Courband: La Noche Eterna

All Rights Reserved ©

Summary

En un mundo donde lo antiguo y lo futurista se entrelazan, «Courband: La Noche Eterna» narra la historia de Rodaric, un guerrero de una era pasada, y Asura, ambos despertados de un largo congelamiento. Perseguidos por el emperador Alón, se ven envueltos en un juego de poder que trasciende el tiempo. Mientras Rodaric lucha por recordar su pasado a través de sueños sobre Yata, un niño elegido en medio de un ataque vampírico, Asura conduce un grupo secreto esperando cumplir una profecía antigua. Ambientada en el año 3412, esta narrativa entrelaza destinos y revelaciones en un tapiz de intriga y resistencia, donde la lucha contra fuerzas oscuras y el descubrimiento del propio ser se convierten en un viaje épico de supervivencia y autodescubrimiento. ------------------------------------------------- OBRA REGISTRADA CON DERECHOS DE AUTOR Y ACTUALIZADA ANTES DE SER PUBLICADA. BAJO INDAUTOR POR EL GOBIERNO MEXICANO. NÚMERO DE REGISTRO 03-2016-0623312562500-01 ©TODOS LOS DERECHOS RESERVADOS, BAJO MI NOMBRE. Safe Creative, bajo el código: Registro individual 2100528078480 "COURBAND LA NOCHE ETERNA" Creative Commons Attribution-NoDerivatives 4.0© Cero plagio o toma de diálogos u personajes. Todos los derechos reservados.

Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

En tiempos ancestrales, la fe pregonaba que los dioses habitaban en el sol, cuyo fulgor divino iluminaba su mundo. Una pizca de ese resplandor llega al planeta Courband, cuya luz reverbera en las doce lunas, que a su vez redireccionan la energía creando elegantes auroras.

Un verdadero espectáculo celestial que se despliega por las noches, especialmente en Linrra, una nación situada en Lurband, la duodécima luna.

Desde allí, se podía contemplar el planeta y sus luminosas auroras, que enmarcaban el firmamento con una danza de abrumadores colores junto a la grandeza del cosmos.

No había mejor lugar para disfrutar de este prodigioso espectáculo que desde el Salón Real del palacio, donde el emperador de Linrra tenía la mejor de las vistas. Vistas que solo unos pocos privilegiados podían apreciar; y aunque trece millones de habitantes podían parecer muchos, eran pocos comparados con los que habitaban en Courband.

La cúpula del Salón Real permitía vislumbrar el esplendor del planeta, tanto en el apogeo del mediodía como a punto de la media noche. Lurband, siendo la duodécima luna, está sincronizada en su órbita para dar dos vueltas exactas cada día, lo que se traduce en veinticuatro tiempos llamados «lunos». Como resultado, el planeta Courband suele estar visible desde Linrra de forma cenital tanto al mediodía como durante la noche.

Pero aquel día era diferente, pues las auroras irradiaban con mayor intensidad, mientras los rayos del sol acariciaban la superficie del planeta con una suavidad inusitada.

En aquel recinto de blancas paredes y elegante mobiliario, se encontraba el emperador Alón. Su reinado estaba a punto de finalizar: solo le quedaban ciento dos días para que el año 3412 llegara a su fin y terminaran los veinte años de su gobierno y el nuevo gobernante tomara su lugar.

El emperador portaba su gabardina preferida: una prenda negra que rozaba el suelo. El cuello de piel se curvaba sobre su espalda a modo de capa, teñido en un tono oscuro que degradaba en un suave vino tinto.

Alón repasaba con esmero los documentos más relevantes cuando una notificación luminosa en su escritorio llamó su atención. Tras abrir el mensaje, quedó pasmado por la noticia que contenía. Sander, el aclamado científico del país de Ruths, había localizado un gigantesco objeto metálico en las entrañas de la montaña de hielo, la más grande de todo el planeta, situada al norte, en la costa del país de Ruths.

El mensaje, remitido por el científico con urgencia, aseguraba haber hallado aquello que Alón había buscado con tanta obsesión. A cambio, solicitaba la ciudadanía de Linrra, una petición poco común y difícil de conceder. Pero en esta ocasión, parecía un trato justo, dadas las circunstancias extraordinarias del descubrimiento. Alón no titubeó y respondió indicando que partiría en breve y que lo esperaran en la costa.

