My sweet cake

Summary

Katsuki es un detective de homicidios, llevando el caso de 6 jóvenes. Lo único que busca es encontrar al asesino y sea arrestado por sus crímenes. Izuku es un repostero, alguien alegre y que siempre intenta ayudar a los demás. Lo cual es molesto para Katsuki, quien es su vecino. Recibiendo un pastel de Izuku cada que se encuentran. El caso mortifica a Katsuki, sin tener muchas pistas y un asesino muy listo para no dejarlas. El OS se sitúa en el Cakeverse. Si no conocen el término, pueden buscarlo en internet o leer el resumen de este verse en mi fic “Mundos distintos” primer capítulo: “Mi querido pastel”. El shipp es DekuBaku, si no les agrada pueden no leerlo, y eviten comentarios de odio o insultos innecesarios. Los personajes no me pertenecen sino a Kōhei Horikoshi. Doy sus respectivos créditos. La imagen de la portada no me pertenece, doy créditos a quien pertenezca.

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1
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n/a
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18+

La loca obsesión de un fork

El dolor de cabeza se estaba volviendo insoportable, era como sentir pequeñas agujas clavándose dentro de su cerebro. Y el constante zumbido en sus oídos no le ayudaba en nada.

Sentía los brazos adormecidos, al tenerlos en una posición realmente incómoda; atados tras su espalda con una soga, la cual raspaba su piel, lastimando sus muñecas en el proceso.

Estaba tentado en ver en dónde estaba, pero la maldita tela sobre sus ojos lo impedía.

Se sentía una mierda en todos los sentidos; con los constantes mareos y las náuseas que no hacían más que enfermarlo. Posiblemente, tenía una conmoción cerebral, seguramente por la sangre que había estado perdiendo y que llegó a saborear su sabor metálico al lamer sus labios resecos.

Detestaba estar en esta situación, estando tan vulnerable.

Por si fuera poco, el tic-tac de un reloj era lo único que alcanzaba a escuchar aparte del molesto zumbido. Por lo demás, estaba completamente en silencio, dándole a entender que estaba solo; o puede que el que lo tenga cautivo se encuentre en aquel lugar, observándolo.

De alguna forma pensaba en cómo había terminado en esa absurda situación.

Se reiría de sí mismo por su único y gran error, dándose cuenta demasiado tarde.


El sonar de una llamada, le dio los buenos días.

Entre gruñidos, se estiró para tratar de alcanzar su celular sobre la mesita de noche.

—¿Qué mierda quieres?— preguntó en voz ronca luego del ligero sueño que tuvo hace como 3 horas. No se molestó en mirar de quién se trataba, no estaba de humor.

[—Siempre tan alegre por la mañana—] un gruñido y un ‘jódete’ fueron la causa de una pequeña risa resonara del otro lado de la línea, antes de que se volviera más serio. [—Encontraron otro cuerpo—] soltó sin más.

Aquella información provocó que todo sueño que se supone debería tener, se marchara.

—Envíame la dirección, llegaré tan rápido como pueda— pidió, recibiendo un ‘ok’ antes de colgar.

Obligándose a levantarse de aquella suave cama que lo invitaba a seguir durmiendo, se estiró notando que llevaba puesto la misma ropa de la noche anterior.

No era su culpa, estaba tan cansado después del trabajo, que una vez que llegó a su departamento, fue directamente a su cama; durmiendo de inmediato.

Se despojó de sus ropas, para ir a darse una ducha. El agua fría cayendo sobre su cabeza lo haría despertarse aún más.

Él sabía que nuevamente sucedería un asesinato, como cada mes.

Estaba molesto de que el caso no avanzaba, no había ninguna pista sobre quién será el asesino y que el cuerpo de otro chico apareciera.

Frustrado, pasa sus dedos sobre su cabello rubio cenizo, alisando sus puntas con el agua.

Odiaba tener que ver las caras destrozadas de aquellos padres que pasaban la noche en vela, intentando averiguar el paradero de su hijo, solo para enterarse al día siguiente que había sido asesinado.

Suficiente de estar bajo el agua, giró ambos grifos, antes de salir.

Tomando la única toalla disponible, comenzó a secar su cuerpo, dirigiéndose al espejo sobre el lavamanos.

Observando las ligeras ojeras bajo sus ojos rojizos. Se alegraba de que no fueran tan notorias esta vez, no quería que se dieran cuenta de que se sentía agotado.

A veces se preguntaba dónde había quedado aquel joven un tanto entusiasta, algo altanero —siendo más hoy en día, si lo sacaban de sus casillas— que en varias ocasiones presumía lo que sería al ser un adulto, diciendo que era el mejor de todos.

A sus treinta, se sentía algo viejo, aunque dándose cuenta de que solo había madurado.

Llegando a medir 1.85. Conservando la mayoría de su figura, ganando algo de músculo.

Sonrió burlesco, ante tal idiota observación. Claro que ya no iba a ser un estúpido adolescente con el pasar de los años.

Soltando un fuerte suspiro, apartó la mirada para enfocarse en lo que tendría que hacer ese día.


Buscando una de sus chaquetas en el armario, eligiendo la negra. Se la colocó.

No se veía tan mal, con aquella camisa blanca, aquellos jeans casi descoloridos y sus zapatos de media bota negros. Seguía siendo atractivo.

Saliendo de su habitación —dejando la puerta abierta como de costumbre— se dirigió a la mesa junto a la entrada. Tomando sus llaves del auto, su arma, además de su cartera donde se encuentra su identificación y placa de detective de homicidios, abrió la puerta del departamento y cerró la puerta con llave.

Por suerte para él no se topó con ninguno de sus vecinos molestos —en especial uno— mientras bajaba las escaleras del viejo edificio.

Una vez afuera, cruzó al otro lado de la calle donde se encontraba su Mercedes-Benz CLE coupé gris, estacionado.

El desayunar estaba sobrevalorado, no quería sentir náuseas al ver el cuerpo de la víctima.

No tenía ningún tipo de problemas en mirar cadáveres —unos más asquerosos que otros— pero era distinto el de alguien joven, prácticamente un niño.

Encendió el vehículo, viendo por última vez la dirección que le había enviado su compañero, antes de guardar su celular.


Nunca faltaba ver aquella gente curiosa cerca de la escena del crimen —en caso de que este cerca de las calles— intentando apreciar algo de esta, ya sea por curiosidad o simplemente morbo.

Una vez que baja del auto se dirige hacia la multitud, abriéndose paso hasta llegar a la cinta policial.

Inmediatamente, saca su cartera abriéndola, mostrando al policía en esa área su identificación.

Katsuki Bakugo, leyó el oficial rápidamente antes de sostener la cinta para que pasara.

El rubio se agachó para pasar y luego enderezarse, caminando hasta donde alcanzó a ver aquel inconfundible pelo rojo a lo lejos.

Eijiro Kirishima no solo era su compañero, sino un gran amigo desde la secundaria.

Casi de la misma complexión, sin embargo, era ligeramente más alto que Katsuki por 5 centímetros —a causa de su cabello peinado hacia arriba.

—¿Café?— ofreció el pelirrojo alzando el vaso que hace un momento estaba sobre sus labios, antes de ver a su amigo a pocos pasos. Recibiendo una negativa al instante.

—¿Quién es esta vez?— cuestionó con neutralidad deteniéndose a un costado de su compañero.

Solo alcanzaba a ver ligeramente una de las manos extendidas a un costado de un gran contenedor de basura, incluyendo a la médico forense, quien estaba en cuclillas haciendo su deber.

—Hakaru Shizuki— contó Kirishima tendiéndole una bolsa de evidencia, mostrándole una identificación, la cual había estado sosteniendo.

Al tomarlo, el rubio frunció el ceño al observar que se trataba de un estudiante de preparatoria, incluyendo que era un cake. Impreso a un costado de su edad.

—Efectivamente, se trata de nuestro asesino— afirmó la mujer.

Mina Ashido, no solo era hermosa y llamativa por el peculiar cabello rosa, ondulado, cayendo hasta mitad de su espalda. Era una de las mejores en lo que respecta a su trabajo, aunque se mostraba enojada cada que tenía casos similares. Algo que compartía con Katsuki.

Dejando salir un suspiro mientras sus hombros caían, añadió: —Contusión en la cabeza, corte en el cuello, marcas de ataduras en las muñecas y tobillos, sin olvidar el cabello un poco mojado. Seguramente no tendrá signos de violación como los otros— apretó fuertemente su mandíbula evitando que salga algún insulto, tenía que ser profesional.

En cada resultado, salía negativo en abuso sexual, a pesar de que los cuerpos se hallaban completamente desnudos. Dándoles a entender que no estaba en aquella persona el tocarlos.

—¿Algún testigo esta vez?— indagó el rubio devolviéndole la bolsa al pelirrojo.

—Ninguno, solo el trabajador que encontró el cuerpo hace una hora— informó Kirishima indicándole a su compañero a un costado de él.

Con un rápido vistazo, se podía ver al individuo totalmente en shock, pálido y temblando, siendo cuidado por dos policías.

—Entonces, busquen alguna pista, si es que la hay. Ashido— la nombro llamando su atención. —Cuando tengas los resultados de la autopsia, házmelo saber.

—Entendido.

