Time for play SUCKER
La tensión era palpable en el campo de fútbol. Todos los ojos iban y venían de un lado al otro, siguiendo el balón y casi al instante iban hacia el marcador que estaba en contra de nosotros. Tenía que quitarle la bola a ese idiota de azul. Tenía que recuperarlo a cualquier costo. La brisa fría soplaba, pero mi cuerpo ardía con la pasión por ganar.
De repente, sentí un empujón y caí al suelo, Cuando me levanté vi aquella playera roja manchada con tierra y sudor, ese número 11 despintado, y vi sus medias azules; de nuevo Alan la había cagado. La angustia me invadió mientras veía cómo el público se levantaba con emoción al ver que el equipo rival marcaba otro gol y el partido terminaba.
—Alonso lo siento, sabes que no fue apropósito, quería quitarle el balón —me dijo, mientras entrábamos al auto de su papá para que nos llevara a mi casa. Juro que si no estuvieran sus papás le hubiera cerrado la boca de un golpe.
—Ahora no —le dije en un tono bastante seco, si seguía con todo ello la sangre me iba a arder más que la cortada que me había hecho debajo de la rodilla, y todo por el tacón de chico que me golpeó al inicio del partido.
Alan insistió en disculparse y yo solo lo ignoraba y miraba a la ventana. Por momentos me jalaba un poco de la camisa, pero no volteé ni una sola vez. Ya me tenía un poco harto de la misma mierda. Su padre nos dejó y entramos a la casa con nuestros uniformes bañados en tierra, mi balón y un enojo de los que casi diario tenía por culpa del chico de cabello negro que subía las escaleras por detrás de mí.
Subimos a mi cuarto y me senté en el sofá blanco que tenía al lado del closet. Agradecí que mis papás aún no estuvieran en casa, no quería que me preguntaran como me había ido en la semifinal por la que tanto había entrenado, y decirles que por culpa del mismo tonto de siempre habíamos perdido.
—Es que no puedo creer que nos ganaran, fueron cuatro a cero. No puede ser —le dije por fin eliminando el silencio, estaba furioso con él.
—Sabes que no fue culpa mía, con ese último gol aún hubiésemos perdido también.
—Cállate. Debiste entrenar más.
—Sabes que tenia cosas que hacer —soltó tratando de sonar igual de frío que yo, pero esa fachada nunca le había quedado bien, para remarcar su pose, arrojó su bolsa de deportes hacia el suelo.
—No me trates de hacer reír, que no estoy de humor —estaba aún bastante enojado y Alan estaba solo echando más tierra, yo sabía perfectamente sus horarios, en que mataba el tiempo, y por eso me enojaba aún más que pusiera esas excusas baratas—. Las únicas cosas que tienes que hacer es ir a los entrenamientos, fingir que acomodas libros en la biblioteca de la escuela para terminar con el castigo de tu madre, y joderme con tus excusas tontas —le aventé el balón con fuerza.
—Tú cállate —atrapó el balón en sus manos y me lo arrojó con fuerza—. Tú no metiste ni un gol.
—Ni tú, pendejo— le dije aventándole otra vez el balón, pero esta vez no lo atrapó y cayó detrás del sofá. Alan ya estaba sentado alado de mí y volteó para tratar de tomar el balón.
Jalé la camisa de Alan y lo atraje hacia mí, tenía el uniforme muy pegado a su pecho por el sudor que aún corría desde su cuello hasta su torso. Lo besé y él respondió de inmediato, su mano era extrañamente suave, las mías siempre estaban resecas y rasposas por tanto entrenamiento. Me acariciaba la mejilla mientras nuestros labios se fundían en un beso apasionado. La tensión entre nosotros había cambiado de forma; esa furia que estaba conteniendo desde el medio tiempo del partido se transformó en unas ganas incontrolables de hacerlo mío ahí mismo, en ese sofá blanco y viejo que había tenido por años. No había más palabras, no había más silbatos ni marcas blancas en el césped, solo quedaba el calor de nuestros cuerpos entrelazados. Con sus suaves manos me sujetó el rostro para no separarnos. Nuestros labios jugaban casi tanto como mi lengua con la suya, su respiración la sentía y era sensacional. Su mano bajó hacia mi abdomen que la camisa y mi bufanda tapaban, pero él de igual forma acariciaba a la vez que yo tocaba su cálida pierna.
