Capítulo 1
El sonido del viento y el rugir del agua apenas lograban romper aquel silencio sepulcral.
El bosque de Seren parecía interminable. Árboles inmensos ocultaban los soles, como si la luz del día les resultase una ofensa.
«¡Maldita sea!» pensé, con los dientes apretados.
Me costaba respirar. Llevaba días tras mi presa y mis raciones comenzaban a mermar.
El Bortox no se detenía para beber agua o descansar. Eso le otorgaba bastante ventaja. La bestia tenía un pelaje tan oscuro como la misma noche, lo que dificultaba distinguirlo en la oscuridad. Por si fuera poco, con sus seis patas podía saltar cualquier obstáculo, lo que hacía imposible seguir sus huellas. Con sus orejas alargadas, podía escuchar a kilómetros de distancia.
Nadie se atrevía a darle caza a semejante monstruo. Su dura piel parecía una coraza, capaz de resistir espadas, flechas y lanzas por igual. Su único punto débil estaba en el cuello. Se necesitaba de un cazador realmente experimentado para aniquilar algo así.
Para más inri, un estúpido lobo solitario se unió a la caza. Parecía tan decidido como yo a darle muerte. Quizás tuviesen alguna cuenta pendiente que saldar.
No sabía si seguir el rastro del Bortox o el de aquel animal. Hastiado de la situación, decidí ir hasta la laguna.
La vista era espectacular. Sus aguas, cristalinas y mansas, me incitaban a meterme en ellas y quitarme el cansancio. Opté por solamente dar un sorbo.
Me detuve cuando mi reflejo me miró con ojos tristes desde la superficie. Su brillo esmeraldino se había esfumado hacía tiempo.
Mi cabello no era más que un revuelto moreno y desaliñado; lleno de telarañas y maleza. Mis ropas estaban destrozadas; apenas jirones que eran más barro que tela.
Estaba claro que mi padre iba a echarme la bronca más grande del mundo si no conseguía cazar a esa estúpida bestia.
Acaricié la fina cicatriz en mi labio. Cada vez que la veía, me recordaba la muerte de mi madre.
—¡Si no le atraviesa la garganta, quizás lo mates del susto! —me dije, irónico.
Mostré una media sonrisa y golpeé el agua para disipar aquella imágen. Odiaba tener que esconder mis emociones.
Algo llamó mi atención en la orilla opuesta. Alcé la cabeza y el lobo estaba allí, con la respiración agitada y las orejas de punta mientras calmaba su sed. Él no era lo que me hizo levantar la mirada.
—¡Mierda! —gruñí.
Sin hacer ruido, puse una flecha en mi arco y apunté cerca del lobo. Quería asustarlo y que se largase de allí. El Bortox estaba cerca.
«No entiendo como puede ser tan rápido y ágil un animal tan grande…» razoné.
—Vamos…
Disparé. La flecha silbó e impactó junto a la pata del lobo. Huyó sin más.
El Bortox se acercó y estiró el cuello para beber. Una oportunidad servida en bandeja de plata.
Cogí otra flecha del carcaj, la puse con mimo y alcé el arco mientras tensaba la cuerda.
—¡Te tengo!
El penacho azul tocó mi mejilla. Los latidos de mi corazón se aceleraron. Necesitaba calmarme o fallaría el tiro.
Cerré los ojos. Tensé un poco más la cuerda, hasta que mi mano me rozó la oreja. Abrí los ojos y solté el disparo. El tiempo pareció ralentizarse.
La flecha levantó una onda en la laguna. Observé al Bortox levantar la mirada, y cómo tensó todos sus músculos para huir.
El monstruo cayó a un lado, con mi flecha clavada en el cuello.
«¡Por fin!»
Era mío. Sonreí y una carcajada se me escapó.
Iba a arrastrar a mi víctima hasta la cabaña, pero me lo pensé mejor. Si mi silbido llegaba hasta Tornado, sería más rápido volver a Astra. Con suerte, llegaría a tiempo para cenar, y una cama era más cómoda que dormir en el suelo del bosque.
