La muerte quiere dormir
Había una frase bastante famosa que decía que a veces la realidad podía superar la ficción. Katsuki Bakugō era un hombre sobrio en ideales, muy objetivo y pocas veces alguien lograba hacer que cambiara de decisión o de forma de pensar. Era un hombre que creía solo en lo que veía, inteligente, fuerte y muy talentoso. Era alguien que solo disfrutaba de la ficción, pero negaba que cosas como las que pasaban en las películas fuesen a suceder en la vida real.
Aquella experiencia, la última de sus días, logró cambiar por completo a aquel médico estricto, convirtiéndolo en un hombre abierto.
Las cosas iniciaron de forma repentina, como si aquel suceso hubiese escogido un lugar y tiempo al azar, sin importar las consecuencias que traería consigo o los problemas que daría a la gente involucrada.
Luego de un merecido día de descanso, el médico Bakugō especializado en traumas físicos y cirugías, trabajó arduamente durante otros tres días seguidos. Era un hombre solitario, por lo que no tenía otros compromisos a los cuales faltar por estar en el área de traumatología o en la sala de emergencias.
—¡Doctor! Tenemos los resultados de la revisión, Izuku Midoriya tiene una abertura en el cráneo, dos costillas rotas, el brazo derecho fracturado en tres partes y su pierna derecha está dislocada, a la vez su tobillo izquierdo está completamente destruido. También tiene marcas de sogas en el cuello, pero no ha sufrido daños internos en la garganta o columna —dijo la chica castaña, quién había leído el análisis en manos.
—No puede ser, está desecho. ¿Fue golpeado por alguien que quería matarlo? —preguntó con rostro serio de forma cínica. Hace ya años que no tenía un paciente tan destrozado, con tantas partes del cuerpo rotas.
La chica no respondió, al contrario, miró mal al doctor y regresó a la sala donde un tal Izuku Midoriya descansaba. Katsuki entró con prisa, sabía que debían tratar aquellas heridas rápido.
—¿Le dieron anestesia? —preguntó molesto dándose cuenta que el paciente le correspondía la mirada, cuando se supone debía estar dormido.
—Sí, doctor. De hecho, le dimos solo un poco más de lo establecido. Al parecer no siente dolor, pero tampoco lo ha logrado dormir —el doctor miró con genuina sorpresa al chico, que lucía de unos dieciocho o veinte años.
—Eh... ¿Está consciente? ¿Puede hablar? —preguntó directamente al paciente, quien esbozó una sonrisa sin esforzarse mucho.
—Sí —respondió aquel joven, con una voz llena de calma y armonía. Era, hasta cierto punto, perturbador.
—Bien. ¿Qué le pasó? ¿Por qué está en este estado? —esta vez preguntó a la enfermera de grandes ojos, que rápidamente leyó el informe.
—Eh, el hombre que lo trajo aquí dijo que estaba colgando de un puente con una soga en su cuello. Creían que estaba muerto pero cuando la policía lo recogió seguía consciente. Intentamos encontrar información sobre familiares pero no hallamos nada, y solamente nos ha dicho su nombre.
—¿Un puente? —definitivamente todo aquello era obra de uno o más bandidos. Tal vez era un chico metido en drogas y que debía mucho dinero—. ¿Qué dijo la policía?
—Ellos creen que está inconsciente actualmente. Pidieron que llamáramos cuando estuviera despierto para preguntarle cosas.
—Sal del cuarto —ordenó el doctor a la enfermera, que en una pequeña confusión prefirió salir a darle la contraria—. Izuku Midoriya, es tu nombre ¿No?
—Sí —el chico seguía sonriendo.
—¿Crees poder contarme qué fue lo que te pasó? Así será más fácil saber cómo curarte —intentó convencerlo con su mejor cara, aunque sabía que seguía luciendo de mal humor como siempre.
—Intenté matarme —dijo, borrando aquella sonrisa. Sus ojos carecían de brillo desde el momento en que lo vio por primera vez, pero también tenía algo que lo hacía ver inocente, un "no sé qué" que lo hacía ver como alguien que no intentaría suicidarse. Katsuki no se metería a su vida privada, aunque quería saber cuáles motivos habían llevado al chico a intentar tales actos.
—¿Qué fue lo que hiciste para hacerlo? —preguntó con aún más tacto que antes, impropio de él.
