1. El euro
ALYSSA
El olor a café inunda mis fosas nasales al ingresar al lugar, el ambiente es cálido, contrario al clima frío de otoño en las calles de Luxemburgo.
En la fila para ordenar hay unas quince personas por delante de mí, este lugar se haya atestado de gente en esta época y con justa razón, es probablemente el mejor café de Mersch.
Miro mi celular sin mucho interés mientras la fila avanza lentamente, luego de largos minutos ya solo faltan dos personas para que pueda hacer mi pedido. Comienzo a mirar el menú pegado en la pared como si no me lo supiera de memoria y fuera a pedir lo mismo de siempre.
—Buena tarde, quiero un expreso y una dona de chocolate, por favor —pide el chico frente a mí.
Observo como la señora tras el mostrador comienza a preparar su pedido con rapidez, entregándoselo en una bolsa de papel.
—Serían 2,50 € —dice amablemente la mujer.
—Sí, le pago con tarjeta, por favor.
—Solo aceptamos efectivo, joven.
—¿Tarjeta no? —Preegunta lo obvio. No sé quien está odiando más al chico, si la señora o mi estómago con hambre.
—Es lo que acabo de decir, caballero, solo efectivo —. Asiente el pelinegro y comienza a reebuscar entre sus pantalones y bolsas de su hoodie.
Saca unas monedas y las esparce sobre el mostrador, las cuenta y sigue buscando. Un suspiro frustrado sale de mí. El estómago me gruñe y los pies me duelen por el pesado horario laboral que tuve.
—Si gusta puede ir tomando mi orden en lo que el joven sigue buscando —me dirijo a la vendedora a nada de perder la paciencia.
Ella asiente aceptando.
—Será un moka grande y un muffin de arándano, por favor —regresa en seguida con mi pedido.
—Serían 4 € —pago y espero mi cambio.
—Maldición —susurra el chico con frustración.
Lo miro discretamente, cuenta las monedas que ahora están en su mano y vuelve a buscar en sus bolsas como si fueran a aparecer más por arte de magia.
—Un euro de cambio —me entrega la moneda llamando mi atención. Le agradezco.
—Oye, ¿me prestas un euro? —Detiene mi caminar el chico.
Por un segundo analizo lo que me dijo, o simplemente si me está hablando a mí. Sus ojos grises me miran expectantes, los míos le devuelven la mirada con confusión.
Aún extrañada le entrego el euro que me devolvieron y sigo mi camino. Parece que escucho un agradecimiento de su parte, mas no me quedo para comprobarlo. Empujo la puerta de cristal y el gélido aire estampa mi cara, está a nada de oscurecer.
Me apresuro a llegar a la parada del bus, debe estar a nada de pasar. Si lo pierdo tendría que esperar mínimo media hora a que pase el siguiente.
Cuando doblo la esquina veo el bus en la parada del final de la calle, corro con la esperanza de llegar, sin embargo, mi piernas no son lo suficientemente rápidas porque no llego ni a media calle cuando el bus se marcha. Saco mi muffin y le doy un mordisco como consolación.
Al alcanzar al paradero me siento a comer lo que sería mi cena y esperar el siguiente transporte.
Mi cuerpo da repetidos temblores a causa del clima y mi escaso abrigo. Mínimo el café está caliente.
La avenida está desolada, seguramente ya toda la ciudad está en sus casas disfrutando de su calidez, en cambio, yo ya no siento los pies.
Me saca de mis pensamientos un auto negro pasando frente a mí. No sería extraño si hubiera pasado y ya, pero pasó, se detuvo y dio reversa, quedando frente a mí.
—El autobus no pasará hasta dentro de media hora —reconozco su voz, es el chico del cafe.
—Lo sé, lo estoy esperando.
—Hace mucho frío y va a llover.
—También lo sé, me estoy congelando —contesto sin saber por qué este chico es fan de decir lo obvio.
—Sube, te acerco a tu destino.
Trato de mirarle la cara a través de la oscuridad. ¿Qué le pasa a este hombre? ¿Acaso va por la vida pidiendo dinero prestado y subiendo a desconocidas en su auto?
—No te voy a secuestrar ni nada parecido, tómalo como mi pago por el euro que me prestaste, es como el bus.
—El bus es gratuito.
—Bueno, entonces tomalo como un favor y te sigo debiendo el euro —lo pienso un segundo. En realidad estaría increible ya no congelarme y llegar más rápido a mi hogar.
—Estoy bien, gracias —decido ir por la opción segura.
Como si la vida me odiara empieza a llover. Miro el cielo y parece no ser una lluvia pasajera. De hecho puedo ver un relámpago caer no muy lejos de aquí.
—¿Segura? —Pienso unos segundos en las posibilidades.