Se alzó de su asiento lujosamente ornamentado con oro, anunció su salida pidiendo que alistaran su nave tan pronto como sea posible para partir hacia Courband y se dirigió hacia su armario. Allí tomó una gabardina gris aterciopelada, con largos pelos alrededor del cuello, como un abrigo invernal apropiado para el clima que lo aguardaba en su destino.

Con pasos firmes y confiados, Alón recorrió los pasillos. Era saludado por los guardias y él les correspondía con una sonrisa. Al final de un ancho corredor, se abrió ante sus ojos una larga plaza de césped circular rodeada por el palacio. Esta comenzó a vibrar, abriéndose en dos. Desde lo profundo, emergió una nave sobre una plataforma.

Alón abordó la nave y partió inmediatamente hacia Courband. Gracias a la avanzada tecnología de la nave, llegó en poco tiempo. Al aterrizar en la costa cerca de la montaña, desplazó una enorme cantidad de arena y nieve, mientras el viento helado soplaba con fuertes ráfagas. La montaña era tan grande que solo su silueta podía verse en la lejanía, y las ventiscas eran tan fuertes que incluso con linternas sus hombres no podían distinguir sus propias manos.

Entre la ventisca, otras personas le hablaron de frente, y para cuando el emperador logró distinguir sus luces, ya se encontraban a unos pasos de él. Resultaron ser hombres del equipo de investigación de Sander.

Ellos vieron como el emperador estaba muy tranquilo, mientras que sus guardias temblaban de frío y estaban alterados al aparecer tan de repente entre la ventisca.

Con una soga larga para que nadie se perdiera en el camino les alentaron a continuar. Luego los guiaron a él y a sus hombres a una pequeña instalación improvisada.

La base compuesta por carpas de un material de carbono, era perfecta para instalarse de forma rápida y poder soportar los vientos inhóspitos de esa zona, donde Sander lo esperaba para informarle todo lo ocurrido.

Dejaron a sus hombres en otra carpa y, en cuanto ambos estuvieron de frente, Sander le habló:

—Recibí esta mañana su mensaje indicando que vendría en camino. Me pareció improvisado de su parte. Esperaría que un hombre tan ocupado llegara dentro de unos días. —Miró al emperador con un gesto curioso y desafiante.

—¿Por qué esa mirada? —preguntó el emperador con un gesto serio, sin mover un solo músculo, mientras conectaba su vista directamente con la de Sander.

—Conozco las leyendas. ¿Busca sus tesoros, cierto? —dijo el científico, con los brazos cruzados y recargándose sobre un pie.

—Todos conocen las historias. No esperaba menos, pero me intriga tu postura. ¿Me ayudarás a descubrir qué hay dentro de la montaña?

—Depende. He sabido, al igual que todo el mundo, las atrocidades que tú y tu familia han hecho desde hace miles de años por encontrar esos tesoros —dijo Sander manteniendo la mirada fija—. Destruyeron una isla, todo el fondo marino debajo de ella, una catedral antigua en una costa, y por su culpa se inició una terrible guerra. —Por unos segundos una ventisca perturbó el momento pasando por el medio de los dos, agitando la carpa. Ya de regreso a la tranquilidad, Sander continuó—: Si prometes no dañar esta montaña, yo te puedo ayudar; de lo contrario, olvídate de eso. Esta montaña es el símbolo de nuestra bandera y está seriamente protegida, al grado de que soy el primero en dos mil doscientos años en poder investigarla de manera científica.

La tensión entre ambos era clara. El emperador parecía sorprendido por tener frente a él a alguien con el valor de hablarle de ese modo; su rostro intentaba contener una pequeña sonrisa, un reflejo de gusto por ver tal valentía. No sabía que por dentro Sander estaba arrepintiéndose de haberse atrevido a tanto. El científico nunca fue alguien especialmente valiente, pero en ese momento tenía un objetivo claro: mostrarle al emperador que él tenía potencial, así que se mantuvo en su postura firme, intentando ocultar sus nervios.

Alón realizó un suspiro para relajarse.

