Una tarde con las palomas. España & México
(Basdo en una relación familiar; padre e hijo)
(Au, Omegaverse)
El día lo recibió con el solsticio de verano, el día donde se supone es el más largo del año, todo le indicaba que tendría tiempo de sobra para tener una conversación larga con ese hombre que no veía en años, esperaba que ambos tuvieran la disposición y la honestidad de hablar con el corazón en las manos dejando atrás los muros que los separaban.
Ya era poco más de las doce, un día soleado, agradable para visitar la plazuela cerca del quiosco, aunque Eduardo no se fiaba del clima pues conocía de sobra las malas jugadas que daba su ciudad, en ella existían las cuatro estaciones del año, de repente podría estar soleado y al segundo el cielo se ensombrecia anunciando una tormenta. Así que iba bien preparado por cualquier imprevisto que se presentará. Llevaba de la mano a un niño que estaba vestido exactamente igual a él; tenían la misma gorra verde con vicera, una sudadera del mismo color, pantalones de mezclilla y tenis blancos.
El Alfa estaba orgulloso de su pequeño hijo, en alguna ocasión le había dicho a Matthew que no le interesaba si sus cachorros eran Alfas, betas u Omegas, sólo le importaba que fueran muchachos saludables y felices pero en el fondo, muy en el fondo de su sentir quería que su primogénito fuera Alfa como él.
Luego sobre su pecho tenía cargando a una bebé que dormía plácidamente con la calidez y esencia que podía percibir de su padre.
La plaza no quedaba muy lejos de su hogar así que decidió ir a paso tranquilo mientras disfrutaba del camino, por lo regular no había mucha gente a esa hora del día, la iglesia estaría concurrida y sólo habría algunos vendedores ambulantes por ahí.
Quizás se demoró más de la cuenta en llegar, estaba retrasando a propósito lo inevitable, por unos segundos se arrepintió de haberlo citado en aquel lugar.
“¿Que chingados voy a hablar con él?“ pensó, dudando si estaba listo para verlo.
Eduardo respiro hondo y siguió caminando, no era un hombre que faltara a su palabra, mucho menos era alguien que se echará para atrás, cuando llegaron el piso adoquinado seguía igual que siempre como las calles en Barcelona donde vivió su niñez, a lo lejos estaba el quiosco y a su alrededor algunas bancas, buscó entre ellas al hombre que llamaba padre por costumbre y lo encontró ahí de espaldas, su cabello castaño ya tenía bastantes canas y su esencia era la misma imponente que en su momento le causó miedo.
Sus manos comenzaron a sudar y su corazón comenzó a latir más rápido de lo normal, en ese momento no podía describir lo que estaba sintiendo, era como si muchos recuerdos y no necesariamente buenos se agolparon en su cabeza. Como deseaba que fuera diferente, que lo que sintiera fuera emoción pura y no incertidumbre.
—¡Papi, papi mira las palomitas! Ya podemos darles las miguitas de pan ¿podemos? —la voz de su pequeño lo sacó de su ensimismamiento, lo tuvo que sostener para que no saliera corriendo tras las aves que yacían en el piso.
—Espera mi'jo, si vamos a darles de comer pero antes vamos a saludar al señor que está ahí, como ya te había contado él es tu abuelo.
Miró atento a Eduardo con sus grandes ojos verdes y luego observó al Alfa que ya se había percatado de su presencia, pues giró el rostro por encima de su hombro al escuchar sus voces.
El chiquillo terminó por soltar la mano de Eduardo y corrió hasta estar en frente de Antonio.
—Hola, papá me dijo que te saludara y que tu eres mi abuelo ¿tú eres mi abuelo?
Antonio sonrió al ver al niño, en él pudo ver el reflejo claro de Eduardo, eran casi idénticos a su parecer.
—Así es, es un gusto conocerte chaval ¿cuál es tu nombre?
—Toñito pero mi papá a veces cuando se enoja me dice ¡Antonio! —imitó una voz gruesa que más que intimidante sonaba tierna —¿Soy Toñito o Antonio? —le preguntó a Eduardo una vez estaba a su lado, lo miró hacía arriba mientras este ponía su mano sobre su cabeza.
—Te llamas Antonio pero de cariño te decimos Toño o Toñito.
