Latidos prohibidos

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Summary

Desde que Anastasia era una niña, su vida cambió drásticamente cuando su madre se casó con un hombre que ya tenía un hijo, Démian. Lo que comenzó como un simple roce de personalidades se convirtió en una enemistad que parecía insalvable. Anastasia y Démian se ven forzados a convivir y enfrentar sus verdaderos sentimientos, lo que ambos habían negado por tanto tiempo emerge con fuerza. Mientras luchan contra sus deseos, se dan cuenta de que el amor y el odio son dos caras de la misma moneda. En un torbellino de emociones, secretos y miradas furtivas, Anastasia y Démian se ven atrapados en una historia de amor prohibido que amenaza con destruir sus vidas tal como las conocen. ¿Podrán estos rivales enfrentar las consecuencias de su amor y encontrar la felicidad, o su relación será el secreto mejor guardado de su corazón?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Desde pequeña que amaba dibujar. A veces veía mi película favorita, Bambi, mientras buscaba ilustrar a los personajes que más me gustaban. Ya había pintado a Tambor más de tres veces, pero no lograba decidirme por cuál de los dibujos quería quedarme. Así que, como siempre, quise pedirle su opinión a mi madre, quien recién llegaba de trabajar. Tenía más ojeras que ojos, y casi arrastraba su cartera por el suelo. Sus jornadas de trabajo eran extenuantes, y muchas veces debía quedarme sola en casa a cuidados de una anciana vecina que muchas veces olvidaba mi presencia junto a ella. Decidí, una vez más, no mostrarle mis creaciones que tan orgullosa me ponían, para poder verla, por fin, descansar un poco.

Ella y yo vivíamos juntas, y era perfecto. Mi padre, que tanto me atemorizaba, ya no vivía en casa. Ahora éramos solo nosotras. Y nada podía ser mejor que eso. Ya no habían gritos que me estremecieran, ni zarandeos que me hicieran vomitar, ni tormentosos golpes inesperados sobre mis enrojecidas mejillas.

Éramos mamá y yo.

Y aunque no tenía tiempo para mí, se sentía como un pequeño paraíso.

Hasta que un día, simplemente todo cambió de forma abrupta.

Mi madre decidió darle una segunda oportunidad al amor, y se casó con un hombre alto, imponente y adinerado. Sólo tenía un pequeño detalle... también tenía un hijo. Démian. Tenía cinco años más que yo, dándole la ventajosa edad de diez años.

Apenas nuestras miradas se encontraron por primera vez, supe que nuestra relación sería complicada y hostil. Sus ojos afilados me infundieron temor, sus cabellos oscuros como la noche me dejaron sin aliento, y sus manos empuñadas me obligaron a guardar silencio.

Yo no le agradaba, eso me quedaba claro. Pero, ¿por qué? Había intentado saludarlo con una sonrisa en mis labios, le había ofrecido la mano amistosamente, hasta lo había invitado a ver Bambi conmigo sentados en la salita. Pero nada de eso funcionó para que dejara de mirarme con esos fulminantes ojos oscuros, los cuales me aseguraban una muerte tortuosa si seguía molestándolo con mis ridículos modales de niña buena.

Y aún así, testarudamente, seguía intentándolo con ahínco. Siempre había deseado un hermano, y ahora que parecía que al fin tenía uno, no era como me lo había imaginado.

Había algo en Démian que era magnético. Algo que me hacía desear con todas mis fuerzas ganarme su favor, su amistad, su respeto, su... cariño.

Pero no cedía ante mis atenciones. Ninguna sola me dió resultado.

Hasta entonces, Démian me había sacado de su habitación a empujones, cerrado la puerta en la cara y negado a hablarme.


—Es un proceso difícil para él, cariño, dale tiempo —me decía mi madre, quien ahora podía quedarse todo el día en casa para cuidar de ambos después de la escuela.


—También lo es para mí...


—Sí, pero no todos reaccionamos igual. ¿Te parece le damos el espacio que necesita? —me preguntó con los brazos abiertos para poder consolarme.