—Bien— transmitió entregándole de vuelta la identificación a Kirishima, antes de dar media vuelta y regresar por donde vino. Comenzaba no solo a sentirse enfermo, también furioso.

—Katsubro, ¿puedo ir contigo?— solicitó al alcanzarlo.

—¿Y tu auto?

—Se lo presté a alguien— confesó en voz baja. —Vine en taxi.

El rubio no le preguntaría al respecto, no quería saber con quién se acostó esta vez, y le prestará su auto.

—Haz lo que quieras— accedió apresurando el paso, sabiendo que su amigo podría abrazarlo en agradecimiento. No le gustaba ese tipo de afecto.

—Oye, espérame.


El pelirrojo le dio un sorbo a su café, después de minutos en que el silencio había iniciado desde que el vehículo estaba en marcha.

Kirishima, desvío cuidadosamente la mirada para observar a su compañero. El cuerpo tenso, el ceño fruncido, la mandíbula endurecida, las manos tornándose casi blancas por apretar fuertemente el volante. Era claro que estaba enojado—. No te apegues tanto otra vez, si el capitán Aizawa te ve haciéndolo, te sacará del caso.

El pelirrojo sabía que no era sencillo para Katsuki desde que comenzó hace seis meses este caso, agregando el hecho de ser un cake. No era un secreto, pero tampoco es algo que muy a menudo salga en una conversación. Claramente estaba afectándole.

Una risa sin humor escapó de los labios del rubio.

—¿Y qué esperas que haga? ¿Qué me vea feliz cada maldito mes, esperando ver el cuerpo de otro chico?

Katsuki era consciente de que debe de ser profesional y dejar a un lado sus emociones, en cambio, ha sido difícil con cada asesinato que se presenta—. Solo quiero encontrar a ese maldito bastardo y hacer que se pudra por el resto de su vida en la cárcel.

—También quiero lo mismo, pero es complicado encontrar pistas que nos lleven a esa persona, sabe cubrir muy bien sus huellas— expresó con sinceridad por más que fuera dolorosa.

—¿Los padres ya lo saben?— indagó cambiando el tema, por aquel que más temía abordar.

—Lamentablemente, no.

Un suspiro escapó de la boca del rubio.

Sería un día muy largo.


Decir las mismas palabras una vez que se presentan mostrando sus identificaciones, ver como la expresión de los padres cambia en tan solo segundos quedando totalmente devastados. Prometiendo algo que Katsuki ya no está muy seguro de cumplir cada vez que lo menciona.

Al irse solo queda aquel extraño vacío, de que ni siquiera esté haciendo bien su trabajo.

Su única compañía en ese desayuno-almuerzo, era una taza de café tibio; bebía al mismo tiempo que revisaba nuevamente archivos del caso que lleva.

Ahora son 6 víctimas durante esos 6 meses desde que fue asignado al caso.

Todos jóvenes estudiantes, asesinados de la misma manera y siendo cakes.

El rubio tenía dos teorías: la primera era que aquella persona sentía odio hacia ellos —sea cual sea la razón—, la segunda y la más nefasta de todas es que se trataba de un fork. Uno muy retorcido y enfermo en su opinión.

El sonido del teléfono sobre su escritorio, lo invitó a dejar por un momento su trabajo para atender.

—¿Qué ocurre?

[—Habías mencionado que te llamara cuando tuviera los resultados—] le recordó la pelirrosa del otro lado de la línea, sonando cansada. [—Solo tengo algunos, los demás los tendré más tarde. La muerte fue alrededor de las 8-9 de la noche. Efectivamente, no había signos de violación, de alguna sustancia en su sistema, ni siquiera rastros de algo bajo sus uñas. Solo de aquel maldito shampoo con aromas frutales en su cabello.]

Katsuki alzó su mano para apretar ligeramente el puente de la nariz, cerrando ambos ojos en el proceso.

Encontrar la marca de shampoo que utilizaba en cada víctima fue lo sencillo, lo complicado vino cuando había muchas tiendas que lo vendían, no solo en la ciudad, sino también en los alrededores. Otro camino sin salida.

—Lo tengo, gracias por tu esfuerzo.

[—Día complicado, ¿eh?]

—No mejor que el tuyo— compartió colocando su cabeza contra el respaldo, abriendo sus ojos para observar aquel techo blanco.

[—¿Crees que algún día lo atraparás?—] podría sentir aquella pequeña esperanza, la cual se aferraba en que todo terminara en algún momento. No estaba de más en que el rubio sintiera lo mismo, no obstante, era más realista. Sin estar seguro de prometerlo.

Vacilando, respondió: —Quizás.

El silencio se prolongó unos segundos antes de que Mina se disculpara por tener que seguir haciendo su complicado trabajo, lo mismo pasaría con Katsuki, quien no lo diría.

Colgando el teléfono, regresaría a analizar los archivos.


El trabajo siempre era difícil si pertenecías a la policía.

Por suerte esta vez el rubio logró salir a una hora más adecuada, antes de las 10 de la noche.

Prepararía la cena, una larga ducha y descansar tanto como pueda —en caso de que lo llamen en la madrugada.

—¡Hola Kacchan!

Katsuki reprimió un gruñido, aunque eso no aplico a su ceño fruncido.

A quien siempre quiere evitar, se encontraba esperándolo en su propio departamento —a un costado del que le pertenece al rubio.

Izuku Midoriya, era un residente desde hace poco más de 8 meses. Midiendo casi 2 metros con 1. 90. Con una alegre y perfecta sonrisa haciendo resaltar sus hoyuelos, además de las pequeñas pecas que adornaban sus pómulos.

Sus ojos verdosos que brillaban con emoción, incluyendo su cabello rizado y del mismo color.

Fácilmente, su atractivo, como su fornido cuerpo, llamaba la atención de cualquiera, igualmente al ser servicial ayudando a los demás. Repostero. Todos se enamoran de él al conocerlo, exceptuando a Katsuki.

Ignorándolo, el rubio subió el último escalón, dirigiéndose a su propio departamento—. Es una linda noche, ¿no crees?— sin esperar respuesta siguió. —Volví a hacerte un pastel, solo para ti— reveló con entusiasmo, parándose frente a Katsuki, ofreciéndole una caja con una cinta roja adornándola.

De mala manera, el rubio tomó la caja, retrocedió unos pasos para tirarla por el conducto de basura.

La resplandeciente sonrisa del peliverde se volvió en una muy ligera—. Eso es muy cruel de tu parte, Kacchan— ya ha perdido la cuenta de cuántos pasteles han ido a parar de la misma forma.

—Me importa un carajo— aclaró retomando su camino —evadiendo a Izuku— para apresurarse a abrir la puerta. No estaba de humor para soportarlo.

Desde que se mudó, el primer día vino a tocar a su puerta —en su día libre— presentándose con una risueña sonrisa y ofreciéndole galletas que él mismo preparó.

Katsuki solo tomó el recipiente que le daba, le dio la bienvenida en un tono monótono antes de cerrar.

No paso mucho antes de que fuera a tirarlas a la basura. Odiaba lo dulce.

Por si fuera poco, supo su nombre —preguntándole a una vecina— y dándole un lindo apodo. Mezclando su nombre con el honorífico de chan.

El rubio alegó que no eran muy cercanos como para que lo llamara de esa manera. Poco le importo al peliverde, llamándolo con ese curioso apodo cada que lo veía.

—Entonces te veré…— Katsuki ya había abierto y de inmediato cerró detrás de él. —… Luego— agregó, aunque ya se encontrara solo.

Izuku negó soltando un suspiro, antes de que su bella sonrisa apareciera. Él mismo sabe que el rubio era alguien difícil de complacer, pero estaba dispuesto a ser más cercano a él, ya que no le intimidaba su actitud agresiva o que fuera un detective. Era de su agrado.

Encogiéndose de hombros, regresó nuevamente a su departamento. Era hora de dormir.


Katsuki, sin detenerse, encendió el interruptor. Por un momento se detuvo para mirar aquel que era su hogar, uno que lo acogía y le daba la bienvenida cada que estaba agotado.

Se despojó de su chaqueta, colgándola en el perchero de pared, a un lado de la mesa. Colocando sus cosas sobre la superficie de madera, caminó hacia la cocina.

Era una media cocina, pero no se quejaba, estaba bien para alguien que vive solo.

Salteó algunas verduras y frío algo de carne.

Teniendo su plato listo, se dirigió a la mesa chica de comedor en medio de la cocina y la sala de estar.

Ahora podría relajarse degustando del platillo que preparó, sin embargo, el sonido de una llamada lo interrumpió.

Dejando salir un suspiro, sacó el aparato del bolsillo del pantalón. Como detective, tenía el deber de atender. No obstante, al ver que se trataba de su amigo, hizo un gesto de descontento antes de responder.

—¿Qué quieres? Estaba por cenar

[—En verdad lo siento, pero necesito que me aconsejes en algo. ¿Crees que sería raro si invitara a alguien después de… ya sabes?]

—¿Follarlo? ¿Se trata de ese doctor?

Sabía de la orientación de Kirishima, solo que es algo que no le molesta realmente. Estaba bien, siempre y cuando no hiciera alguna estupidez.

El pelirrojo vaciló antes de responder algo apenado al ser descubierto: [—Sí.]

—¿He de suponer que él es a quien le prestaste tu auto?— aseguró moviendo ligeramente su cubierto.

