Prólogo
–¿Ahora que hicimos?– mi hermano tomó un gran pastel de la mesa de banquetes y lo devoró en un parpadeo.
–¿De verdad lo preguntas?– mi hermano, al que le encantaba demostrar sus riquezas habló con fastidio.
–Tal vez nos mandó llamar por tu culpa– mi hermana le regaló una sonrisa condescendiente–. Debe preguntarse por qué se está acabando el alimento en el reino.
–No digas estupideces– rodó los ojos con fastidio mi cuarto hermano.
–Tal vez sea por él– señala mi quinta hermana al último de mis hermanos, sus movimientos son lentos y controlados–. Mira como roba el reloj de oro.
Todos nos enfocamos en él.
Con un rápido movimiento, le quitó el reloj al hermano con mayor riqueza.
–Maldito– soltó un gruñido el afectado.
–Venga, hermano– se burló–. Comparte un poco con nosotros.
–¿Por qué nadie lo culpa a él?– sentí la atención de todos sobre mí cuando mi hermana, que había juzgado a mi primer hermano, me señaló con su manicura perfecta.
Estuve a punto de responder, la voz de nuestro creador habló con firmeza.
–Todos ustedes tienen una parte de culpa– todos nos pusimos de rodillas al escucharlo, bajamos las cabezas y mostramos respeto–. Arriba, engendros.
Los siete los alineamos en una línea, sin levantar la cabeza todavía.
–Soberbia, avaricia, lujuria, ira, gula, envidia y pereza– nos encogimos a medida que nos nombraba–. Fueron creados para mantener el equilibrio en la tierra, pero me han decepcionado enormemente este último año– nos encogimos aún más–. Ira, tu descontrol ha desatado guerras incontenibles– miré de reojo a mi hermano–. Gula, tu ineptitud causó una gran hambruna jamás registrada en la historia de la humanidad– fue señalando nuestros errores uno por uno, hasta que llegó mi turno–. Lujuria, no solo has descuidado tus deberes en la tierra, sino que has estado fornicando SIN parar con todos los íncubos y súcubos del reino.
Tenía razón, había tenido múltiples fiestas que disfrazaban las orgías que se llevaban a cabo en mi castillo.
–Lo sentimos, creador– soltamos al mismo tiempo los siete.
–No quiero sus disculpas patéticas– las paredes del palacio central temblaron–. Necesitan una lección… Eficiente.
–Acataremos el castigo– murmuramos.
–Que así sea.
Uno por uno, fue dictando el castigo: soberbia debía aprender la humildad; avaricia debía conocer la generosidad; la ira debía aprender a ser paciente; la gula debía dejar de comer y eso solo lo aprendería con templanza; envidia debía hacer caridad; pereza tendría que ser diligente y yo, bueno, tendría que aprender sobre castidad.
Las paredes comenzaron a difuminarse a nuestro alrededor. Los siete nos vimos con temor antes de perdernos de vista por completo.
En lugar de las ostentosas edificaciones de mi hogar, apareció frente a mí una edificación antigua de torres altas y aspecto… Religioso.
Un jodido convento.
–¿Te perdiste?
Jodida. Mierda.