Hijas de la Nieve

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Summary

En un invierno interminable, la nieve cubre los Ice Peaks con una ferocidad inquebrantable. Una niña de diez años, soñadora y curiosa, vive al pie de estas montañas. Cuando su lobo descubre un misterioso diario enterrado en la nieve, la niña se adentra en una antigua leyenda sobre diosas de la nieve y un dios caído. Mientras desentraña los secretos del diario, la niña se enfrenta a desafíos inesperados y descubre conexiones sorprendentes con el pasado. Hijas de la Nieve es un cuento corto emocionante de fantasía que mezcla magia, misterio y aventura en un mundo helado y fascinante.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Hija

El invierno reclamaba su dominio sobre Ice Peaks con ferocidad inquebrantable.

La nieve se asentaba cada año, extendiéndose como una manta eterna sobre la tierra. A lo largo de la historia, los registros mostraban que las temporadas invernales se alargaban con cada ciclo solar. El frío se infiltraba en los huesos de aquellos que no eran dignos de su abrazo.

El mismo destino se imponía a todas las tribus alrededor de los picos nevados de las diosas, excepto a una niña que vivía en el bosque al pie de las montañas. Con apenas diez años, la niña soñaba con las historias que había escuchado. Leyendas que hablaban de cómo, en tiempos antiguos, estas tierras habían estado regidas y protegidas por una tribu de diosas de la nieve, hasta el día en que cayó Taifus, el dios de la guerra y la virilidad.

Ese día, algo le calaba los huesos más allá del frío habitual. Se sentía especialmente impaciente, al igual que su lobo blanco, que no dejaba de rascar la trampilla en el suelo, ansioso por salir. Cuando abrió y dejó que el viento helado invadiera el lugar, el lobo captó un aroma en el aire y, sin dudarlo, se perdió entre la neblina y los árboles. Ella, con un latido inquieto en su pecho, y observando que nadie la viera, salió detrás.

Después de perderse en el bosque y llegar a la inmensa pared de roca y hielo de la montaña, la niña se detuvo al ver a su lobo, Yuki, escarbando en el suelo con insistencia. Había captado el olor a sangre, un olor que provenía de un pequeño y desgastado diario enterrado entre la nieve. Mientras ella lo sostenía y lo examinaba, algo hizo que las orejas de Yuki se alzaran: alguien estaba cerca.

Sin dudarlo, y con el miedo amenazando con paralizarla, se giró y corrió de regreso a la seguridad de su cuarto.

Una vez allí, se echó sobre su cama, asegurándose de que esa presencia no la había seguido. Con el corazón todavía acelerado, abrió el diario y comenzó a leer...


Estoy emocionado por este viaje con los chicos. Las montañas de Nepal y esta ruta son traicioneras, pero confío en que la tormenta que nos azota nos permitirá llegar a nuestro destino. Agradezco haber traído este diario conmigo; ha sido y siempre será mi fiel compañero de aventuras. Junto con el collar, una reliquia de mi abuela a la que me aferro en los momentos más oscuros.

...


He despertado en una extraña choza. Está helando, y mis extremidades duelen del frío. ¿Qué carajos ha pasado? ¡Mike, Steve, Thomas! ¡Dios mío! Probablemente ya estén todos muertos.

Intenté salir de aquí, pero una barrera invisible me impide moverme más allá de los límites de esta habitación.

Ni todos mis años de experiencia ni mi instinto de aventurero podrían haberme preparado para esto.

Íbamos en la furgoneta, rodeando la montaña, cuando de repente escuchamos un grito agudo, como de una mujer. Instantes después, un estruendo ensordecedor que se acercaba, haciendo vibrar la tierra bajo nuestros pies. Lo siguiente que recuerdo es ver todas nuestras cosas volando por el aire dentro de la furgo mientras rebotábamos contra las paredes. ¡Una maldita avalancha nos había golpeado!

Aunque sobrevivimos al vuelco, la falta de oxígeno comenzó a hacer estragos en nuestras cabezas. No había manera de liberarnos del peso de la nieve.

Cuando el pánico se había vuelto un sentimiento común, y el aire escaseaba hasta el punto de dejarnos aturdidos, un fuerte golpe se sintió encima de nosotros. Algo pesado había caído sobre la camioneta, que ahora yacía de costado.