Nos besamos con pasión y deseo, ambos olvidándonos por completo del juego de fútbol y del enojo. La tensión entre nosotros se había convertido en una llama ardiente, la cual se intensificaba con cada toque, con cada beso. Alan me sujetó la nuca y me acercó aún más a él, su lengua exploraba mi boca mientras sus manos se deslizaban por mis hombros y bajaban hasta mi cintura. Yo lo correspondí con igual pasión, mis manos recorrían su espalda y sus brazos, sintiendo cada músculo. Nos separamos solo para tomar aire, nuestras miradas igual de desesperadas se encontraron y sin decir nada, supimos que esto era solo el comienzo de algo mucho más grande, sabíamos que ya no había vuelta atrás, sabíamos que no necesitábamos una puta vuelta atrás. Devorándonos otra vez, nos perdimos en ese momento, en ese beso, en esa pasión que había sido latentemente acumulada durante tanto tiempo.
Para cuando nos dimos cuenta ya estábamos en el sofá, abrazados, besándonos sin prisa, saboreándonos mutuamente. El enojo y la frustración por el juego había dado paso a una conexión mucho más profunda y apasionada. Nuestras lenguas seguían en esa constante batalla, y nuestros cuerpos aumentaban su temperatura, Él empezó a tocarme más la cadera y el abdomen, yo seguía con su pierna y me acercaba un poco más a su short deportivo subiendo lentamente. Sus labios eran tan suaves, deliciosos, pequeños y pardos, me encantaba sentir su respiración en mi labio superior, pero me encantaba más como nuestras lenguas congeniaban de forma magistral. Mi mano se acercó un poco más levantando su short rojo, mientras que con la otra mano lo tomaba de la barbilla para acercarlo aún más a mí y seguir besándolo.
—¿Qué estamos haciendo? —preguntó Alan, con un tono suave pero que a la vez se me antojaba un poco inseguro.
—No lo sé —le respondí— pero ¿eso importa ahora?
No me contestó ni reprochó, a lo cual una parte de mí le enfurecia, quería que no me diera la razón, quería que discutiera, que se enojara por una maldita vez y me empujara hacia el respaldo del sofá y me tomara ahí mismo, pero no lo hizo, solo se acercó más y me besó de nuevo con más pasión.
Como pude me deshice de mi playera y las medias de nuestro equipo, él me siguió tirando hacia un lado su playera. Estábamos tan cerca, uno sintiendo el calor del otro. Su olor era fuerte, pero en lugar de asquearme solo me excito más, esa mezcla de sudor con desodorante barato combinaba perfecto con ese pecho lampiño, brilloso y apiñonado que se inflaba y desinflaba desesperadamente, combinaba con esos pequeños pezones oscuros que se mantenían firmes por el posible frío repentino de una piel que se desprende de su prenda, o duros por la excitanciòn que sin duda Alan estaba teniendo y que su cara roja y el bulto en su short me confirmaban. Comenzamos a explorar el cuerpo del otro. Las manos de Alan recorrieron mi espalda mientras yo hacía lo mismo con su pecho. Nos deslizamos sobre el sofá blanco y comenzamos a tumbarnos sobre él.
Al mismo tiempo que nos besábamos, sentí la tensión en el aire. Éramos como dos imanes opuestos, atraídos el uno hacia el otro, pero a la vez rechazándonos por nuestro orgullo y el constante enojo que me causaba Alan y sus estupideces.
Alan rompió el beso y me miró a los ojos, sus pupilas grandes y oscuras reflejaban una pasión contenida, un amor-odio que parecía consumirlo.
—¿Por qué hacemos esto? —dijo con un hilo de voz—. Somos como el fuego y el agua, nos atraemos pero al mismo tiempo nos destruimos.
Lo miré sin decir nada, sabía que tenía razón. Nuestra relación era una montaña rusa de emociones, un juego peligroso en el que nos arriesgábamos a perderlo todo, y era justo eso lo que me encantaba. Siendo totalmente sincero; la mayoría del tiempo no sabía si Alan y yo éramos mejores amigos, o simplemente me gustaba estar jodiendole la vida y tratando de sacarlo de problemas que él mismo ocasionaba. Necesitaba ese eterno juego de estira y afloja que llevábamos arrastrando casi desde que nos conocíamos. No podía resistir la tentación de estar con él. Me acerqué a su oído y susurré:
—Tal vez sea porque el fuego y el agua juntos crean algo hermoso y poderoso.