—¡Ah! — luego se distrajo mirando las palomas cuando volaban, sonrió con ánimo —Ya quiero ir con ellas.
—Andale pues, pero no te vayas tan lejos, desde aquí te voy a estar viendo.
Eduardo lo siguió con la mirada, después se sentó en la banca cuidando que su pequeña no se despertará.
—Con que Antonio…—el Alfa mayor abrió la conversación, no sabía que decir así que dijo lo primero que se le ocurrió.
—Si, supongo que la generación Carriedo sigue.
—Eso veo y él ¿cómo se llama? —inclinó la cabeza hacia el pequeño bulto que tenía en brazos.
—Es ella, Mattie escogió su nombre, dijo que Maggie era perfecto y bonito. Yo pienso lo mismo ¿quieres conocerla? —Antonio asintió, asomándose cuando Eduardo le destapó la cabeza. —Según Matthew esta madre en la que me enredó se llama fular pero yo digo que sólo es un rebozo largo.
—Ahora las cosas modernas tienen otros nombres —la miró un momento más y luego se apartó volviendo su atención al frente donde su nieto corría —Tus hijos son muy majos.
—Gracias a mi flaquito y no me negarás que Toño se parece a ti, esos ojos de gato son inconfundibles.
—No se si sea maldición o bendición pero jamás te olvidareis de mí.
Esta vez Eduardo no dijo nada, su expresión se volvió seria, sabía que a continuación vendría quizás de las conversaciones más incómodas que ha tenido, pero había aprendido que a veces también las conversaciones incómodas eran necesarias para entender, para reparar, para sanar.
—¿Cómo has estado viejo?
—Mi cuerpo ya está cansado pero el trabajo sigue, Martin se está haciendo cargo de la mayoría de las responsabilidades de la empresa.
—Ese Mantin fue el único que te pudo seguir el paso, mira me da gusto.
—Máximo ya es médico cirujano y Catalina ya abrió su propia cafetería, eso me ha dicho la última vez que hablamos —el Alfa mencionó recibiendo como respuesta la esencia amarga de Eduardo.
—Lo sé, mis hermanos son unos chingones —realmente estaba orgulloso de ellos pero no dejó pasar el reproche que le estaba haciendo —y yo sigo siendo el único que es un pinche vago, esa mala hierba que nunca pudiste arrancar ¿no?
—Tú me dirás ¿sigues en el juego de la música?
—Es el juego más importante de mi vida.
—Entonces ahí está tu respuesta.
Otro silencio incómodo quedó flotando entre ambos, Eduardo frunció el ceño y un casi imperceptible gruñido emano desde su garganta. Era innegable que aún sus palabras le calaban hondo, aún le importaba de alguna manera su aprobación o al menos su compresión por las decisiones que tomó para su vida, buenas o malas ya aprendió de ellas y seguía aprendiendo.
—Aún estás enojado porque no seguí tu legado, han pasado más de diez años donde elegí mi camino, no lo niego sé que la he cagado mucho pero… —se calló unos segundos para poner en orden sus pensamientos, acomodó la vicera de su gorra hacia adelante cubriendo parte su rostro y relamió sus labios antes de continuar pero Antonio habló primero.
—Eduardo eres mi hijo mayor, es verdad esperaba todo de ti, fuiste mi mayor decepción y también el dolor más grande que he tenido, eso y cuando Xóchitl se fue.
—No metas a mamá en esto cabrón, sólo tu sabes porque te dejo.
Eduardo tuvo que interrumpir ese momento que se estaba volviendo tenso, pues Toño se estaba alejando más de donde él podía cuidarlo.
—¡Antonio no te vayas tan lejos! ¡Te quiero aquí donde te pueda ver! —Alzó la voz hasta que el niño volteó y corrió de regreso a donde estaba.
Su voz fuerte también la escuchó Maggie quien se despertó llorando desconsoladamente, entonces intentó tranquilizarla susurrando palabras bonitas mientras la mecía suavemente entre sus brazos:
—Ya, ya mi amor todo está bien, papá gritó porque tu hermano se puede perder. Shh, Shh vuelve a dormir princesa.