—Pues, primero me lancé del puente, pero no funcionó. Lo intenté de nuevo, pero opté más tarde por ahorcarme. Tampoco funcionó. Un hombre me trajo aquí, probablemente ustedes me ayuden a terminar con mi vida.
—No podemos hacer eso... —Katsuki desvió la mirada, sorprendido más que antes. Es como si aquel chico no sintiera dolor, así como la anestesia tampoco tenía efecto, pero sobre todo, ¿cómo no había muerto después de eso?.
Era poco profesional, pero viendo la calma con la que el chico decía todo aquellos, como si intentar suicidio fuera algo normal, además de que se lanzó dos veces de un puente, terminó preguntando más a fondo los motivos.
—¿Por qué alguien tan joven como tú intentaría quitarse la vida?
—Jajaja —volvió a reír, haciéndole ver como alguien que merecía vivir y ser amado—, no soy tan joven como me veo. Hasta podría ser mayor que tú ¿Sabes? —le dedicó una linda sonrisa, mientras cerraba sus ojos.
—Tengo 37 años. Tú pareces apenas tener unos 20 —contestó intentando contener su mal humor. Toda su vida intentó contener su verdadera actitud con los pacientes.
—Lo digo en serio... Yo quería quitarme la vida porque ya no quiero hacerle daño a la gente. No lo soporto.
—Que forma poco ortodoxa de arreglar las cosas —dijo entre dientes, imaginando que aquello de lastimar gente se debía a relaciones amorosas o cosas por el estilo.
—He existido por miles de millones de años. Soy quien da final a la consciencia de los cuerpos, soy a quien suelen llamar "la muerte".
Katsuki quedó callado, con una ceja arqueada. Probablemente estaba dopado, tanto como para no sentir su cuerpo romperse en pedazos después de lanzarse de un puente. A pesar de aquella posibilidad, había cosas que seguían sin tener sentido, ni siquiera había forma de que pudieran pasar.
Tomó la tabla con el resultado de todos los análisis que le habían hecho, buscando si había algún rastro de drogas, pero no encontró nada, estaba limpio. Literalmente limpio, no tenía siquiera colesterol alto ni nada que cualquier persona que toma refresco podría tener.
—¿No me crees?
—Obviamente no. Bien, revisaré otras cosas pendientes que tengo. Perdí demasiado tiempo con esta estúpida charla de juego —sin más, aventó de nuevo a la mesa la tabla de resultados y salió a hacer otras cosas con otros pacientes. Él no era el único con huesos rotos, tenía a varios niños esperando con un brazo roto después de lanzarse de un árbol.
Pasaron horas, y el trabajo no cesaba, ya que a pesar de ser traumatólogo, a veces terminaba con pacientes de otra área por el escaseo de personal.
La hora que tenía programada para Izuku Midoriya llegó. Primero comenzaría con sus costillas, que por suerte en los análisis no detectaron ningún daño a los pulmones u otros órganos cerca, después los brazos y al final las piernas. Lo que era la cabeza y el cuello, ya habían sido tratados por otro médico, que tenía mayor disponibilidad de tiempo pero se dedicaba a lo mismo que Katsuki, siendo ellos dos los únicos que atendían traumatología, y quiénes a la par atendían a Izuku por sus múltiples daños.
—Maldición, Todoroki idiota de mierda ¡Te dije que durmieras al paciente! —gritó el rubio con poca paciencia, pues en cuanto entró a la sala donde realizarían el primer procedimiento, se encontró con los ojos bien abiertos de Izuku mientras le sonreía.
—Eso hice... —el hombre heterocromático respondió con simpleza, ya estaba acostumbrado a los gritos.
—¿Sí? Pues yo veo al paciente despierto.
—Hola —saludó Izuku como si fueran dos amigos que se encontraban en la calle.
—¡Tú cállate y duérmete! ¡¿O quieres que te saque las costillas despierto?! —gritó saliéndose de quicio, rompiendo con su récord de dos años sin gritarle a un paciente.
—Bakugō, no es profesional —le regañó el otro, preparando otra dosis de anestesia—. Volveré a intentar dormirlo, espero y su cuerpo no lo rechace como la última.
—¿Cuántas veces lo has hecho? —preguntó Katsuki, extrañado por el comentario de Todoroki. Él era muy asertivo, así que decir "como la última" hacía referencia a más de una. Claro, estuvo con él desde que entraron a estudiar medicina, lo conocía bastante bien.
—Esta es la cuarta dosis.