Me llevé dos dedos a los labios y silbé con todas mis fuerzas. Tornado se demoró lo mismo que yo tardé en rodear la laguna con el cadáver a cuestas. Recé para que el caballo aguantara el peso, cargué al Bortox en su grupa y lo puse a galopar.
Me encantaba Tornado. Desde su color canela, hasta la lealtad que me demostraba día a día. Era capaz de detectar el peligro y era uno de los caballos más rápidos y fuertes que jamás haya tenido.
Supo salvarme la vida en más de una ocasión, aún a riesgo de resultar herido por la mordida de unos lobos salvajes. Desde entonces nadie lo quiso, por la cojera que sufría al trote. Al galopar, era casi imperceptible.
—Aguanta, compañero. Te prometo una recompensa de tres manzanas apenas lleguemos a casa.
Tornado amainó el andar. Conocía sus mañas.
—¡Bien! ¡Que sean cinco! ¿Quieres herraduras nuevas y una silla más suave?
Apretó el paso, convencido de haber ganado un buen trato.
Tuve que sujetarme con todas las fuerzas que me quedaban. Sentía como si mis huesos fueran a quebrarse en cualquier instante, para atravesar músculos gastados que ya no daban de sí.
Caía la tarde. Llegamos a una cabaña algo maltrecha. La madera parecía podrida y agusanada. Las telarañas, que lo cubrían todo, parecían ser lo único que la mantenía en pie. El ambiente olía a muerte.
Necesitaba darle a Tornado un respiro, si quería que llegase vivo a Astra.
—En peores lugares hemos despertado, ¿no? —comenté, con aire burlón.
Tornado parecía ausente, como si hubiera percibido algo que escapaba a mis sentidos. Algo allí estaba mal.
Un escalofrío me recorrió la espalda al quedarme frente a aquel lugar. Siempre me había intrigado, pero nunca me había atrevido a entrar. Los ciudadanos de Astra decían que estaba maldita y que allí había muerto un gran mago oscuro.
—Supongo que será una aventura para otro momento.
Volví a subir y solté un grito de felicidad mientras nos alejabamos.
El sonido de la risa de los niños me devolvió a la realidad. Me encontraba en la plaza central. Allí jugaban con espadas de madera, mientras sus madres los vigilaban sentadas en un banco de piedra.
—Nada como estar de vuelta en casa.
A su manera, Tornado asintió.
Un niño bebía agua de una fuente de piedra antigua. Tenía la forma de un pequeño dragón con las alas abiertas. De ella brotaba agua que provenía directamente del río Sevein. Se decía que aquel punto era el centro exacto de la ciudad, y que esta se elevó a su alrededor para proteger dicha fuente.
Tuve que rodear la plaza para no pisar el césped. Saludé a algunos soldados que se reunían en el “Gran dorado” para emborracharse y reír al terminar las rondas de vigilancia.
Se escuchaba demasiada gente dentro. Supuse que el juglar había llegado. Él contaría historias, cantaría y entretendría a todos.
Dejé a Tornado en el establo con los demás caballos. Les puse algo de heno y agua limpia.
—¡Apenas acabe con esto, traigo tus manzanas! —dije a mi caballo, con una suave palmada.
Arrastré al Bortox lejos para despellejarlo y limpiarlo. Terminé de cortar y empacar, y guardé todo en la despensa.
Llamé a mi padre en busca de ayuda. Como era costumbre, no obtuve respuesta. Preparé un poco de estofado y le dejé un plato listo para comer.
«Quizás con el estómago lleno, el regaño sea más leve.» pensé, entre suspiros.
El canto de un gallo me asustó. Tuve ganas de atravesarlo con una flecha, pero me contuve.
—Es demasiado pronto —murmuré.
Me quedé mirando por la ventana. El primer sol se escondía por el horizonte
Era la época de siembra. Tenía que comprar semillas en el mercado.
Me alejé de aquella visión que comenzaba a deprimirme. Me colgué la espada en la espalda, el arco en la cadera izquierda, el carcaj en la derecha y la daga en la parte trasera del cinto. Me dirigí a la plaza donde los niños jugaban y los comerciantes ya tenían sus tiendas abiertas.
