El ángel perdido
“¿Cómo es que de nuevo me encuentro aquí?” Me pregunté.
Pies descalzos sobre el pastizal fresco, con el rostro alzado hacia el sol radiante; espectador privilegiado de las aves y afortunado oyente de sus cantos, melodiosos y alegres.
Todo apacible. Tan hermoso y perfecto... como lo ha sido siempre, desde mi nacimiento hace unos mil quinientos años. Y como lo seguirá siendo el siguiente milenio, y el siguiente, y el siguiente, y el sig.… en fin, creo que ya me he dado a entender.
Oh, este aburrimiento, indigno de un ser divino, me consume y devora como fuego a la madera.
Mis amigos ángeles tratan de sacarme de mi aletargo invitándome a cantar, pero estoy ya cansado de repetir los mismos villancicos que hemos entonado desde el principio de los tiempos.
No es que estén cerrados a la innovación, pero pareciera que fallan en hallar sentido a experimentar nuevas melodías, o por lo menos modificar un poco la letra. Podría proponer a los arcángeles arriesgarnos con alguna variación de ritmos, aunque seguramente me acusarían de profano, como cuando tuve el atrevimiento de proponer que en nuestros juegos de deportes alguien perdiera de vez en cuando.
En esa ocasión, recuerdo haberle hecho dicha propuesta al arcángel Gabriel, pero las cosas no resultaron nada bien.
— Eso lo haría más interesante... ¿No cree usted?
—“¿¡Interesante?!“— La cara del arcángel adquirió los tonos de la manzana del pecado. —¡Esa es la misma palabra que el innombrable usó cuando propuso destruir a Job y a su familia para poner a prueba su fe! Simplemente aberrante.
—Pero... al final sí lo hicieron, ¿no? —Le pregunté con genuina confusión.
—¿Te atreves a cuestionar mi autoridad? —Gruñó, dirigiéndome una mirada relampagueante.
—Oh, ¡no! yo solo...
—Vuelve a desafiarme, y en la siguiente junta directiva te prometo que voy a poner tu nombre en la lista de los “Caídos”. ¡¿Me has entendido?!
Asentí con la cabeza y le dije a mi señor arcángel que su palabra era ley para mí. Eso lo dejó satisfecho. Me despidió con un elegante gesto de su mano, y ahí quedó el asunto. Después de aquello, nunca más me atreví a hacer una sugerencia.
Así pues, me resigné a la perfecta e inmutable vida en el paraíso. Lo único que daba algo de variedad a mis días, era meditar en la colina que se alzaba a la lejanía. Al menos dentro de mi mente me sentía con la libertad de explorar incógnitas que, de haberlas manifestado en voz alta, sería desterrado del paraíso con más inmediatez que un cuervo del nido de una paloma. ¡Mi nombre sería escrito hasta tres veces en aquella dichosa lista de los “Caídos”!
«¿Cuál es el sentido de una vida perfecta?, ¿Por qué soy incapaz de ser feliz?... Ay, ¿qué hay de malo en mí? Lo tengo todo. Y aun así... estoy tan aburrido. ¿Este sentimiento me convierte en un ángel ingrato? O peor aún... ¿En un pecador?»
Meditaba, pasando la mano por mis mechones dorados, observando el horizonte.
Pero entonces, algo me sacó de mi profano soliloquio. Sentí un frescor acariciar mis pies desnudos. Al bajar la mirada, observé con fascinación infantil un riachuelo misterioso cuyas aguas habían llegado a la misma colina que había elegido yo para aliviar mi tedio.
Aquello fue algo nuevo, y por ende emocionante. Incluso me animó a ejercitar la imaginación, preguntándome de dónde podrían venir esas aguas. Oh, la terrible incertidumbre... ¿Será eso pecado?
Sin saber muy bien porqué, bajé de la colina y caminé hacia el valle en busca del origen del riachuelo, adentrándome por un camino completamente nuevo.
Estaba tan emocionado, tan entregado al sentimiento embriagador de la aventura, que nunca me percaté del momento en el que salí de los límites del paraíso, y terminé perdido.
Mis pies dejaron de sentir la hierba y ahora ardían al contacto de las rocas afiladas de una tierra árida y desagradable. Lo único parecido a vegetación eran unas cuantas espinas que se retorcían como serpientes en ese suelo rojo y agrietado.
Al ser impropio maldecir, solo exhalé un suspiro para canalizar mi creciente ansiedad. Seguí andando, esta vez en sentido contrario aferrándome con fe a que, de alguna manera, la orientación divina vendría a este cordero extraviado.
Pronto me puse a pensar en mis amigos ángeles.
“Han de estar muy angustiados. ¡Oh, ¿por qué habré sido tan egoísta?” Me lamentaba.
Al no contar con la sombra de los árboles ni la hierba fresca, los rayos del sol caían con sádica libertad sobre mi pobre piel inmaculada, totalmente inexperta a las vehemencias del clima, quemando mis mejillas y pelando la punta de mi nariz. Ay, y la sed...
¡Me lo tenía bien merecido por curioso, y malagradecido!
Y justo cuando pensé que las cosas no podrían ponerse más desalentadoras, observé con horror que el sol se estaba cayendo.
Se desplazaba hacia abajo, como si una fuerza sobrenatural la empujara detrás de las montañas. Mi corazón se aceleró. Corrí hacia él, tratando de alcanzar la luz que ahora me abandonaba, pero no hubo caso. Al cabo de unas pocas horas, desapareció.