—¡¿Cuarta?! ¿Qué mierda? ¿Le estás inyectando agua? —Todoroki lo miró de forma despectiva. Katsuki, cansado de este lío, decidió dirigirse al paciente más extraño que había tenido en toda su vida—. ¿Qué mierda contigo? ¿Por qué la anestesia no tiene efecto en ti? —preguntó como si el paciente fuese a saberlo, cuando la mayoría estaba ahí porque no sabían qué tenían.
—Mi cuerpo rechaza todo tipo de sustancia o droga —respondió con una sonrisa, como si le hubiesen preguntado cuál era su película favorita.
—Eso no tiene sentido, es básicamente imposible no alterar tu cuerpo cuando te inyectan droga.
—Ya te lo dije, soy la muerte. Igual que cualquier otro ente espiritual, nada dentro de su mundo material podrá alterarme —volvió a insistir con aquello de que era la muerte. Katsuki tenía ganas de cumplir el sueño del chico y matarlo con sus propias manos—. Es por eso que no pude morir —terminó, colmando de nuevo la poca paciencia de Katsuki.
—Mira niño, no es un lugar en el que puedas jugar. Vuelve a delirar y me encargaré de matarte —dijo con la voz bastante baja, para evitar que los demás presentes lo escucharan.
—¿En serio? —el chico en cama parecía feliz con lo dicho, todo lo contrario a lo que Katsuki quería lograr.
—¡Bakugō! No puedes amenazar al paciente —Todoroki tomó al rubio por el brazo y lo arrastró fuera del salón al pasillo—. ¿Eres idiota?
—¡¿Tú por qué me dices idiota?! ¡Ese niño se ha estado burlando de mí! Está completamente drogado.
—Bakugō, escucha. Tendremos que hacer las cosas así, no podemos retrasarnos más —finalizó el tema con aquello, ignorando las idioteces que decía su compañero enojado. Todos los enfermeros que esperaban dentro los vieron regresar con cara de pocos amigos.
—Vamos a comenzar —Todoroki dictó a un enfermero la fecha, hora y nombre del paciente.
—Doctor Bakugō ¿Lo harán con el paciente despierto? —preguntó bajito aquella chica castaña, un poco perturbada al imaginar el dolor para el paciente.
—Claro que sí, no tenemos de otra. Puede que la anestesia no le duerma, pero tampoco siente dolor —le respondió con tranquilidad, asustando aún más a Uraraka.
Entonces comenzaron, haciendo por aquí y por allá lo que debían hacer. Ya que eran los dos, las cosas eran bastante rápidas. Katsuki sentía al inicio que le daban mucha atención, dándole dos doctores a un chico, pero tenía todo el maldito cuerpo roto, cuando se enteró calló. Realmente era más fácil trabajar con Todoroki a su lado, pero jamás en su vida lo admitiría.
—¿Está todo bien chicos? —preguntó Izuku, a quien no le dejaron ver el procedimiento poniéndole una manta azul en la cara.
—¿Quieres callarte? —Katsuki estaba realmente alterado, le sacaba canas verdes el no entender lo que sucedía con el chico.
Nadie reía, por supuesto, todos los presentes también estaban asustados o confundidos.
Varias horas después terminaron, más tarde de lo que debían, atrasando otras citas pendientes. Todoroki fue el primero en irse, él tenía que reconstruir el pie de una mujer que decidió meterse en el camino de un auto que pasaba lentamente.
Katsuki salió a tomar aire fresco a uno de los patios que tenía el hospital. Realmente estaba confundido. Al inicio no le tomó importancia a Izuku Midoriya, pero hacer una cirugía con el paciente despierto le hizo realmente dudar de él. No es como si fuera la primera vez en la historia, pero sí era su primera vez.
Estaba realmente estresado, desde hace días, pero ese día era como un detonante. Estaba a poco de tirar la toalla y jamás regresar a ese estúpido lugar. Regresó a su trabajo, resignado a abandonarlo, pues no había gastado dinero, tiempo y esfuerzo en sus estudios para nada.
Mientras enyesaba el bracito de un niño que cayó por una escaleras, la enfermera Uraraka le llamó un poco asustada.
—¿Qué quieres?
—Doctor Bakugō... Han pasado cosas muy extrañas... N-no sé cómo explicarlo pero...
—Solo ve al jodido grano.
—La gente no ha muerto...
—¿Qué? ¿Eso no serían buenas noticias? —preguntó confundido por la expresión de pánico de la chica.