Había puestos de toda clase. En uno, una pareja de enamorados miraban joyas. Me acerqué para ver los precios y huí despavorido. Demasiado caro para mí. Compré algunas cosas y seguí mi camino.
Vi a nuestro herrero en otro de los puestos. Afilaba espadas y dagas con una maestría excepcional. Esperaría para afilar las mías cuando acabase el mercado, porque así habría menos gente y no tendría que esperar.
—¡Hola! ¡Hola! ¡Acabo con estas órdenes y nos ponemos al día! —gritó a voz en cuello, mientras me saludaba con entusiasmo.
Alcé la mano en señal de saludo y seguí con la tranquila caminata.
Doblé la esquina de la plaza y continué mi recorrido. En uno de los puestos, un cartel decía que poseían piedras de poder y buena suerte. Otro tenía objetos extraños que no había visto nunca; algunos parecían temblar y otros gritar.
—¿Qué diablos son esas cosas? —espeté.
Empecé a ponerme nervioso cuanto más avanzaba. Llegué a un puesto que tenía una triqueta dibujada en una cortina.
Una mujer mayor, con demasiadas arrugas y unos ojos blancos que ya no veían nada, me cortó el paso.
—Disculpe, señora —alcancé a decir.
La anciana que me enseñó una sonrisa sin dientes. Se apartó el cabello de la cara y soltó una risilla.
—Hola, joven Jinete… ¿Quieres saber tu futuro?
—¿Jinete? Yo…
La mujer asintió, como si pudiera verme.
Los jinetes solo montaban dragones. Aún así, quise arriesgarme y descubrir qué me aguardaba.
La anciana volvió a sonreír y me hizo pasar al interior de su tienda. Allí me obligó a sentarme en un cojín en el suelo, frente a una mesa redonda.
—Ponte cómodo —me dijo, con sus manos en mis hombros.
La habitación tenía demasiadas cosas que nunca había visto. Otro escalofrío me recorrió cuando la anciana se sentó enfrente y arrojó unas pequeñas piedras sobre la mesa. La habitación quedó a oscuras, apenas iluminada por unas velas.
Se rascó la cabeza y soltó una carcajada mientras la luz de los soles volvía a entrar al cuarto. Contuve la respiración.
—Una vez, en Ipep, vino a verme una mujer embarazada. Había tenido una vida horrible, enamorada de quien no debía. La buscaban para matarla… ¡A ella y a su pequeño bastardo aún sin nacer! Tú futuro y el de ella son idénticos.
—¡¿A qué se refiere?! —pregunté, alarmado.
—Difícil futuro te aguarda. Lleno de posibilidades y cambios tras tus decisiones… ¡Un futuro en continuo movimiento! Serás traicionado por una persona en la que jamás pensarías. La muerte de un ser querido te acecha, y un viaje con nuevos amigos te espera. —No entiendo nada de lo que dice.
Quise levantarme y retirarme de allí.
—¡Se descubrirá quién eres en realidad! ¡Solamente tú decidirás a quién la vida devolverás! —exclamó, con voz gutural.
Estaba asustado. Aquella no era la voz de la vieja con la que había hablado. Todo parecía muy extraño, distorsionado y oscuro.
—¡¿Qué demonios está pasando?!
Mis latidos se volvieron locos. La anciana continuaba con su locura. Con cada palabra que decía, más temblaba.
—Con el tiempo lo entenderás. Con tus decisiones, en héroe o villano te convertirás. Siempre te recordarán por tus proezas y tu habilidad… ¡Ahora vete, joven Jinete, y forja tu propio destino!
Me levanté y escapé sin mirar atrás. La frase “héroe o villano” me daba vueltas por la cabeza. Nunca sería un villano.
Me detuve cuando vi la hoguera en la plaza. Aún seguía llena de gente y los niños se sentaban alrededor del fuego. Miraban fijamente a un hombre que contaba cuentos, ataviado con una capa verde.
