Astra, la ciudad donde la magia se esconde

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Cuento perteneciente a la Antología Internacional 2024 de Klavier Ediciones

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1
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n/a
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13+

Capítulo 1

Info de la autora

Lou S. es una escritora argentina nacida en 2007, en la provincia de Santiago del Estero. Amante de la fantasía y el misterio, disfruta de la pintura, el dibujo, la música y los libros.

A los trece años descubrió que la escritura era el mejor de los viajes, y desde entonces se convirtió en su pasión.

Es estudiante de secundaria y en su tiempo libre escribe sobre mundos mágicos que solo en su mente existen, con la esperanza de que otros los visiten algún día.

Instagram:@lou_ok22

Wattpad: @lou_ok


Astra nunca fue una ciudad tranquila como los residentes decían a los turistas. Todos sabían lo que sucedía en las noches, justo a la hora de las brujas. Y todos sabían que las tiendas que vendían “recetas milagrosas” para cualquier molestia no eran llamadasmágicaspor nada. Todos lo sabían, pero nadie lo mencionaba.

Las brujas y las hadas han coexistido con los humanos desde hace siglos, pero no se habían revelado como tales. Existía un código secreto que ninguna especie podía romper:Jamás mostrarse ante los humanos.

Ese código se estableció mucho tiempo atrás, sin embargo, se había modificado su interpretación con el pasar de los años. En las últimas tres décadas las brujas y las hadas pudieron convivir con los humanos, pero la restricción se limitó a que debían evitar terminantemente exhibirse como eran en realidad. No podían mostrar suspeculiaridades.

Sin embargo, aquella tarde dos adolescentes de apariencia ordinaria, demostraron que no lo eran.

—¡Tienes que estar loca, Ester! ¡Que te molestasen no significaba que tenías que obligarlos a arrodillarse y pedirte perdón! — exclamó Ana sintiendo la angustia en el pecho. Y tomó del brazo a su amiga, deteniendo el andar de la bruja adolescente.

—¡Si tenía que hacerlo! Al menos, así se alejarán de nosotras — respondió Ester, dándole una mirada severa antes de seguir con su camino a paso apresurado.

—¡Tenemos un código! ¿lo olvidas?

Ana la siguió mientras intentaba no chocar con las personas del centro comercial. Si alguien chocaba con ella se espantaría porque no podría verla, lo que empeoraría aún más su situación.

Era lo malo de salir a la tarde de la escuela. Las personas solían amontonarse en las calles y más en la época de verano. El aroma a frutas invadía el centro comercial, dándole un poco de calidez a Ana, aunque no lo suficiente como para hacerla olvidar de la situación en la que se encontraba.

—Sí. Lo recuerdo perfectamente. Y acabo de romperlo.

Al pasar por una tienda de prendas de verano, el hada se enamoró de un vestido amarillo y floreado, deseaba poder cambiarlo por el uniforme azul que llevaba puesto. Pero eso le recordaba que no había tiempo para vestidos, y Ester no la dejaría detenerse a comprar ropa ni aunque odiara su uniforme.

—¡Tenemos que entregarnos! —sugirió Ana, con la esperanza de que eso las salvaría.

Ester se detuvo, y luego de soltar un suspiro cansado, se acercó a su amiga.

—Ana... — la tomó por los hombros— entiende que no hay salida.

—Si la hay, podemos explicar...

—¡Eres un hada! ¡Y yo, una bruja!

Por fortuna el hechizo de Ester para ocultarlas funcionaba tanto para la vista como para los oídos de quienes las rodeaban. Los ojos cafés del hada miraban a los grises de su amiga como si pudiera persuadirla, aunque en el fondo sabía que no lo lograría

—Tu especie va a perseguirme hasta hacerme desaparecer, y la mía hará lo mismo contigo.

—¡Pero no podemos huir, sabes que van a encontrarnos! ¿Qué tienes en mente?

Ana se aferraba a su mochila roja adornada con pines de sus personajes de película favoritos como si esta pudiera protegerla de todo. Observaba a su alrededor con el temor de ver a una de los suyos, o una de las brujas, mientras Ester tenía esa expresión que siempre causaba problemas en lugar de resolverlos.

—Te lo iba a decir cuando estuviéramos allá, pero...

—¿¡Pero!?

Ester evadió su mirada intentando no responderle, pero ella merecía saber a dónde la llevaba. Se sentía culpable, después de todo el problema lo había iniciado ella, y Ana no la había dejado sola.

