CAPÍTULO UNO.
Las puertas del gran hospital de Seul se abrieron dando paso a un hombre vestido con un impecable traje negro, y de la mano de él, caminaba un pequeño vestido con su uniforme escolar.
El hombre saludaba a todo el personal con una cálida sonrisa mientras que el pequeño le imitaba y el amistoso gesto volvía hacia ellos en cada pasillo.
—Doctor Yoon, llegó temprano el día de hoy.—Dijo una joven vestida de enfermera.—Y trae consigo al pequeño Hannie, que sorpresa.—Expresó con alegría al mismo tiempo que acariciaba los cabellos del pequeño.
—Jeonghan quería venir conmigo al trabajo, así que he pasado por él a la escuela. Además me han llamado diciendo que ha ingresado un nuevo paciente.
—Sí, doctor. Se encuentra en la habitación 36, ya lo hemos canalizado y se encuentra estable. Puede pasar a verlo cuando guste.—Indicó la joven esta vez con seriedad.
—De acuerdo, iré ahora mismo. Hannie, ¿crees poder irte solo a mi oficina sin desviarte del camino?
El pequeño asintió repetidas veces con una sonrisa dibujada, y sin esperar alguna indicación más, tomó sus juguetes y emprendió una carrera a toda velocidad.
Aquello no era extraño, el doctor Yoon era uno de los mejores pediatras oncólogos de la ciudad y era admirado y respetado por todos sus colegas; el hombre vivía felizmente casado con una amable y humilde chef profesional y eran orgullosos padres de un pequeño, que desde siempre, les alegraba la vida con dulces sonrisas y amor.
El pequeño, que respondía al nombre de Jeonghan, amaba acompañar a sus padres a sus respectivos trabajos, pero especialmente disfrutaba ir al hospital donde trabajaba su padre, porque no solamente era un lugar grande, sino que también habían muchas personas que lo querían, eso sin contar que muchas veces hacía amistad con los pacientes de su padre.
A sus diez años, el pequeño Jeonghan ya tenía claras sus metas en la vida, aspiraba ser un gran médico como su padre y tener las excelentes habilidades culinarias de su madre; deseaba ser tan humilde y bondadoso como ellos y jamás perder una sola pizca de humanidad y valores inculcados por ellos mismos, cosa que estaba logrando, pues todos ahí opinaban que ese pequeño tenía mucho potencial para triunfar en la vida.
Jeonghan estaba tan acostumbrado a acompañar a su padre, que ya conocía aquel hospital rincón por rincón. Conocía también a muchos niños que rutinariamente visitaban el hospital, unos iban y venían, amistades llegaban, amistades se iban, pero Jeonghan, en lugar que ponerse triste cuando eran dados de alta, se sentía feliz al saber que sus males habían desaparecido como para no volver. Sin embargo, habían ciertos pacientes que empeoraban y que el señor Yoon le impedía ver, pues el hombre no deseaba que algo tan triste afectara a su pequeño, así que simplemente, Jeonghan tenía prohibido visitar aquella habitación con el número 36; no sabía la razón, pero tenía clara aquella regla.
—Me pregunto que clase de niño estará ocupando aquella habitación que papá no me deja visitar, mong mong.—Jeonghan dijo a su gato de felpa que llevaba consigo a todas partes.—¿Será acaso un niño que no quiere tener amigos? ¿Por qué querría un niño estar solo?—Preguntó de nuevo, esperando pronto tener respuesta a esa pregunta.
••
Los días pasaron y Jeonghan, como cada lunes, acompañaba a su padre al trabajo. El señor Yoon lucía cansado, pues por su trabajo, algunas veces debía permanecer en el hospital hasta altas horas de la noche y en ocasiones dormía ahí, pero ese día en especial, prometió al pequeño Hannie llevarlo consigo para posteriormente comer un helado juntos.
Una vez que el médico se aseguró de dejar a su pequeño en la oficina realizando sus tareas, se dirigió a la tan misteriosa habitación 36 por orden de alguien al teléfono y prometió volver para la hora del almuerzo.
Las horas transcurrieron tan lentamente que Jeonghan las sintió como una eternidad; ya había terminado sus tareas y aún faltaba una hora y media para que fuesen las 3, así que decidió ir a pasear por un momento, no sin antes avisarle a su padre por medio de un mensaje que quizá no leería por el momento.
Caminó entre los pasillos en silencio, sabía que no debía ser ruidoso por respeto a las personas que dormían en sus habitaciones; saludaba con una reverencia a los médicos y enfermeros que encontraba y éstos le recalcaban lo mucho que había crecido, cosa que llenaba de orgullo al pequeño Jeonghan mientras seguía su camino.