—Cuando los dragones vivían en su bosque y estaban en guerra con las personas, existió un joven hechicero. Él era hijo de una bruja y un demonio que escapó del mismo infierno. No hacía el bien, pero tampoco el mal. Obraba según lo que a él le parecía correcto… Cuando hacía uso de su magia, sus ojos se tornaban negros como la más absoluta oscuridad.
Arrojó unos polvos extraños a la hoguera. Aquello provocó que las llamas se hicieran más intensas y adquirieran un tono azul. Los niños dejaron escapar gritos de sorpresa. satisfecho, continuó con su relato.
—El muchacho buscaba tranquilidad para meditar. Así es que buscó refugio en el bosque de los dragones. Encontró a una cría atrapada en una trampa. Kalso, el joven hechicero, usó la magia para liberarlo. El pequeño dragón, al ver sus ojos, se asustó y huyó. Al día siguiente, Kalso volvió al bosque y se encontró con el dragón… El pequeño le preguntó quién era y qué hacía en ese bosque.
Se mantuvo un rato en silencio mientras algunas personas se juntaban a su alrededor. Me gustaba la historia. No podía alejar mi mirada de él.
—Los dos siguieron juntos por mucho tiempo, hasta que ambos corazones latieron al unísono. Se convirtieron en uno solo. Ayudaron a mucha gente necesitada y mataron a gente inocente; ellos sólo hacían lo que les parecía correcto. Los demás dragones y personas no entendían ese lazo que mantenían e intentaron separarlos… Cuando vieron lo que eran capaces de hacer juntos, entendieron que si los separaban, ambos morirían.
El juglar se quitó el sombrero, miró en derredor, extendió la mano y comenzó a pasear. Intentaba conseguir algunas monedas.
—Así fue como los dragones empezaron a elegir compañeros. Sin importar la raza, la edad o el sexo. Así fue como Kalso y ese joven dragón consiguieron que dos razas en guerra se unieran para defender a Notna. Juntas… ¡Y así ha sido hasta el día de hoy!
Los aplausos resonaron en el lugar. De repente, un dragón aterrizó en medio del gentío.
—¡Por Notna! —bramó una voz a mis espaldas.
Alguien se arrojó sobre mí. Logré desenvainar mi espada y parar el ataque que iba directo a mi cabeza. Me agaché y giré mientras sacaba la daga de la parte trasera del cinto. Salté y aproveché el impulso para arrojarme contra mi oponente.
—¿Atacar por la espalda? ¡Cobarde! —le grité.
Levantó la espada y noté la sacudida de acero contra acero. Ataqué con la daga mientras ambas espadas seguían juntas.
Una segunda espada se interpuso para proteger a aquella persona. Apreté los dientes y acabé por soltar la daga cuando sentí un fuerte calambre en la mano. Dolía.
—¡Maldición! —gruñí.
Retrocedí unos pasos para evaluar a mis enemigos. Welling, una Jinete de Astra, era la culpable de que el primero no estuviera muerto. Observé al otro y mi espada resbaló de mi mano. Era un hombre fuerte, de unos veinte años, sus ojos verdes y su pelo moreno eran iguales a los míos. Su mirada parecía más inteligente, todo hay que decirlo. Una sonrisa apareció en su cara y un fuerte rugido sonó cerca.
—¿Qué estás… haciendo? —alcancé a balbucear.
Me observó con total indiferencia. Su rostro parecía el de una estatua inexpresiva.
—Tu técnica es deficiente. Debes practicar más y esforzarte al máximo —me dijo, casi sin mover los labios.
—¿Cómo? Yo…
Apenas podía articular las palabras. Todo era demasiado confuso.
Sus ojos se fijaron en los míos. Podía sentirlos como agujas clavándose en mi mente.
—Quizás simplemente deberías dedicarte a hornear pan o cocinar estofados —se mofó.
La sorpresa me desestabilizó. Aquel muchacho era mi hermano pero, al mismo tiempo, parecía una persona totalmente diferente.
