Capítulo 1
PRIMAVERA
Alegría pueda ser esa voz familiar y aterciopelada que relaja mis orejas mediante el acertado uso de las palabras y los actos. Otras alimentan paladares ásperos gustosos de catar lo profundo e íntimo del cantar poético pues ha llegado la primavera.
Es incomparablemente ella, inveterada. Agigantada al esbozar en sus labios sonrisas cándidas; gigante al sembrar flores silvestres y nomeolvides. Titánica en cada estallido de substancia vital y heraldo costumbrista que rompe deshielos hasta ver llenarse ríos y búcaros…
Salud y bonanza provocadora hasta la hora de brindar en copas acristaladas. Sin embargo dos no lo hacen si uno no quiere siendo uno menos que dos. Anhelo voces altivas que extiendan su grandiosidad allá por dónde las zancadas guían a las personas.
Anteriormente mis iguales desfallecían tristes y frustrados, limitados y aborrecidos. Pero amigos míos las tornas van cambiando, cobijando entusiasmo hecho bandera gracias a trozos de tela arrancadas de cuerpos desnudos…
Desde esta atalaya descentrada e irisada lo aprecio sentidamente. Languidecen los últimos estertores del ocultismo con premura y sin esperas. Cuando la primavera habla el universo escucha y de observar ansiaremos ser vistos.
Pláticas vehementes para mentes incompletas o completamente incompletas. Es tan grande este paraje que se ha hecho a una extenso y corto. Suyas son oraciones apeadas del término medio e impregnadas por gotas de esperanza derramadas al alba…
Sin mentiras premeditadas de mil formas y mil maneras. Es así, no hay falsedad cuando dos pupilas confrontan la misma verdad. Locuaz primavera, irremediablemente chiquilla. Nobleza de damisela con nombre pulcro y cuerpo dispuesto para ser el arco del último violín.
Es de entre todas la única e irrepetible pesadilla de lo dejado atrás. Y atrás siempre vertemos cuanto es aborrecido ya sea por casualidad o ensañamiento. Encerrada en jaula de hierro o en jaula de oro, divagando inseguridades o apostillado ataques de confianza perpetuamente una boca cosida a una cara.
Luce sus galas más hermosas y es que la ocasión bien lo merece pues desmerecerla ¿acaso ofensa no tomaría? Se pavonea cuan pavo real desplegando su abanico de plumas. Es jueza, causa y condena de todo año grisáceo tamizado a grosso modo, vuelta y revuelta sobre planchas de fogones cinéreos…
Dolorosamente aquella negrura inacabada y pertrechada trata de pervivir por más tiempo. Es, por decirlo así, agonía anual que parece no concluir en pos de reincidir. No obstante ella es ella, eternamente entera y sin medias tintas. Nombre cierto pues de alcurnia le viene.
Jovenzuela de intachable condición, única e irrepetible con lazos en forma de zarcillos que atrapan, muerden y rasgan lo mortecino. Año de mieles año de bienes, esperanzas e ilusiones... Telaraña símil de esa esperanza y pozo símil de esa ilusión.
¡Ven! Acércate sin miedo a todo y todos. Te hemos estado esperando, guardándote de lo innombrable hasta que al fin con tus dedos refulgentes has rozado esta mundanal tierra. Mundo que moría al no abrirse paso en la ciénaga de las sombras. En ese lugar inhospitalario la gobernanta de tres cabezas rige con puño de hierro.
Penumbra, deslumbras desde la misma ausencia de luz. Insaciable e insaciablemente perniciosa. Indefensa ante tu infalible venida presta a claudicar clamando piedad a ratos. Ruega más tiempo para su tiempo…
Ha llegado exuberante y con renovadas energías. Sabe de su importancia capital y en consecuencia abre hueco para impresiones positivas. Si la rozas recordarás su calor tal cual delicados mantos de menta y lavanda. Por doquier despereza la naturaleza, estirándose, regocijándose de cuanta propicia existencia tenga a bien inundar la tierra.
Cincela, labra, pule y trabaja para dar forma a lo que antes no la tenía. Las cosas serán diferentes porque ella ya está aquí y no se irá, al menos no por un tiempo. Vino para quedarse, para dar luz a lo oscuro... Sí, al menos por un tiempo. Rima a la estrofa, calor al frío, pulido lo basto y certezas inciertas...
Por lo tanto yo la abrazo con las primeras luces de la mañana apretándola primorosamente. Le hablo de igual a igual, con el corazón henchido de verborrea y ella responde gestual y conceptual. ¡Es ella! Seas bienvenida cómplice primavera, nombre con primor, alma de reina recolectora y a todas luces ¡tú! Seas bienvenida o seas maldecida amiga primavera…
VERANO
Aquel puente de viejas piedras tomadas por el musgo sigue en pie tantos siglos después de ser erguido. Se alza entre frondosos troncos de robles centenarios y añejos castaños. Pintadas sus cortezas por líquenes y corazones tatuados con iniciales malgastadas al paso de los años. Para descubrir aquel latente espacio es menester de obligado cumplimiento llenar de aire los pulmones y exhalarlo muy lentamente. Llega para deleitarse con la brisa cálida que masajea la ruda piel del trabajador.
Me recuerda al rumor sereno y quejoso del río que por su bajo caudal golpea las piedras del fondo buscando aromas al mar lejano. Rumores, atrevimientos, dimes y diretes que a fin de cuentas cuentan lo de siempre. Convencidos como personas, pues eso somos, cualquiera puede abrir los ojos para no caer en la trampa de la ensoñación.