—No aquí, no en los hospitales. Ha sido noticia reciente, pero las cosas han sucedido muy rápido —entonces la chica le pasó su celular al doctor, quien miró en la pantalla una página de noticias bastante confiable.
El título del apartado era "El misterio de las personas que no han muerto", sonaba como Clickbait pero no era de extrañar. Lo que le extrañaba es que el artículo o noticia fuera de hace un par de horas. Leyó entonces el contenido, que era acompañado de fotografías.
Personas en accidentes que han terminado por partirlos en dos, personas que sufrieron el impacto de una bala en la cabeza, personas que clínicamente estaban recien muertas, otros que habían intentado ser asesinados con armas blancas, unos cuantos intentos de suicidio, gente que estaba en su lecho de muerte, etc. Un montón de casos reportados que hablaban sobre el cómo nadie moría a pesar de haber perdido toda su sangre o de retener una bala en el cerebro.
Lo dejó sin habla, y todo sucedía en cuestión de un par de días al rededor de diferentes partes del mundo. Sin decir nada, le dio el teléfono a la chica, y fue a la cafetería por un café y a darse otro respiro.
Se sentó en una de las mesitas que ofrecía el lugar, dio un sorbo a su café, y terminó con el cuerpo completamente tenso.
—No puedo creerlo —susurró, asustado. Sentía cómo en cada una de sus venas la incertidumbre corría con desenfreno. No podía ser verdad lo que el paciente Izuku Midoriya decía, no podía ser él "la muerte"—. No... No, no, no...
—¿Bakugō? —levantó su mirada y encontró a Todoroki, con el rostro completamente pálido—. ¿Te enteraste de la última noticia?
—Sí... No comprendo qué significa esto.
—Escuché lo que dijo el paciente, ¿Cómo se llamaba? Izuki. Escuché que te dijo que él era la muerte.
—Y no le creíste ¿Verdad? —siguió con la mirada baja y sus manos temblando.
—No... Pero ahora... Con todo eso de que la anestesia no alteraba su cuerpo, y no sentía dolor absoluto.
—Me dijo que saltó dos veces de un puente y se colgó a sí mismo, sin morir y sin dolor. Me dijo que quería morir, pero que no podía... —reveló, a pesar de que no lo había considerado un secreto importante.
—Deberíamos hacer algo.
Katsuki no respondió, solo se levantó dejando al otro doctor sentado y con la palabra en la boca. Desde hace unos minutos tenía otra cita programada, sabiendo que si era verdad todo lo que aquel chico decía, entonces nadie más moriría. Llegó al cuarto donde descansaba el chico con la mitad del cuerpo vendado, con sus brazos y piernas ya en recuperación también, a pesar de no haber pasado por un procedimiento.
—Hola —saludó Izuku con una sonrisa, y un poco de rubor en su nariz—. ¿Me vas a ayudar a matarme como dijiste?
—No —Izuku pronto quitó su cara feliz, a una de decepción. Katsuki, cansado, se sentó en la camilla y tomó a Izuku del cuello de la bata de hospital—. Escúchame bastardo. Sé que no sientes dolor aún sin la anestesia, que por más que lastimaste tu cuerpo podías levantarte y seguir lanzándote. Sé que eres lo suficientemente estúpido para no intentar probar que eres la muerte y dejar a la gente viva y sufriendo cuando ya deberían morir. Si es así, entonces detente.
—Katsuki... No puedo —dijo casi en un susurro, dejándose intimidar por el rubio, pero sin mostrar un cambio en su rostro mas que la perdida de la sonrisa.
—¡¿Qué mierda te impide hacerlo?! —gritó, desesperado. No tenía idea de lo que era sufrir por dolor físico, pero sabía que esa gente que no murió por horrores como el perder la mitad de su cuerpo podía estar sufriendo como nunca.
Él se había convertido en doctor por solo una cosa, aquello que lo había impulsado a salvar a la gente, y a pesar de que se especializaba en un área diferente, tenía el valor.
—¿Qué me detiene? Dime... ¿Habrías querido ver a tu madre viva y feliz por ti al verte ser un gran doctor?
Ese era el motivo, su madre.
—¡Tú qué sabes de ella! No sabes nada de ella ni de mí, no te interesa. Si lo hicieras no estarías aquí —comenzó a estabilizar su voz, porque ahora sentía una enorme presión en el pecho. Puede que jamás haya sentido el dolor de romperse un hueso, pero sabía que dolía aún más el perder a la persona que más amabas.