[—Sí. Ya sabes que ayer en la noche me corriste porque te molestaba mi presencia mientras estábamos trabajando. Fui a un bar a tomar unos tragos y lo encontré ahí. Deberías de haberlo visto; sus ojos de diferente color me miraban tan…]

—Alto ahí, antes de que comiences a excitarte mientras estás hablando conmigo.

Una sonora risa resonó al otro lado de la línea.

El rubio sabía un poco de la historia de ellos dos al conocerse —ya que realmente no estaba prestando atención— notando solamente a su amigo emocionado contando lo sucedido.

Kirishima tuvo el incidente de presenciar el asalto a una tienda de conveniencia, mientras se encontraba dentro. Una cosa llevó a la otra, y el pelirrojo le rompió la nariz al asaltante. Sin tener opción, lo esposo para llevarlo al hospital antes de ir a dejarlo a la estación para que lo ficharan.

Ahí quedó flechado al ver al doctor; Shoto Todoroki. Con esa linda piel blanca, el peculiar cabello rojo —en el izquierdo— y blanco —derecho. Sus ojos de un lindo color marrón grisáceo —derecho— y turquesa —izquierdo. Le gusto que fuera más bajo que él —casi llegando a su hombro— de esa forma encajaría perfectamente en sus brazos.

[—Está bien—] concedió al calmarse. [—¿Entonces qué es lo que piensas?]

—Si hay química entre ustedes… a la mierda. Ve con todo. No necesitas mis consejos.

[—Siempre me gusta tu forma de pensar Katsubro. Por eso ya me encuentro frente al hospital—] confesó con emoción.

De parte de Katsuki, salió una pequeña risa.

—Eres un imbécil— expresó al dibujarse una ligera sonrisa en sus labios.

Algunas veces su amigo era tan odioso y en otras le agradaba. Una relación extraña de amistad.

[—Sé que me quieres. Oh, tengo que colgar, lo acabo de ver.]

—Bien, ya no me llames nunca si no es por trabajo— colgó rápidamente antes de que fuera a recibir una respuesta. No obstante, en el fondo sabía que siempre le llamaría por cualquier cosa por más mínima que sea.

Negando con diversión, dejó el celular sobre la mesa, antes de empezar a cenar.


La fortuna estaba de su lado esta vez para el rubio, no había recibido ninguna llamada por la madrugada, dejando que duerma adecuadamente esta vez.

Saliendo de la cama, comenzaría su rutina nuevamente. El trabajo lo mantenía distraído como serio, al dejar que su vista se mantuviera fija sobre la pizarra en donde estaban colocadas las fotos de las víctimas de su caso.

Se encontraba en la sala que ocupaban cuando los casos eran extendidos y necesitaban más espacio. De pie —apoyándose ligeramente contra la mesa— pensaba nuevamente que había algo que no estaba viendo a fondo.

Los jóvenes no estaban relacionados entre sí, al pertenecer a distintas escuelas. Vivían alejados unos con otros. Lo único que tenían en común era la edad y que eran cakes. Nada tenía sentido. Estaba convencido de que debe de haber algo que los uniera, la pregunta era ¿Qué era ese algo?

—Buenos días, Katsubro— una radiante sonrisa fue la acompañante del pelirrojo al entrar. Su contestación solo fue un gruñido observando únicamente al frente. Después de tomar asiento y dejar pasar unos segundos, preguntó. —¿No me preguntarás que pasó anoche?

—No me interesa— quería estar concentrado en lo que hacía antes de escuchar suspiros de enamorado.

Por más emocionado que Kirishima se encontrara, desistió al ver lo serio que estaba su compañero.

—Lo estás haciendo de nuevo.

—¿Qué cosa?

—Te estás apegando.

Aquella declaración provocó que Katsuki desviara la mirada para verlo. Estaba confundido ante sus palabras.

El pelirrojo no tenía intención de que sonara como un ataque, pero tenía que decirlo. No quiere que vuelva a aferrarse con el caso de una víctima.

—No lo hago— negó apretando sus manos en puños. Claro que estaría a la defensiva, no quería que le recordará lo sucedido hace 2 años. Seguía siendo un tema complicado.

—Claro que lo haces. Si esto escala a más, lo siento amigo, pero tendré que decírselo al capitán.

A pesar de que sonaba como una amenaza, en verdad estaba preocupado por su amigo.

Ambos se miraban fijamente, sin apartar la mirada uno del otro. El rubio apretó fuertemente el interior de su mejilla entre sus dientes, hasta sentir el sabor metálico sobre su lengua. Estaba conteniéndose para no decir algo de lo que se pueda arrepentir después. No podía arruinar su amistad de años con tan solo unas palabras.

—Oigan chicos— la voz de Mina —esperando en el umbral— causo que ellos voltearan a verla. —¿Qué hacen aquí? Hoy es cumpleaños de Asami, es momento de dejar el trabajo a un lado por unos minutos.

—¡Genial, pastel!— con alegría el pelirrojo se levantó de inmediato para ir hasta la pelirrosa, solo se detuvo para mirar a su amigo. —¿Vienes Katsubro?

—No, vayan ustedes— comunicó regresando la mirada a la pizarra.

Kirishima le indicó a Mina que se fuera, escuchando que se marchó al poco tiempo, compartió: —Siento lo que dije.

—No tienes por qué disculparte, comprendo tu preocupación. Yo también haría lo mismo— pronunció sin dirigirle la mirada. En verdad lo entendía, eran amigos después de todo. —Ahora vete y disfruta de aquella asquerosa rebanada de pastel.

—Ok— expresó con una pequeña sonrisa.

Nuevamente, se había quedado solo, algo que le beneficiaba realmente. Podría estar metido dentro de sus pensamientos, lo cual le llevó a tener una idea un tanto extraña, además de recordar algo muy común. Los cakes amaban las cosas dulces —excepto él, casi repudiándolas.

Dejando que esa loca idea tomara sentido, se giró para tomar los archivos, abriendo los 6.

No parecía alguien muy cuerdo al preguntarle a los padres de las víctimas —por medio de una llamada— aquella afición por lo dulce.

Sentía que ahora podría haber una conexión entre ellos, muy probablemente una pista que lo guíe hasta el asesino.

Por otra parte, esta hipótesis se derrumbaba cada que escuchaba a los padres, quienes no estaba muy seguros o no sabían qué responder. Aunque con la madre de la última víctima, parecía pensarlo detenidamente.

[—Creo recordar que había una repostería, que al parecer le gusto mucho—] afirmó en voz apagada y muy cansada. [—Yo le pedí que me diera el nombre para ir a comprarle un pastel y dárselo en su cumpleaños—] rompió en llanto al ser tan doloroso.

Justo aquel día tan especial, había sido en el que desapareció el chico. Algo imposible de superar—. [Lo siento detective, esto es…]

—No debe disculparse, entiendo su sentir— expuso siendo comprensible con la mujer que estaba en duelo por la reciente perdida de su hijo.

[—En cuanto al pastel, al parecer todavía lo tengo. Déjeme revisar.]

Katsuki esperaba mientras acariciaba su mejilla izquierda —donde se había mordido anteriormente— pensando que había sido lo mejor, aunque jodidamente doloroso—. [¿Detective?]

—La escucho— ni siquiera se había dado cuenta de que se quedó absorto en sus pensamientos.

[—La caja tiene impreso el nombre de Sweet cake.]

De pronto el rubio recordó que ya había oído ese nombre antes, por el contrario, no podía recordar de dónde.

—Gracias señora Shizuki, Ha sido de gran ayuda.

[—Lo que sea para que usted encuentre al asesino de mi hijo—.] Concedió, rompiéndose un poco su voz.

—Así será— aseguró con una ligera punzada en su pecho. De alguna manera imaginaba que les estaba mintiendo a los padres cada que prometía hacerle justicia a sus hijos. Esto no lo sentiría de esta forma, si ya tuvieran una pista que los acercara al criminal.

Tal vez el pelirrojo tenía razón, estaba apegándose otra vez.


Fue fácil hallar la repostería y conducir hasta ella. No era muy grande, llamando la atención por su letrero con el nombre del establecimiento en color rosa.

Desde afuera se podía ver dos mesas colocadas estratégicamente frente a ambos ventanales, prácticamente invitando a la gente a sentarse dentro y degustar de un delicioso postre.

Katsuki estaba visiblemente disgustado. En sus planes nunca estuvo el entrar a un lugar rodeado de cosas extremadamente dulces y empalagosas.

Se obligó a sí mismo a ingresar —una vez que salió del auto— tenía un deber que cumplir.

Al abrir la puerta, el primero en darle la bienvenida fue el sonido de una campana. Observando que no había nadie, únicamente estaba él a la vista.

Al adentrarse, no había dado muchos pasos cuando escucho una voz familiar: —¡En un momento iré!

El rubio no podría tener tan mala suerte hoy, como para llegar a encontrarse con Izuku. Era una jodida broma.

Obligándose a calmarse —porque no era el momento— se dirigió hasta el mostrador esperando a que saliera el peliverde—. Lamento la tardanza— menciona saliendo de una habitación contigua a la cocina. Su sonrisa era alegre hasta que se volvió radiante al ver a Katsuki. Incluso sus ojos esmeraldas brillaban con más intensidad. —Es bueno verte por aquí Kacchan, ¿qué es lo que…?

