Prólogo • 1

La joven miraba con asombro, decepción y sobre todo frustración el papel que acababa de llegar a la casa, era la segunda advertencia de desalojo por falta de pagos que habían recibido aquella semana, su padre hacía a un margen los problemas que estaban teniendo con constancia a raíz de las faltas de pago de impuestos y servicios para mantener en pie la casa en donde aún vivían.
Ámbar no sabía qué hacer y aunque trabajara, ni en broma podía recaudar semejante suma de dinero. Escondió debajo del cojín del sillón dela sala el papel cuando escuchó la llave en la cerradura de la puerta principal. Era su padre, como siempre sin traer nada a la casa para comer porque todo se lo gastaba en los juegos de azar.
―Papá, necesito algo de dinero para comprar alimentos ―le respondió con voz neutral.
―¿No te he dado antes? ―cuestionó irritado.
―El dinero que me diste no me iba a durar siempre ―contestó molesta―, pagué algunas cosas y compré algo para comer pero eso fue la semana pasada ―escupió con molestia.
Su padre sacó de la billetera poco más de cien dólares y se los entregó.
―Compra bien, porque pasará más de una semana para que te vuelva a dar ―frunció el ceño al mirarla con seriedad.
―Casi nunca me das de más, ni siquiera para pagar los libros de la facultad ―acotó enojada.
―Trabajas, te los pagas tú ―dijo con burla.
―Gracias al trabajo que tengo, porque si fuera por ti, me habría ido bastante mal en los parciales ―remató enseguida de su comentario.
―Ve a comprar. No me gusta que cuestiones lo que hago con mi dinero ―le replicó con sorna.
―Si no te gusta que te lo diga, entonces tendrías que estar pagando de a poco las deudas que tenemos ―emitió con ironía.
―Te sugiero que vayas a comprar lo necesario, de lo contrario te cachetearé ―retrucó mirándola con seriedad.
―Aunque lo hagas no me harás callar, serás mi padre pero no te respeto como tal porque lo que nos está pasando es solo por tu culpa ―comentó de manera seria y con el ceño fruncido.
―Si no te gusta en donde vives, puedes irte, tienes edad suficiente para independizarte ―expresó sin darle importancia a la situación en la que ambos se encontraban.
―Tengo que tener veintiún años para eso y aunque no quieras deberás mantenerme ―contestó con sequedad―, aunque eso solo lo hago yo ―habló con firmeza.
―Es lo que corresponde ―casi rio ante lo que le articuló.
―Mejor me voy a comprar antes que te conteste algo irrespetuoso ―se frustró con lo que escuchó.
Ámbar salió de la casa con rumbo al supermercado cerca de donde vivía y a la salida del local luego de comprar lo necesario y pasar por la caja rápida, se encontró con su mejor amiga.
―¿Qué haces sola a esta hora? ―le preguntó preocupada Wendy.
―Hola Wendy, no sabía que te iría a encontrar aquí también ―le respondió con una sonrisa y un beso.
―He venido con mi hermano, él está dentro del auto esperándome, ¿quieres que te alcance hasta tu casa? ―cuestionó con amabilidad.
―No, gracias, caminaré ―le dijo.
―El barrio no es muy tranquilo de noche ―contestó con preocupación su mejor amiga.
―Estoy acostumbrada ―replicó―. Aparte me despejaré un poco la mente.
―¿Cómo van las cosas? ―formuló queriendo saber.
―Iguales que siempre. Hoy llegó un nuevo aviso ―le expresó pero sin ahondar en detalles.
―Sabes que puedes contar conmigo ―manifestó y la abrazó.
―Gracias pero no quiero involucrarte en mis problemas ―le dijo con una sonrisa.
―En realidad, no son los tuyos, son los de tu padre, tú no deberías encargarte de ellos ―frunció el ceño hablándole con firmeza mientras la miraba a los ojos.
―Supongo que lo sé pero intento que todo vaya con normalidad, aunque a veces todo me supera ―casi se le quiebra la voz―. Quisiera irme de la casa pero después me acuerdo que no tengo dónde ir ―narró con frustración.
―Sabes bien que puedes quedarte conmigo ―asintió con la cabeza a medida que le hablaba―, el piso es inmenso y me vendría bien una compañía como tú ―le regaló una sonrisa cuando se lo confesó.
―Gracias otra vez Wendy pero no quiero molestarte ―le devolvió la sonrisa sin mostrarle los dientes.
―Como quieras pero sabes bien que las puertas de mi departamento están abiertas para ti siempre ―le contestó con sinceridad.
―Te lo agradezco ―volvió a abrazarla―, en fin, volveré a casa, seguro que tu hermano estará refunfuñando por haberlo hecho esperar tanto tiempo ―le dijo riéndose.
Ambas se saludaron y Ámbar pasó del costado del conductor, saludando al hermano de su amiga con la mano por cortesía y subió el escalón de la acera para caminar hacia su casa.