—Eso ni siquiera tiene sentido —dijo sonriendo con esa cara de tonto que tanto me irritaba.
Su estúpida plática empezaba a desesperarme, quería hacerlo enojar, que por primera vez él tomara las riendas de todo, que me empujara y que su furia y coraje ardieran sobre mi piel. Pero como siempre; Alan optaba más por los sentimientos que por los instintos.
—¿Podemos simplemente seguir y ya? —le solté un poco más molesto de lo que yo esperaba sonar. Sentía que la verga me iba a explotar si no hacía que siguieramos en lo que estábamos hace unos minutos.
Alan sonrió, me estaba molestando a propósito, me encantaba, pero a la vez me tenía a dos de empujarlo y marcharme de mi propio cuarto, pero no hubo tiempo para seguir pensando en eso, porque me besó de nuevo, esta vez con más pasión y desesperación. Sabía que estábamos jugando con fuego, pero no podía resistirme a la llama que ese definido y sudoroso cuerpo moreno estaba emanando.
Mientras nos seguíamos besando, por fin llevé mi mano hasta su entrepierna, la acaricié, se sentía tan bien, estaba palpitando en mi palma y ardía a través de esos tintos pantalones cortos que deseaba romper en ese mismo momento. Aquellos besos eran cada vez más intensos, decidí bajar un poco su short, y al instante resaltó su erección en los calzoncillos azul marino que tenía, de esos que tienen tela de malla con los que se alcanza a ver todo y sentir incluso la piel. Dejé de besarlo y me fui directo a esos calzoncillos que contenían eso que durante tanto tiempo había fingido que no moría por probar. Lo empecé a besar a través de esa tela, se sentía cálido, era suave y era tan excitante. Besaba y lamía aquella extensión de piel que desentonaba con la oscura piel que hace unos instantes había besado y probado.
Sentí como empezaba a producirse en mi boca una cantidad de saliva fuera de lo normal, el sabor de la tela humedecida por el sudor encajaba perfectamente con el ligero hormigueo de mi lengua que pedía sentir, probar y cubrir aquel miembro que aún estaba cubierto por un absurdo calzón azul. Alan por su parte acariciaba mi espalda con sus manos suaves y ahora frías, era como poner hielo en una quemadura, todo mi cuerpo estaba ardiendo, lo sabía, lo sentía y sin duda, lo quería. Y su tacto me volvía loco, ese choque de temperatura fue corto, pero fue suficientemente intenso para decidirme por dejarnos de tonterías.
Agarre del elástico sus calzoncillos que estaban casi impregnados en su piel, estaban tan ajustados que estaba seguro que Alan también deseaba tanto como yo liberar su verga de toda esta presión. Los bajé con fuerza y rapidez, la desesperación no me daba tiempo de irme con tonterías y rodeos. Al instante en que la tela dejó aquel bulto escuché claramente un leve gemido saliendo de los pequeños y pardos labios de Alan. Su miembro salió bruscamente hacia arriba al no tener nada que lo contuviera. Había visto a Alan desnudo un par de veces, en las regaderas e incluso en mi habitación cuando se quedaba a dormir y salía de bañarse, pero nunca lo había visto tan de cerca. Nunca lo había visto totalmente erecto, aquel trozo de carne de un tono casi igual de pardo que el de sus labios. Jamás podría volver a ver esa tonta sonrisa sin recordar al instante lo que guarda entre sus pantalones y que hoy estaba justo frente a mí, a escasos centímetros de mi boca, esperando a ser probado por fin. Lo tomé delicadamente, pero de forma firme, jamás había hecho esto, pero si lo había llegado a imaginar. Estaba muy caliente, duro, rodeado de un ligero campo de bello grueso y negro. Todo esto me estaba excitando más de lo que había siquiera pasado por mi cabeza alguna vez, y mucho más de lo que me gustaría admitir.
Me armé por fin de valor y con la lengua empecé a saborear muy ligeramente la punta de su miembro. Alan soltó un gemido, uno de verdad, uno que no se atrevió o que tal vez no le importaba callar. En cuanto mi lengua tocó aquella cosa, experimenté un sabor que jamás había probado, nada se le asimilaba. Cientos de veces yo mismo había producido líquido preseminal, incluso lo había tenido en mis manos y lo llegué a olfatear ligeramente en un par de ocasiones, pero jamás lo probé y menos el de alguien más. Era un líquido muy muy ligeramente dulce, que se envolvía en lo salado que probablemente estaba la piel. No tenía ni puta idea de si algún día me acostumbraría a esto, pero realmente me gustaba.
