Prefacio
No sabes lo que es el dolor. El dolor es lo que mueve este mundo. El dolor de la muerte, el dolor que provoca una herida, el dolor de una afrenta contra el honor… Siempre dolor, y más dolor. Y yo me regocijo en ese dolor.
—El Amo de la Batalla
Hay pocas cosas que gusten más a las adolescentes que los romances, la moda, los chismes y los vampiros.
Hoy empieza una historia que mezcla lo primero y lo último.
Nuestra protagonista, Morgana García Haznul, había decidido, por primera vez en mucho tiempo, ir a una discoteca con sus amigas. Con 28 años, las responsabilidades de la vida adulta ya le habían quitado casi todo su tiempo libre. Pero decidió, por primera vez en años, dejarse llevar, desmelenarse, lanzarse a la piscina, o como fuera que lo digan los chavales de hoy en día.
—¡Bebe, bebe, bebe, bebe!
Morgana río cuando vio a Martín, el novio de Julia, su mejor amiga, beber como si no hubiera un mañana.
—Va a morirse a este paso.
Julia negó con la cabeza.
—Aún no has visto nada. ¡Cariño, muestrales lo que puedes hacer!
El hombre alzó su pulgar y siguió bebiendo. Ambas mujeres rieron y pidieron al camarero otra ronda.
—¡Son las 23:00, y todos sabéis lo que eso significa!— la voz del disc-jockey sonó por los altavoces de la discoteca, la cual estaba llena de gente —¡Significa que quedan nueve horas de música a todo volumen!
Los gritos de la gente hicieron parecer que la música apenas tenía volumen.
Doce horas más tarde
Morgana abrió los ojos y gruñó de dolor. Se sentía como si hubiera recibido una paliza, la resaca no ayudaba en absoluto.
La mujer enfocó su vista, dándose cuenta de que no estaba en su cama, pues el techo era de un blanco casi radiactivo. Y olía a desinfectante y otros productos químicos. Se agarró la cabeza, pues tuvo una fuerte punzada de dolor. Cuando pasó noto que tenía una vía intravenosa en el brazo.
—¡Doctor está despierta!
Tardó en darse cuenta de que las palabras venían de un enfermero, pues de forma muy rápida un hombre le iluminó los ojos con una linterna.
—Deja de administrarle el sedante. La policía querrá hablar con ella.
—Sí señor.
Morgana intentó preguntar qué había ocurrido, pero solo le salieron unos balbuceos.
—Tranquila, en unas horas el efecto habrá desaparecido.
Morgana respiró con profundidad y cerró los ojos. Haciendo un repaso mental de lo que sabía.
Se había ido de fiesta, se había despertado en el hospital y la policía quería hablar con ella.
Gruño antes de caer en las garras del sueño, el sedante aún recorría sus venas.
Tres horas más tarde
Cuando volvió a abrir los ojos, Morgana se encontró cara a cara con un policía. Este, al verla despertar, sacó una pequeña libreta.
—Perdone que la moleste, pero tengo que hacerle preguntas sobre lo sucedido la pasada noche.
—¿La fiesta se salió de control?
El hombre negó con la cabeza.
—Veo que no lo recuerda. Tiene sentido si lo que dicen los médicos es cierto.— el hombre suspiró y susurro un “maldita sea” —Esta madrugada, entre las 03:35 y las 03:40, el local, la Discoteca Blanca, explotó. Los forenses están seguros de que se posicionó un explosivo de gran potencia bajo la pista de baile.
Morgana lo miró, notando que su propio cuerpo había empezado a temblar.
—¿Cuántos muertos?
—No creo que…
—¿Cuántos muertos?
—Solo cinco han salido con vida. Usted es la única que no está en coma.
Cualquier persona en su situación hubiera llorado, hubiera gritado, hubiera insultado a los cielos. Pero Morgana solo se repito mentalmente a sí misma, un mantra que llevaba años usando.
“El miedo, el odio, el dolor, ciegan. El amor, la amistad, el deseo, ciegan. Solo cuando dominas tus emociones puedes ver.”
Ella no recordaba de donde lo había sacado, pero le reconfortaba recitarlo.
—La dejaré sola, si recuerda alguna cosa no dude en ponerse en contacto con la policía. Encontraremos a los culpables.
Morgana asintió de forma ausente.