—Ella no podía contra el cáncer, era demasiado para su cuerpo...
Katsuki estaba desesperado. A pesar de que todo en el hospital seguía tranquilo, con las rutinas de siempre, y el silencio de las voces susurrando en los pasillos para no incomodar a los pacientes, todo eso tan tranquilo y cotidiano para Katsuki quedó de lado con el tormento que provocaba su propia mente. Era como si estuvieran jugando con él en una muy mala broma.
—Te lo ordeno, regresa a tu trabajo, toma sus vidas... —su voz tembló unos instantes, pero seguía sosteniendo firmemente el cuello de la camisa del contrario.
—No eres nadie para ordenarme.
—No soy nadie, pero debes de hacerlo... Hazlo... —soltó la camisa, y cayó en el pecho del chico con vendas. Tocar el tema de su madre le dejaba muy sensible. ¿Que si le gustaría verla viva? Eso no se pregunta, por supuesto que daría lo que sea por verla viva y sonriente, pero ya no estaba, y no habría hecho nada para mantenerla con vida porque estaba sufriendo. Katsuki, más que nadie, sabía que a pesar de ser horrible, era necesario—. La vida es un privilegio... Pero sin ti es una maldición —susurró al pecho del chico, conteniendo de forma olímpica sus lágrimas. Una vida infinita llena de dolor era algo que nadie querría, que nadie merecía.
—No quiero matar más... No solo a las personas, también animales, flores, bacterias, todo en este mundo, en esta vida... —la voz del chico era débil y temblorosa. Katsuki miró hacia arriba desde su lugar, notando el rojo rostro del chico lleno de lágrimas—. Quiero dejar de ser quien se lleva a la vida.
—Siempre me he preguntado qué hay después de la muerte... Creía que realmente no pasaba nada, que era el final de todo. Ahora tengo muchas otras dudas que probablemente jamás pueda responder —Katsuki habló con más calma, sintiendo el dolor que Izuku Midoriya expresaba con su silencioso llanto. Después de todo, tenía una buena razón para hacer lo que estaba haciendo. Era simplemente un ente lleno de pureza que después de millones de años había aprendido a amar la vida, sintiendo dolor cada que tenía que matarla.
—¿Después de la muerte? —contestó Izuku, más tranquilo. No entendía aún por completo cómo funcionaban los humanos, eran los seres más complejos mentalmente que conocía. Katsuki le había sorprendido al cambiar de humor de un momento a otro tres veces.
—Sí, tú debes saberlo ¿No? —Katsuki, por alguna razón, no tenía ganas de levantarse, quería seguir recostado en su extraño paciente, como si algo le estuviera obligando. Se sentía tan tranquilo, como rozando el sentimiento de la muerte, cuando solo la estaba abrazando.
—Bueno... Es difícil. La vida es la propia experimentación de una consciencia colectiva, una que está conociéndose a sí misma. Existe con el propósito de crecer y experimentar. Pero después... no puedo decirlo con palabras, pero lo sabrás cuando pase.
—Seguro también sabes cuándo va a pasar... —tenía tantas dudas, pero sentía que no debía preguntar nada. Tal vez era mejor solo quedarse callado y dejar que las cosas fluyan, que la muerte llegue cuando tenga que llegar, y la vida se vaya cuando se tenga que ir.
—Sí. Debió haber pasado hace tres días mientras dormías.
Katsuki abrió los ojos, levantando lentamente la cabeza de su lecho. Mirando con sorpresa y miedo al chico que le sonreía de nuevo.
—¿Qué?...
—Debiste haber muerto por un paro cardíaco por estrés, al relajarte después de un mes entero sin casi dormir ni comer.
Katsuki lo recordaba, había usado su día de descanso para comer y dormir como un animal, para tener energías para regresar al trabajo. Pero, realmente no podía procesar la información.
—¿Desde hace cuánto no has tomado la vida de nadie? —preguntó imaginando todo lo que ha sucedido todo ese tiempo, tantos cuerpos sufriendo sin poder descansar en paz. Porque a pesar de estar consternado al escuchar que debería estar muerto, sintió más miedo e incertidumbre al saber que miles de personas deberían de estarlo también.
—Unos cuatro o cinco días, no sé cuánto duré colgado del puente, creo que toda la noche. Seguro son cinco días.
