Amores ilícitos

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Summary

Después de la muerte de su madre, el mundo de Alma quedó paralizado en el tiempo. Sin embargo, la llegada de Carmen, la nueva pareja de su padre, sacude bruscamente su realidad. Ahora, Alma debe convivir bajo el mismo techo con Franco, un completo extraño a quien está obligada a tratar como a un hermanastro, enfrentándose a una nueva vida de la que desearía escapar.

Genre
Romance
Author
Valentina
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

Perder a mamá fue como arrancar una parte de mi ser, una que nunca podré recuperar. La vida se volvió una sombra de lo que solía ser, un lugar solitario y frío. Como hija única, me quedé totalmente sola y los días pasaban y nada tenía sentido, todo había perdido su color.

Papá estaba siempre ausente, su trabajo lo mantenía lejos, y cuando estaba en casa no era el mismo de siempre. Algo en él se había roto… Cada tarde, al regresar a casa, lo encontraba en el mismo lugar, en el sofá, mirando la televisión sin realmente verla. Me preocupaba por él. Sabía que estaba sufriendo, pero parecía incapaz de ayudarlo. Intenté varias veces hablar con él, pero siempre encontraba una barrera que me detenía.

Los meses pasaron, empecé a notar un comportamiento sospechoso de su parte. Algo estaba cambiando en él… Se escondía para hablar por teléfono y a veces, mientras cenábamos, se quedaba mirando al vacío. Sentía que nos habíamos distanciado de alguna manera, trataba muchas veces de llenar esos vacíos con conversaciones triviales, pero nada parecía funcionar.

Una noche, el timbre sonó, un sonido que rompió con la tranquilidad de la casa. Recuerdo ese día como si hubiera sido ayer. Estaba en mi habitación, ensimismada en la lectura de uno de mis libros favoritos, cuando escuché la voz de mi padre llamándome desde la entrada. Con un suspiro, dejé el libro a un lado y me dirigí hacia allí, preguntándome quién sería.

Apenas me acerqué al pasillo, escuché una voz desconocida. Me pareció raro ya que no recibíamos visitas a menudo y menos de gente que no conocíamos mucho. Al bajar las escaleras vi de quien se trataba. Era una mujer de unos cuarenta años, de cabello oscuro y una sonrisa que intentaba ser cálida, pero que me resultaba forzada. Al verme, mi padre se aclaró la garganta, captando mi atención. Definitivamente, no me esperaba lo que estaba a punto de decirme.

—Alma, esta es Carmen —dijo él, señalándola.

—Hola, Alma. Tu papá me ha dicho mucho sobre ti —dijo la mujer, extendiéndome su mano—. Me da mucha ilusión poder conocerte.

—Hola… —Estreché su mano con con cierta desconfianza.

—Alma, hay algo que quisiera que sepas —dijo papá con tono cuidadoso—. Verás, en los últimos meses, he estado conociendo a Carmen. Y… bueno, ella y yo… salimos.

No entendía del todo adónde quería llegar.

—¿A qué te refieres, papá?

¿A dónde iban a salir?

Él tomó una profunda respiración antes de continuar.

—Carmen y yo hemos hablado mucho sobre nuestro futuro y… hemos decidido dar un paso más en nuestra relación.

¿Relación? ¿Acaso había escuchado bien?

—Ella y su hijo Franco van a mudarse con nosotros.

Sentí que el mundo se derrumbaba a mi alrededor. Mis ojos se llenaron de lágrimas mientras miraba incrédula a mi padre, incapaz de creer lo que estaba escuchando. Miré a Carmen y luego a papá, buscando en sus ojos alguna señal de que esto no era real, pero no encontré más que ojos compasivos.

—¿Qué? ¿Cómo puedes hacerme esto? ¿Tan pronto después de que mamá…? —Mi voz se quebró, incapaz de contener el dolor.

—Sé que es difícil, hija, pero lo he pensado bastante. Quiero que compartamos nuestras vidas y espero que puedan llevarse bien.

—¿Llevarnos bien? ¿Cómo esperas que acepte que una extraña y su hijo vengan a vivir con nosotros? —Negué con la cabeza, indignada—. Esto es… algo que tú no harías.

Mi padre suspiró y trató de poner una mano en mi hombro, pero me aparté bruscamente. No podía creer que estuviera reemplazando a mi madre tan rápido. Aún podía escuchar su voz en el eco de cada rincón de esta casa. Y ahora iba a traer a otra mujer a vivir con nosotros.




