Ermita de los susurros

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Summary

En un valle escondido entre montañas, donde las sombras parecen susurrar secretos al oído de quien se atreve a escuchar, la familia Ayamonte se enfrenta a las sombras del pasado. Oliver Ayamonte, el dueño de de una aserradero que ha dominado la industria de la madera en el pueblo durante generaciones, descubre en el corazón del bosque un misterio inquietante, una señal de que lo inexplicable ha comenzado a despertar. Mientras los días avanzan, el susurro de antiguos mitos se convierte en un eco persistente. La presencia de la ermita, siempre en la distancia, parece ejercer un poder oscuro sobre todo lo que la rodea. ¿Es la Noche de los Susurros un simple cuento de viejas o el preludio de algo más aterrador? En un lugar donde lo mundano y lo sobrenatural parecen entrelazarse, las respuestas pueden estar tan cerca como los susurros que el viento lleva a través del valle... o tan lejos como la ermita que los observa desde las alturas.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Era la noche de reyes, glacial y tranquila. Las estrellas brillaban todavía, parpadeando tenuemente. La nieve había dejado de caer , y una delgada capa de cristal se extendía sobre la superficie helada que cubría el suelo de las calles de Canterbury. El cielo, ahora más alto y distante, confiaría a la noche una sensación de vastedad y las sombras oscuras de los pinos se alargaban, con una melancolía profunda que dejaba entrever la tragedia de esa madrugada.


Entre las imponentes y majestuosas residencias de Colinas de Marfil, la vasta mansión Leningen se erguía con gran solemnidad en la penumbra del barrio más adinerado de todo Canterbury. La hija de la familia, la señorita Clary Leningen, a quien consideraban un prodigio a sus tiernos 17 años, sobresalía en matemáticas, historia y poesía con una habilidad excepcional, poseía una imaginación sin límites y contaba con una educación impecable. De complexión menuda y morena, ágil, vivaz y de unos ojos resplandecientes, Clarissa era una belleza que rivalizaba con la de las demás damas del vecindario. Su talento para crear relatos, ya fueran verdaderos o falsos, la imaginación de Clary Pasley rebosaba de tal intensidad que pocos podían igualar. En contraste con ella, en la casa también estaba su hermano Randolph, un joven de carácter bonachón y aspecto rollizo y según algunos, deliciosamente aburrido, como solía describirlo el tío William. Era el blanco de innumerables bromas y burlas.


Hacía ya algunas noches que los primeros sculx habían comenzado a aparecer en el horizonte. Estos diminutos seres de apariencia carbonizada y grandes ojos negros se vislumbraban a lo lejos justo cuando la noche comenzaba a ceder ante el amanecer, con los primeros rayos de sol reflejadose en la mina Pasley como una señal de sosegada tranquilidad. Todo el pueblo, incluida Clary, sabía que la presencia de estos seres, era un presagio que cada treinta años envolvía el pueblo en un manto de terror.

Las apariciones pronto llegaron a oídos de todo el pueblo. Las historias de eventos anteriores se esparcían con rapidez en susurros temerosos; la niticia llegaba velozmente a los jornaleros, dependientes, panaderos, las doncellas de las damas y corrían por las dependencias de la servidumbre en donde los relatos de terror florecían. Sin embargo, al enterarse de esto, Stone, el mayordomo, aconsejó que no se mencionara.


—Soy consciente de la problemática de esto, pero no haría ningún daño dejar este asunto, por lo menos delante de los señores —Observó.


A pesar de tan prudente recomendación, ni en las dependencias de la servidumbre ni en los aposentos de la planta alta se logró mantener la calma. La inquietud comenzó a manifestarse cuando caía la noche, y todos preferían estar acompañados al atravesar los largos pasillos y corredores que unían las distintas alas de la mansión.


Clary había escuchado tanto sobre la historia y había reflexionado tanto al respecto que no se sentía del todo tranquila. Más de una vez, al irse tarde a la cama, creía ver sombras que la acechaban desde detrás de las cortinas. Pero aquella noche de navidad sus peores pesadillas se cumplieron, pues con un gran estruendo cayó al suelo, al abrirse de golpe la puerta de su habitación justo cuando ella intentaba cerrarla, creyó ver, a la luz de la luna que se filtraba por la ventana, una extraña figura moviéndose a lo lejos en el pasillo que avanzaba hacia ella.


Si bien Jane era una joven valiente, su imaginación desbordante la llevó a esperar para ver si la figura se volvía hacia ella, y así ocurrió.