Había notado que Izuku, o la muerte, respondía todas sus preguntas de forma sincera, sin mentir si quiera. Tenía duda de por qué lucía así, si él escogía su apariencia o si realmente se veía así. O su nombre, si lo inventó o cómo lo obtuvo. Y también cómo le hacía para tomar la vida de tanta gente de un momento a otro en todas partes del mundo, habiendo tantas muertes en un solo minuto, o cómo estaba ahí postrado en esa camilla en lugar de presentarse como un ente omnipresente. Eran cosas que jamás preguntaría.
Él era doctor gracias a su madre, que murió por cáncer cuando él solo era un niño. Cuidado por su padre, que lo dejó solo en su adolescencia pero le mantuvo a toda costa, y estudiando por años hasta lograr ser doctor, con el único propósito de ayudar a la gente para que ya no sufra y siga adelante. En poco tiempo había aprendido que, aunque quisieran seguir vivos y sanos, simplemente no se podía, y era mejor dejar las cosas, era mejor cerrar los ojos y dormir para siempre en eterna paz y descanso. Odiaba cuando sucedía eso, pero aprendió a apreciar el regalo de la muerte.
La gente podía terminar con su dolor. E Izuku, que también sentía dolor, lo intentó, pero no puede matarse a sí mismo. Es un ente que no sabe cómo escapar del dolor que le provoca el propósito de su existencia.
—Te contaré por qué hago esto... —Izuku decidió seguir hablando cuando no recibió respuesta alguna del hombre rubio—. Yo nací cuando la primer forma de vida nació, no soy eterno ni infinito. Al inicio no sabía qué hacer, por lo que aquella molécula vivió, se reprodujo y evolucionó lo suficiente hasta convertirse en seres más complejos, en animales que se movían con extremidades, que se alimentaban de otras vidas y que sentían. Cuando alguien comía a otro, era cuando yo tomaba su vida. Fue así hasta hoy en día. Pero empeoró desde que los humanos comenzaron a matarse entre sí. Guerras, enfermedades, desprecio, tristeza. La vida por montones sin sentido alguno, sin propósito. Si va a ser así, entonces no tomaré su vida, no lo haré si es por el desprecio a la misma.
Katsuki miró con tristeza al hombre recostado en la camilla, que ahora sin llorar, mantenía sus ideales negándose a tomar la vida de la gente que sufría.
—Si moría por un paro cardíaco, entonces no sería un asesinato como lo dices. Sería mi propia causa.
—Si tomaba tu vida... ¿Qué habría sido de toda la gente que has ayudado estos días? No solo la guerra, también vi todo lo bueno de ustedes. Cuando se sacrifican por la vida de otra persona, cuando dan amor y felicidad, cuando realmente les importa. Todas esas personas que se preocupan por otras, por los animales y las plantas. Tampoco quiero matar a personas tan maravillosas como tú... —Izuku levantó su frágil mano hasta posarla en la mejilla del doctor.
Era fría, realmente se sentía como hielo, como si aquel cuerpo no portara un alma. Katsuki levantó la mirada y encontró el verdadero rostro de la muerte. Era un hombre hermoso, pero sus labios resecos pintaban de color azul, su mirada carecía de brillo y grandes ojeras surcaban debajo de sus ojos.
—¿Alguna vez te detuviste a oler una rosa? —la muerte cargaba en su otra mano una rosa color blanca, el color de la pureza, brillante y llena de vida, haciendo un enorme contraste con su imagen. Katsuki negó con la cabeza, y la muerte acercó los pétalos de la flor a su propia nariz. En cuanto aspiró su esencia, la flor comenzó a marchitarse hasta quedar de un color marrón oscuro—. Siempre quise conocer a un hombre bueno de cerca. Muchas gracias...
Aquellas fueron las últimas palabras que Katsuki escuchó. Sintió una enorme presión en su pecho, la sensación creció hasta su espalda y su mentón, como si ya no pudiera respirar y su cuerpo entero se tensó. Se sostuvo con fuerza la camisa, como si aquello fuese a hacer la gran diferencia, y en un intento por seguir en compostura se levantó de la cama, cayendo al piso por consiguiente.
El mundo comenzó a oscurecerse, el oxígeno no era suficiente y sus ojos aún abiertos no veían nada. Inerte, frío, muerto, el cuerpo de aquel hombre quedó en el suelo de la habitación, completamente solo.
En el más allá, los ojos de la muerte derramaban lágrimas heladas mientras abrazaba un cuerpo inexistente entre sus brazos, y las personas volvían a perder sus vidas.








