Mía

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Summary

Después de años, Kazimir volvió por lo que era suyo: la princesa Elara. [Advertencia: este cuento contiene obsesión y toxicidad.]

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

— ¡Princesa, por favor! — suplicaba la doncella entre tanto ruido y llantos, mientras tironeaba de su muñeca.

El castillo había sido atacado y el rey había mandado a ocultar a sus hijas, principalmente a una. Ella, Elara, quién tironeó lo suficiente hasta quitársela de encima. Sus gritos continuaron mientras la princesa se alejaba corriendo, entre el caos y la violencia.

Intentaron detenerla, pero sabía escabullirse incluso en momentos así. Sabía que el enemigo no tardaría en atraparla, pero eso era lo que quería. O al menos, lo que debía hacer.

Se rumoreaba que Kazimir, el conquistador, solía tomar mujeres cómo trofeos de sus conquistas. Tal vez no podría salvar a su reino, pero al menos podría salvar a su familia y evitar más muertes. Sabía que arriesgaba mucho y tal vez por nada, no era la heredera al trono pero, a diferencia de su hermana, no estaba casada. No que realmente le importará la santidad del matrimonio, sin embargo se rumoreaba que el conquistador las prefería virgenes.

Quería vomitar. Aun así mantuvo la compostura cuando uno de sus guerreros la tomó por el cuello, casi impidiéndole hablar.

— ¡Es la princesa Elara! — gritó una mujer en armadura, casi asustada.

Aquel guerrero la soltó inmediatamente, disculpándose profundamente con ella. No entendía, ellos eran el enemigo. Al menos que… ¿podían ser sus caballeros?, ¿pretendiendo ser el enemigo? La respuesta vendría solo segundos después, cuando la guiaron hacia el salón de trono.

El desconcierto seguía, los gritos inundaban los pasillos al igual que la muerte. Pálida, siguió manteniendo la compostura.

Entonces llegó al salón y lo vio: su padre, de rodillas, con el conquistador frente suyo… al igual que su espada.

Toda calma ficticia se disolvió en ese momento, corriendo en pánico hacia él.

— ¡Padre! — gritó para el horror del rey.

— ¡Te dije que te escondas!

¿Cómo podría?, él mismo solía reír ante los reproches de sus tutores por su rebeldía. ¿Creía que no haría nada en un momento así?

Pero no dijo nada, en vez de ello se dirigió al conquistador. No sabía realmente qué esperaba, pero no era a él. Aquel hombre era alto y parecía ser solo unos años más grande que ella. Tenía un rostro severo, cabellos negros caían sobre sus hombros y sus ojos verdes estaban enfocados en ella. Pensó que tal vez se reiría de forma burlona o que la azotaría con un golpe antes de escucharla. Sin embargo, le sonrió.

— Elara. — dijo en un suspiro. — He esperado tanto por éste encuentro.




Kazimir había querido a la princesa desde la primera vez que posó sus ojos en ella, cinco años atrás. En ese momento era un simple caballero, o un aprendiz de ello. Pero uno que entrenaba más de lo que dormía, solo descansando para alimentarse.

Algunos de sus compañeros le decían que se calme, que tome una cerveza con ellos cerca del fuego de vez en cuando. Ir al pueblo y buscar alguna que otra mujer, que amaban a los hombres en armaduras. A veces te daban una jarra de cerveza por la casa, a veces te daban un poco más. Sin embargo, siempre se disculpaba y una noche dejaron de invitarlo, lo cual no fue una perdida tampoco.

Aquel entrenamiento rindió frutos cuando salió campeón en un torneo frente a la realeza, como festejo por el día del nombre catorce de la princesa Elara. Poco y nada sabía de ellos, y poco era su interés pues la realeza debía de ser protegida sin importar qué. Al menos eso pensaba a sus inocentes dieciocho.

Era la costumbre de entregar una corona de flores a alguna dama. Si bien podría ser el comienzo de un cortejo, la mayoría de las veces no llegaba a más. Después de todo, difícilmente un caballero terminaría con alguna noble y tendía a ser decepcionante entregárselo a alguien de la baja cuna. Decidió entonces entregárselo a la princesa, ya que era su día.