—Solo vengo por trabajo— lo interrumpió estando irritado por tener que hablarle.

La sonrisa de Izuku decayó ligeramente, estaba un poco triste por aquella respuesta tan fría. El rubio notó su cambio de expresión, al contrario, poco le importaba.

—Entiendo. ¿Qué necesitas de mí?

—¿Conoces a alguno de estos chicos?— indagó sacando su celular y colocándolo sobre el mostrador. Mostrando la foto de una de las víctimas.

El peliverde apoyó sus brazos cruzados sobre la superficie, inclinándose ligeramente al frente.

Su sonrisa había desaparecido por completo, suplantándolo con una pequeña mueca y fruncía ligeramente las cejas, pareciendo que estaba intentando recordar.

—Me parece que no.

—¿Qué tal este?— deslizó con su dedo la siguiente imagen.

El mismo procedimiento de unos segundos antes de negar. —Tampoco.

Siguió con las demás fotografías, hasta recibir las mismas negativas. Llegando a la sexta y última. Parecía pensarlo por más tiempo—. Creo que a él si recuerdo haberlo visto— señaló. —Me parece que vino como dos veces. No estoy muy seguro.

—¿Pensé que recordabas a todos tus clientes?— cuestionó tomando su celular de regreso.

—Solo lo hago con los que son más recurrentes— contestando y alzando la mirada para cruzarla con aquellos ojos rubís. Ahora siendo su color favorito. —¿Puedo preguntarte algo?

—No— replicó tajante.

—¿Por qué me preguntas sobre si vi a los chicos? ¿Acaso ellos…?

—¿Esa cámara funciona?— apuntó hacia esta, en una esquina del establecimiento. Prefería cambiar de tema antes que hablar del caso con un civil.

—Sí, la tengo por seguridad.

—¿Tú?— le parecía gracioso que dijera algo como eso, cuando claramente es más grande que él. Notándose en sus brazos y hombros anchos. Además, podría intimidar a alguien con su estatura, si no fuera por su sonrisa.

—Es difícil defenderse si te están apuntando con un arma— sostuvo.

Por más que pareciera irónico, esta vez el rubio estaba de acuerdo.

—¿Cuánto tiempo conservas las grabaciones antes de eliminarlas?

—Diez días máximo.

Eso era perfecto para Katsuki, posiblemente Shizuki aparezca.

—¿Podría revisarlas?

—¿Y la orden?— Izuku notó claramente la mandíbula apretada del rubio, por lo que soltó una pequeña risa. —Es broma. Por ser tú, te dejaré observar las grabaciones. Ven— indicó alejándose y caminando hacia aquella habitación donde había salido hace unos momentos.

Para nada esa maldita broma fue graciosa para Katsuki, ahora bien, al menos agradecía que obtuviera su colaboración.

Pasando a un costado del mostrador, lo siguió.

Antes de llegar, alcanzó a notar que se trataba de una oficina. Muy acogedora a la vista, sin nada más que un escritorio, una silla —donde el peliverde se encuentra sentado—, la laptop que estaba utilizando y un calendario, junto a un reloj colgado en la pared—. Aquí las tienes— ofreció al levantarse, cediéndole el asiento.

Sin vacilar, el rubio se acercó a pasos largos, hasta sentarse.

La pantalla le mostraba varios archivos con diferentes fechas. Haciendo fácil la búsqueda.

—Apártate— advirtió al sentir la cercanía de Izuku a su costado.

Para no incomodarlo, el peliverde se alejó rápidamente. Apoyó su espalda contra la pared, cruzándose de brazos. Observando únicamente a Katsuki.

No negaba que el rubio tuviera cierto atractivo, claramente llamando su total atención. En especial aquella delgada cintura —que tuvo el placer de ver cuando lo vio usando una camiseta ajustada— que lo tentaba a colocar sus manos sobre ella. Y no se diga de sus pectorales—. Por cierto, el nombre que elegiste es nefasto.

El peliverde salió de sus pensamientos para intentar seguir el hilo de la conversación. —¿Disculpa?

—El del establecimiento— añadió sin verlo, ocupándose únicamente en revisar el vídeo que era relevante.

—Oh, ya entiendo. En realidad en un principio no sabía qué nombre le daría. Entonces me dije a mí mismo que soy repostero, horneando más pasteles; además de que en nuestra sociedad existen los cakes, sin olvidar los forks. Basado en ello, comencé a pensar en una forma de mezclarlos. A todos les gusta lo dulce, por eso lo de sweet y cake viene de…

—¿Siempre tiendes a hablar mucho?— interrumpió luego de que estaba hablando más rápido. —Es molesto— se quejó viéndolo por un instante antes de volver a enfocarse en la grabación que veía. Era una lástima que no hubiera audio, eso sería más útil.

—En verdad lo lamento— bajó sus brazos para colocar la mano tras su nuca, completamente avergonzado. —Es una mala costumbre desde niño.

Antes de que fuera a agregar algo más, sonó nuevamente la campana. Significando que había llegado algún cliente—. ¿Me disculpas? Acaba de llegar alguien y tengo que ir a atenderlo.

Sin palabras, Katsuki le indicó con un gesto de la mano para que se fuera.

Agradeciéndole, Izuku bajó su mano antes de retirarse.

Desde donde estaba, el rubio alcanzaba a escuchar la irritable alegría en la voz del peliverde. Olvidándose de ello, siguió prestando atención a la pantalla.

Había adelantado algunos minutos de la grabación, de otra manera, siendo cuidadoso para observar cuándo apareciera la víctima. Al poco tiempo logró verlo entrar en el establecimiento.

Eran alrededor de las 3 de la tarde.

El chico parecía nervioso y evitaba ver directamente a Izuku, aunque no necesariamente por miedo. Katsuki intuía que se trataba de cierta atracción que existe entre los cakes y los forks, solo que no sabía que el peliverde lo era, nunca sintió nada más que enojo cada que lo molestaba prácticamente.

Desechando aquella tonta idea, volvió a lo que hacía.

Izuku había colocado una caja en el mostrador antes de ir hacia uno de los aparadores, recorriendo la pequeña puerta y sacar de este una charola con rebanadas de pastel, volviendo nuevamente al mostrador. Con unas pinzas que sacó de abajo, comenzó a colocar 2 rebanadas dentro de la caja. Posteriormente, la cerró empujándola ligeramente a su cliente.

Había pasado 5 minutos en los que parecía que hablaban de algo —al parecer el peliverde volvía a hacer su vieja costumbre—, después el muchacho le entregó el dinero y con una tímida sonrisa salió.

No había nada en particular o extraño, lo cual inquietaba de alguna manera al rubio—. Siento la tardanza— se disculpó regresando con una pequeña sonrisa dibujada en sus labios.

—Muéstrame tu identificación— ordenó tendiéndole la mano.

Izuku se mostraba un tanto confundido y aquella sonrisa se volvió una mueca. Aun así sacó su billetera del bolsillo de su pantalón. Sacando lo que le pidió, se lo entregó.

Al tenerla en su mano, Katsuki la sostuvo para verificar que efectivamente era un fork. Estaba disgustado y molesto de alguna forma, como si hubiera descubierto una mentira.

Alzando la mirada para observar a los ojos al peliverde, pronunció: —Si eres un fork ¿Por qué estás trabajando en esto?

Un pequeño destello se reflejó demasiado rápido por los ojos de Izuku, pero el rubio creía haberlo imaginado. La expresión del peliverde comenzó a relajarse antes de sonreír levemente.

—Sé lo que deberías estar pensando. Y respondiéndote, amo hornear. Aunque me dirás que los fork no pueden degustar el sabor de las cosas, al menos que provengan directamente de un cake.

Un ligero escalofrío recorrió la columna de Katsuki. Nada que ver con relación al tono de voz que utilizó el peliverde, ya que sonaba tranquilo y no estaba alterado. En realidad se debía a que ha visto y escuchado casos relacionados con forks, no muchos siendo agradables para cualquiera.

Es consciente de la fuerte obsesión que tienen hacia los cakes, una vez que prueban algo de ellos, se vuelven prácticamente adictos—. Todo es cierto, solo que no me rendí. Confieso que si me frustre en un principio, sin embargo, con mucho esfuerzo y algo de ayuda de mis padres, logre hacer buenos postres sin necesidad de probarlos.

El rubio lo observó por un largo tiempo, intentando buscar en su actitud, en su lenguaje corporal o sus expresiones; dándole alguna pista de que está ocultando algo. No había nada que se lo demostrara.

—Bien, admito mi error en haberte preguntado e incomodado— por más que lo odiara, debía disculparse.

—No te preocupes, en serio. No eres la primera persona que lo hace. Así que asunto olvidado.

Katsuki asintió en acuerdo, aunque fue un auto-reflejo.

—Tengo que irme— anunció al levantarse. Por un instante desvío la mirada antes de volver a regresarla a los ojos de Izuku. —… Gracias por tu cooperación— reveló en tono plano.

—De nada— mencionó acompañado nuevamente por su radiante sonrisa y el inconfundible brillo en los ojos. —Siempre haré cualquier cosa por ti.

—Claro— contestó algo dudoso y ligeramente incómodo. Entregó rápidamente la identificación a su legítimo dueño.

Sin despedirse, el rubio salió de la oficina.

—Nos vemos pronto Kacchan.