—¡No...no puede ser!—Su voz se quebró en un grito ahogado, apenas un murmullo, mientras intentaba contener las palabras que se escapaban entre sus manos, dejándola casi sin aliento.

Lo que las viejas, borrachos y locos llamaban Sculx estaba frente a ella, envuelto por una piel quemada y deshecha. Esa piel, de un negro ceniciento y repugnante, estaba salpicada de ampollas abiertas y grietas que exudaban un hedor nauseabundo que Clary identifico como algo podrido más fuerte que la carne en descomposición, llevándola casi a las arcadas.

Sus ojos dos abismos de pura oscuridad, atraparon a la joven aterrorizada. Lo peor eran sus fauces, desproporcionadamente grandes, rodeadas de carne desgarrada y negra, los dientes afilados como cuchillas y desiguales se alinean en un festín de deformidad, adornado con restos de sangre y tejido desgarrado. Cuando el demonio abrió la boca, un sonido profundo y retumbante, como el arrastrar de cadenas oxidadas y mezcla con un aroma a hierro y carne quemada. Provocó que Clary se encogiera sobre sí misma involuntariamente.


Mientras esperaba lo peor, el eco de un disparo de escopeta retumbó en el pasillo, dejando a Clary momentáneamente sorda y desconcertada. El estruendo, potente y desgarrador. Mientras intentaba recuperar el sentido, la bestia ya estaba a escasos centímetros de ella. A punto de alcanzarla..

Sin embargo, antes de que pudiera tocarla, un destello de acero cortó el aire. Lo que creyó una espada se hundió con precisión mortal sobre el ser, partiendo a la bestia en dos de un solo golpe. La criatura cayó, muerta en el acto, dejando a Clary paralizada ante está, con una mezcla de terror y alivio.


—¡Levántate, Clary! ¡Ahora! —ordenó con prisa su padre, su voz temblando de ansiedad.


Ella, aún medio en shock, reaccionó casi como en un trance. Ante ella estaba el rostro de su padre. Con un esfuerzo visible, se levantó tambaleándose, el cuerpo aún temblando por el terror reciente, hizo que se tropezara con el camisón, pero la mano de su padre estaba allí para sujetarla.


La joven bajó su mirada, el cuerpo del ser estaba cubierto de costras y escamas quemadas que parpadeaban con un resplandor casi maligno. Escucho el eco de su padre a lo lejos que la trajo momentáneamente de vuelta —Tranquila todo va a estar bien, pero tienes que venir conmigo ¿entendido? —Clary asintió un poco adormecida.


El agarre de su padre sobre su brazo era firme, tirando de ella sin dejarle tiempo para pensar. La sensación fría y fuerte de su mano fue lo único que la mantuvo conectada a la realidad mientras la conducía escaleras abajo. A medida que descendían apresuradamente, Clary podía sentir el estruendo de sus propios pasos resonando en el corredor, un eco que parecía amplificar perfectamente el latido frenético de su corazón.


Bajaron por la gran escalera central de la mansión, los escalones de piedra parecían interminables mientras se precipitaban hacia abajo. Clary apenas tenía tiempo de fijarse en los detalles familiares: el delicado papel tapiz oscuro de las paredes, el pesado candelabro que oscilaba ligeramente con su carrera, como si también compartiera la prisa y el miedo. Su padre no soltó su brazo en ningún instante, casi arrastrándola mientras cruzaban el salón de té, donde el aroma de hojas secas aún flotaba en el aire. Los muebles de madera oscura, normalmente tan imponentes, parecían espectros en la penumbra, y la porcelana fina sobre los estantes temblaba con el vibrar de sus pasos.

Pasaron rápidamente por el comedor, sus ojos apenas notaron las sillas vacías y el mantel de encaje blanco que se extendía sobre la mesa. La prisa era tal que ni siquiera la familiaridad del lugar podía reconfortarla. Entraron en la cocina, donde el calor del horno aún encendido chocó contra la frialdad del cuerpo de Clary debido a la frescura del aire nocturno que se filtraba por alguna ventana entreabierta. Los utensilios de cobre colgaban de las paredes, y el suelo de baldosas resonaba bajo sus pies.

Sin detenerse, su padre la condujo a través de una puerta lateral que daba a un tramo de escaleras estrechas y empinadas, casi ocultas tras la despensa. Descendieron a las dependencias de los criados, donde el aire se volvía más denso y frío que sobrecogió a la muchacha . Las paredes de piedra desnuda parecían cerrarles el paso, pero su padre seguía adelante, sin vacilar, arrastrándola por un oscuro pasillo apenas iluminado por unas pocas lámparas de aceite que parpadeaban casi agonizando tenuemente en la penumbra.