Tanta nostalgia ahora reunida en este idílico paraíso saturado de calor calurosamente abrasador. Embaucadoras ansias de ser uno más de cuerpo presente, uno más subiendo y bajando del cielo a la tierra…
Aldeanos sudorosos cruzan el viejo puente como habrán hecho generaciones precedentes y harán futuras. Llevan fardos hábilmente asentados sobre sus cabezas caminando con paso firme sin que se les caigan. Probablemente sus fatigas sean de justicia y sus cansinas piernas dos portones vetando ermitas diseminadas por la calle del pecador.
Hacia arriba y hacia abajo bajo calor sentido, cada cuál el suyo. Apaciguando calores gracias al frescor del agua del botijo o de la bota de vino tinto manchón.
Me saluda una anciana con gesto cansado y sonrisa cordial. Años de penurias, años tranquilos parecen haber trabajado las comisuras de sus labios y llenado de arrugas su frente marchita…
Me habla en lenguaje corporal pues para hacerlo con palabras precisa de fuerzas que reserva cautelosamente para proseguir el arduo peregrinaje.
—¡Tenga buena feria señora y hábleme de ella según le vaya!...
Hace calor pero se está gustoso aquí al abrigo del capuchón de la tarde. Siendo sincero lo que menos me apetece es abandonar este lugar encantado y encantador. Podría componer mil poemas y perderme a continuación entre su popurrí de melancolías encontradas. Podría sí, componer incluso el mil uno y sentarme a verlo madurar.
Lagartijas bajo el sol calientan sus cuerpos aplanados. Gorriones frenéticos danzan de rama en rama como si el mañana se agotase en cualquier momento. Trote y relincho de caballos salvajes; balidos de ovejas pastando despreocupadas, palomas cochinas en bandadas hacia algún lugar incrustado en la ciudad de fuego. Huyen aterradas del gavilán que trata de comer…
¡Oh sí! Despliegue mezclado y almizclero. Nada sobresale porque todo encaja en él, sin aristas. Tantas veces montado este puzzle que podría hacerlo con los ojos vendados. Siempre complicado juego de azar donde jugamos a nuestro pesar, conscientes y consecuentemente. Si me das a elegir ¡lo elijo todo!..
Sin embargo aquí se está en otro paralelismo regido por leyes no escritas. Gobernado por mandatarios invisibles. Actos que logran repoblar corazones enfermos de hastío y mentes involucionadas.
Así pues sin credibilidad al respecto el credo se desploma. Absolutamente todo en derredor es simplón desde su complejidad, descomedidamente perdurable. Viviendo para brindar muerte y muriendo para brindar vida... ¡Así son las tablas de moisés!
Puente de piedra vieja y de pasadas historias revividas y escuchadas hasta gritar basta. Lluvia, frío, calor, nieve y viento desgastando su granito y zancadas desgastando sus cantos ensoñados. Qué no habrán visto los viejos para contar a sus nietos mientras éstos tiran guijarros al río despoblado de agua salvaje. Qué silencios abrumarán historias dignas de ser contadas mientras se hace hombre el niño... Si me das a elegir ¡lo elijo todo!..
Esperpéntico cuanto hemos dejado en el ayer. Árboles, piedras y más piedras en caminos sin pasos y calzadas romanas. Hierbajos tupidos y helechos tostados al sol infernal. Indudablemente he aquí este conjunto orquestado por la sabia mano de cuatro estaciones transitorias…
Nada desafina porque todas las notas son idénticas y proceden del mismo conservatorio. Emisión en directo, sin dudarlo, acordes templados dignos de ser alabados por los que vivimos en tiempos prestados. Misterioso, tartufo, embrujado y hechicería de faroles apagados bajo el desconocimiento… Si me das a elegir ¡lo elijo todo!..
Sólo prendidos al tiempo que la luz busca romper las copas de aquellos frondosos árboles. Exactamente los más altos, éstos parecen alcanzar el cielo encorchados a lo grandioso. A lo lejos silban acordes aprendidos buscando hacer amena la marcha del viajero. El calor aprieta y los cuerpos se resienten; los cuerpos aprietan y el calor se resiente... Una vez cruzado el viejo puente la vida apremia y los bolsillos también.
Así es vivir cerca o lejos del puente viejo. Lejos o cerca de todo pero también lejos o cerca de nada. Antología al calor, sol fustigador de día y de noche; playas atestadas de gente y suciedad. Oda al azul cielo reflejado en embalses, lagos y ríos que inexorablemente pierden caudal. Alabanza para la montaña escarpada que se ha despertado sin nieve y a ese rico helado a primera hora de la tarde. Seas bienvenido o seas maldecido amigo verano…
OTOÑO
Llegó sin hacerse notar ¡ya lo creo! En silencio pernicioso barajó convenientemente las cartas depositadas sobre tapete grisáceo. Fue al amparo de la dejadez de funciones y al abrigo de los últimos rayos mañaneros. Más preocupado en bailes de números que en los de salón; más preocupado en arrancar las hojas de los árboles que en verlas crecer…
Acechó cuan alimaña desde densos zarzales esperando pacientemente su momento para abalanzarse sobre la víctima despreocupada. Garras abiertas, colmillos sedientos y tensión a la par de primera y última indolencia.
Así se abrió paso por laderas y caminos, por montañas y valles, por bosques y mares. Él, insidioso de nombre corto y cierta belleza en lo suyo, dejando mustia la naturaleza y abierta mi boca de pura sorpresa.