Sucediendo otra vez —esta vez más fuerte— un escalofrío recorrió la espalda de Katsuki. Inmediatamente, se detuvo, volteando a ver al peliverde; viéndose exactamente como hace un momento. Confundido por su extraña acción, el rubio negó antes de voltearse y seguir su camino.

Había sido algo completamente raro.


Katsuki no había dejado de recordar lo que había sucedido, incluso después de conducir hacia la estación.

—Esto es estúpido— se dijo a sí mismo al intentar olvidar, pensando en cualquier otra cosa. Fue inútil.

Incluso durante su trabajo, se mostraba completamente absorto al tener fija su mirada en los archivos —sin leerlos realmente.

—Bakugo.

Como si se tratara de un sueño, el rubio despertó y enfocó su mirada hacia arriba, encontrándose con su capitán. Quien lo miraba molesto.

Shouta Aizawa de mediana edad. Cabello azabache acompañado de algunas canas, desordenado y caía sobre sus hombros. Mostrándose serio en varias ocasiones, siendo difícil ver una sonrisa sobre sus labios. Ojos negros, casi inexpresivos—. Hace tiempo que he estado hablándote y tú pareces distraído. ¿Qué es lo que sucede?

—Nada— responde automáticamente.

Aizawa no le creía y suponía que volvió a hacer lo mismo de hace 2 años. Esperaba estar equivocado.

—Ve a casa— demanda.

—Pero…

—Es una orden— sentenció con firmeza al irse con dirección a su oficina.

—Jodida mierda— se quejó inclinando su cabeza, frotando su frente con la mano. No podría tener un peor día.


Katsuki estaba furioso consigo mismo. Condujo hacia su departamento apretando con fuerza el volante. Quería golpear algo, lo que fuera.

Sus pasos fuertes resonaron por las escaleras, hasta que se detuvo a tres escalones antes de llegar a su piso.

Izuku se encontraba sentado frente a su propio departamento, con una caja de pastel a su lado. Al notar al rubio, se levantó.

Katsuki quería evitarlo, no tenía tiempo ni humor para soportarlo. Se apresuró a subir los últimos escalones, dirigiéndose a su departamento. Sin embargo, el peliverde se detuvo frente a él, obstruyendo su camino nuevamente.

—Lamento hacer esto otra vez, además de que pareces de mal humor. Pero quería entregarte este pastel— aclaró ofreciéndoselo.

El rubio lo tomó, aunque el fuerte agarre del contrario lo detuvo antes de tener claras intenciones de ir a arrojarlo a la basura—. Por favor Kacchan, este no lo tires, al menos no frente a mí— expresó con tristeza. —Acéptalo, y esta será la última vez que te molesto con esto.

—¿Por qué?

—Me di cuenta muy tarde de que mis esfuerzos por intentar agradarte, han sido en vano. He de suponer que nunca cambiaras tu actitud fría hacia mí, y está bien— sus ojos cristalinos daban a entender que estaban reteniendo sus lágrimas.

Algo sumamente patético ante Katsuki, no obstante, de alguna forma logró su cometido, ablandando un poco su rudeza.

—Está bien, me quedó con él.

Los ojos esmeraldas brillaron esta vez de alegría, junto con una gran sonrisa.

—Gracias Kacchan, lo aprecio mucho— manifestó soltando la caja.

—Lo que sea. Ahora apártate de mi camino— demandó viéndolo con molestia. Quería estar pronto dentro de su espacio tranquilo y rodeado de silencio.

—Oh, claro. Lo siento— rápidamente se hizo a un lado, dejándolo pasar.

Sin más interrupciones, el rubio continuó hasta llegar a la puerta, abriéndola con sus llaves. Lo primero que hizo fue dirigirse hacia la cocina, en donde tenía intenciones de tirar la caja. Por alguna razón, decidió —por esta vez— colocarlo sobre el mostrador. Podría tirarlo en algún otro momento.

Dejando caer sus hombros y suspirando, Katsuki fue a colocar sus cosas en sus respectivos lugares para después ir a darse una larga ducha como de costumbre.

No dejaba de pensar en el caso. Seguía sin tener muchas pistas y eso le molestaba. El maldito asesino era muy meticuloso.

Ya siendo momento de salir —porque el agua ya se sentía fría—, se secó y vistió con aquella ropa que había llevado con antelación. Esta vez vestía una camiseta negra holgada, junto con unos pantalones de chándal.

El rubio caminó descalzo hasta salir del baño, secando su cabello con una toalla. Al poner un pie dentro de su habitación, sintió una inquietud. No estaba seguro de que era, pero había algo extraño a su alrededor. Pasando la mirada por el sitio, no notó nada fuera de lugar.

La cama seguía hecha —como la dejó esta mañana—, la lámpara de noche sobre la mesita. Su armario y buró sin ningún cambio.

Tenía la necesidad de cerciorarse que todo estaba bien, revisando más detenidamente. Por el contrario, su celular sonó en el exterior. Esta vez lo había dejado por error junto a su arma.

Chasqueando la lengua, Katsuki salió de la habitación a largos pasos para ir a recuperar su celular.

En la pantalla observó que se trataba de su compañero. Sin pensarlo dos veces, contesta.

[—Katsubro ¿Qué sucedió?, vine a tu escritorio para hablar contigo y me dijeron que el capitán te envió a casa—] se escuchaba confundido y ligeramente preocupado. Tenía que estar seguro de que su amigo se encontraba en perfecto estado.

—Ni yo mismo lo sé— confesó dejando salir un suspiro. —Aunque tampoco es que importe mucho— se dio media vuelta para ir con dirección a su cocina, dejando la toalla sobre el mostrador y a un costado de la caja, antes de ir a sentarse.

[—¿Te encuentras bien?]

—Claro que estoy bien, idiota.

[—No me refiero a físicamente.]

El rubio dudó por un instante, esta vez no entendía a lo que se estaba refiriendo—. [Katsubro, siento decirte esto, pero si está sucediendo lo mismo de hace 2 años, te suplicó que vayas con un terapeuta.]

A Kirishima le sería difícil volver a ver a su amigo, matándose literalmente de sueño y de hambre. Siendo hostil todo el tiempo. Volviendo a ver los documentos de un caso una y otra vez, intentando buscar pistas inexistentes. Creando locas ideas de lo que pasó —muy alejado de lo sucedido.

Katsuki apretó fuertemente su mano en puño —aquella que había estado descansando en su muslo desde un principio. Él estaba seguro de que está manteniendo el control para no volver a lo de antes, solo no soportaba la idea de contarle a un completo extraño lo que le sucedía, imaginando que no lo comprendería. No necesitaba que lo psico-analicen. Era completamente innecesario—. [Solo piénsalo, ¿sí?]

—Tal vez te escuche.

[—Katsu…]

—Tengo que irme, te llamó luego— declaró terminando de inmediato con la llamada. Colocó el aparato sobre la superficie antes de llevar ambas manos hacia arriba para cubrir su rostro y suspirar fuertemente entre dientes.

La situación de él se está volviendo más complicada de lo que puede manejar. No solo están pendientes a lo que está haciendo, esperando que lo detengan esta vez a tiempo, también está sintiéndose presionado para encontrar algo que lo lleve hasta el asesino.

Cansado mentalmente, decidió ir a dormir sin cenar. Sin estar seguro de que la comida se deslice por su garganta.

El rubio bajo las manos previamente al levantarse, primero dirigiéndose al mostrador para tomar la toalla. Solo la había tocado ligeramente con los dedos antes de detenerse. Su atención se enfocó en la caja, sobre aquella simple palabra escrita con un bolígrafo: Ábreme.

Era un tanto espeluznante, pero haciendo caso omiso ante aquella inquietud que comenzaba a surgir en Katsuki, se dispuso a abrirla.

Lentamente y con precaución, sostuvo los extremos de la cinta que la adornaba en un lindo moño, tirando de ellos.

Su respiración estaba siendo contenida mientras tomaba la tapa para abrirla.

Su sangre se heló en segundos y el corazón latía con rapidez. Lo que había dentro lo dejo sin palabras. Un delicioso pastel se mostraba, sin embargo, las letras hechas con lo que parecía sangre estaban escritas las siguientes palabras: Ya son 6 dulces cakes.

Una risueña risa sonó a un costado del rubio. —Por fin viste lo que hay dentro, Kacchan.

Todas las alarmas sonaron en la cabeza de Katsuki, solo basto el girar su cabeza para mirarlo. Gran error. Izuku portaba un bate, el cual golpeó con un movimiento cerca de la sien del rubio.

Había pasado todo tan rápido, que Katsuki no reacciono a tiempo, cayendo al suelo mientras sangre comenzaba a salir de la herida provocada—. En verdad me alegro de que lo hicieras, o nada hubiera cambiado— expuso al colocar el bate de madera apoyado contra el frente del mostrador.

Con tranquilidad, cerró la caja e hizo nuevamente el moño.

De los labios del rubio salió una queja. El dolor comenzaba a ser insoportable y su visión estaba distorsionándose. Todo parecía girar a su alrededor—. También supuse que no estarías inconsciente de inmediato. Así que traje algo especialmente para ti.

Del bolsillo de su pantalón, sacó una pequeña jeringa. Caminó a pasos seguros hasta acuclillarse frente a Katsuki. Quitó la tapa e introdujo la aguja sobre el costado de su cuello. Lentamente, presiono hacia abajo el líquido. Terminando, sacó la aguja y le colocó la tapa.

