El Lector de Pecados

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Summary

Apareció con el ocaso, en una noche de calor infernal. Se hace llamar Azel y todo el mundo cree que es mi hermano. Me amenaza con una desalmada mirada azul eléctrico y abre cerraduras a distancia con el poder de su mente. Es un extraño y no es humano, pero soy la única que lo sabe. Yo, Leah Li, voy a cazar a este monstruo. Aunque tenga que usar mi propio corazón como arma, y romperlo en las batallas.

Status
Ongoing
Chapters
8
Rating
n/a
Age Rating
18+

1

Leah

Llegan una noche de calor infernal.

Salgo del bendito aire acondicionado del snack bar del autocine y me golpea una ráfaga de aire que parece fuego. Me recuerda a cuando abro la puerta del horno para ver si la pizza está lista y se me queman las cejas. Tengo el cabello recogido en una coleta alta, pero los pelos cortos de la nuca se me están pegando al cuello empapado en sudor.

Aunque el cielo oscuro de Sacramento está despejado, la enorme pantalla donde se retransmite la última película de Spider Man emite demasiada luz sobre el parking abarrotado de coches como para que se vean las estrellas.

Me abro paso entre los vehículos, curioseando a sus ocupantes. Algunos se están dando el lote en lugar de ver la película, otros tienen las puertas abiertas o están sentados sobre el capó para aprovechar la poca brisa que corre.

En alguna parte está el coche de mi mejor amiga, pero no es ahí a donde me dirijo. Los domingos son sagrados para la familia Li. Mi padre insiste en que pasemos tiempo juntos antes de hacer planes con nadie más porque era importante para mi madre y él cree que así honra su recuerdo.

A dos filas de la pantalla, veo nuestro SUV y el codo de mi hermano pequeño asomando por la ventanilla trasera. O eso creo, hasta que me acerco y me percato de que el brazo sobresale por la puerta del copiloto. ¡Mi asiento de copiloto! Aprieto los dientes, dispuesta a arrastrarlo de los pelos de vuelta a su lugar y después cobrarle cada gota de sudor que me provoque.

Cuando estoy a dos pasos me parece ver la silueta de una cabeza por la luna trasera en el asiento de en medio. Frunzo el ceño, confusa. Si Bradley sigue sentado detrás, ¿quién está ocupando mi lugar? ¿Algún amigo de papá? No suele invitar a nadie a los planes familiares, pero puede que haya pasado a saludar.

Rodeo el automóvil y me planto junto al misterioso visitante. Me llega un olor intenso que me trae un recuerdo que no logro identificar. Inhalo, intentando hacer memoria mientras aíslo el aroma del de comida grasienta y palomitas, pero pierdo el hilo cuando veo su rostro iluminado por la luz que emite la enorme pantalla.No le conozco. Analizo su perfil, el flequillo levantado de forma caótica, las cejas pobladas, los ojos verdes, la nariz prominente, los labios llenos y el mentón marcado. Todo en su rostro es agresivo y me recuerda a esas estatuas talladas en mármol por las manos expertas de un maestro obsesionado con la belleza atemporal.

El desconocido se percata de mi presencia, me echa un vistazo y arquea una ceja.

Me he equivocado, no son verdes. Sus ojos son del azul del mar de Santorini cuando le golpea el sol del mediodía y el resplandor ciega. Debe ser un efecto de la luz o que lleva lentillas, porque un ser humano no nace con ese color de iris.

Al ver que me he quedado ahí parada, él abre la boca y me observa expectante. Por un momento creo que me he confundido de coche, pero mi padre está justo ahí, a su lado. Me cuesta apartar los ojos del desconocido para dedicar una mirada inquisitiva a mi padre, a la espera de una explicación o de que me presente a su amigo. Aunque está más cerca de tener mi edad que la de mi padre. Tal vez sea un cadete o el hijo de uno de sus colegas de póker.

—¿Qué miras, mocosa? —Con esa pregunta tan brusca, el desconocido interrumpe la comunicación silenciosa entre mi padre y yo.

¿Mocosa? Cumpliré los veinte antes de Navidad y hace mucho que nadie me llama así. Ni siquiera a Bradley, al que le llevo cinco años, le va el apodo.