—Lo que busco es más importante que cualquier símbolo nacional: es la solución a todos los problemas del mundo. Tu país, Ruths, tiene serios conflictos con el mío, por el pasado histórico que tenemos, lo que menos desearía es tener más problemas con ellos. Así que depende de ti que esa montaña quede intacta.

—¿A qué se refiere?

—Bueno, es posible que hayas escuchado sobre mis poderes inusuales —comentó caminando hacia él y colocándose a su espalda.

—He oído que todos los emperadores Alón han tenido poderes similares a los de los antiguos guerreros.

—¿Cómo los antiguos guerreros, dices? Me imaginaba que dirías algo así. ¿Acaso no pueden imaginar mi poder? Las razas antiguas tenían grandes poderes, pero los míos son superiores —Sujetó una botella de licor de una mesa y la lanzó con furia contra el suelo.

Sander saltó de la impresión. No esperaba que el emperador hiciera eso. El licor se había derramado por todo el suelo y los cristales se habían esparcido por el cuarto.

—¿¡Por qué hiciste eso!?

—Porque puedo arreglarlo —dijo Alón mientras extendía su mano. El líquido derramado, los cristales rotos, las manchas en la pared e incluso el alcohol ya evaporado comenzaron a moverse, como si el tiempo se estuviera rebobinando. Todo se alineó y reorganizó hasta que finalmente voló hacia la mano de Alón.

Sander se quedó perplejo. ¿Qué acababa de presenciar? Aquellos eran poderes antiguos. En el pasado, las razas podían hacer cosas asombrosas, pero ninguna era capaz de algo así. Y Sander lo sabía bien, pues su amigo Leamsi, el historiador que siempre lo acompaña, le había contado todo sobre los poderes de las razas ancestrales. Sacudió la cabeza un par de veces, tal vez tres, intentando procesar lo que vio. Quiso decir algo, pero no encontró las palabras.

—Como ves, puedo reparar cualquier cosa —dijo agitando la botella—. Incluso una montaña entera. Hagamos esto: en tu mensaje me dijiste que descubriste unos objetos metálicos en el interior de la montaña de hielo y me pediste a cambio la entrada a mi país —Se colocó frente a él—. Si llegamos a lo que está ahí dentro, no solo repararé la montaña; yo te daré entrada como ciudadano en Linrra —Señaló hacia arriba.

—¿Hablas en serio? —preguntó emocionado—. Mi hermano viajó a Linrra hace poco. Desde entonces no deja de hablar de todo lo atrasado que está mi país. ¿Tanta diferencia hay? Somos el segundo país más avanzado después de ustedes —dijo emocionado. Su postura había cambiado y su rostro ahora se notaba más relajado.

Sander miró entre la lona del techo, un hueco transparente permitía ver la luna. Se imaginó viviendo ahí.

Aunque viajar a Linrra es gratis, se requiere demostrar grandes recursos económicos y los gastos internos del país son mucho mayores que los de cualquier otro. Por esa razón, Sander jamás pudo conocer Linrra. Sin embargo, siempre quiso hacerlo. Después de todo es un científico y la curiosidad es parte de su naturaleza. Un día no pudo dormir pensando en las infinitas posibilidades que el país podría ofrecerle.

—¿En Linrra hay muchas cosas que explorar? ¿Qué descubrir?

—Por qué mejor no lo ves con tus propios ojos, aunque primero tenemos que excavar hasta llegar a lo que sea que esté en el interior de la Montaña de Hielo. Yo repararé los daños.

—Bien, pero no creo que podamos excavar —comentó con preocupación—. Solicitar equipo de excavación para esta zona está prohibido y si nos atrapan haciéndolo tendremos problemas.

Al escuchar eso, Alón respiró con intensidad y luego exhaló con una fuerza notable por el vapor que expulsaba de su boca a tan baja temperatura.

—En ese caso tendré que hacerlo yo mismo.

Las manos del emperador comenzaron a brillar con un rojo anaranjado intenso, como una brasa de carbón ardiendo, como el metal fundido o la lava.

—Con mis poderes puedo crear yo mismo ese túnel.

Después de esa pequeña muestra de poder, Sander presionó un botón en sus gafas y tras unos segundos comenzó a hablar.