—Podemos huir de este mundo. Hay una forma de hacerlo, lo descubrí hace unos años.

Ana tenía mil preguntas, y de todas ellas solo pudo soltar una.

—¿Y cómo vamos a huir?

—En el bosque...

—¡¿El bosque?!

Una pareja que pasaba miró en su dirección. Un grupo de chicos las observaban y susurraban entre ellos. Algo había salido mal.

—Ester... ¡Tu hechizo! —le dijo en un susurro, temiendo que pudieran escucharla otra vez.

—¡Muévete!

La joven bruja presionó la muñeca de su amiga con fuerza y comenzó a correr, casi arrastrándola.

Salieron del centro comercial, cruzaron la calle sin mirar los autos que iban y venían. La Navidad se seguía celebrando con el mismo entusiasmo de siempre en Astra. Las decoraciones verdes y rojas volvían loca a Ester. Ana las amaba.

Las muchachas chocaron con algunas personas que iban tan apresuradas como ellas. Más de uno había volteado para exigirles tener más cuidado, encontrándose con la nada. Otros simplemente las ignoraban. Aunque eso no dejaba de preocupar a Ester, si su hechizo estaba fallando era por una razón: las estaban persiguiendo, y sus captores no estaban lejos.

Parecía que no llegarían al bosque jamás. Luego de varias calles, el camino se dividió en dos esquinas. Al final en dónde la calle terminaba y los dos caminos se dividían se veía una cerca, y detrás el misterioso bosque que todos evitaban.

—¿Estás segura de esto? —preguntó el hada, deteniéndose para observar la magnitud del bosque comparada con la de ellas dos.

—Muy segura.

Llegaron hasta la gran muralla que las separaba de lo desconocido. Se quedaron un momento en silencio. La bruja tomó la mochila de su amiga y junto con la suya, las lanzó hacia el otro lado de la cerca. Probó la resistencia del alambrado, y saltó al otro lado.

—¡Vamos Ana! ¡Tú puedes! No llores, por favor...

Extendió la mano para ayudarla al ver la expresión que su amiga tenía.

—No voy a llorar —dijo el hada con firmeza antes de tomar la mano y saltar al otro lado.

Las lágrimas se amontonaban silenciosas en los ojos de Ana con cada paso que daba hacia al interior del bosque. Aquel no era lugar para un hada.

Ester, por otro lado, esperaba llegar al lugar que había descubierto lo más pronto posible. Odiaba el mundo en el que vivía, y nada la obligaba a quedarse ahora que Ana se iría con ella. No podía dejar al hada asustadiza en aquel mundo cruel.

La noche se acercaba, y con ella la oportunidad de Ester.

—¿Ves las estrellas, Ana? —le preguntó señalando el cielo. El hada asintió—. Cuando el cielo esté oscuro y sólo las estrellas y la luna alumbrando, podremos salir de aquí.

—¿Cómo lo vamos a hacer? ¿El bosque nos va a tragar, o algo así?

Ana intentaba ocultar el terror que sentía con una media sonrisa. Aunque Ester tenía su mirada fija en el camino, sabía por el tono de voz de su amiga que mentía.

—Una estrella nos puede llevar.

Aquellas palabras iluminaron el rostro de Ana. Una estrella sonaba bien, y para nada aterrador.

Los minutos, silenciosos, pasaban. Ambas estaban cansadas de caminar. Los ojos grises y vacíos de la bruja notaron una roca en medio de un espacio que se abría entre la espesura, donde no había árboles ni arbustos.

—¡Corre! —dijo con voz llena de entusiasmo.

Pronto vivirían tranquilas y estarían lejos del mundo, lejos de Astra.

Ana bufó antes de empezar a correr. Sin embargo, por más que corría, nunca la alcanzaba.

—¡Ester! —la voz de Ana cortó el aire.

La bruja se detuvo y se dio la vuelta, preguntándose por qué su amiga se había detenido.

—¿Qué esperas?

Unos cuantos metros las separaban, y otros pocos le faltaban a Ester para llegar a la inmensa roca en medio del claro.

—¡No puedo alcanzarte!

La angustia se podía sentir en su voz de manera escalofriante.

La bruja adolescente prestó más atención a su alrededor. Algo tenía que estar mal, pero no sabía qué... Hasta que sintió el perfume a hierbas silvestres. No eran hadas, ellas olían a flores de jardín.