—¡¡¡Maldigo el día que abandoné mi amado paraíso!!!— Grité al negro firmamento, cayendo sobre mis rodillas.
Aquella fue la primera vez en toda mi eternidad que me atreví a maldecir.
Estaba deshecho. Esa estrella que antes me quemaba la piel y me cegaba, ahora me había privado de luz, invadiendo todo en la más absoluta oscuridad. Las lágrimas cayeron. Levanté la vista para dirigir mis lamentos al cielo, y fue en ese momento cuando me encontré con algo hermoso, casi divino....
Un segundo astro había aparecido, emergiendo con brillo majestuoso en medio de aquella penumbra.
Su luz no era cálida ni tan brillante como la del sol, y al igual que el fuego sagrado, no quemaba. Era del color de la plata. Irradiaba una belleza y frescura que solo puedo comparar con las olas del mar, y lo más sorprendente de todo... Podías mirarla sin lastimar tus ojos. Era como si aquel astro deseara ser visto y amado. No era como el sol, quien castigaba a aquellos que se atrevieran a contemplarlo por demasiado tiempo, como si en su prepotencia nos creyera indignos de contemplarlo.
Fue ahí cuando conocí a la luna.
La desesperación pronto se convirtió en calma. Y la calma, en paz.
Me quedé dormido ahí mismo, llorando en silencio, bajo el amparo de la luz lunar y el canto de los grillos.
Al amanecer, desperté con el ánimo recuperado. Mi propósito era encontrar el camino de vuelta antes que el sol volviera a arremeter con su salvajismo.
Seguí la ruta que había proyectado en mi mente sin mucho éxito. Caminé durante toda la mañana, andando entre jadeos y sudores, hasta que finalmente llegué a lo que parecía ser la falta de una montaña. Abrí los ojos con emoción y solté una risa un tanto histérica, víctima de un momento de éxtasis. Me tapé la boca con ambas manos, avergonzado por aquella falta de decoro. Logré controlar la risa, pero mi sonrisa seguía amplia y radiante. Sabía que, si lograba llegar a la cima, ¡podría vislumbrar mi hogar!
Si tan sólo me fuera permitido usar mis alas, habría podido llegar arriba en cuestión de segundos... ¡Qué digo! Habría vuelto al paraíso en el minuto mismo que me vi perdido. Pero estaba terminantemente prohibido volar cuando se trataba de un capricho. Las alas debían ser usadas exclusivamente para servir a las órdenes de los arcángeles.
Así pues, comencé a escalar ayudado de mis pies exhaustos y llenos de ampollas. Pensaba que si lograba salir ileso de aquella aventura sería una buena anécdota para los querubines. Una lección sobre los peligros de ceder ante los impulsos curiosos de una mente nublada por el aburrimiento.
“Quizá hasta podría escribir un pequeño cuento al respecto” Pensaba, tratando de agarrar ánimo.
Por fin, y después de haber sudado hasta el alma, llegué a la cima.
No podía creer en tanta buena fortuna cuando, al levantar la cara de las piedras, observé que justo frente a mi había una laguna. Sus aguas cristalinas corrían entre las erosionadas piedras de la montaña, y aunque no descendía en abundancia, beberlas fue suficiente para revitalizar mi espíritu. Ah, la ironía. Al final había logrado descubrir el origen de aquel travieso riachuelo.
Exhausto, pero con el ánimo renovado aspiré el aire de la montaña; Me sentía triunfante, orgulloso por haber llegado más lejos que ningún otro ángel en tiempos pasados. Me preguntaba si sentirme orgulloso de mi mismo era pecado...
Sin querer pensar demasiado en eso, me desplomé sobre la fresca superficie de la montaña, y cerré los ojos. Por un instante fui tentado por la brisa y el silencio a entregarme al sueño, pero me armé de voluntad y me puse de pie. No podía sucumbir ante la pereza, la cual sin duda sí era pecado.
Caminé hacia la orilla, buscando una vista panorámica. Necesitaba localizar mi hogar, o al menos ubicar alguna otra senda más placentera por la que continuar mi camino.
La verdad es que lo que encontré, escapó a todas las posibilidades que había planteado en mi mente. Allí frente a mí, sentado sobre una de las piedras, estaba un hombre.
No era un ángel puesto que no tenía alas ni aureola; parecía un humano común. Uno muy agraciado. Tenía la piel blanca y sin impurezas. Sus ojos eran del color del rubí y sus cabellos, negros como roca volcánica, descendían cual cascada serena a lo largo de su espalda hasta casi llegar a la cintura.
Al acercarme, me di cuenta que estaba durmiendo y, a juzgar por la calma que reflejaba su rostro, estaba teniendo un sueño muy agradable. Vestía una gabardina negra, sujetada por una correa de piel. Esas ropas y colores eran algo que no se veía a menudo en mi paraíso. Me acerqué cauteloso tratando de capturar más detalles del extraño individuo.
No tuve que avanzar mucho más para poder reparar en los delgados cuernos que sobresalían de su cabeza, y en la cola con punta de flecha que escapaba de entre sus ropas, y danzaba alegre como una serpiente encantada. Fue entonces cuando me di cuenta...
¡Aquel hombre era un demonio!