Por un segundo alzó su mano libre para acariciar con el guante negro el bello cabello rubio ceniza. Observando la lentitud en que los párpados de Katsuki estaban cerrándose.

Estando seguro de que ya estaba profundamente dormido, se levantó y guardo la jeringa nuevamente en su lugar. Se acercó al mostrador nuevamente y tomó el bate, junto a la caja.

El peliverde se dirigió a la puerta —no sin antes ver a través de la mirilla—, la abrió para cerciorarse que el pasillo estaba completamente vacío. Salió tranquilamente para entrar en su departamento y dejar las cosas, tomando por último una bolsa para cadáveres y regresar con el rubio, cerrando ambas puertas al pasar.

Colocó el saco cerca del cuerpo de Katsuki, abriéndolo con el cierre.

Izuku sostuvo al rubio con mucho cuidado para colocarlo dentro—. Solo será por unos minutos, lo prometo— agregó cerrando la bolsa.

Con facilidad lo levantó para colocarlo sobre su hombro, antes de dirigirse a la salida y volver a cerrar.

Bajando por las escaleras, se detuvo al escuchar un par de voces, esperó por unos largos segundos antes de que una puerta fuera cerrada y nuevamente el silencio reinara. Retomó su andar, hasta bajar por completo.

Caminó hasta dirigirse a la puerta trasera del edificio —a unos metros de las escaleras— la cual daba a un amplio callejón.

Sin perder el tiempo salió hasta ir a su camión —aquel que utilizaba para ir a repartir algunos pedidos de la repostería. Abrió ambas puertas para subir con cuidado el saco, solo se subió para acomodarlo en medio del vehículo antes de salirse. Dio un último vistazo dentro, con antelación al cerrar.

—Buenas noches, Izuku.

El cuerpo del peliverde se tensó al creer que había sido descubierto, pero al ver a un costado, notó a una residente del edificio intentando cargar unas bolsas de basura, sin llegar a verlo. Eso causo que se relajara.

—Buenas noches, señora Igarashi— contestó, dejando que su tono alegre tomara el control. —Déjeme ayudarla— se apresuró para acercarse y tomar ambas bolsas.

Cerca del camión, se encontraba un contenedor de basura, en donde arrojó las bolsas.

—Muchas gracias Izuku— agradeció la mujer. —Ya estoy muy vieja para cargar más peso del que puedo.

—De nada— se giró para mirarla con una gran sonrisa. —Debería pedirle a alguien que la ayude, o se lastimara de nuevo la espalda.

—Así lo haré— prometió imitándolo. —¿Estás repartiendo tan tarde?— señaló al camión.

—Oh, no. En realidad olvidé algo en casa y las llaves estaban más cerca que las de mi coche. Por eso también llevó mis guantes— aclaró alzando las manos a los costados de su cabeza. —Estaba decorando un pastel cuando recordé que necesitaba algo. Por lo que tendré que tirarlos para no contaminar el postre.

—Entiendo— reconoció soltando una pequeña risita. —Entonces nos vemos luego, Izuku— alzó su mano para despedirse con un gesto.

—Igualmente, señora Igarashi— haciendo lo mismo por un buen tiempo, hasta que la mujer volvió dentro. Su mano se detuvo y su sonrisa desapareció. Incluso el brillo en sus ojos se apagó, volviendo su mirada oscura.

El peliverde bajó ambas manos, dirigiéndose a la puerta del conductor para abrirla. No le tomó nada el encender el vehículo, ya que las llaves estaban colocadas en el encendido.

No tenía nada de prisa, era una noche hermosa —más que cualquier otra— por una simple razón. Tenía aquel que había estado anhelando desde la primera vez que lo vio. Con su dulce aroma a pastel de naranja, inundando por completo sus sentidos. Deseaba tenerlo, de una forma u otra. Hoy era aquel día.


Pasos tranquilos resonaron sobre las escaleras, hasta detenerse frente a una puerta. Izuku con su mano libre logró sacar un juego de llaves que le servían de ayuda para abrir las 3 cerraduras. Algo drástico, pero muy útil en caso de que ocurra un incidente, como que Katsuki se escape. Lo cual nunca sucedería.

Abriendo, encendió la luz a un costado del umbral —por fuera. Se adentró hasta detenerse frente a la pared que da directamente hacia la puerta. Bajó con cuidado el cuerpo al suelo. Observó por unos segundos esperando si había un movimiento dentro de la bolsa, lo cual no sucedió.

Tarareando una vieja canción que su madre adoraba, bajó el cierre, contemplando lo apacible que se veía el rubio aún durmiendo. Bajando y subiendo su pecho con una respiración relajada. Muy diferente a cuando está despierto. Otra cosa favorita para agregar a su lista de “enamoramiento”.

Los ojos verdosos se apartaron del apacible rostro para enfocarse en donde la sangre estaba saliendo todavía. Lamiéndose los labios un poco resecos, su garganta se sentía algo seca. La tentación estaba frente a él, era imposible resistirse.

El peliverde se inclinó, apoyando sus manos a los costados de su propio cuerpo. Se detuvo a escasos centímetros antes de que sus labios llegaran a tocar la suave piel de Katsuki. Pasó saliva creyendo que podría babear cual perro al esperar su comida.

Su boca fue abriéndose, dándole paso a su lengua, la cual lamió superficialmente la sangre. Un gemido ronco sonó a través de su garganta. Era exquisitamente dulce, envolviendo su sabor en sus papilas gustativas.

Un sonrojo tiño sus mejillas mientras abría los ojos —que ni el mismo había notado que cerró— estos brillaban con excitación y lujuria. En su vida había probado algo tan exquisito. Ahora bien, se obligó a apartarse, no era tiempo para actuar de esta manera. Por el momento.

Izuku se levantó para ir a traer lo necesario; una soga y una venda.

Sacando al rubio, ató sus manos a la espalda. Lo acomodó para que quedara apoyada su espalda contra la pared. Por último —y no menos importante— cubrió sus ojos con la venda, haciendo el nudo tras su cabeza.

Una mueca de descontento surcó los labios del peliverde. Se negaba a dejarlo solo, además quería divertirse con él, por otra parte, tenía una cuartada que seguir. Inclinándose dejó un beso en la comisura de los labios de Katsuki—. Es una lástima que tenga que irme, solo se paciente, vendré en cuanto pueda.

Dándole una caricia en la mejilla con su nariz, se apresuró para salir de ahí. Su autocontrol estaba por explotar. Quizás mañana podría cumplir su retorcido cometido.


El pelirrojo se encontraba preocupado por su amigo. No solo por lo sucedido la noche anterior, también incluía el que al querer pedirle disculpas —1 hora después de que hablaron— este no atendía. Imaginó que estaba enojado con él. Aunque sintió que algo no estaba bien. El rubio respondía, a pesar de estar furioso.

Estúpidamente, dejó de insistir ya muy entrada la madrugada y decidió ir a dormir.

La inquietud le prohibía descansar. Constantemente revisaba su celular para verificar si había algún mensaje por parte de su compañero. Jamás llegaron.

Sintiendo incertidumbre —en la mañana— se dirigió al edificio donde vivía Katsuki. No era ajeno a este lugar, ya que en varias ocasiones venía a visitarlo.

Kirishima subió los escalones de dos en dos hasta llegar al segundo piso. Habitación 4. Tocó con sus nudillos una vez que se detuvo frente a la puerta. Los segundos pasaron y nadie atendía. En el segundo intento hubo el mismo resultado.

Comenzaba a alterarse. Todo estaba completamente en silencio ahí dentro. Insistiendo tres veces más, la puerta contigua fue abierta.

—¿Qué sucede? ¿Por qué tantos golpes a la puerta?— cuestionó el peliverde en voz somnolienta mientras parecía luchar por quedarse despierto. Abrió los ojos para ver al pelirrojo. —Hola Eijiro, ¿qué haces aquí tan temprano?— le regalo una leve sonrisa antes de bostezar.

—Perdona si lo que te voy a preguntar te suena extraño, pero ¿Sabes si Katsubro se encuentra dentro?— señalo hacia el departamento.

—No sabría decirte. Estuve horneando pasteles en mi local hasta muy noche. Solo si tuve que regresar para traer mi celular. Algo tonto, lo sé. Incluso por la prisa traje mis guantes— dejo escapar una risa, pareciéndole graciosa su propia torpeza.

El pelirrojo solo logró sonreír un poco, tal vez en otro momento se hubiera reído con él.

—Aun así, gracias— expresó sacando su celular para intentar llamarlo nuevamente.

—De nada, pero ¿Por qué…?

El tono de llamada interrumpió, el sonido provenía de adentro, sonando hasta que Kirishima escuchó el buzón de voz junto a su oído. Definitivamente algo estaba mal.

Impulsado por su instinto, el pelirrojo tomo el pomo, sorprendiéndose de que girara. Reaccionando, desenfundó su arma que se encontraba en la funda de su cadera. Empujo lentamente la puerta y apunto al frente antes de entrar.

Lo primero que notó fue el pequeño charco de sangre en el suelo —a un lado de la mesa. Su estómago se contrajo y muchos pensamientos le daban a entender lo peor. Obligándose a ser profesional, se dirigió a la habitación e incluso al baño, sin encontrar algo.