Sin tantos rodeos fui directo a introducirme a la boca el pene de Alan, las ganas me estaban carcomiendo y su ardiente piel estaba deleitando mi paladar, quería probar cada centímetro de piel, y empezaría por aquella parte que yo mismo estaba seguro nadie más había probado. Sentí como el cuerpo de Alan se hacía hacia delante de una forma brusca y casi instintiva; él lo estaba disfrutando, y el saberlo me hizo tener una idea. Recorrí la base y llegué a la punta donde me decidí por succionar un poco. A mí me encantaba eso cuando me lo hacían, y estaba casi seguro que él también lo iba disfrutar, y así fue, porque empezó a hacer ruidos con sus labios cerrados, y ahí supe que era momento de sacarme de la boca aquello.
Voltee ligeramente hacia arriba y al frente para verlo a la cara; estaba teñida en rojo, la frente le brillaba un poco y su expresión cambiaba a una de confusión mientras la mía era de alegría.
—¿Qué pasó? ¿por qué te detuviste? —sonaba desesperado, me encantaba que estaba logrando lo que quería.
—¿Quieres que siga? —no pude evitar sonreír, me encantaba ver esa cara de estúpido que no sabe qué hacer o decir—. Pero si hace un rato me habías dicho que no sabíamos lo que estábamos haciendo —acariciaba lenta y delicadamente su miembro con mi mano, mientras no quitaba la mirada de esos oscuros ojos que me mostraban lo impotente que debía estarse sintiendo en esos momentos.
—¡¿Desde cuándo me haces caso a lo que digo?! —me había levantado la voz, y eso me había encantado. —Sigue por favor Alonso.
Esto me estaba encantando, me estaba divirtiendo muchísimo, así que iba a seguir. acerqué mi boca a la punta de su pene y justo cuando mis labios iban a tocar su piel, volví a voltear a ver a Alan.
—¿Qué estamos haciendo? —le solté tratando de sonar lo más exacto a él cuando lo dijo por primera vez. Su cara seguía roja pero ahora sus gestos eran más bruscos, estaba enojado, lo conocía perfectamente; las cejas pobladas y oscuras bajando ligeramente en forma de V, esas pequeñas líneas que se marcaban en su nariz cuando trataba de respirar para calmarse. Me estaba encantando todo esto.
—¡SOLO SIGUE DE UNA PUTA BUENA VEZ! —soltó con los dientes presionados, en un tono tan fuerte que casi podría considerarse un grito.
—No creo que debería —me acerqué más a él, pasando por su pecho que seguía sin parar de controlarse. Me puse encima de él sentándome por arriba de su verga, podía sentir como su miembro rozaba mi trasero cubierto por mi short deportivo que también me empezaba a estorbar, pero quería hacerlo molestar, quería desesperarlo, romperlo si era posible—. Somos como el agua y el fuego, tú lo dijiste —le solté con una larga sonrisa cuando mi cara estaba a escasos centímetros de la suya.
—¡Te odio hijo de puta! —por fin estaba furioso, cegado por su propia calentura y mi molesta forma de provocarlo, sabía perfectamente cómo sacarlo de sus casillas.
Lo volví a besar, esta vez mientras movía las caderas para que mis nalgas y su miembro tuvieran aún más contacto. Alan me separó bruscamente tomándome por los hombros desnudos, y vi en su cara una mezcla perfecta de enojo, desesperación y muchas ganas de romperme la cara.
—Maldita sea Alonso ya deja de jugar.
—¿O que harás, pendejo? —no podía evitar sonreír con esta situación.
—O yo me voy a encargar— rápidamente colocó sus dos manos en mis clavículas y me empujó sin soltarme, y él se levantó dejándonos a los dos sentados en aquel sillón, pero no por mucho tiempo, porque Alan me empujó hacia el sofá y me estrelló contra él. Me encantó esto.
