Tormenta familiar.
Retomo aire para salir de la cárcel de mis pensamientos.
Van como diez minutos que estoy viendo mi reflejo en el espejo del baño, como si lo que estuviera apunto de pasar es algo que no esta sucediendo en realidad, que solamente me pasa a mí.
Cierro los ojos, inhalo aire con un parpadeo lento para mantenerme cuerdo.
No hay nada más que hacer, aunque ese sentimiento de miedo, inquietud y temor se hayan apoderado de mi cuerpo, dejo mi carne expresarse; mi organismo comienza a sudar, siento los músculos tensos y los latidos de mi corazón van al mil por hora.
El aire se ausenta de mis pulmones, como si la muerte me estuviera abrazando.
Aun sigo de pie, estático en el baño; ese baño grisáceo que me invade con su sentimiento neutral que se caracteriza por ser melancólico. Pero mi mente esta al mil por hora con todo tipo de pensamientos desastrosos, con soluciones que me incitan a correr por toda la casa y destruir todo.
Mis zapatos deportivos están pisando la loseta blanca que decora este espacio mientras pego la mirada a los ojos azules de mi reflejo. No encuentra manera de sacar la ansiedad que me atormenta desde que supe que el primer hijo de mi papá se mudaría con nosotros.
Las esperanzas de volver a experimentar la paz se van como un ojo rojo del sueño luego de dormir una buena siesta reparadora.
La mañana ha terminado y con ella mis buenos ánimos del día. Estoy cansado de los nervios que me azotan desde temprano, de limpiar toda la mañana y de prepararme mentalmente para la llegada de Leonardo.
Él es el sucesor del primer matrimonio de mi padre. Pero desde mi punto de vista no lo considero el primogénito de la familia “Gómez Castro”. Pues el primer hijo de mis padres fue una mujer, obvio luego de que el hombre de la casa se separara de su antigua unión y conociera a mi madre.
Leonardo Benjamín o “Leonardo” como me acostumbre a llamarlo. Se sitúa en la puerta de la casa con maletas gigantescas, en las que seguro trae el armario de todo el estado. Tiene una expresión corporal muy rígida y distante. Su sonrisa poco expresiva es capaz de helar mi gesto de felicidad, ya que me mira de arriba-abajo como si quisiera radiografiar todo lo mío, menos mirarme a los ojos. Pero...
¿Cómo digo quién es él? ¿Cómo lo describo en un verso?
No hay una sola manera de retratarlo, solo sé que derrocha un halo principesco de gran superioridad y grandiosidad. Hasta consigue firmemente que yo me sienta realmente invisible, como si de un objeto y no un ser humano me tratara.
Utiliza un lenguaje muy egocéntrico, basado en el modelo mecánico del “Yo”; un “mí“, “me” y “conmigo” es la base de su conversación, orientando toda la dinámica de sus palabras entorno a su vida.
No pregunta jamás, ni suele estar interesado en la vida emocional de los demás.
Un cerco o aureola de practicidad envuelve su estilo de comunicarse.
Es el tipo de persona que habla solo de su propia vida, de sus éxitos, hallazgos y batallas ganadas.
Aprovecha el mínimo para dejar constancia de sus pertenencias, hobbies y pasatiempos. Está realmente empeñado y obsesionado por la clase social alta altísima y de real alcurnia.
No me sorprendería saber que piensa algo estúpido como “Tengo sangre azul” u otras idioteces.
Leonardo la mayoría de las veces se torna presuntuoso, con gran exageración y una cierta híper actuación, tiende a creer que tiene la patente de utilizar un trato dudoso hacia los demás, con atisbo de maltrato.
Puede incluso que se sienta con el derecho de juzgar, de criticar y de hacer afirmaciones severas sobre los demás. No nos olvidemos que somos inferiores a él y, por ello, puede despreciarnos en cuanto te descuides.
Casi siempre impone sus creencias u opiniones de manera contundente, en ocasiones, es pasivo-agresivo en sus reacciones. No escucha, pero sí se escucha.
Su manera y forma de pensar es la única válida, el mejor argumento es su propio y único criterio.
En ocasiones, utiliza el cinismo y la burla como manera de desacreditarme a todos, usando mil y un maneras de sarcasmo para dejarnos a la altura del betún.
¡Cuidado con llevarle la contraria!; se lo tomará como un insulto y utilizará su ídem para machacarte.
¿Es complicado convivir con él?
Es una carrera sin fondo, un esfuerzo sobrehumano.