Un segundo rugido hizo que desviara la mirada hacia Eridor, su dragón. Parecía más grande que la última vez que lo vi. Sus escamas plateadas reflejaban el destello de los soles y cuando estiraba las alas, se distinguían los gruesos tendones. Las garras eran tan grandes como mi pecho. Volutas de fuego escapaban por las fauces.
Corrí hacia Deivid y lo abracé. Una lágrima resbalaba por mi mejilla y tuve que secarla rápido, para que no la viera.
—¿Me has echado de menos, Sammy?
—¡No sabes cuánto! Pero mucho más a Eridor.
—¡Ja! Lo supuse.
—¡Y he entrenado bastante! ¡He cazado a un Bortox sin ayuda de nadie!
Alzó una ceja, incrédulo.
—¿De verdad? ¿Y cómo lograste semejante hazaña? —preguntó, cruzado de brazos.
—¡Con una flecha justo aquí, en su punto débil! —respondí, con el índice contra mi cuello.
Deivid sonrió y asintió.
—Excelente. Eso quiere decir que ya no me necesitas en absoluto.
—Podría decirse… —respondí con orgullo.
Le mentí. No podía decirle cuánto lo había necesitado aquellos meses. Eso me haría parecer débil y no quería preocuparlo demasiado. Él se jugaba la vida protegiéndonos a todos.
—¿Me dejarás montarlo esta vez?
Deivid suspiró.
—¡Menuda bienvenida! Esta noche te contaré todo lo que me ha pasado. Si te portas bien y Eridor quiere, podrás montarlo. Mañana te ayudaré con la siembra, si aún no la has hecho.
No merecía un hermano como él. no después de lo que hice. Cambié la expresión con una sonrisa ladeada y asentí.
Un escalofrío me recorrió cuando un cuerno lejano resonó y una estrella atravesó el cielo. Por un instante, pareció hacerse de día.
—¡¿Qué es eso?! —pregunté, asombrado.
Welling se dirigió hacia mi hermano. Le dijo algo al oído que no alcancé a oír. Aquello cambió la expresión de su rostro.
—Sam… ¿Quieres dar unas vueltas tú solo con Eridor?
Una sonrisa de oreja a oreja se me escapó y me lancé a abrazar a mi hermano.
—¡Por supuesto que quiero!
Me ayudó a montar y fijó las correas en mis piernas con más fuerza de lo normal. Eso evitaría que saliera volando o terminase aplastado contra el suelo.
Eridor estiró las alas. El corazón se me aceleró. Con un gran impulso levantó el vuelo.
Lo primero que noté fue la velocidad. El aire me hacía entrecerrar los ojos. Los picos Zemmit parecían enanos a lo lejos, las grandes copas de los árboles del bosque Seren eran sólo un borrón verdoso.
Tragué saliva y miré abajo. Astra no era más que una mancha diminuta en el suelo. El mar, azul con algunas líneas blancas, era lo único interminable e inmenso que distinguí. Envidiaba a los Jinetes por poder disfrutar de momentos tan maravillosos.
Sobrevoló el río y el bosque. Era algo increíble. La sensación de ser libre nunca la había experimentado en mi vida. Solté las riendas y extendí los brazos cuando Eridor se dejó llevar por una corriente de aire.
Solté un grito de pura felicidad. Jamás podría agradecerle lo suficiente a Deivid por aquel momento.
—¡Woooh! ¡Vamos, Eridor! ¡Más alto!
El dragón obedeció y ascendió hasta perdernos en el cielo.
—¡Caída en picada! ¡Ahora!
Aquella técnica era por demás peligrosa. Servía para atacar campamentos enemigos y tomar una rápida posición de ataque, mientras se aprovechaba el desconcierto.
Bajamos a toda velocidad, como si de una estrella fugaz se tratase. Por un instante, esa imagen fue lo único que ocupó mi mente.
Eridor extendió sus alas momentos antes de tocar el suelo. Planeó con elegancia y regresamos al punto de partida.
Aterrizamos junto a mi hermano. Habían Jinetes armados con sus dragones por toda la plaza. Miré al horizonte y observé pequeños puntos volando hacia nosotros.
—¿Deivid? ¿Qué sucede?