Se dirigió a la sala hallándola vacía. Sin tener motivos para portar el arma en las manos, volvió a guardarla. Enfocándose ahora en el comedor.

—¡Oh por dios! ¡¿Eso es sangre?!

Si Izuku no hubiera hablado, el pelirrojo no recordaría que estuvo conversando con él hace unos minutos. Al voltear a verlo, observó su sorpresa con sus ojos demasiado abiertos y cubriendo su boca, inclusive alcanzaba a notar que temblaba.

—Te pido que no entres más— incluso su voz sonó ligeramente temblorosa.

Un asentimiento recibió antes de que el peliverde retrocediera torpemente.

La mente de Kirishima era un total lío, en cambio, hubo un pensamiento que destacaba entre los demás. Debía llamar por ayuda. Al parecer había una nueva víctima.


Izuku respondía cortésmente a las preguntas que un oficial le estaba haciendo. Se encontraba abrazándose a sí mismo, viéndose ligeramente conmocionado. Relató lo sucedido, tartamudeando en algunas ocasiones o mostrando que sus manos temblaban al alzar una y cubrí su boca.

Policías iban y venían dentro del departamento de Katsuki, tomando evidencias.

El peliverde desvió rápidamente la mirada —cuando el oficial anotaba algo en su bloc—, contempló a una mujer pelirrosa hablar con el pelirrojo. Este parecía que estaba a punto de un colapso. Parecía muy afectado por lo que acababa de ver.

Negaba en repetidas ocasiones y alzaba sus manos para pasarlas sobre su rostro. Eso significaba algo bueno para Izuku. Regresando la mirada, pidió: —¿P-puedo regresar a mi departamento? Yo en verdad quiero beber una taza de té para relajarme.

El oficial alzó la mirada viéndolo con comprensión. —Claro que puede hacerlo, señor Midoriya, gracias por su cooperación. Si necesitamos preguntarle algo más, nos comunicaremos con usted.

—Por supuesto. Entonces me voy.

Solo debía caminar unos cuantos pasos para llegar a su departamento. Con la mirada baja y a pasos lentos, abrió cerrando detrás de él. El peliverde esta vez fue a pasos largos hasta llegar a su habitación antes de lanzarse sobre esta, cubriendo su rostro contra una almohada. Empezó a reír desenfrenadamente, mientras el sonido era amortiguado.

Al terminar de reírse, levantó el rostro —dejando el mentón apoyado sobre la almohada— asomándose una sonrisa. Todo estaba yendo de maravilla. Tenía una cuartada muy sólida y un testigo que lo vio —aunque casi pudo haber sido descubierto. Las cámaras de su establecimiento habían registrado cada uno de sus movimientos, incluso cuando salía con sus guantes puestos y después de varios minutos regresaba portando los mismos y llamando a su madre.

El mismo sabía que ella llamaría, es por eso que intencionalmente había ignorado sus llamadas, durante el trayecto le explicó que había dejado su celular en casa y que lamentaba no ir a la cena por cuestiones de trabajo.

Ahora solo le quedaba ser paciente durante todo el día, fingiendo estar decaído por lo que vivió. Otro beneficio para él. Luego podría ir con el rubio y simplemente divertirse.


Katsuki por fin había escuchado algo resonando por el lugar, terminando con aquel sepulcral silencio. Oyó varios sonidos, entre ellos el de cerraduras siendo abiertas y luego una pesada puerta. Inclusive un interruptor—. Es bueno ver que ya estás despierto.

Lo único que el rubio sentía en ese momento era un gran odio, olvidando por completo el dolor en su cuerpo.

—¡¿A qué mierda estás jugando?! ¡Libérame de inmediato o yo…!

—¿Qué es lo que harás?— preguntó burlón antes de cerrar detrás de él. Caminó tranquilamente hasta detenerse frente a él. —¿Golpearme hasta matarme?

—¡Tú…!

Los tobillos de Katsuki fueron rápidamente tomados y jalados, se quejó cuando la parte de atrás de su cabeza golpeó contra el suelo.

—Ups, lo siento Kacchan, creo que esta vez si fui muy rudo contigo— fingió arrepentimiento mientras su sonrisa seguía en sus labios. Cómodamente, se posicionó a horcajadas sobre su abdomen para inmovilizarlo y evitar que lo pateara.

Izuku colocó una de sus manos a un costado de la cabeza del rubio. Con la otra, apartó la venda. Molestando los ojos de Katsuki al instante por la luz—. ¿Qué tal dormiste anoche?— indagó teniendo ahora ambas manos en el suelo.

—Muérete— espetó entre dientes, aun intentando acostumbrar su vista.

—No seas grosero Kacchan, en verdad estoy preocupado por ti.

Una risa sarcástica resonó en el rubio. —De ninguna manera te preocupas por mí— aseguró abriendo los ojos por completo, mostrando odio puro. —Si se supone que tú eres el asesino que he estado buscando, ¿por qué no acabas con esto de una vez y me matas?

El peliverde no se inmutó, solo veía fijamente a esos hermosos ojos carmesí. —No sé por qué piensas eso, jamás te mataría. Tú eres muy especial para mí— confesó inclinándose ligeramente a centímetros del rostro del rubio. —Adelante, pregunta todo lo que quieras, responderé con la verdad.

Katsuki dudaba, se decía sí mismo que no podría confiar en él, un asesino. No obstante, era más probable escuchar su parte de la historia y sus motivos de este mismo.

Odiándose por tener que hacer lo correcto —dejando a un lado su situación—, decidió hablar: —¿Por qué matarlos? ¿Cuál era tu razón para hacerlo?

—Eran presa fácil. Tú lo viste, notaste cómo me miraban —al menos uno. Además, de que es por trabajo. Me reflejaba en ellos. Yo fui igual; evitando ver directamente a los ojos a alguien, estar nervioso —incluso me sonrojaba—, pareciendo… débil— contó reflejando en sus ojos frialdad.

—Entonces te odiabas a ti mismo— afirmó con seguridad.

—Claro que sí, aún sigo detestando al joven e iluso Izuku de 16 años. Totalmente patético. Pero eso fue antes de que supiera que era un fork.

—¿Es por eso que eliges estudiantes?— su respuesta fue afirmativa, el peliverde asintió. —¿Por qué elegiste a Jun Saitome como tu primera víctima? Era más robusto que los demás.

—Desconozco de quién hablas— habló en tono neutro antes de cambiar a una expresión desinteresada. —Pero, él no fue el primero.

Para el rubio todo comenzó a volverse confuso. ¿Cómo era posible que no recordara al primer joven que asesinó? ¿Quién realmente era su primera víctima?

Como si supiera lo que estaba a punto de preguntar, Izuku replicó: —Se llamaba Ryū Nahara, alguien que fue compañero mío en preparatoria. Un completo imbécil. Siempre intimidándome junto a sus amigos. Prácticamente vivía un infierno. Insultos de cualquier tipo, humillaciones en cualquier lugar —no importaba si habría alguien observando o simplemente a solas. Llegando a ser golpeado en varias ocasiones.

Su vista parecía lejana, reviviendo cada uno de aquellos recuerdos—. Lo gracioso es que cuando mi sentido del olfato fue más desarrollado, ¿sabes lo qué noté primero?… su aroma a pastel. Muy parecido al tuyo, pero era de limón. Actúe indiferente, fingía no saber nada. Nadie tenía conocimiento de que yo era un fork, excepto que la atracción era inevitable. Se apegaba más a mí, hablándome como si jamás me hubiera hecho nada. Me pregunté si estaba bien olvidar todo y fingir que nada pasó.

De su boca salió una risa sardónica antes de negar—. ¿Cómo iba a poder olvidarlo?, me hizo daño y yo tenía que devolverle el favor. No había imaginado que una roca de casi 5 kg dentro de un bolso fuera a romperle casi todo el cráneo. Estábamos en un lugar en construcción, sin nadie alrededor. Fácilmente, podría ser un accidente o algo parecido, pero su sangre llenando mis fosas nasales fue tan tentador. No logré resistirme, lamí la herida, el sabor tan dulce danzando en mi lengua después de meses de no distinguir los sabores. Aun así no fue suficiente. Comencé a morderlo, quería seguir probando y probando hasta que la sangre perdió su calor, volviéndose fría. Me desagrado el sabor que tuvo después.

—¿Qué hiciste con su cuerpo?— cuestionó. Se sentía enfermo al escucharlo, furioso de haber presenciado un brillo divertido pasar sobre aquellos ojos verdosos.

—Se lo di de comer a los perros— contestó sin inmutarse. —Un vecino tenía dos perros que yo cuidaba en ese entonces. En varias ocasiones vi como se devoraban la carne cruda que les era dada. Una vez su dueño me advirtió que tuviera cuidado de no tener nada con aroma a sangre o ellos me atacarían. Lo cual no sucedió cuando fui por ellos. Yo mismo los había adiestrado. Los llevé hasta el cuerpo, una sola orden y comenzaron a destrozarlo. Ropa siendo rasgada, huesos quebrándose cual ramas, y los incesantes gruñidos. Todo un espectáculo que admirar.

—Maldito enfermo. ¿Cómo puedes estar disfrutando de esto?— bramó retorciéndose debajo de Izuku, estaba asqueado.