Su corazón no paró de latir mientras su caballo se acercaba al palco real. La reina, aún muy enferma, no estaba presente pero sí lo estaban el rey y sus dos hijas. Estaba ella. Ella, con grandes ojos color avellana, y un cabello rizado y largo cuyo color le recordaba a las hojas que caían en otoño. No había estado en muchas batallas, pero sí mucho más que los que estaban allí (algunos, incluso aún no habían estado en una) y su vida estuvo en peligro más de una vez. Entonces, ¿por qué nunca le latió el corazón de esa manera?

Le entregó la corona de peonías y claveles, intentando no temblar. La princesa lo tomó en sus delicadas manos, antes de regalarle una sonrisa.

— Le agradezco, caballero. — dijo antes de ponerse la corona en la cabeza.

Fueron las únicas palabras que le dirigió antes de encontrarse años más tarde. Sin embargo fueron las más dulces para sus oídos, verla sonriendo con la corona fue la imagen más hermosa que había visto.

Y así, Kazimir se obsesionó con ella.

No venía de una familia rica ni poderosa. Modesta en los buenos años y pobre en los malos. Pese a querer salir de ello y darle honor a su apellido, jamás se había avergonzado de donde venía. Aunque no servía de nada sus sentimientos con ello, porque de nada le serviría para tomar la mano de la princesa.

Dedicó aquel año a hacerse un nombre, mientras admiraba a Elara desde lejos. Él sabía que estaban destinados a estar juntos, tal vez ella también lo sabía pese a nunca dirigirle alguna palabra. Debía ser alguien para merecerla.

Años después sabría lo ingenuo que fue, por no decir estúpido. Realmente creía que podría demostrar lo que valía, que podría tener a su princesa por las buenas.

Sin embargo, pasó un año entero peleando por el rey, ganando sus batallas. Perdió sangre, compañeros y ganó más de una cicatriz. Todo para que el rey lo mire con asco, mientras qué escuchaba la risa de alguno que otro noble.

— Tal vez podrías tomar a la cuarta hija de algún Barón, y aún sería un descaro.

Pese a pedirle la mano de su hija relativamente en privado (el rey nunca podía estar solo), la voz se corrió antes de siquiera poder salir del castillo. Fue el hazmerreir de sus compañeros y, ¿por qué?, ¿Tan solo por amar?

Pero las burlas se convertirían en rumores en poco tiempo. Desde hacer el ridículo arrodillándose frente a la princesa, ofreciendo flores que había robado del jardín real hasta llevar unos músicos para cantarle. Podía soportar voces y palabras estúpidas, pero cada vez empeoraba más. Incluso llegaron a decir qué se había metido a su habitación y se escondió para verla desvestirse, mientras se tocaba como un degenerado.

Cómo castigo (¿por hacer las cosas bien?), debió dejar su armadura de lado para limpiar los establos. Después de todo lo que había vivido y hecho por la realeza, ¿ese era su pago?

Entre todas esas voces, una noche escuchó algo que le llamó la atención. Una pequeña casa se estaba rebelando contra un territorio. Solo supo eso, pero fue suficiente para entender que si no podía ganarse a la princesa por las buenas, lo haría por las malas.

Hizo una promesa de por vida y sabía que su pena era la muerte. De todas formas, abandonó su puesto y viajó por semanas antes de encontrar a aquellos rebeldes. En el camino encontró desgracias, robó y mató pero solo por sobrevivencia. Nunca le había gustado nada de ello. O al menos eso se decía a sí mismo.

No lo tomaron en serio al principio, creyendo que era un espía. O peor, un idiota. Aquella actitud no era nada nueva y estaba acostumbrado a tener que demostrar quién era realmente.

Y así lo hizo. En pocos años su nombre empezó a escucharse en susurros. Empezó cómo un guerrero más, pero nadie avanzaba como él, nadie causaba terror como él. Pronto su ejército fue creciendo y se dieron cuenta que conquistar un pequeño territorio no era suficiente.