No es caballero pues no tiene caballo ni ostenta títulos. No necesita autorización para gobernar desde su trono hosco ni tiene por costumbre marcharse antes de tiempo. Es perseverante, insolente, ¿indolente? E incluso testarudo…
Antes sosiego ahora desasosiego para ejemplo de cuanto no termina de decidirse. Ríos caudalosos; prados luciendo verdor caduco, aves migratorias y sangre pendiente de enfriarse. Natura vegetada con nostalgia. Debes mudar tu ciclo de vida por otro férreo de matices otoñales. ¡Es así y no queda de otra!...
Déjate querer por su espíritu salvaje e indómito, por ese carácter grisáceo a juego con los primeros usos de la estufa. Suena el gong entre crepúsculo y supersticiones cosa que da inicio a su pronta venida. Vendrá como siempre viene, repartiendo espinas cercenadoras y ánimos decaídos. Podrás respirarlo y sentirlo pues también tú formas parte de su inestable soltura...
Se desenvuelve con extraordinaria pericia entre sus tributarios creando singulares tragicomedias mezcla de llantos desconsolados y risas forzadas. ¡Es él! Gritan todos sin atisbar dudas en la afirmación. Y es que aunque llegue antes o después tiene que ser; enmascarado de puntillas o arrastrándose. ¡Su aliento termina delatándolo!
Incisivo e inflexible este viejo lobo de mar de mirada perdida y desconcertante gancho por mano se muestra recio. ¡Qué se enciendan nuevamente las primeras estufas!
Si me pregunta a mí sólo podré mascullar entre dientes lo tedioso de su gobernanza. Me desbordan sus ropas blanquecinas, su grisácea melena movida por el viento y su caminar de a diario. Me molesta y sé que a ti también. Lo profundo de su voz ronca y esa manera de operar con cuanto lo rodea porque suyo parece ser por derecho cuanto carece de ley.
Definitivamente en su persona ejercen autoridad muchas personalidades. De las mismas se dice que son diferentes hasta el extremo de ser repudiadas o queridas según sus acciones o la ausencia de las mismas. Unos bailan de su música, gozando mientras otros aguardan pacientemente que concluya tal parafernalia.
¡Es él! Claman voces ancianas y voces infantiles. No hay error porque lleva su equipaje ataviado de ropa mal plegada. Llegó para quedarse, al menos por un tiempo; al menos hasta que su lugar lo ocupe alguien más gris y con más negrura en el alma. No obstante mientras ello no suceda aquí está él, enseñando su valía hecha rudos modales.
No engaña a nadie pues a nadie engaña ya. Viene para no irse e irse es lo mismo que no venir. Trae de la mano todo un séquito de innombrables níveos y paisajes apagados. Seas bienvenido o seas maldecido amigo otoño.
INVIERNO
Es decisivo momento este que me hace perder tiempo hablando de él casi sin querer hacerlo. Son instantes perfectamente repetibles que dados una vez volverán dos, tres o las que sean. Hay algo especial en esta noche desinhibida y no sé que pueda ser. Tal vez la escasa cotidianidad o tal vez la serena tranquilidad desnuda ante el espejo invernal.
De respirarse hondo quemará boca y pulmones porque así ser su condición. Se percibe a modo de aire gélido modelador de cuerpos pertrechados bajo kilos de ropa.
Molestas voces agudas comprimidas por invernales hálitos y frías costumbres. Claman pausas sinfín para de a pocos degustar conmociones de falsa plenitud y rectas curvas.
Languideció el día y languideció la tarde dejándole columpio al ocaso tardío. Eco sordo, lejano y alejado de todo, próximo al paupérrimo desaliento del amortajado. Me sentí mal en su regazo y aún peor al tomar sus manos hechas de carámbanos y aguanieve...
Túnica oscura para la penumbra y túnica clara para el mediodía atolondrado que sigue sin calentar. Tejiendo tupidos mantos de aislamiento, cobijándose entre cuatro paredes y una chimenea de ladrillos tomados y leños condenados… ¡Ahí me veo!
Inmerso allí y acá, formando parte del juego diferencial entre vivir o vivir plácidamente; entre tener vida plena o vida desvivida, sin nada verdaderamente excepcional. En su escondite llamado tierra podría cubrirse los ojos pero entonces no escucharía las ventiscas que vienen llamándolo ansiosas. Le es indiferente porque su manto níveo no conoce de señoríos ni rinde pleitesía…
Auténtico baile de máscaras donde cada individuo es diferente por dentro y desigual por fuera. También esto le da igual porque él a lo suyo y lo suyo a nadie concierne, obviamente, pues sigue y seguirá sin conocer de señoríos ni rendir pleitesías.
Con prisas y apresuradamente llegó el momento no apto para dejar espacios generosos ni margen a la duda. Trae consigo gruesas cuerdas entretejidas firmemente, anudadas las unas a las otras hasta formar misceláneas de resuellos cortados.
Ocasionalmente aquí, disfrutando de un café bien caliente en la cafetería de la esquina. Viendo la gente pasar a través del cristal cubierto de nieve hasta la mitad pienso en lo afortunado de estar al lado correcto de la pared...
Tercos hombres y mujeres porfiadamente tercas empujando de sus destinos hacia delante porque es como ir cuesta abajo. Inoportunamente congelados manos y pies. Almas reviradas hechas de inocencia burda que tras cada capa de ropa esconden la vergüenza depositada ante el prójimo. Y aunque no pueda ser o no tenga sentido ¡es! Cuchillo empuñado por don invierno, cláveseme entre las costillas…
Viene sin presentarse y se queda sin haber sido invitado a quedarse. Muerde la mano que lo alimenta y cocea tal cual fuese mula vieja. Es amo y señor desde aquí a la China, al menos por un tiempo. Groseramente egoísta aparta de las mesas hasta las migajas más pequeñas. Se las lleva lejos para no alimentar a los hambrientos pues escasas son las raciones en el cruento invierno.