Me abrazó apenas desmonté. Me apretó demasiado y algo húmedo mojó mi hombro.
—Te quiero, Sammy. Hazte fuerte y protege la aldea en mi lugar… ¡Nunca olvides todo lo que te he enseñado! ¡Lucha con coraje y guíate con el corazón!
Su voz entrecortada sonaba a despedida. Estiré el brazo para intentar detenerlo.
Se alejó de mí, subió a Eridor y alzó el vuelo en dirección a los otros jinetes.
—¡Espera! ¡¿A dónde vas?! ¡No me dejes, hermano! —grité, pero no sirvió de nada.
Mis rodillas tocaron el suelo. Me dolía el pecho, me costaba respirar y las lágrimas no paraban de salir. Miré al cielo.
—¿Qué…? ¿Qué está sucediendo?
Los Jinetes lucharon con bravura. Las llamaradas de los dragones, las estelas de magia, el polvo que flotaba de cuando un dragón moría. No podía procesar aquello; era demasiado.
Mi hermano peleaba contra dos Jinetes. No tenía buena pinta. A su lado, un dragón de escamas verdes desapareció. Grité con todas mis fuerzas.
Me sentía impotente e inservible.
¿Qué podía hacer contra la grandeza de los dragones?
Rocé la empuñadura de mi espada. Sabía que aquello sería una locura, pero prefería morir con mi hermano que vivir en un mundo sin él.
Silbé con todas mis fuerzas y me puse de pie. Tornado respondió a mi llamado.
Subí de un salto. Sin aminorar el ritmo, se dirigió directo a la batalla.
—Lo siento, amigo mío. Hoy moriremos juntos.
Estábamos a punto de llegar a las montañas, cuando vi a Eridor caer en picado hacia el suelo, seguido de otro dragón.
—¡No! ¡Maldición! ¡No!
Atravesé la nube de polvo que dejaron tras la caída. Salté de Tornado y arremetí sin piedad contra el Jinete que quería acabar con mi hermano.
—¡Deja en paz a mi hermano!
Lo vi llevar su mano al pecho, donde sobresalía la hoja de mi espada. Noté que le costaba respirar. Convulsionó y se giró para ver a su dragón convertirse en polvo.
—Sammy… ¡¿Qué demonios haces aquí?! —gritó Deivid.
Me giré hacia mi hermano. Mi cuerpo estaba demasiado rígido y se negaba a acercarse a él. Se soltó de Eridor y corrió.
Intenté forzar una sonrisa. Me temblaban las manos y la voz se me quebró. Acababa de matar a una persona.
—Yo…
—¡Aquí no estás seguro, Sammy! ¡Vuelve a la aldea! —ordenó.
No pensaba abandonarlo. Me enderecé y saqué un valor que realmente no sentía.
—Puedo ayudarte, hermano.
—Sé que eres muy bueno con la espada, Sammy… ¡Pero este no es tu lugar! ¡No me podría perdonar si te pasase algo!
Iba a seguir discutiendo. En ese instante, dos pelotones de Dolmenianos nos interrumpieron.
—¡Demonios! ¡Cada vez son más y más enemigos!
Deivid apenas podía mantenerse en pie. La batalla lo había dejado sin fuerzas.
—¡Conozco a esas alimañas! ¡Podremos contra ellos! —dije, confiado.
—¡¿Cómo es que los conoces?!
—¡Los libros sirven para algo más que equilibrar una mesa, hermano! Y recuerda que hablas con el gran Cazador de Bortox…
Deivid abrió los ojos como platos. Sonrió y puso una mano sobre mi hombro.
—A cabezón nadie te gana…
Asentí.
Aquellos eran seres horribles con cabeza de águila. Su cuerpo era como el de los humanos, salvo por la piel llena de escamas como las serpientes. Su aliento apestoso era capaz de dejar sin sentido a quien lo oliese. Su rapidez y fuerza se multiplicaban durante la noche.
—¡Acábalos! ¡Acábalos! —rezaba una voz en mi cabeza.
Una furia extraña se apoderó de mí.