—¿Disculpa? —He tenido que escuchar mal—. ¿Quién eres? —Mi pregunta hace que su rostro cambie de la molestia a la duda.

—Leah, corta el rollo, ¿quieres? Nos estamos perdiendo la película —protesta Brad, tirándome una palomita desde el asiento trasero.

—Pero… —Sacudo la cabeza, sin entender por qué los tres me observan como si estuviera siendo una pesada por querer saber de dónde mierdas ha salido ese tío—. ¿Quién es este?

Se hace un silencio extraño, que mi padre rompe poco después en tono aburrido.

—Leah… entra en el coche y deja a tu hermano en paz.

Su comentario me confunde aun más.

—No le he hecho nada —protesto, señalando el asiento trasero—. Ha sido él el que me ha tirado palomitas.

Mi padre pone los ojos en blanco.

—No Brad, Azel —concreta, y me insta con un movimiento de mano a entrar por la puerta de atrás.

—¿Quién?

Brad y mi padre se quejan al unísono de mis repetidas interrupciones. Pero no voy a moverme ni un centímetro hasta que aclare de qué va todo eso.

—¿Quién es Azel? —pregunto, y después señalo al desconocido—. ¿Este tío?

Me percato de la forma en la que el tal Azel me está mirando, alarmado pero también como si estuviera pensando dónde enterrar mi cuerpo. Me recorre un escalofrío. La imagen que ofrece es la de un joven veinteañero o poco más, pero en su mirada tengo la impresión de ver la caída de Sodoma y Gomorra o el nacimiento de los dinosaurios.

—Muy graciosa, Leah. Ahora deja a tu hermano en paz y veamos el resto de la película. —El tono de mi padre ha cambiado a uno de advertencia, el que suele usar justo antes de ponerse a gritar y a castigar a todo quisqui.

—¿De qué hablas? —chillo—. ¡No es mi her…!

Me detengo de golpe al advertir la foto de familia pegada a la visera del asiento de copiloto. Conozco esa foto al dedillo porque la veo cada vez que el sol me deslumbra y bajo la visera para proteger mis ojos. Es de hace cuatro meses y salimos los tres abrazados, papá, Brad y yo, con el Fuerte Sutter de fondo. Solo que ahora en la imagen también sale el desconocido. Meto la mano por la ventanilla para alcanzarla y poder examinarla de cerca. Mis ojos no dan crédito. Ahí está el tal Azel, con un hombro bajo la axila de mi padre y el otro brazo rodeando los hombros de Bradley.

—¿Qué demonios…? —Sacudo la foto en el aire—. ¿Es Photoshop o algo? ¿Qué es esto, una broma? ¿Hay cámaras ocultas?

Mi padre ahora parece más preocupado que molesto.

—Leah, ¿qué te ocurre?

—Debe estar deshidratada o sufriendo un golpe de calor —interviene Azel. Abre la puerta sin despegar sus ojos de mí. Se me eriza la piel porque parece que voy a ahogarme en ellos. Baja del coche y me toma del brazo—. Ahora volvemos —se despide y me empuja para que camine delante de él.

Cuando me resisto, me aprieta tanto el bíceps que me van a salir moratones. Por suerte, no es el lado lesionado de mi cuerpo.

—¡Suéltame, chalado! —Me resisto. Recibimos miradas curiosas de los ocupantes de los coches a medida que vamos pasando. Azel me está arrastrando con violencia mientras forcejeo para escapar de sus brazos. Tiene una fuerza tan inhumana como sus ojos—. ¡Papá! —chillo, pero es inútil.

No tengo ni idea de qué les ocurre a mis familiares, pero me queda claro que no van a venir a ayudarme porque se fían del desconocido. No sólo se fían, han actuado como si fuera mi hermano. Es ridículo, nunca le he visto antes de esta noche y ni siquiera hay un parecido físico.

—Vamos, hermanita, hace mucho calor. Un poco de agua te va a venir bien —me susurra entre dientes.

No se me escapa la ironía que le imprime al apelativo.

—¡No soy tu hermana, imbécil! —espeto, sin renunciar a tratar de escapar.

—Lo recordarás cuando te hidrates. O es que te has saltado la medicación hoy —prosigue él.

Me pregunto cómo es que conoce tantos detalles sobre mi vida.

