PRÓLOGO
Cuando era pequeña unos sicarios entraron en mi casa, iban vestidos con ropa militar y pañuelos que les cubría la cara. Nos pillaron por sorpresa, mi padre intentó protegerme como pudo, pero no lo logró. Le obligaron a arrodillarse en el centro del comedor, enfrente de dos de ellos, el tercero se aproximó a mí, me sujetó de los hombros y me hizo ponerme a espaldas de mi padre. Mi cuerpo estaba paralizado, solo notaba las manos del hombre en mis pequeños hombros temblorosos.
—Mírame. – se agachó para observarme mejor – Solo escucha mi voz. ¿Vale? – su voz era grave, la cual me asustaba. Aunque no me mirara, sus ojos mostraban la angustia que sentía en ese momento. Mis ojos se dirigieron a los de él, tenía una pequeña marca cerca de su ojo derecho, parecía reciente.
Acto seguido un disparo retumbó por toda la casa, me asusté dando un pequeño brinco, tras ello un silencio se apoderó de la sala. El hombre que tenía en frente me soltó y me miró a la cara.
—No te des la vuelta. – me dijo mientras desaparecía de mi campo visual, después de varios segundos el portazo se hizo escuchar.
Cuando se fueron, seguía de pie en la misma posición, mis piernas temblaban, pero había algo en mí que me obligaba a estar de pie. Mis ojos empezaban a estar húmedos hasta que poco a poco mis lágrimas caían por toda mi cara. Intentaba no pensar en nada, pero era imposible.
Estuve en silencio varios minutos hasta que de fondo las sirenas de la policía empezaron a escucharse, cada vez más cerca, hasta estar en frente de la casa. Los policías entraron corriendo, pero fue solo uno quien se acercó a mí.
—Hola pequeña. ¿Te han hecho daño? – me dijo mientras se agachaba en frente mío, me sujetó de las manos las cuales no paraban de temblar. – Tranquila.
Miraba sus ojos mientras débilmente le negaba con la cabeza, en ese momento me sentía totalmente indefensa, el policía se dio cuenta y sin decir una sola palabra me abrazó, cogiéndome en brazos y salimos de esa casa.