Llegaste sin patria ni beneplácito para quedarte adormilado en sucesión de lunas pálidas. Seas tú entonces arroyo congelado, océanos sacudidos por tormentas y frías borrascas en el mar del norte. Seas bienvenido o seas maldecido amigo invierno.
Recuerdos estacionales: Navidad del 82
Mis recuerdos enconados sobrevuelan la nochebuena del 82. Por aquel entonces contaba quince años y siendo sincero no creía en nada de esas cosas fomentadas al amparo del espíritu navideño. Por aquella época las estrecheces invadían mi hogar como chinches los colchones. Yo creía ser más listo que el hambre cuando en realidad y dados mis quince años no sabía de la misa ni la mitad. Para mí la navidad únicamente tenía sentido en aquellos hogares pulcros a los que de nada les faltaba.
Definitivamente aquel año y aquellas fiestas estaban por pasarme por encima cuan camión de cuatro ejes. Con mi nariz de niño olfateaba desde las calles la dicha ajena en forma de abetos decorados, guirnaldas de colores y opulentos platos a la mesa. Con qué gusto habría roto cada ventana de esas casas a pedradas…
Con quince años se absorbe todo, al igual que una esponja el agua, aunque luego seas incapaz de acertar con el significado de las cosas. Algunos eventos quedan grabados para siempre siendo los años los encargados de darles interpretación mas ¿importa ya? Seguirán residuales ahí, congelados, indistintamente al daño o alegría que hayan causado…
Las discusiones de mis padres a tenor de la maltrecha economía familiar estaban a la orden del día. Sea como fuere no había culpables de carne y hueso, ahora lo sé. Vivir no implica que la vida tenga obligación de ser justa. Paradojas como las que me contaba mi abuelo; invierno que no sabía ventar o verano que no sabía calentar...
El único y verdadero presente que el año 82 y sus fiestas navideñas tuvieron a bien regalarnos fue el empeoramiento del abuelo. Lo llamaban “enfermedad del olvido” y de a pocos no olvidó olvidar. Solamente al paso de las estaciones adquirí verdadera noción de su significado.
En nuestra casa éramos pocos, mis padres, mi abuelo enfermo y yo. Cuatro almas aguardando por una mísera oportunidad de cambio. Por ver lo mismo desde ambos lados de la ventana y que al llamar a la puerta abriese la buenaventura. No creo que fuese tanto pedir un alto en el camino para ver el alma negra del destino.
Cualquier cosa menos ver llorar a mi madre, matarse a trabajar mi padre e írsele la cabeza a mi abuelo. ¡Una esponja rebosante no puede absorber más! Cuando yo mismo colgaba los calcetines de la chimenea, al día siguiente no tenían más que aire recalentado y una nota que decía “inténtelo el año que viene”…
Aquel año 82 llegó arrastrando inmundicias y miserias de anteriores años, saturando de forma figurada la fosa séptica. Ésta por natividad parecía más grande pero igual de llena. Cada desencuentro se agarrotaba como bisagras de hierro bajo el agua y cada problema terminaba anquilosado, apretándose entre sí con mordazas dentadas.
Y claro, alguien desde la calle gritaba “feliz año nuevo”. Me daban ganas de salir a patearle el trasero. Sin embargo aún siendo un adolescente estúpido e ignorante sabía que aquellas gentes no tenían culpa de que yo esperase mucho más de la vida… ¡Jou Jou Jou!
Maldecía ser pobre, si bien no era consciente de qué era serlo. ¿Tener menos juguetes que los demás niños? ¿A eso se resumía todo?...
Recuerdo llegar a casa después de haber pasado la tarde con mis amigos Luisito “flemillas” y Rodri “el mocos”. Ese flash del ayer me toca especialmente porque lo tengo anidado en mi cabeza. Era entrar por la puerta y darme de bruces con la misma repetición de desgracias. Voces, chillidos, platos rotos, llantos y preguntas dolientes de mi abuelo, cada vez más encerrado en sus mundos. ¡Eso somos, reos de la reminiscencia! Refugiados en valles tenebrosos buscando desesperadamente una salida. Si es que ya mi abuela lo decía “no somos más que marionetas del destino”.
Ciertas disposiciones adquirieron disparejo tono esas navidades del 82. Una especie de punto de inflexión estaba por ingresar a mi vida por las bravas. Por aquel entonces no podía saberlo porque ni era adivino ni mucho menos la cabeza me daría para entender los entresijos del sino. Bueno ni hoy en día se comprenden los mismos; ni yo ni nadie.
Aquella nochebuena rompió la buena noche. Mi abuelo se puso realmente mal, tenía espasmos y brotes violentos, retorciéndose en el suelo como cola de lagarto separada del cuerpo. Mis padres, de acuerdo por primera vez en siglos, lo trasladaron rápidamente al hospital, apartando momentáneamente disputas y desencuentros que solían arreglar durante la noche (lo entendí al crecer)…
Yo no discernía lo que acontecía a mí alrededor. Veía a mi abuelo y él me miraba a mí, intentado dejar escritos en mis ojos palabras que no podía leer. Si las miradas pudiesen hablar esa noche estoy seguro de que se habría despedido de mí.
—Espéranos y cierra la puerta—. Fueron las últimas palabras de mi madre; la última vez que apreté la mano a mi abuelo y la última vez que vi con vida a mis progenitores. Un accidente de tráfico se encargó de separarnos. Coincidió en el tiempo con el resto del mundo empachándose de marisco, turrones y espumosos...