Hemos llegado al snack bar. Él abre la puerta y me empuja al interior con tanta fuerza que nos separamos varios metros. Echa un vistazo a su alrededor, como si buscara algo o alguien.

—¿Dónde cojones está el arquitecto? —murmura para sí.

He debido de escuchar mal porque eso tampoco tiene ningún sentido. Pero mi estupefacción le ofrece la oportunidad de echarme un brazo por los hombros y guiarme hasta la barra.

—Una botella de agua —le pide a la dependienta con una sonrisa.

Ella lo contempla boquiabierta durante unos segundos hasta que logra reaccionar y apartar la vista a la máquina registradora.

—Suéltame o voy a empezar a gritar que me estás secuestrando —le amenazo.

La chica vuelve a mirarnos.

—Está enfadada porque he mirado a otra —le explica Azel, mientras me dedica una sonrisita maliciosa a mí.

La cajera se sonroja y suelta una risita tonta.

Pongo los ojos en blanco. No puedo creer que vaya a permitir que me secuestren solo porque el criminal en cuestión es guapo.

—No es verdad, no le conozco de na… —Azel me silencia, abriendo la botella y metiéndola a la fuerza en mi boca. Me hace daño en los labios y en las encías.

—Bebe, mi amor. Hace un calor infernal hoy —dice mientras la inclina para que entre parte del contenido en mi boca. Hay un brillo burlón en sus ojos cuando me atraganto con el agua. Me toma por la cintura y me empuja hasta un taburete alto que hay junto a la barra del bar. Después me levanta del suelo sin esfuerzo alguno y me coloca sobre el asiento acolchado—. Bébetelo todo y espérame aquí —ordena, y se aleja sin más. Ni siquiera vuelve la vista para comprobar si estoy cumpliendo con sus exigencias.

Dejo la botella sobre la barra y lo sigo con la mirada, con una sensación de urgencia carcomiendo mis entrañas. No sé qué hacer a continuación. ¿Llamo a la policía para decirles que un desconocido finge ser mi hermano? ¿Regreso al coche para convencer a mi padre que no sabemos quién es este tío? La foto que aún tengo arrugada en la mano y los pelos de punta en mi nuca me dicen que ninguna de esas opciones serviría de nada. Saco mi móvil del bolsillo y llamo a Kadal.

—Tía,ha pasado algo rarísimo —digo cuando descuelga.

—Ya, Zendaya está haciendo de chica impopular, ¿quién se traga eso? —responde mi amiga.

Por el ruido al otro lado de la línea, está viendo la película.

—Hablo en serio, Kadal. Estoy a punto de tener un ataque de nervios. ¿Podemos hablar? Estoy en el snack bar.

—¿Te duele el hombro?

—No es eso, es que… necesito explicártelo en persona. —Conforme hablo veo a Azel por la ventana y que va de camino hacia la entrada—. Ven rápido, ha vuelto.

—¿Quién ha vuelto?

Azel no entra, como había supuesto, sino que continúa bordeando el edificio hacia la parte de atrás, seguido de cerca por un chico alto de cabello oscuro.

—Tengo que colgar, te veo en el bar. —Corto la llamada sin esperar a que me responda y cruzo el restaurante para asomarme por la puerta de atrás.

Por los cubos grandes repletos de bolsas negras y las colillas tiradas en el suelo, tiene pinta de que esa zona la usa el personal para fumar o sacar la basura. De la pared sale una columna de humo que debe provenir de la cocina.

Como había supuesto, Azel aparece seguido del otro chico. Tampoco es alguien que reconozca. Es alto, delgado, de ascendencia asiática y lleva puesta una sotana sin mangas. Sí, como el uniforme de un cura. ¿Qué demonios?

Me siento en el suelo con la espalda contra la puerta, dejando una rajita abierta por la que puedo observarlos sin que me vean.

Azel se apoya contra la pared exterior y enciende un cigarrillo.

—¿De dónde has sacado eso? —pregunta el otro.

—Me lo ha regalado el tipo ese con el que nos hemos cruzado.

—Se lo has robado —deduce el cura.

—¿Por qué coño llevas eso puesto? —Azel le responde con otra pregunta mientras lo señala con el mentón. El chicho se mira el pecho confuso—. ¿Sabes quién viste así aquí?—. Por la expresión que pone, no debe saberlo pero a Azel no tarda en informarle—. Sus sacerdotes.

