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En el reino de Arseline, un lugar donde la opulencia y la prosperidad fluían en abundancia, su pueblo se entregaba al derroche desmedido de recursos, al igual que sus gobernantes. Envueltos en un velo de envidia, estos líderes despertaban aversión tanto dentro como fuera de sus fronteras. Las personas de otras naciones evitaban convertirse en blanco de su codicia, pues se sabía que esta tierra rebosante de riquezas tenía una inclinación perturbadora por expandir su territorio mediante tratados falsos, y así engendrar conflictos bélicos con el único propósito de asegurar sus propios intereses y salir impunes ante las consecuencias.
Se creía que aquellos de sangre noble y real poseían un talento mágico, un obsequio otorgado por la diosa Solaris. Como resultado, aquellos individuos desfavorecidos y sin don se encontraban incapaces de enfrentar a los corruptos que los oprimían, viéndose obligados a simular ceguera y cerrar los ojos ante la evidente desigualdad de recursos.
La ilustre familia Arseline poseía un poder digno de admiración, la capacidad de prever y multiplicar la abundancia con sus propias manos nacidos con la suerte y prosperidad por generaciones. Eran magnates de guerra, capaces de desatar rayos de luz que infligían daño a sus enemigos hasta calcinarlos. No resultaba sorprendente que su presencia infundiera temor en aquellos que se enfrentaban a ellos.
Cuando Oliver, el príncipe heredero, emergió al mundo con su primer llanto, desplegó un halo de esperanza que se extendió como un manto reconfortante sobre su pueblo. Sin embargo, los ojos de aquellos que observaban desde afuera, llenos de prevención y temor, se prepararon para enfrentar los embates más desoladores que pudieran presentarse.
En el fondo esperaban que aquel niño, cuya aura irradiaba una gentileza impulsiva inusual, no estuviera destinado a sucumbir ante la maldad y ver su corazón envuelto en sombras por su ingenuidad que seguía fielmente a su único mejor amigo.