A medida que avanzaban, Clary no paraba de pensar en aquella criatura, en la piel desgarrándose por el filo certero de la espada de su padre, en el olor, Clary estaba segura de que aquel hedor a podredumbre que emana de la bestia, se le había pegado como pulgas a su camisón.

Llegaron al final del pasillo, donde una pesada puerta de madera se abrió con un gemido largo y bajo, revelando un túnel oscuro y angosto que serpenteaba bajo la mansión. Entraron casi sin pensarlo, y el túnel, húmedo y sombrío, los envolvió en una oscuridad casi total, con sólo el leve resplandor de la lámpara que su padre había tomado de la pared para guiarlos.


El túnel parecía interminable, y el frío húmedo se aferraba a su piel haciendo que Clary tiritara, pero finalmente llegaron a la bodega. Al entrar, el olor a vino viejo y roble invadió sus sentidos, una mezcla de confort y antigüedad que contrastaba con la urgencia del momento. Allí, en medio de barriles y estanterías polvorientas, estaba su madre, esperándolos con una expresión que mezclaba la calma forzada con una profunda tristeza.


—Clarissa —dijo su madre suavemente, su voz casi un susurro al verla, su madre era la única que la llamaba por su nombre de pila y eso hastiaba sobremanera, incluso en ese momento —, aquí tienes.


Le tendió una gruesa capa de lana marrón y un pequeño paquete de provisiones, envuelto con cuidado en un paño. La capa, que reconoció al instante, era una de las posesiones más queridas de su madre, regalo de su juventud. Aún guardaba el calor de las manos de su madre, y Clary, temblorosa, la tomó y se cubrió con ella, sin comprender del todo lo que estaba sucediendo.


—¿Qué está pasando mamá? —logró preguntar, su voz temblorosa y quebrada por la confusión y el miedo.


Su madre no respondió de inmediato. En cambio, se acercó y le dio un beso en la frente, un gesto tan cargado de amor y despedida que Clary sintió una nueva ola de pánico atravesarla.


—Te quiero, mi niña —dijo su madre, sus palabras llenas de una ternura que hacía aún más angustiante la situación.


Antes de que Clary pudiera responder, su padre la tomó nuevamente del brazo, esta vez con más suavidad, pero con la misma urgencia.


—Debemos irnos ahora —dijo, su voz baja pero firme, mientras se volvía hacia su esposa, una mirada que hablaba de todo lo que no podían decir en ese momento.


Con un asentimiento silencioso, su madre retrocedió, dándoles espacio para avanzar. Clary, aún en estado de shock, permitió que su padre la guiara hacia otra escalera que ascendía en espiral. Subieron rápidamente, y la fría noche los recibió al salir al exterior.


Allí, en la oscuridad de la noche, les esperaba un caballo negro, inquieto y resoplando, con las riendas atadas a un álamo cercano. El viento frío soplaba con fuerza, agitando las crines del animal y haciendo que Clary temblara aún más, aunque no solo por el frío. Su padre, con movimientos rápidos y decididos, la ayudó a montar. alzándose sobre la silla, Clary se aferró a la montura, sintiendo cómo el cuero se hundía bajo sus dedos temblorosos.


Una vez que estuvo segura, su padre montó delante de ella, ajustando las riendas con un solo movimiento, mientras el caballo piafaba nerviosamente, percibiendo la tensión en el aire. A lo lejos, el silencio de la noche era interrumpido por gritos aislados, ecos de desesperación que parecían rebotar en las paredes invisibles del oscuro paisaje. Clary, con el corazón martillándole en el pecho, giró la cabeza, intentando discernir lo que ocurría en la distancia, pero lo único que alcanzó a oír con claridad fue el mismo sonido de cadenas arrastrándose que había emanado del ser que la había aterrorizado momentos antes. Ese sonido, metálico y pesado, se filtraba en la noche, haciendo que su piel se erizara y el miedo volviera a apoderarse de ella.


—Toma esto —le dijo su padre, girándose ligeramente hacia ella y entregándole un trozo de tela oscura. Clary lo tomó con manos temblorosas, sus ojos negros encontrándose con los de su padre, que ahora estaban llenos de una preocupación que no podía ocultar—. Cúbrete los ojos hasta que estemos a salvo.