Para qué recapitular lo sucedido en meses y años siguientes. Para mí todo había quedado atrás, tirado en la carretera o en una cama de hospital. Lo hecho y sus circunstancias no nos son ajenas pero sí inescrutables. De nuevo a mi chaveta las palabras de mi querida abuela y aquella mirada de despedida de mi abuelo, limpia y cristalina.
¡Qué tonto fui! No haberme dado cuenta de que aún en la miseria estábamos unidos, dándonos a nuestra manera apoyo y calor los unos a los otros. Sin más riquezas que una vieja televisión en blanco y negro, el cancionero popular ricamente encuadernado de mi abuelo y el anillo de casada de mi abuela. Familia, en mayúsculas, no hacía falta nada más... Ahora también lo sé.
Vuelve el trompo a girar, acercándome la mirada perdida del anciano y sus ojos llenos de prístinas lágrimas. ¡No quería olvidar! Luchando a brazo partido contra “la enfermedad del olvido” ¡Cuán guerra perdida! Mas tampoco él quería dejar de ser persona, ni siquiera cuando se hacía sus necesidades encima.
Navidad escurrida entre dedos flacuchos que no tienen fuerza ni para ser dedos. Arrugas las suyas, contando historias de muchas natividades, historias como la del recién nacido huido del belén a lomos del buey; historias como la de la bruja piruja que quería tapiar todas las chimeneas para que no hubiese más regalos en el mundo...
Su mirada enigmática ha quedado grabada a fuego en mi corazón desgajado. Parte latiendo y parte arrojado como cristales rotos sobre asfalto. Y entonces los agonizantes se incorporarán en sus lechos para despedirse de los suyos porque ya los están llamando desde el otro lado. Ellos sí podrán descansar en paz…
Pero a partir del 82 las tornas trocaron despacio, lento pero sin pausa. Absorbí el verdadero alcance de lo que debe concebirse como existencia. Nunca es tarde para derribar muros, por más altos y gruesos que hayan sido erguidos. Tampoco lo es para pasear platicando a solas, hacer bailar una pierna sobre la otra, besarse los labios entre sí, gritar bajito porque sí, sonreír para dejar escapar brillos dentales y llenar el árbol navideño de bolas brillantes que compitan con el sol.
En gran medida ese año 82 pudo haber sido el 28, pariendo conciencias del revés. Aunque no sepa explicarlo tal y como merecería ser explicado caí en la cuenta de que se lo debía a mis seres queridos. Y a pesar de que era un crío de apenas quince años juré antes de terminar el año que, desde dónde estuviesen, me mirarían forjarme en hombre cabal y de provecho.
Dicen que jurar es pecado mas hasta cierto punto a ésos les digo que no existe mayor injusticia que quedarse solo porque tus padres han muerto en la carretera. Sin polvorones, sin mantecados ni cortos villancicos que hablen de cómo nieva bajo el mar...
Pasaron muchos años de aquellos tiempos convulsos, plenos de necesidades más físicas que afectivas. En la actualidad estoy felizmente casado con mi Dora y tenemos tres hijas maravillosas a las cuales hemos inculcado los valores reales de estas fechas. La navidad, por encima de cualquier otra consideración, está hecha para los niños pues son ellos quienes de verdad la disfrutan.
Optimismo, fraternidad, paz y amor; palabras que en mi infancia no supe valorar en su justo merecimiento pues cortas de miras son las entendederas juveniles. Pero no quiero que el pasado ahogue mi situación actual. Se los debo a mis padres y a mis abuelos empero también a mi esposa e hijas.
Ello no es óbice para que cuando llegan estas fechas señaladas en cierto modo añore aquella convivencia del pasado. ¡Que contrariedad hallarle esclarecimiento! Sólo valoramos lo que tenemos cuando dejamos de tenerlo...
Veraz que aquellos años no teníamos mucho ni demasiadas razones para celebrar y sin embargo, aún con la chimenea medio caliente y la mesa medio vacía, festejábamos.
Pero sobre todo y aún actualmente me inquieta aquella mirada de mi abuelo, el día aquel que se lo llevaron. Puesto que soy adulto, padre y marido, aseguraría que él sabía lo que estaba por venir y con aquella impotencia marcada en sus ojos quizás me estaba susurrando:
—“No somos más que marionetas del destino”—. Sí abuelo, eso decía siempre la abuela. Mas esta marioneta en la que me he convertido maneja ella misma sus hilos.
Seguro que mi abuelo habría reído a pierna suelta y sin que mis padres se percatasen darme un sorbito de licor café. Así era mi abuelo, así era mi familia y por ende así soy yo.
Aun conservo en la repisa de la chimenea la foto del núcleo familiar, sonriendo a lo Gioconda. Por detrás, escrito en letra gorda y apresurada: “La marionetas también tienen derecho a cortar los hilos que las aferran al destino”… así era mi abuela.
Recuerdos estacionales: El río de la melancolía
Corre paralelo a la villa que lleva su nombre, colonizada la contorna por toda clase de árboles, especialmente sauces y alisos. Éstos acunados constantemente por la suave brisa ponderante regalan minúsculos destellos lumínicos filtrados entre las hojas.
Los junquillos y las incontables trepadoras crean un vergel tan caprichosamente colorista que uno creería estar en el Edén.
El rumor de sus aguas al alcanzar la cañada agasaja al espectador virtuoso de emociones de otro mundo. Paseantes de dos y cuatro patas fluyen por las orillas con zapatillas de deporte los primeros y uñas sin manicura los segundos. Las señoras más doñas pasean al abrigo de sombrillas de sol y abanicos en mano, contándole a sus amigas las últimas tendencias en ropa parisina.