Partimos de la base de que se trata de una relación de desigualdad, y desde esa visión, la perspectiva es muy diferente.
Imposible escucharnos y menos entendernos, hay un abismo en la hermandad simplemente por estar en sitios distintos, en dominios diferentes de sinergias.
Además, por lo regular siembra el ambiente de cierta densidad con toxicidad, consiguiendo hacerme sentir mal porque se palpa de manera inconsciente esa energía anómala que carece de fluidez y normalidad.
Leonardo trae puesta una camiseta de manga corta, hecha de algodón, una Bermuda y calcetines de la misma tonalidad negra que le dan un toque urbano, haciendo juego con sus zapatillas deportivas.
Al entrar a la casa se quita sus gafas oscuras, el reloj y un par de anillos de plata.
Deja sus accesorios junto a la fotografía enmarcada que tenemos de él en la mesa pequeña de la sala, justo el mueble que se encuentra en medio de los sillones.
Luego, abraza a mi papá rodeándolo débilmente con sus extremidades; sin ánimos, dándole a entender que no sabe dar afecto. Pero que le tiene cierto grado de cariño... O tal vez no fue su día.
Posteriormente se topa con mi mamá, la examina y saca un:
— Que confiada en sí te ves, Lucia —dice conscientemente y con un tono de voz cortante. —. Mi mamá no se vestiría de esa forma para recibirme.
— Me encanta mi forma de vestir —le dice con una gran sonrisa en la boca mientras se acerca para abrazarlo y susurrar: — Pero no soy tu madre y tú tampoco eres un príncipe para recibirte como quieres.
La rigidez del cuerpo de Leonardo es tan notoria que ni siquiera le devuelve el abrazo a mi mamá. En lugar de eso, rueda los ojos para ponerlos en blanco y dice:
— Tan graciosa como siempre, eso me gusta de ti, pero que lastima que no sepas recibir a gente importante —añade con tono humorístico, sarcástico y con un poco de desagrado.
Se separan al verme plantado cerca de ellos.
Leonardo se acerca a mi no tan amable y me revuelve el pelo, cosa que sabe muy bien que no me gusta.
— Supongo que no hay nadie más decente que el pequeño, Tobías —exclama abriendo los brazos con intenciones de señalarme. — Por fin alguien se vistió muy bien para la ocasión.
Lo que llevo puesto no es algo “para la ocasión”; traigo puesta una camiseta gris arrugada con el logo deThe nort faceen la parte superior izquierda de mi torso, que me queda un centímetro por debajo del ombligo. En la parte inferior de mi cuerpo llevo puesto un shorts deportivo negro con rayas blancas a los costados y por supuesto, mis clásicos tenis negros con una raya blanca a la mitad de estos (mis vans).
Su tono sarcástico resuena en las paredes de mi cerebro y llegan hasta las cavidades de mi corazón, dónde por alguna casualidad penetran mis sentimientos mientras me invade una culpabilidad por no haberme puesto aunque sea un pantalón.
Sus palabras son una arma de doble filo; cargadas de sarcasmo y superioridad, golpeando mi autoestima con la fuerza de un martillo. No puedo evitar sentirme incomodo ante su frase, bajo la mirada con desaprobación viendo cada arruga de mi camiseta y cada centímetro de tela como si fuera motivo de humillación.
— Tan solo mírate —menciona mi padre con cara de asco mientras rueda sus ojos en mí. — ¿Cómo te atreves a vestir así? Sabés muy bien que los Gómez nunca nos ponemos ese tipo de ropa que usas.
Siento como mis huesos queman ante tal comentario, me hierve la sangre de tan sólo verlos juntos, de ver como mi papá tiene a su hijo de oro y el como están tratando humillarme.
Pienso rápidamente como defenderme, articulo las palabras para decirlas, pero mi padre se me adelanta para decir:
— ¿Por qué no puedes ser como tu hermano? —pone sus ojos en blanco mientras papá se acerca a su hijo de oro. — Leonardo siempre va vestido con elegancia... No como tú.
— Leonardo podrá tener un buen físico, pero Tobías es mil veces más guapo —Camila se acerca a mí para rodearme la cintura mientras se posiciona a la derecha. — ¿No lo ves papá? Tobías se parece mucho a ti, el no necesita de trajes para verse bien. Tan solo ve su piel suave, sus ojos azules como los tuyos y el cabello rojizo. Es todo un galán.
Oprimo una risita ante las expresiones faciales de Leonardo, veo como hace un mueca y arruga sus ojos. Eso me hace reír.