Antonio se quedó absorto en esa escena que lo transportaba años atrás donde pasaron por sus brazos todos sus hijos pero en aquel entonces no convivió mucho con ellos, todo el tiempo lo dedicó a su trabajo y la neurosis de su rutina llegó a alejar a su familia.
El Alfa mayor pensó que a Eduardo le tocó hacer las cosas diferentes y que ahora parecía tener una conexión especial con sus hijos.
—Oye viejo, me podrías ayudar a sacar la mamila que está en la maleta, creo que Mattie la dejó en la parte de adelante, donde está el cierre.
Antonio lo auxilio encontrando el biberón para que Maggie pudiera estar tranquila, poco a poco la bebé se sumergió de nuevo en el mundo de los sueños, sólo entonces pudieron retomar la conversación.
—Mira papá, yo hice lo que me pareció correcto en ese momento, no fui el mejor hijo, no fui en absoluto agradable ni contigo ni con mamá yo sólo quería escaparme del mundo con mi guitarra y que el destino me llevará lejos, pero como siempre de sueños no se vive —lo miró a los ojos, por fin estaba diciendo lo que quería, pero ahora sin la rabia incipiente de la adolescencia —Allá afuera la vida me enseño a putazos como tu lo hiciste cuando estaba en tu casa, pero ¿sabes que? También me supo recompensar, he conocido personas maravillosas, agarré experiencia de muchos lados, por un tiempo me tiré al vicio y luego me supe levantar. Ahora tengo una familia, un hombre a quien amo profundamente y dos chamacos hermosos, ya veo las cosas de otra forma.
Antonio esta vez correspondió la mirada, escuchó con atención cada palabra, en ese momento quiso hacerle saber que lo comprendía, tal vez darle una palmada en la espalda para confortarlo, algo que no supo hacer en esa etapa tan difícil de rebeldía que tuvo Eduardo.
—En algún momento me pregunté, porqué este cabrón y yo chocamos tanto, porqué me daba tanta rabia ver que hacías lo que te venía en gana. Y sabéis la respuesta siempre estuvo ahí.
—Ah, si.
—Yo me veía en ti a esa edad, yo era igual tenía bien claro lo que quería, la diferencia es que me dejé someter por tu abuelo, era hacer lo que él decía o me jodia, —extendió una sonrisa que parecía contener melancolía aprendí que todo se debía hacer con mano firme, los únicos que tenían derecho a reprender eran nuestros mayores y Dios, nadie más.
—El abuelo fue bien canijo contigo y mis tios verdad.
—Y así fue como yo les enseñe a tus hermanos y a ti, no podía ofrecerles más —la voz de Antonio parecía que se estaba quebrando o al menos eso percibió Eduardo.
—Ahora que lo pienso lo único que necesitaba de ti era que me escucharas y un abrazo cuando era un niño.
—¿Serviría de algo si lo intento en este momento?
Eduardo lo observó extrañado, incrédulo de lo que estaba escuchado, a caso Antonio Fernández Carriedo, el hombre más severo que conocía quería darle un abrazo.
—Ya para qué, estoy grandecito para esas cosas —negó con un gesto de orgullo.
—Venga, a nadie le viene mal un abrazo —se inclinó hacia él, rodeando sus hombros con sus brazos, dejando distancia prudente para no lastimar a su nieta.
Antonio sintió la renuencia de Eduardo al recibir esas muestras de afecto, no lo juzgaba, sabía que su relación estaba fracturada y no pretendía que de un día al otro su hijo perdonara sus errores, es más no sabía como disculparse.
Le dio algunas palmadas en la espalda y luego le comento de manera sincera:
—Tú lo estás haciendo diferente con ellos y eso me enorgullece.
De pronto unos brazos pequeños se unieron al abrazo. Toño no sabía lo que estaba sucediendo, pero al verlos le recordó cuando papá Mattie lo abrazaba o cuando papá Eddie lo hacía.
Cuando se separaron ambos Alfas tenían los ojos rojos conteniendo un sentimiento que se desbordaba en ambos pero que no querían demostrar, porque el ser obstinados siempre iba por delante.
El resto de la tarde se la pasaron dando de comer a las palomas, Eduardo en medio de otros temas más ligeros de hablar invitó a Antonio a su casa, para que conociera a su esposo y comieran una buena carne asada con la familia.