Un perro con un palo en la boca mira de reojo a su dueño que no semeja estar muy dispuesto al juego. Un niño llora al haber sido empujado por otro; un señor pequeño y barrigón obsequia a su esposa con un helado de lima, una pareja a caballo recorren la senda verde….
Las familias van ocupando las mesas de piedra desde primera hora de la mañana mientras a lo lejos la ría se abre en dos hacia el mar. Imposible mejor lugar para gozar de una jornada dominical.
Me parece estar allí viviéndolo en primera persona y sin embargo no es cierto. Embrujados propios y extraños por las aguas turquesas del río. Elemento líquido tomado al asalto por bañistas ansiosos y barqueros de brazos fornidos.
Nunca se ha sabido de ahogamientos en sus aguas, ni siquiera en la temporada de crecidas. Música de gaiteros y fuegos de palenque anuncian que aquí cualquier forastero es siempre bienvenido.
Domingo de homilías cogidos de la mano; domingo de pescadito frito, carne salpimentada, mosquitos molestos y sabores irrepetibles que en algún momento de nuestras vidas echaremos de menos…
Humos bravucones desde las barbacoas al cielo. Chillidos de infantes jugando al «te pillé» y algarabía de padres intercambiando experiencias entre carbón vegetal y espátulas metálicas. Yo estaba allí…
Aguas rehundidas, círculos arremolinados creados por habilidosos peces al tratar de capturar los insectos que revolotean peligrosamente cerca de la superficie. Este río siempre ha estado en su sitio, invariablemente a cuantas generaciones hayan pasado por el tránsito de la vida.
Tiene su nacimiento en las tierras del presbítero, lugar por cierto para cabras salvajes que desafían a la muerte saltando de piedra en piedra con pasmosa habilidad. Pocos hierbajos sobreviven al continuo castigo del arduo sol y las hambrientas bocas de los caprinos. Salvo un anciano ermitaño, del que decían era sabio mayúsculo, nadie se dejaba caer por aquellos lares. ¿Qué habrá sido de él? ¿Habrá muerto solo y consumido por su sapiencia? ¡Eso sí que sería liberación!
A veces el torrente muestra su peor cara creando pedregosas rutas hechas por las crecidas. Entonces arremete furioso cuan toro de lidia y ante tal dispendio de intimidación poco se puede hacer, salvo campear la ventisca lo mejor que cada uno pueda...
Abandona desbocado el cauce sereno y marcado por siglos excavando para inundar las tierras bajas, llegando a poner en peligro tanto la escuela como la iglesia. Ambas demasiado cerca de los gigantes y furiosos brazos del río.
Hasta donde sé nunca hubo que lamentar víctimas mortales. Sin embargo atendiendo a la sapiencia de los viejos éstos afirman, encendiendo cigarros sin filtro con sus chisqueros, que cada año las aguas suben más. ¿Cuál sería el parecer del ermitaño?...
Tras pasar la borrasca la crecida termina recuperando niveles normales. Crecido o de normal siempre marcha al océano, haciéndolo por lo regular de forma tranquila y escalonada. Ha dejado de ser aquel monstruo destructor convirtiéndose en el gran benefactor de biodiversidad y placenteros domingos. Al menos hasta las próximas lluvias torrenciales…
Pequeñas bandadas de pájaros lo cruzan volando a toda prisa hacia sus anidadas hechas entre zarzas con grandes espinas. Cargan en sus picos lombrices desafortunadas que los perros han dejado al descubierto tras excavar en la tierra.
Pequeñas embarcaciones lo surcan con parsimonia y elegancia, haciendo de las mañanas dominicales placenteros frescores estivales. Los arrullos del cauce acompasan los estómagos llenos mientras las emisoras portátiles calientan motores esperando al fútbol de la tarde.
Es hora de echar la partida; encender un puro, reír por un chiste malo o simplemente ver correr a los jóvenes tras una pelota que se va lejos por chute mal calculado. Nadie quiere ir a buscarla, ni siquiera el portero…
Le tengo cariño a este enorme arroyo y también él me lo tiene a mí. No puedo culparlo por mostrar a veces su peor cara pues la naturaleza funciona a sus propios biorritmos…
Cada gota, cada haz de luz reflejado encima del agua y cada piedra bajo ella galantean el alma con cánticos y alabanzas al anhelo. Meció mi infancia que tan atrás quedó. Jornadas dominicales entre los meses de julio y agosto con aroma a familia; aroma a remembranzas. Sé que es imposible empero me parece estar respirando aquellos aires del pasado…
Varios puentes romanos lo cruzan para dar servicio a incontables molinos que escalan la ladera. Llevan a cabo la molienda del maíz, del trigo y del centeno. A pie del camino se ubica el pilón comunal, en desuso desde hace décadas. En éste mujeres de otra época, de riguroso luto, acudían a lavar la ropa. Frotaban la suciedad por dentro y por fuera mas no podían hacer lo propio con la roña que llenaba sus corazones viudos...
Muchas vidas dentro de una, inconfesables secretos dejando de serlo cuando se cuentan a quien no es uno mismo. Si lo pienso detenidamente he perdido mi infancia no tanto por los años transcurridos sino por no haberla sabido valorar.
Lejos de este lugar siento que he fracaso. Me ha visto partir para no regresar hasta muchos lustros después, sin echármelo en cara. Este rincón irrepetible me ha insuflado cierto carácter, instruyéndome para un futuro sin desflorar…
Corre en paralelo a la villa que lleva su nombre. Trascurre entre sauces y alisos pobremente enraizados. Familias de fiesta rachada, olor a barbacoas, cinturones aflojados, vino derramado sobre los manteles, algarabía ruidosa y rabia suficiente como para apretar los puños al recordarlo.