Se carcajea y el otro chico frunce el ceño.

—Es mi uniforme.

Presto atención y noto que no es la típica sotana, sino una variante moderna, de corte futurista que, aunque le cubre el cuerpo hasta los tobillos, deja a la vista los brazos musculosos.

—Pero no estás en casa, chiflado. Adáptate, lleva lo que llevan ellos. Pensaba que te habías preparado mejor para tu primera misión.

—He visto de todo, no llamo la atención más que los humanos que van casi desnudos— ¿Ha dicho humanos?— ¿Qué quieres? —continúa, molesto.

Azel echa una bocanada de humo y lanza la colilla por el aire con un golpe de su dedo índice.

—Tenemos dos problemas. Los de administración la han cagado y nos han intercambiado. Me han puesto con tu familia.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta el otro, confuso.

—Por qué se parecen más a ti que a mí. —Azel tira de las comisuras de sus ojos hacia las sienes en un gesto ofensivo que utilizan algunos blancos para referirse a un asiático.

Su interlocutor no parece tan asqueado por su actitud racista como yo, sino que se muestra alarmado. Traga saliva y cambia el peso sobre los pies.

—¿Qué hacemos? ¿Cambiamos de…?

—Nah, es demasiado tarde para eso —descarta Azel—. Eres el arquitecto, añade a la narrativa que soy adoptado.

El chico asiente.

—Se puede hacer. ¿Cuál es el segundo problema? —recuerda preguntar, diligente. Su actitud es opuesta a la despreocupación arrogante de Azel.

—Ah, sí… Mi hermanita. —Se me congela la sangre, sabiendo que se refiere a mí—. Le pasa algo… No me reconoce y creo que mi aspecto no ayuda. ¿Puedes arreglarla también?

¿Arreglarme?

Me muerdo el puño para no saltarle encima y “arreglarle” yo a él la cara.

El chico vuelve a asentir y saca una especie de bastón de oro con grabados. Lo sostiene en una mano, alzado frente a su rostro y con la otra invoca un papel que desprende una luz azul brillante. Una especie de relámpago enciende su rostro y el papel.

Me cubro la boca por miedo a que escuchen mi respiración agitada. Mi corazón martillea en mi pecho y me ensordece los oídos. Creo que me va a dar un ataque de ansiedad en cualquier momento, pero el chico del bastón extingue el rayo y vuelven a sumirse en la semioscuridad.

—No detecto ningún problema con ella, pero he añadido que fuiste adoptado. Tal vez su mente no aceptaba esa parte.

Azel suspira.

—Esperemos que funcione o va a ser un grano en mi culo —se queja—. No quiero que sufra un accidente y tener que lidiar con todo el papeleo.

El otro chico frunce el ceño ante la amenaza implícita de sus palabras.

—No puedes hacerle daño —advierte—. Además, no sabes si es parte de la lista o…

—No, claro que no —replica Azel, con una inocencia cargada de sarcasmo—. Por eso mencionaba que a veces ocurren accidentes. Sus cuerpos son tan delicados.

—Si ella sigue desconfiando, debes avisar a Tomt.

—Ya, bueno, Tomt es el que la ha cagado con nuestros emplazamientos, así que… —Azel pone una mueca de estar harto de la incompetencia ajena y después murmura para sí mismo—. Ella debería ser tu problema.

No tengo ni idea de lo que está ocurriendo y de dónde han salido o qué son, pero si uno tiene que meterse en mi vida y en mi familia, también hubiera preferido que fuera el otro.

—Eh, por lo menos los de bio han hecho un trabajo cojonudo con tu cuerpo —prosigue Azel, de mejor humor—. Eres un bombón, te van a poner un altar. Pero quítate esa ropa, ¿quieres? Se te van a confesar por la calle y ese es más bien mi trabajo—. Azel le guiña un ojo de forma amistosa, pero el otro no se muestra recíproco. Sigue igual de serio y Azel pone los ojos en blanco. Después abre los brazos y se mira a sí mismo—. ¿Qué hay de mí? ¿Soy lo bastante apuesto para comerme el mundo? La chica de la cafetería estaba anonadada, pero podría ser porque tengo una verruga enorme en la frente.

—La belleza no es importante —responde el otro y Azel pone una expresión horrorizada.