Yo, que había crecido en soledad, que deseaba el amor de un padre y la compañía de mi madre, jamás hubiera sido capaz de rechazar ninguna muestra de afecto.

Reflexioné en sus brazos, callada y pensativa. ¿Qué podía hacer yo para ser su amiga? Debía conocerle para saber cómo acercarme.

Por varias semanas, me dediqué a observarlo, a fijarme en qué cereal prefería, si le gustaba la leche tibia o fría, me daba cuenta con qué mano comía, y también en cómo le gustaba sentarse a la mesa de la cocina.

Ninguna sola vez dejé de sentirme totalmente ajena a él. Su constante mirada de odio me recordaban los muros que se alzaban entre los dos. A veces me llegaba a dar vergüenza estar en la misma habitación que él, como si yo misma fuese una intrusa.

Pero mi madre me aseguraba, día tras día, que pronto todo se daría naturalmente. Que seríamos amigos.

Cuando pensaba, alegre y orgullosa, que al fin sabía lo suficiente de él, me hice de mis crayones especiales favoritos y comencé a dibujarlo.

No era experta, ni mucho menos, pero lo que creaba, venía del corazón. Uno que todavía veía luces y colores vibrantes en el mundo.

Lo pinté sentado con las piernas relajadas, comiendo con su mano izquierda su cereal favorito en un bowl humeante de leche tibia.

Esperaba que fuese una muestra de tregua suficiente. Debía serlo.

Cuando fui hasta su habitación, saltando de emoción, toqué a su puerta tres veces. Sabía que reconocería que era yo, pues mis pequeñas manos sonaban diferentes a las del resto.


—Démian, tengo algo para ti, ¿quieres verlo? —pregunté nerviosa, con el corazón encogido, mientras me tambaleaba a propósito sobre mis pies—. ¿Démian?


—Vete de aquí, niña —dijo desde el otro lado, con voz enfadada.


—¡Pero te tengo un regalo! —Sonreí, preparándome para mostrárselo. Apenas me di cuenta de que estaba arrugando la hoja por sujetarla con demasiadas fuerzas.


—¿No oíste? Déjame solo.


Pensé entonces, gracias a su tono, que estaba molesto, y que ver mi dibujo lo alegraría tanto como yo mientras lo pintaba para él.

Lo deslicé bajo su puerta y me quedé en silencio, con el corazón rápido y emocionado. Ya no podía esperar para que abriera esa puerta con una sonrisa en sus labios, me abrazara fuerte y me asegurara que ahora seríamos mejores amigos para siempre. Es lo que yo anhelaba...

Pero jamás estuve tan equivocada.

Démian era diferente a mí.

Y ese sería apenas el inicio de nuestros problemas.

La puerta se abrió, y mis ojos llenos de esperanzas se vieron ensombrecidos por su rostro irritado, y mi dibujo arrugado en su mano.


—Déjame. Sólo. Niña.


Me estampó el dibujo contra mi pecho y cerró la puerta de golpe.

Entonces comprendí que quizás, él no deseaba ser mi hermano. Al menos, no tanto como yo.

Los años pasaron, y nuestra relación siguió sin un ápice de cambio.

Yo, buscando su aprobación, y él rechazándome por completo.

Démian se convirtió en mi hermano mayor, y yo, como buena niña pequeña, sólo quería ser como él. Deseaba acercarme, imitarle, escucharle. Pero por sobre todo, quería entenderle.


—Ese es mi puesto. —Me fulminó con la mirada al verme sentada en su silla a la mesa de la cocina.


—¿Ah, sí? Ups... No lo había notado, ¡es muy cómoda! —dije, buscando como ilusa una excusa para comenzar una conversación amistosa.


—Sal. De. Ahí —dijo apretando los dientes, furioso por tener que perder el tiempo conmigo.


Obedecí rápido, pues no dejaba de hacerme sentir intimidada por esos negros ojos afilados que cortaban como cuchillos con sólo verlos de frente.

