Un rostro entre sueños
Delirios. Ilusiones de la mente dormida. Visiones oníricas en la noche de blanca luna. Ella cree observar un rostro entre sueños. En la lejanía nocturna. En medio de paisajes agrestes y arenas de sangre. Como símbolos que resuenan entre lenguas remotas, unos inquietantes versos se expanden, susurrantes, por los parajes de oscuras pesadillas y son escuchados por ella, por Luna, emergidos de la nada. ¿O quizá son pronunciados por aquella poetisa, la rapsoda de la desolación y de la muerte que acecha el mundo de los vivos? Aquella anciana mujer de ojos muertos, vacíos, ciegos… trovadora de poemas perdidos en la oscuridad, que su boca exhala, como el aire que respira. Que llegan a ser oídos por ella, por la joven Luna. Y hablan de ese rostro entre sueños. De la faz de… la bestia, que Luna es capaz por fin… de reconocer. “Escucha”, dice la sombría trovadora, “escucha este discurso que te ofrezco”.
A lo lejos, frente a mí estás
medio lobo y medio hombre me observas
paso a paso, acechante, te acercas
y pisas suelos de sangre y arena
caminando entre la luna llena
Tu salvaje instinto me acorrala
tu mirada, hipnótica, repara en la mía
despertando el terror latente que dormía
y que hiela la sangre de mis venas
caminando entre la luna llena
Sueños, paisajes oníricos
se despliegan, envolventes, frente a mí
en la noche de luz inquietante en que dormí
y desperté apresada en tus cadenas
caminando entre la luna llena
Cada vez más cerca yo te veo
cada vez más cerca me rodeas
esos ojos de animal que no te esperas
y recuerdan a un ser maldito, alma en pena
caminando entre la luna llena
Porque ahora ya por fin lo sé
cuando te observo lo presiento
veo en ti a mi esposo, así lo siento
y de mi boca sale un grito que resuena
caminando entre la luna llena
Luna despertó sobresaltada en medio de la noche. ¿Qué había sido aquello, esas palabras que acompañaban como perturbadores cantos poéticos aquella pesadilla? En su mente aún quedaba el recuerdo de esa imagen, realmente inquietante, en aquel sueño, la del rostro humano que Luna creyó percibir en aquel animal, la cara de su propio marido. Tras unos instantes de vacilación, lentamente fue desapareciendo esa preocupante visión onírica. Y mientras la luz del amanecer iba traspasando poco a poco la ventana de la habitación, la muchacha parecía retornar a una realidad tranquilizadora.
Sin embargo, la seguía invadiendo la misma inquietud ya acostumbrada acerca del paradero de su esposo cuando este se ausentaba algunas noches sin que pudiera saberse a ciencia cierta a dónde iba. Y aquella mañana era uno de esos momentos en los que Joseph no había despertado junto a ella en el lecho matrimonial. En ocasiones incluso desaparecía durante días. Luna no quería creerlo, no deseaba dar la razón a las lenguas maledicentes que hablaban de reuniones con… lobos, de historias extrañas que envolvían su infancia. Pero a veces no podía evitar sucumbir a la idea de que su marido era una persona… peculiar, extraña.