— Eso no importa mucho, el debería vestirse fino para resaltar en la bola de idiotas de su escuela. —menciona mi papá
Sé que mi atuendo no es el más refinado, pero no lo elegí para impresionar a nadie, mucho menos a ellos. ¿Por qué debería importarme lo que piensan? Sin embargo, su critica me alcanza de todas formas, como si estuviera programado para desarmar mis defensas.
Una ola de vergüenza extrema me invade, como si de alguna manera fuera mi culpa no estar a la altura de ellos. Pero me recuerdo a mi mismo que mi valía no se mide en lujos, ni ropa elegante para impresionar a gente superficial.
— No soy como Leonardo porque no soy él — mantengo mi expresión neutral sin dejar ver que me hirieron con sus comentarios.
Camino hacia la cocina para alejarme de su toxicidad, busco algo en la nevera para comer y olvidarme de sus comentarios.
Decido destapar un yogur bebible de fresa, empujo la nevera y cuando la puerta se cierra me quedo observando una fotografía del “Hijo de oro” (Leo). El tiene maso menos 17 en la fotografía; se encuentra levantando un trofeo de futbol de algún campeonato de preparatoria, sonriente como si me estuviera presumiendo sus logros.
A sus 17 años el fue presidente de sociedad de alumnos, líder de un grupo de futbol, campeón de una copa estudiantil, el chico más codiciado del mundo y por supuesto uno de los mejores promedios de su aula.
Quito la fotografía del refrigerador dejando solo el imán que evitaba que se cayera.
Rompo la foto en pedazos y la tiro en el cesto de basura de la cocina, luego subo a mi habitación en la segunda planta para luchar con la idea de “Lucir fino” o “Ser yo mismo”.
Pongo música, dejo que la habitación se llene con letras y una melodía jocosa para mi gusto. Miro mi ropa y trato de entender que esta mal con ello, saco algunas prendas deportivas, playeras holgadas y sudaderas gruesas. Todo tiene el mismo patrón; ropa cómoda que usaría a diario porque sí.
Estoy abriendo la puerta de mi habitación, con precaución estoy viendo si no hay muros en la costa para bajar cuando escucho desde la cocina lo siguiente:
— Que tan pendejo es para romper mi fotografía, se ve a kilómetros que el no soporta que soy mejor que él —escucho la voz de Leonardo hablando con tono ególatra —. Seguro está en su habitación llorando por ser tan patético.
Siento una punzada en mi corazón tan fuerte que me detengo en seco para respirar profundo y prepararme mentalmente para una tormenta silenciosa de problemas pasivo-agresivos.
"Todo esta bien, estaremos bien, Tobby”.
Mi conciencia me reconforta ante ese sentimiento de peligro que siento y que esta torturándome desde la mañana.
Bajo las escaleras lentamente hasta que estoy en la cocina, una vez ahí me acerco con cautela al comedor. Todos están preparando la mesa para comer a excepción de Leonardo.
Cuando entro nadie nota mi presencia, nadie dice nada, al contrario tengo que incorporarme para captar su atención.
— Mami ¿Les ayudo en algo? —menciono mientras me quedó parado en la entrada de la cocina.
— ¿Mami? — cuando escucho su voz penetrante se me hace un nudo en el estomago — ¿Eres putito para hablar así?
— Tobías, no eres mujer para hablar con diminutivos. —mi papá rodea los ojos mientras me lanza su mirada de desaprobación.
Trato de ignorarlos, paso a un lado de Leonardo mientras su mirada me acecha, pero no puedo evitar sentir esa mirada traspasando mi nuca.
— Ya estamos casi listos, Tobby. —Camila me regala un sonrisa mientras mira mal a nuestro hermanastro.
De inmediato mi hermana habla entre líneas; mueve los labios sin producir algún sonido diciéndome:
"Está de mal humor porque rompiste su foto. Bien hecho”.
Sonrió ante mi victoria.
— Debí suponerlo, huele rico ¿Qué cocinan? —digo mientras me pongo una mano en mi barriga y la froto en círculos. —Tengo mucha hambre.
— Estoy haciendo sopes. —me voltea a ver mamá mientras voltea una tortilla con las manos llenas de masa seca. —Ya casi están listos.
Ella me sonríe y yo solo veo mal a Leonardo, quien esta sentado en la mesa del comedor mientras escribe un mensaje de texto en el chat de alguien.