Me tomó fuertemente de la cara, me dolía incluso las mejillas, estaba presionando muy duro, casi tan duro como tenía la verga en estos momentos. Me besó desesperadamente, era como si estuviera con otra persona, por fin no era el estúpido Alan que se reprimía, que se movía torpemente, que parecía que tenían que indicarle todo el camino para que él simplemente hacer lo que le decían.
A los pocos segundos Alan me bajó el short casi con la misma brusquedad con la que yo lo hice con sus calzoncillos. Me bajó de golpe tanto el short como mis boxers y agradecí como loco que lo hubiera hecho. Se acercó a mí, estábamos pecho con pecho, me miraba a la cara, tratando de imitarme cuando lo provocaba para hacerlo enojar.
—Yo no pienso detenerme —trató de sonar rudo y desafiante, pero yo incluso lo percibí un poco patético y muy mal actuado.
Su mano me tocó el miembro y no me resistí a inhalar profundamente. Estaba disfrutando esto con locura, yo opte por bajar mi mano para hacer lo mismo, seguía duro y húmedo por mi propia saliva, eso me excitó más. Empezamos a masturbarnos mutuamente mientras nos besábamos de forma brusca. Me antojo morder el labio y así lo hice, pensé que se molestaría o que se iba separar de mí, pero no lo hizo; solo causó que su mano acelerará de forma un poco brusca su velocidad en mi pene. Yo estaba a nada de correrme, y supongo que él lo notó con mis espasmos, así que dejó de besarme y su mano de pronto desapareció de mi miembro.
—Esto no va a terminar así.
*****
Desde aquel beso apasionado en mi habitación, mi cabeza estuvo en un constante remolino. Alan y yo éramos amigos desde los doce, pero algo había cambiado entre nosotros a partir de todo este caos de beso y empujones. Era como si nuestra amistad se hubiera transformado en algo más profundo e intenso, algo que ni yo mismo entendía, pero que sin duda disfrutaba.
Desperté en mi habitación sintiendo un poco de incertidumbre sobre lo que había pasado con Alan la tarde-noche anterior. Nos habíamos besado y discutido con intensidad, y aunque no podía negar que sentía una atracción hacia él, también me sentía confundido y un poco asustado. No tenía ni idea de que carajos pasaba, que éramos ahora, qué significaba todo esto para él.
— ¿Estás bien, Alonso? —preguntó Celia, la esposa de mi padre mientras levantaba la ropa sucia del suelo de mi cuarto.
— Sí, mamá. Solo estoy un poco cansado —respondí, tratando de ocultar mi confusión.
—¿Tu padre te compró esto? —soltó Celia en un tono ligeramente enojado pero sorprendido, volteé a verla y tenía en su mano aquel calzoncillo de malla que hace menos de veinticuatro horas le había quitado al imbécil de Alan.
—Fueron un regalo de cumpleaños que me dio hace mucho Maddy —estaba totalmente seguro que mi pálida cara había tomado un tono rojizo, que por más que me rehusara no podría negar.
—Qué gustos tan peculiares tenía esa niña —dijo haciendo una mueca de desagrado y poniendo aquella tela azul marino en la cesta. Quería que no se lo llevara, que no metiera a la lavadora esos calzoncillos que seguramente aún olían a sudor y el desenfreno de su verdadero dueño, pero no se me ocurrió una excusa para que me los diera y no los lavara.
Luego de desayunar, salí corriendo hacia la escuela. No podía evitar sentir ansiedad por lo que podría pasar con Alan. ¿Cómo iba a actuar después de lo que había pasado entre nosotros?
Cuando llegué a la escuela, Alan ya estaba allí, rodeado de sus amigos. Nuestros ojos se encontraron por un momento, yo en la entrada del edificio y él recargado en su casillero, y sentí una corriente eléctrica recorrer mi cuerpo. Sin embargo, en cuanto me acerqué, él se volteó y se alejó, como si nada hubiera pasado.
—¿Qué pasa Alan? —le pregunté, tratando de no dejar que mi frustración se notara en mi voz.
—Nada —respondió, sin mirarme a los ojos—. Solo estoy un poco ocupado.
No pude evitar sentir enojo. ¿Cómo podía actuar como si nada hubiera pasado después de lo que pasó el día anterior? Sin embargo, no quería armar un escándalo en la escuela, así que decidí guardar mis sentimientos para más tarde.