Ahí pasé los mejores veranos de mi vida y a pesar de haber vuelto en alguna ocasión nada es ni parecido a la realidad que interpreto a mi manera. Nunca lo es porque al crecer dejamos atrás esa inocencia que nos hace vivir, sentir y disfrutar cada aventura como si fuese única e irrepetible...
El río ha cambiado y yo con él. Ya no soy aquel chaval que se zambullía en sus aguas turquesas ni el atolondrado que corría detrás de los perros hasta caerme en los zarzales. Consecuentemente la consabida reprimenda de mis padres. Sana culito de rana, si no sanas hoy sanarás mañana…
Por esto mismo tomé la dolosa decisión de regresar por última vez para no volver jamás. ¿Por qué? Porque el único lugar donde todo continúa igual es dentro de mi cabeza y no me da para llenarme alma y corazón…
El agua finalmente dio razón a los viejos, llevándose por delante parte de la escuela y de la iglesia. Me enteré tiempo después que las dos fueron trasladadas a zonas más elevadas.
Moldeo mis reminiscencias sin hacerme sangre sin embargo no logro quitarme de encima este padecimiento tan personal. No quiero marcharme pero debo hacerlo porque sólo en mis sueños sigo siendo aquel niño feliz que con sus padres y hermanos disfrutaba del verano…
Cada domingo fiesta entre los meses de julio y agosto. Cada domingo fuegos de palenque, rosquillas dulzonas y multitud campechana.
Cuando cierro los ojos y veo hacia atrás exhalo aire de añoranza. Veo cara adelante y me percato de todo lo que he perdido. ¡Qué rabia no tener la experiencia actual pero con la edad de aquellos años! Habría comprendido tantas cosas...
Reflexiones atemporales: Amissa sanitate
Qué frágil la mente humana cuando se resquebraja en diminutos vidrios, rindiéndose ante el hastío más absoluto. Enhebrando agujas de rendición por ominoso agotamiento; manteles de algodón recogidos y amontonando frutas prohibidas. Qué detestable aceptarse débil de aliento y anoréxico de arrestos.
Esta basura inmunda todo lo contamina con pegotes petroleados. A esta lacra mugrienta la temo por ser desazón del angustiado, rezo del condenado libidinoso y baile cojo de sílabas irregulares. Pero también diáspora de sensaciones propias y ajenas alrededor de graznidos reconocibles; de tijeras ensangrentadas y heridas costrosas que deben ser raspadas.
El resto de media mitad hiere con el canto afilado de la navaja a las almas esquizofrénicas, titilando dialectos primigenios. Juegan entre verdes pastizales con rostros escondidos bajo máscaras de ojos tristes y bocas vacías. Escrupulosas ellas ocultan el verdadero nosotros con caras cuarto menguante y muecas enmohecidas. Rabia y dolor descolgándose de la telaraña, sin excesivos aspavientos. No tentad a la suerte así que dejar dormir a la araña durmiente.
Embrutecido golpeteo de nubes algodón balbuceando improperios que a modo de medusa transforman al personal en piedra maciza. Destellad ojos, marcad el camino que inexorable arrastre el fauno que cargamos dentro trocándolo en trasgo…
La mente humana como incógnita a despejar, estadio cuatro donde evolución y postulados crean marismas de aguas salinas. Lo sabemos perfectamente porque nada escapa del control del sino ni tampoco al férreo marcaje de vidas predestinadas.
Yo al igual que vos soy sabedor de ello y nada hice al respecto porque ¿para qué? Lo vi venir en línea recta, tuve tiempo justo para esconderme dentro de mis plegarias, enrollándome a lo brazo de gitano. Lo ilógico son sonajeros colgados del techo, inaccesibles al tiempo. Sus sonidos se diluyen entre líneas de luz que rompen la persiana. Gentes ignorantes, personas impersonales que dilapidan fortunas enteras para abruptamente agasajarse con milhojas andrajosas, permitiéndose la desfachatez de burlarse del infortunio foráneo.
Nada superficial parece estar integrado dentro de su propia seguridad. A un instante del fin de los tiempos se vuelca la realidad para sumergirnos en las mayores ciénegas personales. Ni copiosas lluvias invernales ni galernas salvajes podrán sanear una sociedad podrida desde la raíz. Cernidillo nocturno prístino, disgregado en capas de monóxido de carbono, tan consistente en la madrugada estrellada como debilitado al acaparo del amanecer.
Somos humanos hasta donde sabemos serlo o hasta donde las poderosas energías cósmicas permiten que lo seamos. Cebo en el anzuelo, boca del pez, malaventura y muerte en el sedal. Hierro del arriero hecho a fuerza de golpe de martillo, ruidos que sesgan tranquilidades intempestivas devolviendo olor, color y sabor al ayer. El mismo lastrado tras doblar mal la esquina. Fugitivos de la verdad huyendo de serviles mentiras; siervo de deidades extintas y forajido de arma en mano y chapa en el pecho.
Castiga el látigo farfullando de canto y perfil nombres propios y minúsculos. Velada entre paredes indivisibles que repudian la luz artificial. Voces viriles en proclama de la llegada del nuevo orden mundial y con él el anticristo caminando al libre albedrío. Sacará punta a su mitad cabra pues su otra mitad no es más que carne al peso. Desvestirán un santo con pezuñas en lugar de pies para vestirlo a él, pies ocupando lo que debieran ser pezuñas…
Extremófilos meditabundos, grandes y pequeños, zarandeándose entre salinas de salmuera ¡viven en condiciones imposibles! Mi respeto y admiración. He aquí que las cabezas ansían la verdadera máquina voladora pero los corazones abrazan una segunda hipótesis: solamente imaginación para hacerla volar. Por ende alguien juró haberla visto estrellarse en las montañas.