Eran brujas.

Se acercó a Ana lo más rápido que pudo.

—Camina al mismo ritmo que yo —le decía, dando mientras pasos lentos

—¿Así?

—Exactamente.

Si iban juntas no podrían obligarlas a detenerse. Al menos, no cuando Ester bloqueaba el hechizo usando su cuerpo. El hechizo no era para brujas, sino que estaba diseñado exclusivamente para hadas.

El tiempo parecía estirarse. Paso a paso, se acercaron y llegaron al lado de la roca que tenía símbolos extraños marcados.

—¿Llamarás a la estrella?

—Sí, pero lo haremos las dos.

Ana sintió un escalofrío recorrer su espalda mientras se preguntaba si de verdad debían confiar en aquel extraño ritual. Pero el temor era menor comparado con la perspectiva de pasar el resto de sus días huyendo y escondiéndose.

Ambas se unieron tomadas de las manos, formando un círculo.

Cerraron los ojos, y comenzaron a recitar palabras antiguas. Mientras pronunciaban cada sílaba, un destello de magia fluía a través de ellas. El ambiente a su alrededor se volvió eléctrico, como si la energía mágica en el aire cobrase vida.

Una brisa suave sopló a través del bosque, trayendo consigo un brillo estelar. Las primeras estrellas que habían aparecido en el cielo oscuro comenzaron a brillar más fuerte. Ester y Ana sintieron una conexión cósmica, como si todo el universo las estuviera observando en ese momento trascendental.

Las brujas, que se habían acercado sigilosamente, intentaron interrumpir el ritual que Ana y Ester llevaban a cabo. Con sus intenciones maliciosas y su oscura determinación, las brujas no estaban dispuestas a permitir que las dos chicas escaparan de su destino.

Conscientes de la presencia hostil, las chicas intensificaron su enfoque y su concentración. Sus palabras sonaron más fuertes y sus espíritus se fortalecían, más resueltos. No iban a permitir que nada ni nadie les arrebatara su libertad.

A medida que continuaban recitando el conjuro ancestral, un brillante haz de luz iluminó el cielo nocturno, atravesando las nubes oscuras hasta que, frente de ellas se presentó una mujer de piel pálida y ojos azules eléctricos. Su cabello era tan azul como el cielo en la madrugada, decorado con pequeñas perlas que representaban a las estrellas. Su vestido inmaculado era el resplandor mismo. Estaba descalza, pero no parecía tocar el suelo.

La energía mágica en el aire se hizo más intensa, como una electricidad vibrante que envolvía todo. Las brujas, al darse cuenta de la fuerza y el poder del hechizo que estaban conjurando, se detuvieron al unísono. Aunque buscaban interrumpir el ritual y atrapar a las infractoras, la intensidad y la magia que aquella mujer emanaba les hizo retroceder.

El círculo que formaban las dos adolescentes brillaba con una luminosidad celestial. La conexión que sentían se había fortalecido aún más. Podían sentir la presencia de antepasados y espíritus ancestrales reunidos a su alrededor, intentando evitar que siguieran con su travesía.

La voz de Ana comenzó a resonar con una autoridad y una sabiduría que nunca antes había experimentado, sorprendiéndola. Las palabras antiguas que salían de su boca se enlazaban en un himno poderoso, invocando la magia de la tierra y el cielo para protegerlas.

Ester, por su parte, liberó una esencia energética que brillaba con un resplandor dorado. Sus ojos se iluminaron con una intensidad sobrenatural y su piel parecía emitir una suave luminosidad. Su conexión con el universo se hizo aún más profunda, como si estuviera canalizando la energía de todas las estrellas y planetas.

La unión de energías entre la magia oscura de la bruja y la magia pura del hada creaba un espectáculo sobrenatural.

Debían terminar el hechizo o la estrella se iría sin concederles su deseo.

El bosque vibraba con fuerza mientras el poder del ritual se desataba. Los árboles y las criaturas del bosque se alzaban en apoyo a las dos amigas, emanando su propia magia para reforzar el hechizo que estaban tejiendo.

Las brujas, perdiendo cualquier rastro de confianza y seguridad, intentaron detener el ritual de nuevo. Conjuros malignos fueron lanzados en un intento desesperado de debilitarlas. Sin embargo, cada maldición fue disipada por el escudo de magia que las envolvía, convirtiéndose en chispas inofensivas que se disolvían en el aire.