La voz de su padre era firme, pero también cargada de un cansancio que Clary no había notado antes. Ella, sin decir una palabra, obedeció. Con dedos inseguros, se ató la tela alrededor de la cabeza, cubriéndose los ojos por completo. La oscuridad absoluta que la envolvió fue casi un alivio, como si al no ver, pudiera distanciarse de la realidad aterradora que la rodeaba.


Sentía los latidos de su corazón en sus sienes y el balanceo del caballo bajo ella mientras comenzaban a moverse. Su padre espoleó al animal, y en cuestión de segundos, el caballo partió al galope, el sonido de sus cascos resonando en el suelo duro. Clary, con los ojos cubiertos, se aferró con fuerza a su padre, sintiendo que el viento frío del invierno le azotaba la cara y el cuerpo mientras se alejaban de la mansión.


El tiempo parecía haberse estirado interminablemente mientras el caballo galopaba a través de la oscuridad, el viento silbaba en sus oídos, y el frío mordía su piel a través de la ropa.

Clary, con los ojos aún cubiertos por la tela, se aferraba con fuerza al abrigo de su padre, tratando de ignorar el miedo que seguía atemorizandola. De repente, un chirrido metálico desgarrador rasgó el aire, como si el mismo cielo estuviera siendo partido en dos. El sonido era tan violento y extraño que Clary se encogió instintivamente con un temblor involuntario recorriendole el cuerpo. Justo después, sintió el aleteo rápido de unas alas, pasando tan cerca de su cabeza que su cabello se levantó con la corriente de aire.


El caballo, aterrorizado por la presencia de lo que fuera que los acechaba, se encabritó nervioso, lanzando un relincho que resonó como un grito de pánico en la noche. Clary, desorientada y con el miedo latiendo en sus venas, sintió cómo su padre perdía el control, y en un momento caótico, ambos fueron arrojados al suelo. El impacto la golpeó duramente, el frío de la nieve se filtró a través de su ropa en segundos, haciéndola tiritar violentamente. La tela sobre sus ojos se empapó, pero ella aún no se atrevía a quitársela, temiendo lo que podría ver.

Mientras luchaba por orientarse, escuchó a su padre maldecir en voz baja, su voz cargada de dolor y frustración. La joven se incorporó sobre sus rodillas sobre la nieve, recuperando la noción del tiempo y del lugar tras la caída

Un ruido metálico y fuerte estalló a su lado; era el sonido inconfundible de una espada chocando contra algo duro, el eco del metal vibrando en el aire helado. Luego, una risa aguda y cruel se alzó en la oscuridad, una risa tan fría y desprovista de humanidad que hizo que la sangre de Clary se congelara en sus venas.

-¡Nooo! —gritó su padre, su voz llena de desesperación y terror.

Antes de que Clary pudiera reaccionar, sintió un dolor agudo cuando unas garras afiladas se clavaron en la carne de sus hombros, desgarrando la tela y su piel con una fuerza brutal. Un grito se ahogó en su garganta mientras sentía cómo sus pies eran levantados del suelo, su cuerpo suspendido en el aire. El miedo la asfixiaba, y, luchando contra el dolor y el pánico que le hacía perder el aliento, se arrancó la venda de los ojos con dedos temblorosos, desesperada por ver qué la había atrapado.

Cuando la tela cayó a varios metros bajo sus pies, sus ojos, que tardaron un segundo en adaptarse a la oscuridad, se abrieron con horror.

Por encima de ella, uno de esos seres, un Sculx, la llevaba en sus garras. Su piel era una masa retorcida y quemada, como carne carbonizada, y sus ojos, pozos sin fondo de pura oscuridad. Más de ellos estaban bajo sus pies abalanzándose unos sobre otros.

Horrorizada vio como una criatura se precipitaba contra el cuerpo caído de su padre, como se enrojeció la nieve bajo su cuerpo, como remataban su cuerpo y lo despedazaban con dientes agudos, se oía el crujir de las mandíbulas , el roer de los huesos y los gruñidos por el placer de devorar.


La criatura aleteaba con fuerza, sus alas, enormes y membranosas, batian el aire con una potencia que hacia vibrar todo a su alrededor.

Clary, gritaba aterrorizada y desgarras, sentía cómo el frio la invadía y la garganta se le enrojecía, mientras se elevaba más y más, dejando atrás el suelo nevado y su padre, cuya figura cada vez más pequeña se desvanecia en la distancia. El viento azotaba su rostro y la sangre brotaba de las heridas en sus hombros, mientras la noche la envolvía en un abrazo helado y sin piedad.