Veo a Camila quien estaba cortando lechuga cuando entré y se encuentra dándole los toques finales a los sopes (Poniendo lechuga, queso, salsa verde y cebolla). Papá estaba rayando el queso, pero como a terminado su parte se sienta a leer el periódico.
— “Exposición artística de escuela local logra captar atención de presidencia municipal.” —menciona mi papá sin alejar la vista del periódico. — ¿Quién lo diría? En mis tiempos no le dábamos atención a cosas innecesarias, para acabarla aparece un chavo que no sabe que eso no vale la pena, se parece mucho al hijo de los Villalobos.
— Es Samuel —menciona mi mamá sin despejar los ojos de la estufa. — Tuve las fortuna de ir a esa exposición y vi los dibujos que hace, tiene un estilo muy grotesco y romántico.
Pongo mi mano izquierda en la muñeca derecha y comienzo a pellizcarme para no avivar alguna pelea.
— Para tu sorpresa, Tobías participo en esa exposición —se burla Leonardo y posa su mirada incrédula que me hace sentir mal. — Resulta que tu hijo es un completo idiota que se quiere morir de hambre. Sin mencionar que no ganó nada con “expresar sus sentimientos”. Yo a su edad había ganado un torneo de futbol, algo que es cosa de hombres.
Mi papá me mira con desaprobación, Camila y mamá están viendo mal a Leonardo, quien ahora esta sonriendo malvadamente.
Esta escena es una victoria para mi enemigo.
Me hierve tanto la sangre que me quedó plasmado y comienzo a ponerme rojo del coraje.
— ¿Es cierto eso, Tobías? —me pregunta papá. —Ya te he dicho que te inscribas algún deporte, que seas más como tu hermano, que hagas cosas de provecho.
— Era calificación. —expreso. —Es parte del programa de estudios de la escuela.
— ¿Parte del programa? —mi hermanastro pregunta con un tono sorprendentemente normal. — ¿Tan mierda es tu escuela?
— Lo peor de todo es que el escogió esa preparatoria. —menciona papá bajando un poco el periódico para dejarme ver su cara decepcionada.
El colegio en el que voy es la autónoma del estado, es una preparatoria donde nos enseñan distintas áreas; como matemáticas, ciencias, lengua, literatura, ciencias sociales, idiomas, educación física y salud. La escogí porque soy curioso de nacimiento, necesito saber el funcionamiento de cada cosa, su estructura, como se desarrolla y se lleva acabo todas esas áreas. Soy como un pulpo en un laberinto; Un ser con necesidad de aprender sin importar qué.
— ¡Basta! —exclama mamá cuando ve mi cara de rabia. — Ya está lista la comida.
El silencio inunda el comedor, nos quedamos viendo a mamá por unos segundos.
— Ya era hora de que callaran a esos dos. —menciona Camila en voz baja mientras se sienta y se ríe de la cara de espanto de papá y Leonardo.
El hijo de oro mira a papá para que haga algo al respecto, pero mamá mata con la mirada a su esposo para que podamos comer en paz.
Mamá se quita el delantal y lo cuelga en su lugar. Todos nos acercamos y comenzamos agarrar los platos que anteriormente Camila estaba preparando con sopes.
Como es de costumbre, uno de nosotros —en este caso yo— sirve refresco antes de comenzar a probar la comida.
Nos hemos sentado de la siguiente forma en la mesa: Mamá y papá a los costados, Camila y yo nos sentamos juntos mientras Leonardo se acomoda cerca de papá.
En la parte de la izquierda de la mesa está papá, en la parte inferior izquierda se sienta Leonardo, Camila y yo nos sentamos en la parte superior de esta, mientras mamá está en la parte derecha provocando que Leonardo y yo estemos cara a cara.
Habitualmente comenzamos con una oración para agradecer los alimentos; Cerramos los ojos y uno de nosotros comienza hablar. Papá comienza a recitar su gratificación:
Señor todopoderoso, agradecemos la comida que pones en nuestra mesa, las cosas que nos haces pasar. Gracias por todo...
Siento un pequeño golpe en una de mis piernas, pero no hago caso.
…Bendice estos alimentos para que no nos hagan daño y dáselo a quien lo necesite.
Vuelvo a palpar otro toque. Casi por instinto sé quien es, pero sigo ignorando la situación.
Por favor pon pan en nuestra mesa todo los días, señor Jesús y nunca permitas que pasemos hambrunas.
