INCINEA
─No ─dije con tono firme, como si mi vida dependiera de ello.
─¿Cómo? ─el señor Dubois me miraba como si nadie nunca se le hubiese negado a nada. Era un hombre anciano y de vientre hinchado.
─Dije que no.
─¿Cómo te atreves?
─Espere, señor Dubois, lo que mi hija habrá querido decir es que necesita tiempo para pensarlo ─mi madre intervino en un intento por apaciguar la situación.
─No, madre. No necesito pensarlo, de solo ver a este hombre puedo asegurar que jamás podría casarme con él.
Una de las tazas de porcelana se estrelló contra el suelo. La hija del señor Dubois, quien hasta ese día había sido mi mejor amiga, me miraba como sin comprenderme. La taza había resbalado de su mano y tenía la boca abierta de la impresión. Sin dudas tenía a su propio padre en la mayor de las estimas y, por alguna razón, estaba segura de que yo lo aceptaría. De hecho, había planificado el encuentro con varias semanas de anticipación.
─Jamás olvidaré esta afrenta y le aseguro, señorita Strong, que me aseguraré de que usted jamás vuelva a recibir una proposición ─el señor Dubois se había puesto rojo hasta la orejas y la piel de las mejillas de le agitaban como a un perro bulldog. Tomó a su hija de la mano y se retiraron sin siquiera dedicar un saludo o una reverencia. Luego de desaparecer por el pasillo, se escuchó un portazo.
─¿Qué has hecho? ─mi madre me miró con un mar de lágrimas en los ojos, como si acabara de cometer el peor error de mi existencia.
Mi padre me llamó a su despacho esa misma tarde. Cuando llegué, me detuve ante la entrada unos segundos. Era una puerta de caoba que me hacía sentir diminuta, como cuando tenía seis y me paseaba por los pasillos. Era tan ingenua en aquel entonces. Me acomodé los pliegues del vestido, el de color lavanda, mi favorito. Creí que de esa forma inspiraría un aire de confianza. Inspiré tanto aire como me fue posible, como si del otro lado ya no quedara aire que respirar. Luego entré.
Dentro encontré a mi padre, el Señor Máximo Strong, sentado detrás del escritorio, casi como si fuera parte de él. Fumaba un cigarrillo mientras leía unos documentos. La luz tenue de las velas acentuaba sus facciones más desafortunadas. De pie junto al ventanal estaba mi madre, pálida y frágil como un copo de nieve a punto de derretirse. Miraba al suelo como si quisiera ignorar mi existencia. Sabía que la había decepcionado, pero aquella mirada guardaba algo más. Algo andaba mal.
─Incinea, el señor Dubois ha presentado una queja sobre ti y tu comportamiento esta misma mañana ─dijo el Señor Strong, mi padre, mientras desechaba los restos de cigarrillo en el cenicero de bronce. Ni siquiera me miraba, hablaba sin levantar la vista de esos malditos documentos─. Estoy cansado, Incinea, de tu reprochable deseo por rechazar pretendientes ─encendió otro cigarrillo mientras hablaba─. Pero te aseguro que ya no podrás rechazar a ni uno más porque yo mismo lo elegí para ti ─las palabras emanaban de su boca entre nubarrones de humo gris y el despacho se impregnó de un aroma desagradable.
Mi padre se tomó unos minutos para sellar una serie de cartas antes de seguir hablando. Lo miré con los ojos entornados cada segundo que se demoró. Mi señora madre, en cambio, seguía sin levantar la vista del suelo.
─Me ha llegado una propuesta para ti. Aparentemente, el rey de Lyskova tiene deseos de expandir sus derechos mercantiles en Thalaria, pero necesita de "ciertas" conexiones ─exhaló una larga bocanada de humo y yo supe a qué conexiones se refería.