El peliverde se encontraba confundido ante aquella reacción, hasta que decide mirar en medio de ellos, viendo el bulto entre sus pantalones. Causándole gracia.

—No te hagas una idea equivocada Kacchan, jamás me pondría duro de solo pensar en eso, en realidad es a causa tuya— aclaró regresando la mirada. —Tu aroma me está tentando, estoy encima de ti. Claramente, me iba a excitar en cualquier momento. Solo era cuestión de tiempo y muy oportuno. De esta manera haremos otra cosa, ya me estaba aburriendo de contar viejos recuerdos, pasemos a lo divertido.

Tranquilamente, se levantó y apartó lo suficiente antes de quedar de rodillas.

Katsuki lo observó intentando comprender lo que estaba por hacer, puesto que lo dedujo de inmediato al ver aquellos ojos verdosos brillar con lujuria.

—¡Ni siquiera te atrevas!— amenazó alzando su pierna izquierda para darle una patada, siendo detenida por el agarre en el tobillo antes de que llegara a tocarlo.

—Muy bien detective, dedujiste tan rápido lo que estoy por hacerte. Eres increíble— lo alabó burlonamente. Sin darle el tiempo suficiente para que intentara golpearlo con el otro pie, Izuku rápidamente lo soltó —del único agarre que había tenido anteriormente— para después colocar ambas manos entre los muslos del rubio, abriendo sus piernas y colocándose entre ellas.

Era un fuerte agarre que le dificultaba demasiado a Katsuki intentar mover sus piernas para tratar de cerrarlas. Estaba siendo frustrante el ser inmovilizado en tan poco tiempo.

Con una sonrisa ladina, el peliverde se inclinó para que su peso evitará que se moviera demasiado. De inmediato lo soltó, colocando su antebrazo izquierdo sobre el suelo como apoyo, mientras que su otra mano iba directamente hacia la espalda baja del rubio—. Claramente, se nota en tus ojos que quieres matarme.

—¡Claro que lo haría si tú no hubieras…!— se interrumpió a sí mismo cuando su pantalón y ropa interior, fueron jalados hasta quedar expuesto su trasero. —¡Maldito Midoriya! ¡No te atrevas a tocarme, bastardo!

—Muy tarde para eso, ¿no crees?— expuso apartando su mano para llevarla a su boca y lamer dos de sus dedos. Posteriormente, los llevó en medio de ellos —pasando bajo el chándal—, recorrió sus dedos sobre el perineo causando un ligero espasmo al cuerpo de Katsuki. —Es mejor que te relajes, o de lo contrario, podría lastimarte— sugirió rozando ya la entrada.

—Jódete— rugió entre dientes, mirando con rabia a Izuku. No iba a mostrarse débil o doblegarse solo porque se le apetece.

—Ok.

El peliverde introdujo el primer dedo causando un leve dolor en el interior al rubio. A Izuku le encantaba como su dedo era apretado entre aquellas paredes, de solo imaginar como lo haría en su pene, este se contrajo. Sabiendo que disfrutaría más adelante, pasó su lengua sobre sus labios. Estaba impaciente, pero tenía que esperar. Mientras tanto, intentaría aflojar su entrada lo más que pueda.


Katsuki se negaba a apartar la mirada o incluso que un sonido —que no fuera insultos— salieran de su boca.

Las náuseas habían regresado, incluso el asco al tener tres dedos dentro de él. Lo peor era que el peliverde se tomaba el tiempo moviéndolos lentamente de afuera hacia adentro.

Ya no le importaba lo que le haría, solo quería que terminara y lo dejara en paz.

Como si sus pensamientos fueran leídos, aquellos dedos que habían estado dentro, fueron retirados. Lo siguiente que escuchó fue un cierre siendo bajado. Esta vez se negó a verlo. Entre menos supiera, mejor. Desvío ligeramente su mirada.

El cuerpo del rubio se tensó al sentir la cabeza de la erección de Izuku abriéndose paso entre su estrecha entrada. Un ligero golpe sobre su hombro le dio a entender que el peliverde había colocado su frente en este; algo que lo alegraba. De esta forma no tendrían que cruzar miradas durante aquel atroz acto—. Se siente tan increíble estar dentro de ti— lo elogió metiéndose más adentro. Experimentando el placer lentamente.

Estando completamente dentro, Izuku dio algunas cortas exhalaciones, esto con el fin de controlarse y no arremeter contra Katsuki. Por más que estuviera tentado a hacerlo.

Por su parte, el rubio intentaba ignorar cualquier tipo de sensación repulsiva, aunque nada de esto fue de tanta ayuda cuando el peliverde comenzó a moverse. Rápidamente, Katsuki atrapó su labio inferior para morderlo, evitando que cualquier sonido fuera emitido. Era tanta la fuerza que ejerció en sus dientes que el mismo probó su propia sangre.

Únicamente Izuku se permitía dejar salir sus jadeos y roncos gemidos, mientras decía lo bien que se sentía.

En un deliberado momento, el peliverde se centró en moverse en cierta posición, provocando en el rubio un ligero gruñido.

Escuchándolo, el peliverde se llenó de alegría llegando a reír ligeramente—. Lo encontré— se levantó sin apartarse, apoyándose en la fuerza de sus rodillas. —La verdadera diversión acaba de empezar— anunció alzando una de sus manos antes de pasar los dedos a través de su rizado cabello.

Sin escrúpulo, levantó la camiseta de Katsuki hasta dejar a la vista su torso descubierto. Admirando su piel blanca, su abdomen marcado, y sus favoritos; los pectorales. Todo una delicia para su ardiente mirada. Tomó la pierna derecha del rubio —apartándose ligeramente hacia atrás— la movió cerca de la otra, tirando de aquellas molestas prendas, para tener más libertad sobre su cuerpo.

Regresando ambas piernas a los costados de su cadera, sostuvo la de Katsuki fuertemente. Retiró su miembro hasta el glande y de una estocada volvió introducirse, golpeando la próstata del rubio. Ahora un gemido fue ahogado por este mismo—. Deberías dejar salir tu voz. Sé que lo estás disfrutando tanto como yo.

Una negativa fue su respuesta, algo de lo que a Izuku le pareció gracioso—. Lo estás negando, sin embargo, tu cuerpo me dice otra cosa. Por ejemplo, tu pene está semiduro y en poco tiempo comenzará a salir pre-semen, ¿a pesar de eso lo seguirás negando?

Sin esperar alguna contestación, comenzó a moverse de afuera hacia adentro con embestidas salvajes, sin dejar de golpear aquel punto placentero en Katsuki.

De tanto recibirlo, el rubio poco a poco fue liberando su labio de entre sus dientes, dejando escapar aquellos gemidos que tanto había estado reteniendo. Culpaba a su cuerpo por dejarse llevar por la atracción que existía entre los cakes y los forks, cuando debería de sentir repulsión, no placer.

Se sorprendió a sí mismo cuando ya no pudo soportarlo, corriéndose sobre su abdomen.

El peliverde satisfecho por lo que había causado, soltó por un momento una de sus manos para pasarla sobre el semen —aún caliente—, teniendo una ligera cantidad sobre sus dedos, los llevó hacia su boca para lamerlos—. Tan dulce. Es delicioso— declaró con gozo al teñirse nuevamente sus mejillas de rojo.

Ahora que había sentido como su miembro fue apretado por segunda vez después de que Katsuki terminó, deseaba también hacerlo. Solo bastaron unos cuantos movimientos antes de terminar dentro.

Izuku cerró sus ojos mientras sentía un buen orgasmo. Ya había dormido con algunas personas antes, pero nada se podría comparar con el de este momento. Se dejó caer contra el rubio, mientras esperaba a que terminara de eyacular dentro—. Eres totalmente mío Kacchan. Nunca pienso soltarte, incluso hasta que mueras. Me perteneces— declaró entre su respiración agitada.

Un fuerte escalofrío recorrió el cuerpo del rubio al escuchar aquellas tétricas palabras. La obsesión que el peliverde sentía por él, era demasiada. Ahora Katsuki pensaba que habría sido mejor que lo matara como a las demás víctimas, no quiere verse gimiendo y rogando por más. Sería aberrante.


Izuku seguiría siendo el mismo de siempre, alegre y muy carismático para aparentar apariencias. Nadie podía sospechar de él, aun cuando sus víctimas aumentaban una vez al mes. Siendo testigo el rubio en varias ocasiones, pidiéndole que los dejara, siendo en vano. El peliverde no podía detenerse, había clientes que compraban sus deliciosos pasteles. Aquellos que contenían sangre de la víctima en la mezcla. De alguna forma tenían que disfrutar de algo delicioso en su lengua.

El peliverde no siente remordimiento por lo que hace, por otro lado, se entristece cuando el rubio llora —por la rabia que siente al no poder hacer algo para ayudar a los pobres chicos. Izuku solo se acerca a él, sin llegar a tocarlo y pasar su lengua sobre las mejillas de Katsuki —donde las lágrimas dejaban su rastro. Le decía en voz melodiosa que todo estaría bien, además de que le daría un premio cuando regresara luego de abandonar el cuerpo.

Día tras día el rubio podría sentirse miserable, en cambio, el peliverde podría estar alegre, por tener al cake que tanto quiso desde la primera vez que lo vio.

Nadie podría arrebatárselo, siquiera encontrarlo. Era suyo para siempre.