Sus pasos lo llevaron sin querer hacia una habitación en particular, una habitación que Jeonghan no comprendía del todo pero que anhelaba conocer con todas sus fuerzas.
"36: Unidad de Cuidados Intensivos. Sólo personal autorizado."
Al verse ahí de pie, sin nadie aparentemente cerca, hizo que la curiosidad del pequeño creciera. Sabía que desobedecer a su padre estaba mal, pero no podía creer que cualquier niño que estuviese ahí no desease hacer amigos, especialmente uno que debía sentirse solo después de haber ingresado ahí hacía ya tres meses.
No supo cómo fue que lo logró, pero se adentró a la habitación, e imitando las acciones de los otros médicos, tomó unas cuantas prendas que halló en una caja, y aunque le quedaban tan grandes como sus sábanas, eso no le impidió entrar por completo.
Entonces lo vio.
En la única cama al centro de la habitación se hallaba un pequeño que parecía ser de su edad. Sus cabellos lacios y castaños se encontraban despeinados, sus ojos estaban cerrados, su piel era pálida y Jeonghan pensó que probablemente le faltaba algo de luz solar o al menos eso solía decirle su madre en días de invierno en los que el sol saludaba de vez en cuando.
Decidió acercarse más, pudiendo notar la cantidad de tubos extraños a su alrededor, unos que conectaban directamente a sus brazos, uno más al respirador en su boca y otros junto a él en espera de ser usados.
Los ojos del chico se abrieron de golpe, interrumpiendo la exploración de Jeonghan quien se sobresaltó también.
El pequeño tendido en la cama parpadeó un par de veces antes de levantar una de sus manos y retirar el respirador.
—¿Quién eres tú?—Preguntó apenas de manera audible.
—Me llamo Jeonghan. ¿Y tú?
—Soy Jisoo.
••
El reloj marcó las cuatro de la tarde. El señor Yoon recorría cada pasillo buscando a su pequeño quien se suponía, estaría en la oficina a las tres como indicaba el mensaje de texto que leyó a las dos con cincuenta.
Sabía que Jeonghan no salía jamás del hospital y que tampoco iba muy lejos cuando paseaba, normalmente visitaba a algunos niños o simplemente hablaba con la señora Kwon, recepcionista del área, pero esta vez, ninguno de ellos pudo ayudarle para saber en donde se encontraba el pequeño Hannie que jamás desaparecía sin avisar.
Casi a punto de rendirse, llegó a un pasillo en particular, y supo que había encontrado a su pequeño cuando vio al gato mong mong sentado fuera de la Unidad de Cuidados Intensivos y las risas al interior confirmaron sus sospechas.
—Mamá dice que cuando vuelva a casa, tendré una gran fiesta con pastel, helado y hamburguesas, así que espero salir pronto porque aquí no me dejan comer nada de eso.—Expresó afligido el pequeño Jisoo.
—Pues yo te veo muy bien, y como hijo de un doctor, diría que te iras a casa pronto.
—¿En serio?—Preguntó el pequeño con una amplia sonrisa.
—Sí, estoy seguro de que en poco tiempo podrás comer esas cosas deliciosas.—Jeonghan le animó con una sonrisa.
—Eso me hace muy feliz. Le diré a mamá cuando venga a verme.
Jeonghan asintió, y se sobresaltó de nuevo cuando escuchó la puerta abrirse y posteriormente al señor Yoon asomarse con ropa similar a la suya.
—Doctor Yoon, él es Jeonghan, es hijo de un doctor y dice que ya estoy mejor y que podré ir pronto a casa, ¿es eso cierto?—El chico cuestionó con la alegría dibujada en sus ojos.
El hombre no respondió al instante, contrario a eso, dirigió una mirada neutral a Jeonghan quien al mismo tiempo se disculpaba con su propia mirada por haber desobedecido a aquella orden.
—Bueno, Jisoo, es cierto que has mejorado, así que si tú sigues poniendo de tu parte, es cierto que pronto podrás ir a casa. Es bueno que mi hijo haya venido a decirte eso antes que yo, al parecer se le da muy bien dar buenas noticias.
Los ojos del pequeño se abrieron con sorpresa y aquella sonrisa se amplió.
—¿Él es tu papá, Jeonghan?—Preguntó atónito y el mencionado asintió con orgullo.—¡Perfecto! Eso significa que te veré seguido, comenzaba a sentirme solo. Jeonghan puede venir a verme después, ¿verdad doctor Yoon?—Jisoo cuestionó con emoción.
—Claro que sí, pequeño, Jeonghan puede venir a verte.—Dijo el hombre con una sonrisa, provocando que ambos niños celebrasen con alegria antes de que el médico anunciara que debían irse para que Jisoo pudiese descansar y ambos aceptaron, acordando verse al día siguiente.
~🌸~