Tras la muerte de su líder, él tomó el lugar y nadie lo cuestionó: él era el mejor.

Las casas empezaron a temerles, algunos peleaban en vano y otros se rendían para evitar que sangre se derramará. Los llamaban crueles, pero siempre daban la opción de rendirse y nunca violentaba a quienes eran lo suficientemente listos para no cruzarlos. Algunos incluso le ofrecían a sus hijas, pero él nunca aceptaba. A pesar de los rumores, tenía códigos y esperaba lo mismo de su ejército. Cualquiera que quisiera tomar a una mujer en contra de su voluntad o pecase contra algún niño, sería colgado de algún árbol y dejarían que se pudriera allí.

Nunca calló esos rumores, sin embargo, sin importarle limpiar su nombre. Que siguieran llamando cruel.

Su ejército era el más fiel, aunque su idea de tomar el castillo no fue tomado con mucho agrado. Pero no había conseguido su lugar solo por la fuerza bruta, sino también por su labia.

— Supongo que debo agradecerle, su majestad. — dijo ante el monarca, quien no se arrodilló hasta recibir un golpe. — Ahora realmente valgo más que la cuarta hija de algún barón.

Con esas palabras, la mirada del rey cambió. No lo recordaba, ¿por qué lo haría? Un simple soldado, al que miró con asco cuando le pidió la mano a su hija. Ya no más, ahora era Kazimir el conquistador y su reino se vería abajo.

— Creo que valgo la hija de un rey, ¿no?

El rey, pese a no tener un físico fuerte, gruñó y trató de enderezarse antes de recibir un golpe en la cabeza. Pensó en acabar con todo de una vez, cortarle la cabeza y mostrar realmente quién mandaba allí.

Entonces la escuchó.

Su corazón casi se detiene, al verla después de tantos años. Había crecido, aún más hermosa de lo que la recordaba. ¿Cómo era posible? Llevaba un vestido azul y plateado, y el cabello recogido. Pese al caos que la rodeaba, ella estaba impoluta.

— Milord. — dijo tomando su mano, la cual temblaba. — Por favor, deja ir a mi padre y a mi gente. Haré lo que sea, me entregaré a usted…

— ¡Elara, por favor! — gritó el rey, pero no importaba.

Lo sabía, ella lo sabía. Nunca tuvo dudas que ambos debían estar juntos, pero escucharla decir eso hizo que todo valiera la pena.

— Di mi nombre. Di Kazimir. — dijo tomando su rostro en sus manos, lo cuál la puso rígida.

Titubeó un poco antes de hablar.

— K-Kazimir. — dijo tímidamente.

Y eso fue suficiente. Escucharla decir su nombre quebró algo en él, y no pudo evitar soltar un gruñido. Elara dio un paso hacia atrás, pero no pudo escaparse de sus manos ni de sus labios.

Podía escuchar silbidos y risas de su ejército, mientras sus manos recorrían su cuerpo y su lengua recorría la suya. Había estado con mujeres, y lo había disfrutado pero nada se comparaba con ella. Y aún no la había tomado, no había visto su cuerpo desnudo. Podría hacerlo allí mismo, romper su vestido y hacerla suya ante los ojos de todos.

Sabía que ella lo amaba, y si no lo haría eventualmente, pero ese tipo de humillación sería difícil de perdonar y realmente quería hacerla feliz.

— Vas a ser mi esposa. — dijo entre jadeos. No era una pregunta, era la razón que lo había llevado a todo ello.

Los ojos de la princesa se abrieron horrorizados, tal vez pensando en todo lo que ello implicaba. El vestido, la fiesta… Kazimir sonrió y le acarició el rostro.

— No te preocupes, querida. Estoy seguro que harás un trabajo hermoso para la boda.

Luego miró a su alrededor, la mirada derrotada del rey y sus súbditos. Aun así estaban arrodillados ante él y era lo único que importaba.

Todo estaba como tenía que estar.