—Hola Leamsi… —dijo haciendo una pausa atenta—. Sí, te hablo para que llames a nuestro equipo principal, solo tú y ellos. Vengan a verme rápido, que no se les olvide ningún equipo, vamos a introducirnos dentro de la montaña.

Alón se miraba animado, Sander había colgado y Sander pronto respondió una llamada.

—¿Qué sucede? —preguntó Sander atento—. Yo sé que no tenemos permiso para eso. Pero ya me aseguré de que eso esté resuelto y sí, lose, lose. Es el símbolo de nuestra bandera, no creas que no la trataré con cuidado, cuando terminamos no notarán lo que hicimos.

Sander colgó la llamada.

Un momento más tarde, Leamsi llegó junto con otros científicos, al ver a Alón se quitó la capucha del abrigo, los lentes para nieve y un guante para saludar a Alón.

—Mucho gusto señor, soy Leamsi.

—El placer es mío —dijo con una sonrisa mientras le daba la mano—. Pronto partiremos a la montaña.

—Bien. Eso suena genial.

El emperador observaba como Sander alistaba cosas y las guardaba, mientras parecía buscar algo que no encontraba se quedó pensando.

—Sander, Entiendo que eres el mejor científico de Ruths. Hace poco leí tu último libro.

—¿Enserio?

—Sí, es el que se titula: Bases fundamentales para la vida.

—Así es, ¿y qué le pareció?

—Creo que es muy acertado —dijo tomando asiento en una silla mientras Sander terminaba de alistar sus cosas—. Desde que descubrimos el planeta tierra comenzaste a compararlo con nuestro mundo, te diste cuenta de que hay muchas similitudes, como que la gravedad es similar, a pesar de que este planeta es tres veces más grande.

—La verdad me fascinó mucho. Como yo soy humano, fui cautivado por el descubrimiento del mundo al que pertenecía —dijo emocionado por tener a un lector de su libro y no era cualquier persona—. Siempre me interesé por saber de dónde venía nuestra especie. Se dice que fue por magia o poderes antiguos, pero yo quería comprobar el origen real. Nunca pude hacerlo, pero sí que pude encontrar muchas respuestas a la vida al comparar este mundo con el de mi especie. ¿Algún día haremos contacto con ellos?

—No creo que sea pronto, viajar hasta ese mundo requiere de mucho tiempo. Pero es interesante lo que me cuentas— dijo observando que Sander terminaba su maleta—. Ya es tiempo de partir, no hay tiempo que perder.

Una vez que estuvieron listos partieron hacia la Montaña.

Al llegar a la base de la montaña, el emperador comenzó a irradiar mucho calor. Sus manos nuevamente se enrojecieron y brillaron con fuerza, para luego descargar esa energía con una gran llama de fuego que expulsaba de sus manos. Fue algo nunca visto por los científicos que lo seguían y guiaban, adentrándose por el túnel que Alón iba produciendo. Trataban de que sus equipos no se mojaran con el río de agua que fluía entre sus pies, pero el hielo era denso y Alón no podía usar toda su energía o ahogaría a los científicos y ellos no podrían guiarlo.

Fueron varios días en los que estuvieron subiendo a la montaña para continuar el trabajo. Ya que la montaña de hielo era enorme, incluso la más alta de todas las montañas en Courband, que no era un planeta pequeño. Al quinto día, tras un largo tiempo derritiendo y avanzando entre el hielo, le pidieron al emperador que se detuviera. Ya debían encontrarse a unos metros del objeto detectado, así que Sander le comentó:

—Estamos cerca del objeto —mientras observaba el escáner que parecía medir la distancia recorrida—. A partir de este momento, debemos tener cuidado. Podemos escanear todo con nuestro equipo para obtener imágenes detalladas de lo que se encuentra dentro. Si hay objetos más pequeños, podremos verlos. No sería bueno que terminaras quemando lo que sea que busques.

—Me parece bien. Instalen todo su equipo y comiencen el escaneo —ordenó observando la hora de su reloj de muñeca que destacaba por su brillo de oro con diamantes, algo raro de ver en esos tiempos por su antigüedad, pero al emperador le gustaba usarlo.