Poco tiempo después, aprendí una segunda cosa de Démian. Él tenía la capacidad para ser gentil y bueno, y amar de verdad. Pero no a mí, sino a Caroline, su hermana melliza, la cual se había quedado con su madre separada.

Cuando ella venía a visitarnos, me daba cuenta de lo mucho que se parecían. Eran terriblemente altos, de pelo nocturno, y unas pestañas tan pobladas que combinaban con el oscuro color de sus ojos.

Caroline no me hablaba, pero tampoco me miraba con el odio que me infundía Démian.

Cuando se quedaba en casa, pasaba todo el tiempo charlando con su hermano, encerrados en su habitación, y yo nunca podía escuchar nada de lo que hablaban. Pero sí me asombraba cada vez que oía a Démian reír, pues no lo hacía con nadie más que no fuese ella.

Caroline lo conocía mejor que nadie en el mundo, era su otra mitad. Y yo, sólo una intrusa en su hogar. La hermana con la que debía vivir en vez de su melliza a la que tanto extrañaba y quería.

Mi corazón pronto lo comprendió. Era eso, debía serlo.

Nunca sería como Caroline.

Jamás me querría como su hermana.

Y entonces lloré, apartada en mi habitación.

Tenía dos hermanos mayores, y ninguno quería hablarme. Ninguno me veía como algo más que un tiempo perdido.


—Anastasia, hija, Caroline ya se va —me avisó mi madre.


Salí de mi habitación en silencio y bajé las escaleras, todavía esperando que mi despedida significara algo.

Pero ella me dedicó nada más que un segundo de observación y se dio la vuelta para irse con su madre.

No significaba nada...

Ningún abrazo, ningún beso, ninguna mirada de cariño.

No era nadie.

Cuando me giré, noté unos ojos profundos clavándome la espalda. Démian me miraba fijamente desde las escaleras, y entonces subió corriendo para encerrarse de nuevo en su cuarto.

Así crecimos, alejados completamente uno del otro. Siendo hermanos, y aun así, sin apenas conocernos.

Nuestras diferencias no nos dejaron ahí, por supuesto que habrían más.

Mi hermano no tardó en hacerse terriblemente popular en la escuela, y en todas las fiestas a las que iba.

Las chicas suspiraban enamoradas al verlo pasar, y los chicos se peleaban por su simpatía para ganarse su amistad y obtener un poco de aquella abrasadora popularidad.

Yo me quedé al margen.

No era ni popular ni tampoco era invisible, excepto para Démian.


—Oye, ¿esa no es tu hermanita? —preguntó uno de sus amigos a la salida de la escuela, sosteniendo un cigarrillo entre sus manos.


Démian entornó los ojos y apenas me dedicó una vista rápida.


—Vámonos —dijo él.


—¿Qué?, ¿no podemos divertirnos con ella? —preguntó el amigo, quien disfrutaba de agarrar mi mochila y colgarla de algún árbol que yo no alcanzara.


—He dicho que nos vayamos —respondió tajante. Algo que sí que conocía de Démian, era lo mucho que detestaba que no le obedecieran.


Sus amigos me miraron divertidos una vez más antes de partir. Apagaron los cigarrillos contra el suelo, se subieron en sus motos, y se largaron, dejando nada más que ese leve aroma a humo.

Cuando cumplí mis quince, Démian ya había cumplido los veinte, y varios tatuajes le cubrían los brazos.

Había oído de Caroline que parecía un pandillero delincuente, y él sólo se había reído de su comentario.

A mis ojos, era el chico más interesante y enigmático que había visto jamás. Ciertamente, comprendía por completo a las chicas que suspiraban de amor al verlo pasar. Era alto, imponente, seguro de sí mismo, y además, los demás tenían una versión de Démian que yo no conocía.

En las fiestas, gozaba de ser el centro de atención, haciendo reír a los demás sin esfuerzo alguno. Era encantador, con una sonrisa arrebatadora, y unos ojos cruelmente hipnotizantes.