Poco después, la luz comenzó a filtrarse por una de las ventanillas, y una mano de piel blanca y delicada se introdujo en el vehículo. Todos exhalamos de alivio, pero solo duró un instante. La mano se movió con una velocidad sobrehumana y jaló a Steve con una fuerza brutal. Mike asomó la cabeza, tratando de ajustarse al resplandor del sol en la nieve, pero pronto algo lo agarró y lo hizo salir volando. Me quedé congelado, incapaz de creer lo que estaba ocurriendo. Thomas se giró hacia mí, pero en ese momento, algo me golpeó por detrás, y todo se oscureció.

Ahora estoy aquí, en este extraño lugar... Tengo que irme, alguien se aproxima.

...


Pensé que me estaba quedando ciego por la luz exterior, o loco por lo que estaba viendo, pero su belleza es incomparable.

Una figura esbelta contrastaba con el intenso resplandor de la nieve. Mis ojos aún lagrimeaban mientras trataban de ajustarse, pero no podía dejar de mirar. Su piel y larga cabellera eran blancas como la nieve, y un abrigo de piel negra, salpicado con copos de nieve, le daba un aire inquietante y majestuoso. Ojalá no me tomen por loco, pero de su cabeza brotaban cuernos negros, como obsidiana. Pequeños cráneos adornaban su cabellera, y otros colgaban de su cuello, atados con cuerdas.

Se acercó, observándome de cerca. Su mirada penetrante parecía perforar mi alma. Los tatuajes negros en sus ojos y labios contaban una historia milenaria. Sus labios, tentadores, podrían seducir hasta el más casto de los hombres. Su interés pareció desvanecerse al ver el collar de mi abuela; me dejó y salió por donde había venido.

...

Acabo de escuchar un grito horrible; creo que fue Mike. ¡Dios mío! Probablemente lo estén torturando. La desesperación hace nido en mi cabeza. Han pasado al menos doce horas desde que todo ocurrió; eso dice mi reloj, que, por alguna razón, no han intentado quitarme. Haré lo posible por documentar todo, y ruego a la vida que alguien encuentre este diario.

Hoy ha vuelto esa chica misteriosa, y me ha tomado de la mano, arrastrándome fuera. Su fuerza no es normal, y mucho menos lo que vi fuera. Era una especie de aldea o campamento, lleno de mujeres con las mismas características que ella. El viento soplaba con intensidad, y el mundo parecía diminuto desde aquí arriba. Al parecer, estamos en la cima de los picos.

Me arrojaron en la nieve helada, dentro de un extraño círculo de piedras, mientras estas ninfas de las nieves se aglomeraban alrededor, contorneándolo. Murmuraban extraños cánticos, y me observaban como si fuera un animalillo atrapado.

Desde una cabaña cercana, me pareció oír gemidos, como si alguien estuviera teniendo sexo. Lo extraño es que no hay hombres aquí, al menos no que yo haya visto, solo nosotros, si es que los chicos aún están vivos.

La chica parece haber cobrado interés en mí. Hoy ha intentado comunicarse, y su mirada ha cambiado, cargándose de lujuria. Debo admitir que me siento tentado, pero el miedo me paraliza cada vez que se acerca. Su belleza parece ocultar secretos más oscuros que la muerte misma.

Siempre ocurre lo mismo: todo parece estar bien, hasta que su mirada se clava en mi collar. Algo en él la perturba enormemente y cambia su carácter de inmediato. Daría cualquier cosa por saber qué es. ¿Serán los símbolos fuera del relicario? ¿O su contenido? ¿Estará sospechando algo? No tengo tiempo de perseguirme más. Mientras tanto, seguiré tratando de descifrar mi ubicación. Gracias a Dios, no me han quitado el reloj, y con él, las estrellas, y sabiendo la dirección que llevábamos antes de desaparecer, tal vez pueda deducir nuestras coordenadas.


La puerta crujió al abrirse lentamente. La niña, sobresaltada, cerró el diario y lo escondió rápidamente debajo de ella.

—Aquí tienes. Come y no hagas ruido —dijo la silueta de un hombre fornido, arrojando una bandeja con un pedazo de pan duro y lo que parecía ser un puré frío.

Yuki levantó la cabeza y le gruñó a la extraña figura.

—Te juro que un día de estos te convertiré en un tapete —refunfuñó el hombre, devolviéndole el gruñido—. Si no fuera por los sabios y sus malditas tradiciones, ambos estarían en camas de hielo.