Parece alguien inofensivo. Viendo en retrospectiva y sin hambre hasta pareció tierno buscando monedas en sus bolsillos y maldiciendo cuando no encontraba más. Aunque los asesinos seriales mienten bien y regularmente son esas personas que piensas que no matarían ni una mosca.
Si bien ya tengo hasta las pestañas congeladas y mis zapatos mojados no me vendría mal que me acercaran a mi destino, de igual manera si intenta algo siempre tendré la opción de usar lo que aprendí en karate.
Me levanto de la dura banca del paradero y camino a su auto, algunas gotas caen sobre mí en el camino, helándome aún más.
El entrar a su auto se siente como un rayo de sol en un dia nubloso, dormir después de días en vela o agua luego de un maratón. Bueno, quizá estoy exagerando, el punto es que está calentito y yo tengo mucho frío.
—Bien, ¿A dónde te llevo? —Rompe el silencio.
Luego de indicarle mi dirección y que se ponga en marcha me permito detallar el interior del auto y buscar con qué defenderme por si las dudas.
Se ve muy moderno y nuevo, no sé mucho de autos, pero la pantalla en el centro del tablero me dice que es costoso.
Huele a colonia, a su colonia, y a aromatizante para autos de canela. El ambiente es silencioso, pero no lo siento tenso. La iluminación no es mucha, pero puedo notar algunos detalles en su rostro, como la palidez en su piel, su nariz respingada y el piercing en su labio.
—¿Por qué solo pediste un expreso y una dona? —Acabo con el silencio.
—Pues... me gusta el café expreso y las donas —obvio tenía que decir algo así.
—Claramente, pero si solo querías eso lo pudiste haber conseguido en cualquier tienda de autoservicio, más barato y sin estar veinte minutos formado.
—¿Me dices eso por el euro que me prestaste? —Desvía su mirada unos segundos de la carretera y me mira ofendido —Sí te lo voy a pagar, solamente que no traigo efectivo, pero dame tu cuenta y te lo transfiero, es más, te transfiero dos.
—No, claro que no es por eso —digo apresutadamente, obvio que un euro no es la gran cosa —. Me refiero a que Café Nordbo es famoso por sus muffins y cafes extravagantes, no por sus expresos y donas.
—Bueno, tampoco es que un moka y un muffin de arándano sea tan extravagante.
Buen punto.
—Olvídalo, no dije nada.
Puedo ver en su rostro un atisbo de sonrisa.
El camino sigue sin más comentarios de ninguno de los dos. Intento ver por la ventana para distraerme, pero no se ve nada por la lluvia, así que decido mirarle a él.
Tiene una complexión delgada aunque no en exageración, tiene largas pestañas y juega con el piercing en su labio de vez en cuando, que por cierto sus labios rojos hacen perfecta armonía con su tez clara y su cabello azabache. Me mira de reojo, mas no aparto la mirada y a él no parece incomodarlo que lo mire.
Doblamos en mi calle y él detiene el auto.
—Vivo más adelante.
—Lo suponía, pero quiero mi turno para mirarte —me deja sin comentarios. Tal como promete, me escanea con la mirada, parece analizar mis razgos con detenida atención.
No me parece una sensación incómoda, solo extraña. No recuerdo a nadie mirarme con tanta atención y sin ninguna intención de juzgarme.
—¿Por qué me quieres mirar? —Genuinamente pregunto.
—Tal vez no te vuelva a ver, quiero recordarte para contarle a mis nietos de la chica que un día me prestó un euro para comprar un expreso y una dona —su respuesta se escucha con un deje de broma.
—Bueno, me puedes volver a ver cuando decidas pagarme el euro —le sigo el juego.
—O puedo pagartelo ahorita... con placer —. Mueve las cejas de arriba a abajo con un deje de picardía. Mi corazón se salta un latido y mis ojos se abren completamente. Seguido de eso él suelta una carcajada que resuena en el interior del auto.
Río junto a él por lo extraño que es la situación y el chico en sí.
—Eres el chico más extraño que haya conocido —exteriorizo lo que pienso.
—Gracias.
Reafirma mi pensar.
Solo avanzamos unos metros más cuando le indico que hemos llegado a mi hogar.
Pasamos unos segundos frente a mi casa y yo no sé como despedirme. Nunca he sido buena con las despedidas y esta no es la excepción.
—Bueno —comienzo diciendo —. Gracias por traerme y no secuestrarme, más que nada.
—Fue un gusto — salgo del coche después de la frase más normal que dijo en toda la noche.
💜💜
Hola: vengo con esta nueva historia, espero que sea de su agrado y la disfruten tanto como yo disfruto escribiéndola.
(Espero sí la lea alguien ksjwkwj)
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