—¡No jodas que soy feo! —se queja, preocupado.

El que va vestido de sacerdote se encoge de un hombro.

—Estás en forma… Para nuestra misión no necesitamos ser apuestos.

—¿Qué no lo necesitamos? Los humanos son unos fanáticos de la belleza. Todo es mucho más fácil cuando eres guapo.

—Si tú lo dices…—Su compañero no parece convencido.

Ha repetido “los humanos”. Es suficiente para entender que no se consideran uno de nosotros y que hasta sus cuerpos han sido fabricados. Pero si no son humanos entonces ¿qué son? ¿Alienígenas?

Dejo las conjeturas porque me marean y para no perderme el resto de la conversación.

—Si aún no te has visto en un espejo, ¿cómo sabes que no te pareces a tu familia? —se le ocurre preguntar al tal “arquitecto”.

—Mi fichero decía que soy caucásico —responde Azel, aun enfurruñado. Se levanta la camiseta para mirarse los abdominales marcados—. Uff, menos mal, con esto por lo menos podré tener acción. ¿Cómo de feo soy?

—No demasiado horrendo, una cara que pasa desapercibida, diría yo —responde el otro ausente, mientras se limpia una mota de polvo del pecho de la sotana—. Debo volver a mi posición de partida.

Azel asiente con cara de pocos amigos. Le echa un vistazo al chico con evidente envidia y sacude la cabeza, como si pensara que ese debía ser su cuerpo o que está desperdiciado en alguien con esa personalidad.

—¿Cuál era tu nombre? Sim…

—Seth.

—Bien, Seth. Disfruta de lo que te ha tocado, eh —dice a modo de despedida, antes de girarse sobre los talones y marcharse.

Me levanto de golpe y regreso corriendo por donde he venido. Por el pasillo me choco con un hombre que carga con dos cajas y le pido disculpas sin detenerme. No quiero que Azel sospeche que los he estado espiando, así que tengo que llegar al bar antes que él y fingir que creo que es mi hermano hasta que descubra lo que está pasando y cómo luchar contra los invasores. Temo lo que pueda hacer si descubre que su compañero no me ha “arreglado”.

Kadal está apoyada en la barra del bar, mirando de un lado al otro. Tiene la clase de piel bronceada que parece estar maquillada. Sus cejas pobladas y ojos marrones son el complemento perfecto de unos labios carnosos.

—Vete —digo nada más alcanzarla.

Me subo al taburete y trato de serenar mi respiración, mientras ella me analiza de arriba a abajo y frunce el ceño.

—¿Qué te pasa?

—Márchate, Kadal —repito. No quiero que se cruce con Azel—. Te llamaré luego para explicártelo.

El tintineo de la puerta me informa de que es demasiado tarde. Azel entra y fija sus ojos en mí. Trago saliva con cada paso que da en nuestra dirección mientras me concentro en inhalar y exhalar muy despacio y poner cara de poker.

—Tu hermano me da escalofríos —murmura Kadal.

Mi corazón vuelve a detenerse y durante unos momentos mi vista se oscurece.Incluso ella lo reconoce como parte de mi familia cuando en realidad debe ser la primera vez que lo ve. Lo que sea que están haciendo esos extraños es lo suficientemente potente como para extenderse al resto de la gente.

—Déjame sola con él —le susurro—. Luego te llamo.

—Te mira como si fuera a… —No termina la frase porque Seth entra por la puerta y ella lo contempla con una sonrisa que me deslumbra.

Azel le echa un vistazo por encima del hombro cuando Seth lo alcanza y juntos, aunque no por gusto, avanzan hasta nosotras.

Trago saliva y me cruzo de brazos antes de reunir la sangre fría para hacer lo que voy a hacer.

—¿Qué? —pregunto con el mismo tono que le pondría a Brad si interrumpiera una conversación con mis amigas.

Azel me examina con desconfianza. Tengo que apretar los dientes para no pestañear y salir corriendo.

—¿Cómo te encuentras?

—Bien, ¿por?

Él y Seth intercambian una mirada y entonces este último me sonríe. Es una sonrisa adorable e inocente, y vuelvo a desear que el tal Tomt no se hubiera equivocado con sus emplazamientos.

