Capítulo 1
La primera norma de un ladrón es no decirle a nadie a qué te dedicas. Si corriera la voz de que Senna es una experta en hurtos y engaños, nadie confiaría en ella y sus tapaderas carecerían de credibilidad. Es por ello que los ladrones de profesión acuden a los “Diestros”. Los Diestros son la cara visible de las fechorías y son a quienes acuden los clientes con sus encargos. Únicamente ellos conocen la identidad de los ladrones con los que colaboran y es a ellos a quienes se les confía el anonimato de los que realizan el trabajo sucio, de quienes se ponen en riesgo y juegan su vida para satisfacer la petición del cliente a cambio de una suma de dinero considerable, al menos, para los humanos.
Desde tiempos inmemoriales, los Faes han gobernado el mundo con mano de hierro, mientras los humanos han soportado su yugo con resignación. En el reino donde Senna reside, el tráfico de esclavos humanos es el comercio más lucrativo y despiadado. Desde que era apenas una niña, Senna ha sido testigo del desprecio con el que los Faes tratan a su especie, considerándolos poco más que mercancía.
Por llamarlo suerte, Senna nació siendo libre. Hasta los once años vivió en el burdel que la vio llegar al mundo y la matrona, una mujer dura pero no desprovista de cierta ternura, nunca la forzó a vender su cuerpo, aunque en más de una ocasión le recordó que su belleza podría convertirla en una estrella del negocio. En lugar de eso, Senna se dedicaba a servir copas y otras sustancias a los clientes, aprendiendo desde muy joven el valor del silencio, la discreción, y la capacidad de moverse como una sombra entre aquellos que no la consideraban más que una niña invisible.
Poco a poco fue aprendiendo lo importante que era no molestar a quienes se encontraban disfrutando de los servicios de sus hermanas y es por ellos que desarrollo una temprana habilidad en el sigilo. A veces incluso tenía que verter sin que el cliente se diese cuenta, unas gotas de raíz de amapola en sus bebidas, un pequeño gesto que mitigaba la rudeza de sus modales y ayudaba a protegerse mutuamente en un entorno implacable.
Sin embargo, fue a los doce años, cuando un cliente descubrió por casualidad sus discretos actos de protección, que el curso de su vida cambió irrevocablemente. En ese momento, lo que comenzó como una defensa silenciosa se transformó en el inicio de su carrera como ladrona profesional.
Silas era un cliente habitual en la casa de placer. Su rutina se basaba en trabajar de madrugada, dormir hasta la tarde y después dedicarse a beber y fornicar. Aquella noche, Silas no había bebido. Tras recibir su primera copa en uno de los bares que solía frecuentar, el posadero le informó que no le fiaría más dinero. Esto resultó en una cadena de expulsiones de las cantinas que frecuentaba, llevándolo finalmente a la casa de placer donde trabajaba Senna. Irritado por su inusual sobriedad y buscando aliviar su malhumor, se encontró en una escena que captó su atención: Senna, con la precisión de una sombra, se deslizó hacia la habitación de un cliente. Este hombre, completamente absorto en enredar sus dedos en los rizos dorados de la mujer que lo complacía, no notó cómo la joven vertía tres gotas de un líquido blanquecino en su copa de vino.
Cuando Senna se disponía a abandonar la habitación con la máxima cautela, se encontró con la mirada de Silas. En lugar de encontrar furia o desconfianza en sus ojos, lo que vio fue una chispa de entusiasmo, una llama inesperada que le desconcertó profundamente. Sin comprender el significado de aquella mirada, Senna se apresuró a retirarse por el pasillo y se refugió en su habitación.
Era la primera vez que la atrapaban, y el miedo se apoderó de ella con una intensidad aterradora. Su corazón palpitaba con una fuerza desbocada. La respiración agitada, marcada por un pánico desbordante, la sumió en un ataque de ansiedad como nunca antes había experimentado. En ese momento, la niña se sintió atrapada entre la realidad y la amenaza inminente, su mundo se estaba tambaleando y ella estaba al borde del abismo.
Sumida en la inquietud, Senna permaneció en su habitación. El tiempo se arrastraba lentamente, mientras el miedo la envolvía en lamentos. Estaba convencida de que Silas la había denunciado a las autoridades y que Madame Lina, temiendo por su propia seguridad, se vería obligada a desentenderse de ella y a fingir ignorar sus prácticas indebidas.
Sin embargo, la realidad fue otra. Madame Lina apareció en la puerta de su habitación con una calma inquietante, y, en lugar de la reprimenda esperada, le pidió que la acompañara a su despacho. La joven, con el corazón en un puño, siguió a la matrona, aferrándose a la esperanza de que su libertad seguiría siendo una de las pocas cosas que aún poseía.
— Hay un hombre que quiere hablar contigo —anunció Madame Lina con una serenidad inquietante.
Y Senna entró en la habitación. Sin tener idea alguna de cuánto cambiaría su vida una vez saliera por esa misma puerta.