Sigo con mi oración hasta que vibra mi teléfono. Brinco por lo concentrado que estaba, desbloqueo mi celular y veo su mensaje. A este punto dejo de escuchar a papá y trato de respirar hondo.
Cabrón ¿Por qué rompiste mi foto? Sé que soy mejor que tú pero no es para tanto.
Es quien más me temía; el consentido de la casa, el hijo de oro.
Levanto la mirada, hacemos contacto visual y hace un ademan de cortarme el cuello.
Lo ignoro, ruedo los ojos y vuelvo a lo que estaba haciendo. Pero vuelve a tocarme repetidamente la pierna derecha con su pie.
— ¡Se acabo! ¡Déjame en paz, imbécil! —me levanto de mi asiento, tomo la botella de refresco para vaciarla en su plato de comida y su atuendo. — ¡Puedes irte muy a la mierda, pendejo!
Papá esta furioso por mi reacción, el hijo de oro cambio su cara a una expresión de sorpresa mientras mamá trata de entender lo que esta sucediendo.
— ¿¡Qué te pasa a ti!? —grita papá. — Tobías, compórtate por una vez en tu vida.
— ¿Sabes que pasa? —menciono ardiendo en furia mientras señalo a Leonardo. —Este idiota me esta jodiendo la vida y tú no te das cuenta porque es tu favorito. Él siempre ha sido tu favorito y todo el tiempo lo proteges.
— Padre, no sé que le ocurre a tu hijo, seguro está celoso de que yo haya sido mejor que él a su edad ¿No viste que rompió mi foto que tenias pegada al refrigerador? —menciona Leonardo con sorpresa e indignación en sus palabras.
— ¿Ves a lo que me refiero? El es un completo idiota, pero ignoras sus actitudes solo porque siempre ha sido “Un ciudadano perfecto”. —digo controlando mi enojo, tratando de calmarme para no iniciar una pelea.
— Fuera de aquí, vete a la mierda ¿Quién carajos eres para insultarme? —Leonardo exclama con fuego en su hablar mientras me mira y se levanta de su asiento.
El avienta la mezcla de comida que le hice con el refresco hacia mí y arroja mi plato al suelo. Por consecuencia me levanto para no ensuciarme, pero me mancho la camiseta y shorts de una mezcla de frijoles, queso, salsa verde y lechuga.
— Él es mi hermano... —Camila se levanta de su asiento chocando sus palmas contra la mesa que por inercia la hace temblar.
— ¿Disculpa? ¿Hermano de quién? —El hijo de oro se abalanza a decir, la interrumpe mientras hace su clásica mirada penetrante y saca su tono sarcástico.
Leonardo se voltea hacia ella, extiende su brazo y levanta el dedo índice.
— ¿De quién demonios eres hermano, Tobías? — pregunta mientras sus gestos se vuelven burlones y serios. De inmediato se apresura a dirigirse hacia mi hermana. — ¿Sabes quien mierda es esta basura?
El me esta señalando con su dedo índice.
Mamá se queda embobada con la situación, por su cara logro ver que no se esperaba una reacción explosiva de Leonardo. Sus gestos faciales son pensativos.
— Basta, Benjamín — mamá le llama por su segundo nombre a Leonardo, el cual sabe que no le gusta. — . No permitiré que insultes a mi hijo de esa forma.
— ¿Alguien aquí sabe quién es él? —Leonardo Benjamín grita interrumpiendo a mi mamá, echa una mirada a todos los que estamos en la mesa mientras sube cada vez el volumen de su voz. — ¿Alguien podría decirme quién mierda es Tobías? ¿Ustedes saben quién mierda es él?
Papá se levanta de su espacio mientras cruza sus brazos, veo su expresión seca que lanza contra todos en la mesa mientras su presencia hace que me sienta pesado y culpable por defenderme.
— Entonces, padre ¿Quién es él? —dice con su lengua de doble filo; irónicamente expresa una duda la cual sabemos la respuesta.
Por muy obvia que parezca su pregunta sé que trata de avergonzarme enfrente de todos para enaltecerse a si mismo y lograr tener la aprobación de papá.
Quiere pisotearme para sentirse mejor.
Mi mente maquina a la velocidad de la luz, me proyecta las herramientas que leí en un libro de psicología empresarial; tengo que mantener la calma, bajar mi tono de voz y negociar con el para llegar a un acuerdo.
— Leo, me equivoqué al hacer explotar de esta forma, no era mi intención iniciar una discusión. —relajo mis cuerda bucales haciendo que el sonido de mi voz sea más grave.