«¡Bienvenido, extraño ser! ¡Dame poder para sobrevivir!» pensé, rabioso.
—Me estoy volviendo loco —murmuré.
—Usa tu arco. Dales en el corazón… ¡Rápido! ¡Acábalos! —ordenó la voz.
Logré acabar con tres Dolmenianos que atacaron a Deivid. Él se volteó, sorprendido por mi velocidad.
—¡¿Cómo hiciste eso?! ¡Apenas he parpadeado!
—¡Seguí tus consejos y me puse a practicar! ¡Creo que el alumno ha superado al maestro! ¿No crees? —bromeé.
Aparté el arco. Era momento de usar el filo.
—¡Resiste! ¡Acábalos! —insistía la voz.
Paré la estocada de uno de aquellos seres demoníacos. Clavé mi daga en su pecho y la arranqué con furia.
—¡Muere! —le grité.
Me agaché para evitar un hacha que pretendía decapitarme en un único barrido. Salté e introduje mi espada por el pico de la bestia, hasta que salió por detrás de la cabeza con un revuelo de plumas. En un rápido movimiento, retiré la hoja y la hundí en su negro corazón.
—Sonríes cuando matas… —susurró la voz.
Me estremecí. Aquello logró distraerme.
Las náuseas me invadieron. La voz de mi cabeza quedó en silencio.
—¿Deivid? —logré balbucear.
Era consciente de las vidas que había apagado con mis propias manos. Sentía miedo de mis propias acciones.
—¡Sammy! ¿Estás herido?
Me temblaban la voz y las manos. Mi hermano estaba blanco y lleno de sangre.
Negué con la cabeza.
«¿Cómo puede ser tan estúpido de preocuparse por mí? ¡Se está desangrando!» fue lo único que pude pensar.
—¡Perfecto! Necesito que me escuches y me hagas caso, ¿está bien? ¡Sus armas estaban envenenadas y me han herido! —exclamó, mientras sujetaba su costado.
Sus rodillas golpearon el suelo y corrí para evitar que su cabeza diera contra una roca. Eridor desapareció entre cenizas y polvo. La cara de Deivid cambió a una expresión de dolor mientras cerraba los ojos.
—Deivid… ¡No! ¡Por favor! ¡No!
Apoyé su cabeza en mi pecho y le abracé. Empecé a llorar.
—No me queda mucho tiempo.
—¡No digas eso! ¡Vas a estar bien! —sollocé.
—Galopa hacia Astra sin mirar atrás. Prepara una defensa, cierra los portones y protege la ciudad…
—¡Hermano!
—¡Todo esto es culpa de Ezequiel! ¡Quiere reinar sobre Notna! Con la ayuda de sus apóstatas y los Dolmenianos lo conseguirá… ¡No te alíes con él!
—¡¿Ezequiel?! Pero…
Volvió a coger aire. Le costaba respirar y se ahogaba con su propia sangre. Su mano me tocó la cara y abrí los ojos para mirarle. Una lágrima se escapó de sus ojos y me dedicó una última sonrisa.
—Me siento orgulloso, Samuel.
Su mano abandonó mi rostro y golpeó el suelo.
—¡No puedes dejarme! ¿Quién me defenderá de papá? ¡Levántate!
El ser en mi cabeza volvió. Exigía que acabara con todos y cada unos de los bastardos que se encontraban en aquel campo de batalla.
Regresé a Astra. Cerré los enormes portones y fui directo a “El Gran Dorado” donde sabía que se encontraban los soldados. Pedí a gritos ayuda para defender la ciudad.
Escuché a la gente hablar, reír y cantar. No entendía lo que decían.
—¡Nos atacan! ¡Nos atacan! —clamé a todo pulmón.
Nadie me hizo caso.
Mi padre estaba allí. Parecía estar sobrio. Eso era una novedad.
Note el abrazo de alguien. Intenté girarme, pero la vista se me oscureció.
—¿Qué? ¿Qué está…?
Los músculos, cansados, dejaron de responderme. Mi cabeza dejó de funcionar. Todo daba vueltas y el suelo me atrajo mientras mis ojos se cerraban.