CAPÍTULO 1 LA FORTALEZA NORTE

Los años no transcurren en vano, y el tiempo no espera a nadie, mucho menos a mí. De repente, había cumplido dieciséis años en un abrir y cerrar de ojos.
Fui entrenado para ser el títere del rey, y aunque era consciente de que no había tomado las mejores decisiones, el arrepentimiento no encajaba con mi personalidad.
En cuanto a mí, me aseguré de endurecer mi carácter. Puede que el entrenamiento o mi forma de vivir me hayan convertido en alguien tan firme que me sentía como un roble, inmovible y difícil de arrancar de sus raíces.
Sin embargo, creo que el ingrediente secreto radicaba en mi odio constante hacia el 2do defensor y su hijo.
Fadil: Nayzak, ¿por qué no puedes ser normal? ¿Por qué siempre tienes que humillarme en combate?

Adio: Una vez más... y esta vez, sin piedad.
“¿Piedad? Claro, puedo hacerlo.”
En cuanto a mi vida social, el único amigo cercano que tenía era Fadil, el príncipe de la Luna Oscura.
Había sido enviado conmigo a entrenar, posiblemente para mantenerlo alejado de la capital, fuera del alcance de sus padres.
Por otro lado, tenía un maestro. Su nombre era Adio, conocido por ser un guerrero excepcional, alguien que había entrenado a numerosos combatientes en su tiempo.
Aunque su método de enseñanza era peculiar, cumplía con su propósito: formar hombres capaces de empuñar una espada.
Era un gran maestro, eso nadie podía negarlo.
Pero, ¿era una buena persona? En absoluto, y por eso le estoy agradecido.
Necesitaba a alguien que arrancara mi corazón en su momento, y él lo hizo sin dudarlo.
“¡Mantén tu postura!”

Podía ser agresivo con la espada si así lo deseaba, pero eso solo ocurría cuando consideraba a mi oponente formidable. Si no era el caso, el combate se convertía en un simple baile de espadas.
“Solo un poco más... Puedo vencerlo una vez más.”
Me había prometido ser el mejor, destacar, brillar. Pero eso era solo la punta del abismo de lo que ocupaba mi mente.
No solo iba a brillar, sino que me convertiría en la pesadilla de Tau. Lo eclipsaría por completo.
Adio: Suficiente, fue un buen entrenamiento.
Límpiense un poco, cenen... y diviértanse.
Todas las noches eran la misma historia: alcohol, placer y caos por doquier.
Orgías y descontrol reinaban en un ambiente de desorden total. Me gustaba; tal vez porque mi vida en sí era caótica y el desastre siempre me acompañaba.
Fadil: ¿Saldrás a cazar?
Fadil comprendía bien los motivos de mis salidas de la Fortaleza Norte.

Mi alimentación me obligaba a aventurarme fuera durante unas horas para conseguir comida.
No era una tarea difícil; el inmenso bosque que rodeaba la fortaleza estaba lleno de monstruos de todo tipo: algunos eran temibles, otros inofensivos, y muchos se convertían en mi comida habitual.
La fortaleza se encontraba específicamente en la frontera con los monstruos, donde se utilizaba para controlar y evitar la invasión de estas criaturas.
Era como un segundo escudo, ya que el primero, una barrera creada por el octavo defensor, cumplía la función principal de protección.
Si un monstruo cruzaba esa barrera, perdía la cordura y volvía a sus instintos primitivos, convirtiéndose en presa fácil para los defensores.
Nayzak: Sí, ¿puedes cubrirme?
Fadil: Como siempre.
Si me disculpas, unas esclavas me están esperando.
Fadil era un completo mujeriego y disfrutaba enormemente de las orgías.
Aunque yo también había participado en muchas de ellas, no solía involucrarme en la misma rutina constantemente.
Nayzak: Está bien, me uniré a ti más tarde.
Fadil: Apartaré algunas para ti.
La noche había caído y, sin pensarlo demasiado, trepé la pared de la fortaleza y, con un salto, crucé al otro lado.
Me adentré en el bosque, buscando como un depredador en busca de su presa desafortunada de esa noche.
Caminé sigilosamente hasta que finalmente encontré a mi objetivo.
Estaba recogiendo unos palillos, pues los monstruos solían subsistir con lo que la naturaleza les ofrecía.
“Qué lástima y desdichado destino.”
Sin darle tiempo a reaccionar, lo ataqué con ferocidad, desgarrando sus entrañas para mi propio deleite.
En ese instante, el placer oscuro de la caza me envolvía por completo, y me sentía transformado en un auténtico monstruo.
“Uno más a mi lista de asesinatos.”


Digamos que nuestra vida había sido bastante tranquila, sin demasiados problemas. Sin embargo, todo lo bueno tiene su fin.
Un día llegó una carta en la que se nos pedía regresar a la capital para concluir nuestro entrenamiento.
Adio: Su sufrimiento ha terminado. Pueden regresar a la capital.
Una carreta les llevará hasta allí, así que preparen sus cosas, pues no quiero ver sus caras de nuevo.
Así lo hicimos. Ese mismo día partimos de regreso al castillo, ambos bien entrenados y con habilidades claramente definidas: yo, con el arco, y Fadil, como un excelente jinete.
Estábamos preparados para demostrar nuestra verdadera valía, cada uno impulsado por una convicción profunda. Yo perseguía mi propia venganza, mientras que Fadil tenía la suya.
Quizás por eso nuestra relación siempre fue tan estrecha.



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