Una semana después, el destino me enfrentaba con Franco, el hijo de Carmen. No me sentía en absoluto preparada para ese encuentro. Papá había decidido que una cena sería la mejor manera de conocernos. A mí me parecía una idea absurda, pero mi opinión no importaba. Así que, resignada, me vestí para la ocasión y nos dirigimos al restaurante que papá había reservado en el centro de la ciudad.

Siendo sincera, no invertí mucho tiempo en arreglarme. Tomé lo primero que encontré en el armario, apenas un esfuerzo por aparentar interés. Bajé las escaleras con prisa, más para evitar prolongar lo inevitable que por verdadera urgencia de llegar.

El restaurante era lujoso, con una suave música ochentosa de fondo. Nos llevaron a nuestra mesa y nos acomodamos en un silencio incómodo, solo interrumpido por el suave tintineo de los cubiertos contra los platos. Parecía que la música era lo único que impedía que el silencio nos devorara.

Me negué a levantar la vista del plato. No quería enfrentarme a los ojos de Franco ni a los de Carmen. Sentía un nudo en el estómago que me impedía mirarlos.

Fue Carmen quien, al final, decidió romper el hielo. Su voz era un susurro decidido, un intento de tender puentes en medio de un campo de batalla silencioso.

—Tu papá y yo nos hemos estado viendo aquí y sentimos que ya es como nuestro lugar… ¿A ti te gusta, Alma? ¿La comida es de tu agrado?

—Sí, está bien —respondí, sin mucho entusiasmo, empujando los guisantes en mi plato.

Ella se removió en el asiento, visiblemente insatisfecha con mi respuesta. No sé que esperaba de mí, ni qué pretendía conseguir con su palabrerío.

—Alma, de verdad… —dijo tras tomar un sorbo rápido de vino—. Espero que podamos ser amigas. Sé que esto debe ser un cambio para ti, pero me gustaría que intentemos llevarnos bien.

¿Por qué insiste en eso? No entiende que no necesito otra madre, ni una amiga. Ya tuve suficiente con una mamá que amé más que a nadie en el mundo.

—No necesito una amiga —respondí secamente, sin mirarla.

Papá se aclaró la garganta y me miró con desaprobación. No estaba diciendo nada malo, solo la verdad.

—Franco, cuéntale a Alma sobre el equipo de fútbol —sugirió papá, intentando desviar la conversación.

Franco, en un intento de ser amigable, me sonrió.

—Ah, sí, obvio —habló por primera vez.

Lo observé con atención.

—Me eligieron como capitán hace poco en el equipo. —Levantó la vista hacia mí, esperando alguna señal de interés. —Juego desde pequeño, así que es un gran logro para mí… .

Su madre lo miró, esperando que diga algo más.

—Eh.., me gustaría que vinieras a vernos jugar algún día —añadió y volvió a mirar su plato.

Solo asentí, incomoda. Se notaba que estaba siendo obligado por Carmen. Él no parecía interesado con la idea de invitarme para verlo jugar.

—No me interesa el fútbol. Prefiero las actividades a solas —dije, frunciendo el ceño—, como encerrarme a leer por horas.

Estaba harta de esa estúpida cena y de la pretensión de normalidad de mi padre.

—No me gusta leer —contestó Franco—. Siento que uno se pierde de la vida mientras está en esas páginas. Creo que las personas que leen mucho tienen vidas aburridas… o miserables.

Papá, visiblemente incómodo, se aclaró la garganta.

—Creo que es suficiente.

—Sí, quizás tengas razón, Franco. Las personas que leemos quizás seamos miserables y… aceptamos que nuestras vidas son como son y no podemos cambiar nuestro destino. —Hice una pausa, sintiendo el peso de mis palabras—. Aunque sea para evadir horas y no pensar en la enfermedad y pronta muerte de una madre. —Miré a Franco directamente—. Ojalá tu mamá tenga buena salud, y espero que nunca sientas la necesidad de perderte en algo solo para no enfrentar la dura realidad.

Papá dio un golpe en la mesa y yo me quedé helada.

—¡Suficiente! Basta, Alma.

El silencio que siguió fue absoluto, pesado como una losa. Me quedé mirando mi plato, sin atreverme a levantar la vista. Papá siempre intentando ser conciliador. No entendía que algunas cosas no se podían arreglar con una simple cena. Si esperaba que me olvidara de la traición a mi madre, estaba equivocado.

Ya no tenía ganas de estar ahí. Sin poder soportar más la situación, me levanté bruscamente de la mesa.

—Permiso, voy al baño —dije, conteniendo las lágrimas y, sin esperar respuesta alguna, me largué de ahí.