— No, no, no, no, nadie que se vea como tú pretende iniciar una pelea. —imita la gravedad de mis cuerda bucales al momento que se recarga en la mesa acercándose a mí. Cuando estamos cara a cara logro oír sus murmullos; — Yo sé lo que eres. Sí, yo te veo ¿Qué es lo que quieres de mí? ¿Quieres ser como yo? Porque te enseñaré hacer como yo.
Aprieto mi mandíbula para liberar toda la tensión y no caer en sus juegos.
— ¡BENJAMÍN! ¡YA! —Camila y mamá vociferan armoniosamente. — ¡ES SÓLO UN NIÑO!
— ¿Ah? ¿Entonces si saben quien mierda es él? —saca su veneno de manera sutil volviéndose alterar. — ¡SERA MEJOR QUE ALGUIEN CALME A ESTA PERRA ARDIDA O LA MANDARÉ AL INFIERNO YO MISMO!
Una bomba de emociones explota sobre mis hombro y por instinto agarro el cuchillo con el que mi hermana estaba cortando la lechuga hace un rato. El objeto se traba en mis manos que lo sujetan fuerte, estoy apuntándole con las extremidades del cuchillo cuando mi cuerpo habla por sí solo. Estoy tenso, mi cuerpo tiembla mientras mi mente maquina mil formas de clavarle el cuchillo al idiota que esta enfrente de mí.
Los gestos faciales que se dibujan en mi cara arrugan mi frente.
— ¿¡Quieres humillarme? ¿Qué problema traes contra mí? —abalanzo mi cuerpo contra la mesa, provocando que esta se salga de su posición en la que estaba acomodada. Leonardo expresa su cara de pánico cuando le acerco el cuchillo. — ¿¡CUÁL ES TU PUTO PROBLEMA!?
Leonardo retrocede de inmediato mientras deja a la vista sus manos y el miedo visita cada vaso sanguíneo de su cuerpo.
— Tobías, deja el cuchillo ahora mismo —ordena mi padre, su voz es grave y autoritaria. — Fue solo una broma.
— PENDEJO, NO ENTIENDO TU OBSESIÓN CONMIGO —vocifero hacia el engreído que tengo delante. — Por una mierda sé que quieres humillarme.
— No, no, no, no, no, no —se dibuja una cara de horror en la cara de Leonardo.
Los gestos de desesperación, rabia y tristeza se apoderan de mi cara haciendo una nueva expresión facial; lo que llamo “Estoy harto y no sé como salirme de esto”.
— ¡Mi libertad amenaza tu totalitarismo! —aclaro mientras clavo el cuchillo en la mesa. — ¡Soy invencible! ¿¡ME OÍSTE?! ¡SOY INVENCIBLE!
— ¡Maldito loco! ¿¡Qué carajos!? —dice mientras tensiona sus músculos, reduce el espacio que ocupa su cuerpo y cambia el color de su piel a uno más claro. — Eres un puto psicópata.
Puedo jurar que los latidos de Leonardo se oyen a kilómetro. El comienza a sudar, tiene las cejas arqueadas y fruncidas, parpados superior levantados, los parpados inferiores extremadamente tensos y su labio inferior ligeramente estirado.
El cortisol de mi cerebro disminuye cuando me doy cuenta de que estoy a salvo.
Pierdo la mirada. Mi mente reproduce la escena de lo que acaba de suceder. De nuevo vuelvo a tener esa sensación de “no me está pasando esto a mí, solo es un sueño”, así que hecho un vistazo rápido a todos en la mesa.
Comienzo sentirme como si estuviera despertando de un mal sueño.
— ¡Oh!, ya no hay refresco —menciono con calma mientras veo la bebida esparcida por todos lados y una sonrisa de vergüenza con victoria se me escapa. —. No podemos comer si no tenemos nada para tomar. Iré por uno.
El nerviosismo de ser el protagonista de esta escena me provoca pena, me muevo del lugar dónde estoy y me aproximo a la salida.
— No me tardo. — expreso saliendo de la cocina, camino hacia la puerta mientras las miradas de toda la familia me acosan.
Salgo de la casa, tomo mi bicicleta y comienzo a pedalear.
Lo que acaba de suceder fue una tormenta familiar que me dejó con un severo dolor de cabeza.
Pedaleo cada vez con más fuerza para olvidar lo que acaba de ocurrir mientras unos escalofríos recorren mi cuerpo a la velocidad de la luz. Estoy ignorando el mundo a mi alrededor cuando suena mi teléfono.