El ritual llegó a su clímax y un destello deslumbrante llenó el bosque. La magia fluyó a través del círculo creado por las chicas, envolviéndolas en una luz abrasadora. En ese momento, supieron que el hechizo había acabado.

—Soy Denébola y voy a concederles lo que deseen —habló aquella entidad. Eso era casi lo único que podía decir.

Ana y Ester abrieron los ojos lentamente, aun sintiendo la energía mágica palpitar en su interior. Sintieron emoción y asombro al ver a la brillante mujer frente a ellas. Supieron que una vez que huyeran de aquel mundo ya no tendrían que temer por sus vidas ni escapar de su pasado.

Se miraron la una a la otra, con una sonrisa de victoria y alivio en sus rostros. Estaban listas para vivir sus vidas plenamente, sin miedo ni restricciones.

—Queremos que nos lleves a otro mundo —habló Ester.

—Donde nadie nos persiga. Y que esté muy, muy lejos de este —agregó Ana con una sonrisa, el hechizo quizá había cambiado algo en ella, ya no estaba atemorizada.

—Su deseo será concedido —dijo aquel ser, y extendió ambas manos hacia las adolescentes.

El bosque recuperó su calma, los pájaros se acurrucaron en sus nidos, y la noche se hizo serena. La magia que había llenado el aire se disipó lentamente, dejando tras de sí una sensación de paz y renovación.

En ese momento, las brujas enfurecidas, intentaron con un último hechizo, aquel que Ana y Ester temían más que cualquier otro. Ana podía sentirlo ya que gracias al hechizo se habían intensificado sus sentidos de hada.

Ester tomó la mano de la mujer y con su mirada incitó a su amiga a hacer lo mismo.

A las brujas ya no les importaba si se deshacían de una de su especie, estaban furiosas. Cuando lanzaron el hechizo directo a la bruja, Ana la empujó y la protegió con su cuerpo.

Ester cayó, ensuciando su ropa con la tierra. Pero eso era lo menos importante.

El hada que la había apoyado siempre se estaba desvaneciendo. Su figura se hacía cada vez más transparente.

—¡Haz algo! —le exigió a Denébola.

—Tenías un solo deseo. —Su rostro se mantenía inexpresivo—. ¿Quieres tu libertad o no?

—¡Vete, Ester! —la voz de Ana flotaba suavemente en el aire, mientras una lágrima resbalaba por la mejilla del hada.

—¡Esto no debía salir así! ¡Tú debías huir conmigo! —susurraba con lágrimas en los ojos mientras la observaba desaparecer— ¡Ese era mi plan!

—Cambia de plan entonces, hazlo por ambas...

Esas fueron sus últimas palabras. Segundos después, Ana ya no estaba.

Ester no limpió sus lágrimas, las dejó caer. Pese a que sentía una fuerza externa que la obligaba a ponerse de pie y tomar la mano extendida de Denébola, intentaba resistirse. Su mano se levantaba en contra de su voluntad, no podía hablar para expresar la profundidad de su dolor.

Ignorando las palabras y los insultos de las brujas, ambas se elevaron al cielo estrellado. La bruja no solía mostrar sus emociones, pero en ese momento se le hacía imposible no llorar y lamentarse en voz baja.

Denébola se encendió en luz otra vez, su brillo y esplendor no le permitían abrir los ojos a Ester. No obstante, segundos después ya no sentía a Denébola y su luz. Sentía que caía.

Tan pronto como tocó el suelo de un duro golpe, abrió los ojos y observó su nuevo alrededor.

Un grupo de personas vestidas con ropa antigua la rodeaban y miraban con curiosidad.

—¿Por qué lloras, niña? —le preguntó un hombre anciano.

—¿Dónde estoy?

Intentaba encontrar algo que le diera una pista. Las casas estaban hechas de madera y eran pequeñas. No había calles.

—En Astra.

Imposible, pensó.

No se parecía en nada a la ciudad en la que había crecido, no había casas altas, edificios pequeños, postes de luz, no había nada que ella conocía de Astra.

—¿Cuál es tu nombre?

Ester contempló el rostro de la niña que le había hecho la pregunta.

Si debía comenzar una nueva vida necesitaba un nuevo nombre y ninguno le parecía mejor que el de su hada favorita.

—Ana, mi nombre es Ana.