—¿Qué demonios te he dicho, Anastasia? No quiero que entres a mi cuarto.


—Perdón, yo sólo quería...


—¿Qué?, ¿qué cosa? —Se inclinó hacia mí, intimidante como siempre.


—Sólo vine a buscar el anillo de mamá... se le ha perdido y pensé que quizás se le había caído mientras guardaba la ropa en tu habitación... —dije nerviosa, como si le hablase a un completo desconocido.


Démian dejó salir una sonrisa cruel que me heló la sangre, mostrándome ese hoyuelo que sólo aparecía cuando era terriblemente sarcástico.


—No me digas que no te has dado cuenta, niña.


—¿De qué? —pregunté, intentando ocultar lo emocionada que estaba de poder conversar más tendido con él.


—Nuestros padres están sufriendo una separación.


—¿Qué? No, no puede ser...


Démian me miró de arriba a abajo, evaluándome con mirada intrigada.


—Fíjate en las primeras señales. Mamá llora, papá llega más tarde, y sus anillos no están donde deberían.


—¿De verdad crees que...


—Si tenemos suerte, quizás —me interrumpió. Se reincorporó a su intimidante altura, entró en su habitación, y agregó una última cosa antes de cerrar—: No vuelvas a entrar, ¿oíste?


Cuando cumplí dieciocho, todo cambió una vez más.

Mis padres, lejos de separarse, lucharon contra viento y marea por mantener intacto su matrimonio. Tanto así, que incluso dejaron a Caroline venir a quedarse por mucho más tiempo del habitual. Pasamos varias semanas bajo el mismo techo, y Démian era el más feliz de todos nosotros.


—Anastasia, de casualidad, ¿has visto mi camiseta de rayas rosas? —me preguntó ella, parada frente a mi puerta. Tuve que alzar la mirada para ver su rostro.


—No lo he visto, pero déjame revisar en mi armario, quizás mi mamá lo guardó aquí por error —respondí, con el estómago apretado.


Ella se quedó ahí, esperando en silencio. Rebusqué entre mis pertenencias, y lo encontré doblado junto a mis demás prendas.


—Aquí está. Disculpa, no me había fijado. —Se lo entregué con cuidado.


—Gracias. —Me dedicó una suave sonrisa veloz, y sentí que una vida llena de visiones rápidas sobre ambas siendo mejores amigas inundaron mi cabeza.


Eso era algo que jamás lograba entender, yo no tenía falta de amistades como para sentirme así por una minúscula muestra de afecto. Mi círculo de amigos era amplio y me llevaba bien con la mayoría de personas que conocía, pero Démian y Caroline me generaban una dependencia emocional que no sabía entender.

Un día, encontré a mi madre pálida llorando al teléfono, sentada frágilmente sobre el sofá. Y poco después, llegó el abuelo de Démian y Caroline, con esos ojos que siempre denotaban amargura y crueldad. Era un viejo inversionista, dueño de una increíble fortuna, y sabía que sólo se le llamaba en momentos de extrema necesidad.

Fuimos en auto hasta las celdas de detención de la ciudad. Era un lugar lúgubre y helado, como si las barreras fueran hechas de las mismas pesadillas de quienes se lamentaban encerrados.

Fue entonces que lo ví, y mi corazón dió un terrible vuelco sobre sí mismo. Visualicé a Démian saliendo tras las rejas, ante el pago que había hecho el abuelo para su inmediata libertad.

¿Qué había pasado? ¿Se había metido en problemas?

Mi madre se abalanzó hacia él, abrazándolo fuertemente, estaba tan preocupada que no había parado de llorar. Pero yo seguía sin entender, y tampoco me atrevía a preguntar.

Al llegar a casa, Caroline abrazó a su hermano fuertemente, y por un pequeño instante, me permití imaginar que yo también lo hacía.

Varios días pasaron, y ninguno de los dos salía del cuarto.

Lo poco que había visto a mi hermana, me parecía haberla visto apagada y triste.