Mientras caminaba hacia el baño, una tormenta de pensamientos se agolpaba en mi mente. Apenas podía reconocer a mi propio padre, aquel hombre que había sido mi ancla y mi apoyo durante todos estos años. Ahora parecía ser un extraño, alguien que había dejado de lado el dolor y la memoria de mi madre para meterse en una nueva relación. ¿Cómo podía llamar a esa mujer y a su hijo “familia”? Ellos no eran mi familia. No eran nadie.

La vista se me empezó a nublar, y cada paso que daba resonaba en mi cabeza, aumentando el dolor que sentía. Al llegar al baño, empujé la puerta con fuerza y me dirigí directamente a uno de los cubículos. Cerré la puerta tras de mí y me apoyé contra ella, respirando hondo para contener las lágrimas.

Pero fue inútil. En cuanto me encontré sola, las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas. Me dejé caer al suelo, abrazando mis rodillas. Todo mi cuerpo temblaba con cada sollozo reprimido.

Papá siempre había sido mi héroe, el hombre que me enseñó a ser fuerte y a enfrentar los problemas. Pero ahora, verlo intentar construir una nueva vida sin siquiera considerar cómo me afectaba, me hacía sentir más sola que nunca.

¿Cómo podía pretender que todo estuviera bien? ¿Qué pudiéramos ser una familia feliz cuando mi mundo se había desmoronado? Las lágrimas siguieron cayendo, llevándose con ella un poco de todo el dolor que había acumulado.

Me sentía traicionada, no solo por su relación con Carmen, sino por su aparente indiferencia hacia lo que eso significaba para mí. Me quedé ahí, en el cubículo del baño, dejando que las emociones se calmaran, sabiendo que tendría que volver a la mesa y fingir que todo estaba bien, aunque nada lo estuviera.




El regreso a casa fue una tortura. Mi padre intentaba iniciar una conversación a cada rato, pero lo ignoraba, deseando que todo fuera una pesadilla de la que pudiera despertar.

Media hora después, me encontré en mi habitación, bajo las sábanas, con el rostro empapado de lágrimas.

Apenas podía creer que él hubiera seguido adelante tan rápido después de la muerte de mi madre. Ella había sido el centro de nuestras vidas, la que mantenía unida a la familia. Y ahora su recuerdo parecía ser reemplazado por la presencia de esa mujer y su hijo.

Trataba de procesar todo. Sentía que el aire no llegaba a mis pulmones. La opresión en el pecho era insoportable.

—Alma… —Papá se acercó a mi cama, sentándose a mi lado. Su voz sonaba preocupada.

—Sé que esto es difícil, pero quiero que entiendas que no estás sola. Carmen y Franco van a formar parte de nuestra vida a partir de ahora, y espero que con el tiempo logren encontrar un lugar en tu corazón.

Lo miré con ojos llorosos y llenos de dolor, incapaz de contener la tormenta de emociones que me inundaba.

—¿Cómo esperas que los acepte? ¿Cómo puedo confiar en ti después de lo que has hecho? Mamá acaba de morir y tú... —Mi voz se quebró mientras las lágrimas volvían a brotar, desbordándose sin control.

Papá suspiró, su rostro mostraba culpa. Trató de acercarse, pero yo lo aparté, rechazando su contacto.

—Necesito tiempo, papá. Necesito procesar todo esto. —Negué con la cabeza—. No puedo con esto ahora mismo, la verdad. Vete…

Sin decir una palabra más, se levantó de la cama y me dejó sola en mi habitación. Lilo, mi única compañera en esos momentos estaba a un costado de mi cama, haciéndome compañía.

No dejé de llorar hasta quedarme dormida, agotada por todo.

Los días siguientes fueron una constante lucha. Evitaba a toda costa a Carmen y a Franco, manteniendo una distancia cada vez que se acercaban. Sus visitas eran constantes. Me negaba a participar en las reuniones, prefiriendo encerrarme en mi mundo de libros y fantasía. Lilo se convirtió en mi único consuelo, la única que parecía entenderme.

Cada vez que los veía en la casa, un nudo se formaba en mi garganta. Observaba con amargura cómo se integraban lentamente a la rutina del hogar, cómo mi padre parecía complacido con su presencia. Como si mi madre hubiera sido borrada de sus recuerdos, reemplazada por esos desconocidos que habían irrumpido en nuestras vidas.

Mientras tanto, no podía dejar de pensar en la ausencia de mamá. Aún podía oler su perfume en la cocina, escuchar su risa en la casa. Una parte de mí se aferraba a esos recuerdos, sin querer dejarla ir. Extrañaba tanto el calor de sus abrazos y su sonrisa. Sus ojos, mirándome como nadie va a mirarme de nuevo.