puedo asegurar. Ella no se ha ido después de seis años de conocerte y sinceramente, nunca se irá. Lo cual agradezco infinitamente. Tenía mucha preocupación de que nadie viera por ti.
-¿No estás molesto conmigo? –cuestionó el pequeño José un tanto preocupado, mirando al suelo, como si esperara una respuesta negativa.
-En absoluto. Todo lo contrario, te pido perdón por todo. Son tantas cosas y tanto tiempo, que estoy consciente de que no será fácil ni rápido, pero te recompensaré. Y para empezar, te repito: no estás solo.
-Te perdono, José –el chico le sonríe levemente al hombre de barba tupida, ya con alguna que otra cana.
-Creo que no hay mejor regalo de cumpleaños que un eclipse de sol en nuestro día, admirar cómo se oscurece a partir de las 11:20 a.m., apreciar el cielo ‘nublado’ a las 12:14 p.m., cuando llegó el punto máximo de la penumbra en la capital, y vivir el momento con la chica que nos ha apoyado incondicionalmente en los últimos años, nuestra Wandis. Mirar los dos enormes astros celestes fundirse en uno solo a través de los filtros especiales, un evento como justamente hace treinta y tres años, cuando nacimos.
-Sabes que es un evento tan emocionante para mí, ¿verdad? Pero, ¿sabes qué aprecio más de este día? Que hayamos podido sanando nuestras indiferencias. Todos los cumpleaños son especiales, ya sé que no te gustan en demasía, pero no mientas en que la vida misma no nos ha dado grandes regalos por nuestra ‘vuelta al sol’.
-No lo niego, por el contrario, lo agradezco. Agradezco que el día de hoy, me perdonaras –dijo José.