Pequeño rosa

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Summary

Sombra siempre pensó que comer se hacía por necesidad, no por placer. Nicholas le enseñó lo contrario. Sombra siempre pensó que su madre no se amaba ni a ella misma. Hasta que floreció la única rosa blanca en su jardín muerto. Vio por primera vez una sonrisa en su fantasmal rostro. Sombra siempre pensó que Rosa, su machete, era rojo. Hasta que lo lavó. Sombra siempre pensó que sería sombra, hasta que conoció a su pequeño rosa. Sombra siempre pensó que no sabría que era querer algo, hasta que su pequeño rosa le sonrió. Sombra siempre pensó que no sabría que era el deseo, hasta que su pequeño rosa le mostró el centro rosado escondido dentro de sus suaves pétalos. Sombra ya no es sombra, ahora se volvió luz.

Status
Complete
Chapters
37
Rating
n/a
Age Rating
18+

Intoducción

El rojo fue el primer color que vio desde que tiene memoria o es lo que él recuerda.


En una época de su infancia recordaba como los hilos carmesí fluían desde la tabla de picar hasta formar un hermoso charco en forma de rosa en el suelo de su casa. Los ojos apagados y opacos de su madre lo miraban levemente mientras levantaba el cuchillo para seguir cortando el trozo de carne que aún se retorcia sobre la tabla raida.


—"Mira con atención"— le repetía. Su voz en aquel tiempo era áspera y baja. No contenía el calor de una madre o siquiera la calidez de una familia. Era fría, monótona, sin sentido, sin gusto, sin esperanza—. "Un carnicero de nuestras raíces debe dejar en alto el nombre del clan. No me decepciones y no seas una deshonra para todos. "— aquellas palabras siempre sonaron como un disco rayado en mis oídos hasta el punto de formar callos. Yo solo asentia sin comprender.


Todos decían que heredé los ojos y las manos de mi madre, pero no su carácter.


Mi rostro, al igual que el de aquella mujer, se encontraba envuelto en vendas y capas negras, a los que solo aquellos ojos mios como el mar muerto tenían un espacio para poder ver el mundo exterior. Mis manos envueltas en cuero negro y cintas portaban el machete de un metro de largo que heredé de mi madre.


La hoja era afilada y gruesa, se había convertido de su color original del hierro a uno como la tinta. La rosa dibujada en el mango, era una huella dejada por esa mujer que no sentía amor ni pasión por nada ni nadie, excepto su pequeño jardín lleno de plantas muertas en el patio trasero. Era una suerte que solo una pequeña rosa hubiera florecido entre tanta peste y tierra muerta.


En un día sin sol y sin lluvia, solo nubes que cubrían el cielo y lo volvían gris; mis ojos vieron por primera vez aquella rosa a la que tanto amaba mi madre.


Por fin comprendí porque no se deshizo de aquel inservible jardín.