El hombre miró al lobo un instante, como si esperara una respuesta, pero Yuki no se movió. La niña, en cambio, seguía contemplando el suelo con la mirada perdida. Con un bufido, el hombre se giró, cerrando la puerta de un portazo y asegurándola con la pesada barra de madera.

La niña suspiró aliviada, y con manos temblorosas, sacó el diario y volvió a leer…


Han pasado varios días desde la última vez que escribí, creo... Los recuerdos se mezclan en mi mente como una neblina densa, y esta maldita oscuridad no hace más que erosionar mi cordura. Por suerte, ella parece haber desarrollado cierto apego hacia mí, y las salidas al exterior se han vuelto más frecuentes. Me visita casi todos los días, y su agresividad inicial ha comenzado a desvanecerse. Gracias a estas visitas, he podido observar las estrellas y estoy casi seguro de dónde me encuentro.

Esos paseos también han revelado inquietantes secretos. Aún no encuentro rastro de los chicos, pero ayer tropecé con el móvil de Thomas, medio enterrado en la nieve. Además, he notado que la aldea está rodeada por varios círculos de piedra, con chozas extrañas cubiertas de blanco dispuestas en patrones irregulares. Todo el asentamiento se encuentra al borde de un precipicio tan vasto que mirar hacia abajo es asomarse al vacío; apenas se pueden distinguir las copas de los pinos, solo visibles si el día está quieto y despejado.

No pensé que alguna vez lo diría, pero no quiero morir... No sé qué les ha sucedido a los demás, pero me temo lo peor. Y no creo que mi destino sea diferente. Si el miedo no me mata primero, o una daga en la espalda, este maldito frío acabará por congelar mis huesos.

Hoy ha entrado como siempre, pero esta vez se la veía inquieta, mirando hacia atrás como si temiera ser seguida. Dejó caer su imponente abrigo negro, revelando la deslumbrante belleza de su piel blanquecina. Pequeños y detallados tatuajes serpenteaban por sus brazos y piernas. No es un detalle que deba importar, pero hemos intimado. No entraré en detalles, pero si he de morir, no podría haber pedido un final más digno.


...


¡Mierda! Escucho forcejeos y gritos afuera. Pero esta vez son de ellas. Es imposible no reconocer esos tonos celestiales, incluso cuando gritan. Algo está ahí afuera, y ese algo está furioso.

Creo que hoy es el día, una inmensa figura masculina ha entrado...

Relicario...

[ Mancha de sangre ]


La niña cerró el diario con temblores en sus pequeñas manos, su respiración agitada se condensaba en forma de bruma en el aire. La figura descrita, ¿podría ser Taifus, el dios caído del que hablaban las leyendas? Su corazón volvía a latir con fuerza, como si una verdad oculta hubiera despertado algo antiguo y peligroso.

Saltó de la cama, dejando caer el diario, y escapó por la trampilla. Esta vez Yuki iba detrás. Corrió sin parar, intentando perderse nuevamente para llegar al lugar donde habían encontrado el diario.

Al llegar, buscó desesperadamente entre la nieve, hasta que se detuvo en seco, mirando algo brillar. Lo tomó con sus pequeñas manos y lo observó fijamente. Era el collar del joven, una especie de relicario.

Después de recorrer los extrañamente familiares patrones en su cubierta, lo abrió. En su interior encontró un pequeño mechón de pelo blanco junto a un trozo de papel. Al retirarlos, descubrió el contenido original del relicario: la foto de una pequeña niña de pelo blanco. Su mirada se desvió hacia el mechón en su otra mano; tal vez podría ser de la cabellera de las hijas de la nieve.

Minutos después, se percató de que había estado absorta en sus pensamientos, todavía de rodillas en la nieve. Por suerte, siempre había sido bastante inmune al frío. Sus ojos pestañearon y volvió en sí, recordando el diario y toda la información. Nuevamente, miró el trozo de papel, y al abrirlo, descubrió unos números escritos en él. Eran coordenadas.

Ahí quedó, esa pequeña niña, bajo la letárgica nieve que caía, atesorando aquel gran hallazgo.

Sin darse cuenta, se llevó la mano a la cabeza, acariciando un pequeño bulto que asomaba entre sus blanquecinos pelos. Un pequeño cuerno de obsidiana.