Entonces, mi madre comenzó a temblar y se mordía el labio inferior como si contuviera el llanto. No es la reacción que esperaba de la mujer que, durante años, intentó conseguirme pretendientes. De solo verla se me tensaron los brazos y se me erizó el vello de la nuca.
─Disculpa a tu madre, la noticia la ha... conmocionado ─mi padre sacudió el cigarro sobre el cenicero una vez más─, el rey de Lyskova tiene fama de ser un hombre severo. Sus tierras se encuentran en el extremo occidente del mapa. Se dice que el castillo está rodeado por un bosque de brujas y espíritus malignos. El clima es algo frío y húmedo ─casi parecía disfrutar de saber que me enviaría al lugar más horrible del mundo. Incluso parecía que contenía los deseos de reír entre dientes.
Finalmente, mi madre se echó a llorar de rodillas al suelo. Sacó un pañuelo de entre los pliegues de su vestido. Con él se cubría la boca abierta en un intento de contener los gemidos.
─Señor Carson, ayude a mi esposa a componerse y llévela a sus aposentos.
En ese momento, me pregunté si mi padre habría mirado a mi propia madre alguna vez. De un rincón apareció un hombrecillo anciano y delgado que se acercó a la pobre mujer y la tomó con fuerza del brazo para que se levantara. Ella se resistió levemente, pero al final terminó por ceder. El señor Carson la sacó del despacho apretándole el brazo con disimulo. Cuando pasó junto a mí, solo pude ver un intento por dirigirme la mirada que no llegó a ser más que un atisbo por el rabillo del ojo.
─Partirás a Lyskova mañana mismo ─la voz de mi padre me sobresaltó ─, así que prepárate. No hace falta que cargues nada. Las doncellas ya hicieron un par de maletas para el viaje. Cuando llegues allí te vestirás como te dicten.
Por alguna razón, comencé a sentirme mareada. Las palabras de aquel hombre se hacían humo en el aire y no llegaba a comprenderlas del todo. Algo en mi interior intentaba salir, como un chisporroteo o un cosquilleo en la punta de los dedos. De pronto, tuve la gran necesidad de protestar, de negar, de rechazar, de patalear, del mismo modo que rechacé a un centenar de otros hombres antes. Entonces, el cosquilleo se convirtió en un dolor punzante. ¿Acaso eran mis deseos de luchar?
─Padre, por favor, no permitas que me ocurra esto.
─Incinea, créeme, yo soy quien desea esto más que nadie ─dijo el señor Strong mientras tomaba apuntes en un libro de contaduría.
─Yo no quiero esto, no puedes obligarme ─intenté hablar lo más claramente posible, pero la garganta se me entrecerraba. Cerré los puños contra la tela de mi vestido casi sin darme cuenta.
─¿Crees que me interesa tu opinión? Tu madre tendría que haberlo pensado mejor antes de parir a una niña. Yo decidiré con quién te casarás ─él hablaba mientras mordía el extremo de su cigarrillo.
─Padre, ¿acaso tú no me amas? ─no sé por qué le pregunté eso, ya sabía lo que iba a responder...
─Si continúas con esta rabieta estúpida, veré que abandones esta casa inmediatamente. ¡No volverás a tener nada que ver con la familia Strong!
─Pe...
Allí se quedó mi pobre intento. Sentí que la lengua se me anudaba y que la garganta se me cerraba del todo. Antes de siquiera acabar aquella palabra, vi los ojos de mi padre levantarse y clavarse en los míos. Nunca pensé que algo me dolería más que su indiferencia, hasta que vi esa mirada. El odio y el reproche se me hincaron en la carne, tanto que preferí que volviera a fijarse en sus documentos. Rogué que lo hiciera. El dolor de las manos se volvió frío y escapé. Corrí tan rápido como me fue posible. Necesitaba ocultarme, pero donde fuera que iba sentía que esos ojos seguían mirándome. Entré en mi habitación y me arrojé al cobijo de las sábanas. Sentí tanto cansancio que terminé por dormirme.