Para el día siguiente a ese, me di cuenta cómo sería la cosa, ambos intentando ocultar nuestros sentimientos el uno por el otro. Caminando por los pasillos, evitándonos y tratando de ignorarnos mutuamente. Sin embargo, nuestros ojos se encontraban por momentos varias veces en el día, cuando él iba saliendo de química y yo entrando al comedor, cuando él iba subiendo las escaleras, posiblemente para ir al salón de música y yo bajaba camino a mi casillero. Sentía y estaba casi seguro que ambos queríamos decir algo, pero no, simplemente no podíamos, o al menos; yo no podía.
En clases, me sentía incómodo y nervioso, tratando de concentrarme en las lecciones, pero mi mente desde luego que estaba en otro sitio. No podía evitar pensar en Alan y en lo que sucedió entre nosotros, en aquellos brazos que me rodeaban cálidamente y me acercaban a él para unirnos. En esa mirada tonta que me provoca querer golpearlo, pero a la vez callarlo con un beso. Me preocupaba que alguien pudiera descubrir nuestro secreto, pero a la vez no quería simplemente dejar esto y fingir que nada había sucedido, no pensaba permitirme dejar ir esa nueva conexión que había nacido en el sillón viejo de mi cuarto.
Durante la hora del almuerzo, vi a Alan sentado solo en una mesa y decidí acercarme a él, ahí estaba con su cabello hecho un desastre, como era costumbre. Jugando con su plato de pasta fría que tanto insisten que comamos, perdiendo el tiempo que podría usar en quitarle la pelusa a su chaqueta vieja que usaba casi todo el maldito tiempo. Fui directo con mi charola hacia él, y me senté al lado justo frente a él en la misma mesa, no me moleste siquiera a preguntarle si podía.
—¿Cómo estás hoy? —le pregunté.
—Bien, ¿y tú? —me respondió con una frialdad en su tono de voz. Ni siquiera se molestaba en verme a la cara. Me desesperaba, en especial porque yo sabía que él sabía que, si me miraba, si me enfrentaba así, a menos de tres metros se rendiría como siempre lo hacía.
—Estoy bien también —le solté, tratando de mantener una conversación normal—. ¿Qué pasará ahora? —pregunté a Alan, tratando de romper el silencio incómodo.
—No lo sé —respondió, clavando sus ojos en su comida—. No sé qué somos ahora.
Nos miramos fijamente a los ojos, buscando alguna respuesta en el otro, una respuesta que era evidente que ninguno de los dos tenía. Yo estaba seguro que Alan jamás se había siquiera planteado esa situación, y yo estaba aún confundido de lo maravilloso que había sido ese día, aquel momento que no podía quitarme de la cabeza.
—Solo sé que no puedo seguir fingiendo que no hicimos lo que hicimos —soltó Alan, con una tristeza evidente en su voz—. No puedo seguir siendo ese chico popular y superficial que todos creen que soy.
Asentí en silencio, sabiendo exactamente a lo que se refería.
—yo tampoco sé qué significa esto para nosotros —dije, y luego con mi dedo índice lo apunté y luego a mí—. ¿Somos amigos? ¿Algo más? Que mierda voy a saber.
—No lo sé yo tampoco —respondió Alan, frunciendo el ceño—. Todavía hay tanto que no entendemos el uno del otro.
Nos quedamos callados por un momento, ambos sumidos en nuestros pensamientos y dudas. Finalmente, Alan habló de nuevo, me estaba gustando que tomara la iniciativa.
—Lo único que sé es que no quiero perderte —dijo, con una pasión en su voz que me sorprendió—. No importa lo que somos, no importa lo que pase. No quiero perder a mi amigo, mi hermano, mi... lo que sea que seas.
Lo miré fijamente a los ojos, esos ojos casi negros que hace tan poco me miraban con deseo y lujuria, que me suplicaban que nos fundiéramos en ese sillón viejo. Lo vi y se me hizo un nudo en la garganta. Sabía que él decía la verdad y que yo sentía lo mismo.
—Yo tampoco quiero perderte —le respondí, no sabía qué más añadir.
Alan extendió su mano izquierda al aire justo frente a mí, sus pequeños y delgados labios pardos dibujaron una sonrisa tonta. ¡Dios, ya no puedo verlo a los labios! Me enfoqué en sus ojos brillantes y serenos, extendí mi mano izquierda y las hicimos chocar sin necesidad de decir nada más porque no necesitábamos más palabras.