No seré mente vana ni pájaro espino de esquivo planeo rasante. No sumaré a mi carcaj flechas para atravesar mártires voluntariosos. No menguaré el padrenuestro de cien extasiadas almas de Dios hallándose liberadas de cualquier miseria pecaminosa. Ya conocerán de cerca el verbo pecar y su lasciva conjugación…
Nuestra mente humana, pobrecita, abandonada en el interior de una batidora llena de clavos y dándole vueltas a su emancipado ego epicúreo. Incluso observándolo en danza de juegos estroboscópicos dará igual hoy que ayer o mañana que ahora mismo.
Las campanas tañen ronquidos díscolos, abrazos no consentidos. Noticias en Morse metálico resonando dentro de seseras y por fuera también. Acudan fieles, por favor acudan en mi auxilio porque desde anoche he perdido la fe, he debido dejarla en el bolsillo del pantalón mas no la encuentro por haberlos cambiado…
En tal disyuntiva, afirmativo, nos hemos creído reyes de papel en la republica y vesánico imán en el Vaticano. Derredor bizarro axioma, frondosa inquietud al pie, arrastrando etéreas cadenas de pétalos, nácar y bilis. Y no seré yo quien confronte a los cuatro vientos tal aseveración. Nácar para escurrirse desde lo alto de pedestales linóleos, pétalos bienaventurados sin ventura en moliendas dominicales y bilis leguminosa, densa, acechando desde las entrañas, amenazando con proyectarse al exterior.
Sombras atrapadas en pantallas de red jactándose de cuanto ven. Causa y parte, juez y verdugo, trepas vividores, crápulas de la noche y apostatas del día. Seres humanos deshumanizados, satisfechos por su categoría falsaria. Sea por altivez recóndita o por el botón suelto del ojal, ni rasgando vestiduras hallaran paz.
El ocaso aporrea ponzoñoso desde su laberinto, gesticulando al que quiera escucharlo. Son o tal vez puedan ser incongruencias recalentadas en fogones de acero y fuego. Despotrica defenestrado por sendas de lecturas empíricas sin conexión a la red. Retórica sibilina consumida en leños crepitando para asustar cualquier mínimo abrazo invernal.
Cuando al acecho de rostros lívidos los tramoyistas menesterosos desplieguen sus guadafiones será tiempo de horrores y murmuraciones veladas. Ecuación compleja de desarrollar que se retuerce sobre convencionalismos, denigrando la incógnita.
Somos nocturna apatía de vicario llamado Mefistófeles. Red de pavorosos sufrimientos ligados a petroglifos y runas, a valles de alquitrán y ríos de purpurina.
Confieso mis pecados por rutina, sólo los míos, buceando en océanos de lava candente y rocas al rojo vivo. Se resquebrajarán tenaces voluntades, manuscritos enteros se desteñirán hasta ser polvo y las pirámides caerán bajo el peso de los años mas no los verás pidiendo perdón…
Acá la oscuridad atiza con maza tenebrosa; golpeteos constantes a toque de difuntos. Cachiporra diabólicamente impía. Apenas tiempo para purificarnos. Ser uno con el todopoderoso es tanto como serlo con la huesuda, huesos molidos sobre cetros reales y éstos convertidos en reliquias anómalas. En ocasiones los veo venir reencarnados en cualquier otra cosa…
El oprobio extiende infame alientos primigenios, él no sabe de deslices. El señor de enfrente, el de abajo o el de arriba convertidos en capiteles de mármol pétreo. Enjaulan sus chacras dentro de marañas de hilos para esclavizarlos en recurrentes sueños de lumbre y azufre. Sí, sueños candentes y tóxicos que prestos dejan de serlo; pesadillas volcadas como jarras de vino, dolor del alma sangrante y vuelca insensata del espíritu…
Opresión, dominios ignominiosos carentes de férrea voluntad. Sonrisa sardónica tan envenenada como la propia sangre corrompida.
Tocará conformarse a partes iguales con desesperación y desesperanza. De esto sobra en la viña del Señor así pues nadie pasará hambre de ello. Postulemos en las fauces del lobo eso convenientemente bautizado como misericordia y después cerrémoslas.
Acongoje en flagelación de dolientes, mestizaje tardío, exceso de celo en relación de desiguales, purgatorio etéreo donde ultrajar almas corruptas bajo la aprobación del que ha nacido sin marca. Directrices ancestrales marcando líneas entrecruzadas, fusión de razón y locura, líneas que partiendo del mismo lugar sufren apoplejías de efectos exangües. Así sea.
Al desfile de esta procesión de hipócritas le acompañan sacristanes procelosos, jugando a juegos de punto en boca. Depauperado estilo informal, sabandijas agasajadas con espasmos de recuerdos infaustos. En el cuaderno de bitácora alguien dejó constancia de una vida en óbito incluso antes de ser alumbrada…
Todos y ninguno son aullidos sumergidos en arroyos de expiración ¿la esperanza se ha disgregado? ¿Tal vez en la zarza ya no se quemen míseros desasosiegos? Poco por hacer cuando permanece inmóvil esta pocilga comunal, sin mayor aliento que el de una alimaña solitaria, sin mayores pretensiones que confesarse en credos aquellos que se saben indignos.
Apostata, anatema, hoy postrados en cilios de penitentes flagelados a pie del cadalso, insulso juez alcoholizado en perjurio. Dejemos descansar en paz al género humano ¡Así sea!…