Kadal, a mi lado, lo mira anonadada y le doy un codazo para que reaccione. Lo hace, pero para decir algo que me vuela la cabeza.

—Nene, se me olvida lo guapo que eres.

—¿Nene? —Le dedico una mirada de indignación, pero ella ni me mira, atolondrada por el rostro de Seth.

—¿Volvemos al coche?

—¿Qué? ¿Por qué? —Me callo cuando me doy cuenta de que los dos chicos me observan como si estuviera chivandome a la policía de que llevan drogas encima. Trato de arreglarlo como puedo—. ¿No queréis venir a ver el resto de la película con nosotros?

—¿Con tu padre? —Kadal entorna los ojos y pone una expresión de disgusto. —No. —Después se inclina sobre mí para susurrarme al oído en tono sugerente—. Prefiero estar a solas con Seth.

—¿Por qué? —pregunto, alarmada.

Ella sonríe pero frunce el ceño.

—Dah, porque es mi novio.

—Ah… —Asiento con la cabeza. Mierda. ¿Cómo le explico que no es verdad, que no le ha visto nunca antes y que ni siquiera es humano?—. Claro.

Por la expresión en el rostro de Azel, sospecho que no se traga mi interpretación, así que toso y aparto la vista, buscando la botella de agua que me había comprado antes de ausentarse para conspirar con su colega.

Kadal da un salto hacia Seth. A duras penas recuerda despedirse de nosotros antes de marcharse con él. Caminan el uno junto al otro, intercambiando vistazos avergonzados, que no tienen sentido en una pareja.

Me muerdo el labio por la ansiedad de dejar que mi amiga se marche con ese… ser. Aunque Seth parece más decente que Azel, no tengo ni idea de qué son capaces o por qué han venido. Podría hacerle daño. Además, ella cree que es su novio y si…íntima con él de alguna forma… Me entran escalofríos de pensarlo, pero me doy cuenta de que he estado rumiando mientras Azel me observa.

—¿Vamos? —propongo, echando a andar hacia la puerta.

Aprovecho que le estoy dando la espalda para cerrar los ojos e inspirar profundamente.

Azel me alcanza y me rodea los hombros con el brazo. Me tenso inmediatamente pero intento que no se note en mi cara. Aunque no fuera un extraño, no me gusta que me toquen el hombro herido. Sus dedos acarician mis cicatrices con suavidad.

—Me alegra que estés mejor, hermanita —dice, y gira la cara hacia mí—. Estabas diciendo cosas muy extrañas.

—¿Cómo qué?

Mi actuación debe haber mejorado porque lo veo dudar.

—No importa —continúa—. Recuerda beber agua, tomar tu medicación y cuidarte. No me gustaría que te pasara nada malo. Otra vez.

Finjo que estoy interesada en una pareja que pasa por nosotros para que no vea mi expresión tras esa amenaza.

Vuelvo a notar el olor extraño que no sé a qué me recuerda y me doy cuenta de que proviene de él y no de nuestro entorno. Es una combinación de humo y picante, que me hace cosquillas en la nariz y me insta a recordar dónde lo noté antes de hoy.

Le doy un codazo a Azel para que se aparte de mí.

—Eres un pesado. —Me ciño al plan de tratarle como si fuera Brad y eso parece convencerlo, aunque no me quita ojo de encima.

Cuando regresamos al coche, Azel me pellizca la mejilla y me controlo para no darle una patada en la espinilla. Después ve un reflejo de sí mismo en el retrovisor y su expresión se ilumina.

—Pero mira eso… —celebra. Se acaricia las mejillas y el mentón como hacen los hombres en los anuncios de afeitado—. Feo mis huevos. Menudo ángel.

Pongo los ojos en blanco y le sugiero que supere su amor por sí mismo como haría cualquier hermana.

Mi padre me pregunta cómo me encuentro y decido corroborar la teoría de Azel sobre que estaba deshidratada por un golpe de calor. Me siento detrás con Brad, sin rechistar, y soporto lo que queda de la película, mientras mi mente va a mil por hora. Quiero buscar información en internet, pero Azel me echa miraditas de vez en cuando por el espejo, así que finjo estar enfrascada en lo que ocurre en la pantalla.

Resulta ser la película más larga de la historia y la noche más terrorífica de mi vida. Incluso más que aquella en la que morí.