¿Qué había sucedido?, ¿tenía que ver con Démian?, ¿había algo que pudiera yo hacer?

Quería ayudar.

Realmente quería.

Pensé y pensé en opciones, y entonces se me ocurrió.

Esa misma semana habría una celebración de Halloween, y pensé en invitarla para que saliera de esas cuatro paredes y respirara aire fresco.

Tomé aire suficiente, y me dirigí hacia la habitación que compartían.

Me tuve que repetir varias veces que aquello no era por mí, sino por ella.

Agarré valentía suficiente, y toqué a la puerta, pero inmediatamente mi corazón se desbocó, y me arrepentí por completo. Parecía que de nuevo volvía a ser una niña pequeña.

La puerta se abrió, y pude ver a Caroline sentada en la cama con la mirada perdida. Luego, vi a Démian, quien me miraba imponente desde la puerta, con sus ojos oscuros.


—¿Qué quieres? —dijo tajante.


—¿Puedo hablar con Caroline un momento?


—No, vete. —Me cerró la puerta en la cara.


Suspiré, pero no me sorprendí. Lo tenía previsto desde un principio, ya lo conocía lo suficiente como para saber mis lejanas posibilidades.

¿Tanto me detestaban?

Me di la vuelta para irme, pero entonces la puerta se volvió a abrir. Esta vez era Caroline. Desde cerca logré ver enormes ojeras cubriendo sus ojos, y yo me lamenté para mis adentros al verla así.


—Hola... Caroline —dije nerviosa y tímida a la vez—. Te he notado decaída estos días, así que quería invitarte a... salir. Habrá una gran celebración de Halloween esta semana, podríamos...


Mis palabras se vieron interrumpidas por Démian, quien tiró de Caroline de vuelta a la habitación, y se me acercó de forma amenazadora hasta quedar inclinado sobre mí.


—¿No entiendes? No desea salir. Ahora piérdete, niña. —Volvió a cerrar la puerta. Me quedé ahí parada en silencio. Pero esta vez no se volvió a abrir.


Unos días después, mientras dibujaba retazos de partes del cuerpo humano, Caroline se fue a vivir lejos junto a su madre.

Y Démian quedó solo otra vez.

Pero entonces, por motivos que desconocía en su momento, algo cambió dentro de él.

Fue en una fiesta, a la que habíamos asistido los dos.

Mi hermano, por supuesto, bebía rodeado de gente, calmado y fumando. Las chicas se peleaban por su atención, aunque él apenas se dedicaba un instante para mirar a cada una y volver a tomar otro trago, desinteresado.

Yo bailaba con un chico que acababa de conocer. Alex, se llamaba. Habíamos hablado un poco sobre el arte y la pintura, y me llevó al centro de la música. Me movía con gracia, me gustaba bailar.

Entonces, me ofreció una bebida para hidratarme y poder seguir moviéndome y disfrutando. Se la acepté sedienta, y me la bebí hasta la mitad, agradecida por su pequeña muestra de preocupación. No era capaz de rechazar una muestra de afecto, por minúscula que fuese.

Pero luego, al cabo de un rato, me sentí terriblemente extraña. Comencé a ver borroso, y el sonido de la música se distorsionó en mis oídos. Mis piernas empezaron a flaquear de a poco, mis manos soltaron el vaso hasta derramarlo en el suelo, y de pronto, todo me daba vueltas. Alex me tomó de la muñeca y me arrastró apenas hacia lo que me parecía que debía de ser un baño.

¿Qué iba a hacer? No podía hablar... No podía mantenerme de pie...

Los ruidos eran molestos...

No distinguía a nadie...

Entonces, escuché esa voz grave que me infundía tantas cosas, y aunque no descifré qué decía, reconocí el sonido de un golpe seco, seguido de otro, y de otro, y de otro.

Lo único que pude visualizar entre medio de mi mareo y la oscuridad de la mitad de mis párpados, fue un cabello oscuro como la noche meciéndose frente a mí.