Luego se quedó esperando. La máquina hacía unos pitidos cada cierto tiempo, él veía como la máquina escaneaba y mostraba formas y gráficas extrañas en la pantalla una y otra vez… Luego de un tiempo la máquina continuaba funcionando del mismo modo. El tiempo pasaba. El túnel seguía derritiéndose a paso lento. Tanto que incluso después de unos lunos, el túnel parecía ser más ancho. Alón comenzó a desesperarse y a caminar de lado a lado cada vez más rápido.


—¿Ya tienen algo? Han estado escaneando por dos lunos, ¿cuánto falta?

—Señor Alón, si fuera roca ya tendríamos resultados, pero el hielo lo complica todo. Incluso con esta máquina especial, el hielo… —Un sonido de la máquina interrumpió la frase de Sander—. Parece que la máquina ha captado algo. Es un objeto grande y es posible que sea el mismo que hemos detectado antes. A esta distancia podemos hacer un escaneo de tres dimensiones en esas coordenadas. Lo haré ahora mismo.

—Bien… Espero que sea lo que busco —respondió inclinándose para ver las lecturas de la máquina.

Sander contuvo la risa al notar cómo el emperador miraba la pantalla con gráficas y cálculos que lógicamente no entendía. Así que lo miró y le dijo:

—El escaneo casi termina. Pronto podrá verlo, colocaré el holograma —explicó con un tono acelerado.

Alón se retiró aún impaciente. Esperó un poco más y finalmente Sander giró de su asiento y miró a Alón con una leve sonrisa.

—Está todo listo señor. El objeto lo hemos colocado ahí, justo en el centro del túnel. Parece un escudo —dijo Sander mientras Alón abría los ojos de la impresión para voltear a ver el holograma. Era sin duda un escudo, una de las reliquias que él buscaba, pero Alón no podía emocionarse. Respiró hondo para mantener la calma, ya que el holograma se proyectaba en tres dimensiones y mostraba solo forma sin colores. Además, Alón no tenía idea de cómo lucía en realidad el escudo que buscaba.

Los demás se colocaron unas gafas para ver el holograma y les pareció increíble que Alón pudiera verlo sin las gafas puestas, pero no sabían que era gracias a la tecnología que usaban en Linrra. Un chip neuronal le permitía ver los hologramas a voluntad con solo pensarlo.

—¿A qué distancia se encuentra? —preguntó Alón con un tono alterado y enérgico.

—A cuatro metros del primer elemento metálico que habíamos captado —Contestó uno de los científicos tecleando en su computadora holográfica.

—Desde esta distancia podemos escanear bien ese otro objeto si lo desea. Incluso quizá sea posible saber qué hay detrás de las enormes burbujas de aire que impiden que podamos ver más a fondo —dijo Sander frotándose la microscópica barba que tenía—. Es extraño: la gran masa de metal está más abajo y el escudo muy arriba. No tiene sentido; es como si al congelarse los dos objetos hubieran quedado suspendidos en el aire o agua. Supongo que esto reafirma nuestra teoría —dijo Sander mirando con una gran sonrisa a todo su equipo de investigación.

—¡No, eso no me interesa! —gritó más alterado—. ¡Tengo que encontrar los dos objetos faltantes! Era claro que ya no era una simple búsqueda como todas las anteriores en las que ni él ni sus antepasados habían logrado encontrar siquiera una pista.

—¡Señor!—respondió intentando ayudar. —Quizá los objetos que busca están pegados en el otro más grande. Por eso no logramos detectarlos aún. Insisto en hacer otro escaneo, señor. Incluso las burbujas de aire que están más atrás podrían ocultar algo más.

—¡Tonterías! —gritó molesto, tanto que algunos científicos se sorprendieron—. ¡No tengo tiempo para escaneos! Continuaré el camino y lo veré con mis propios ojos. Su máquina es demasiado lenta. ¡Aparten todo del camino ahora!

El último grito provocó que todos comenzaran a tomar sus cosas para mantener su distancia.

Una vez despejado el sitio, Alón usó sus poderes para abrirse paso por el hielo. Y cuanto más se acercaba, más disminuía la cantidad de energía que usaba. Hacía pausas mientras Sander y los demás miraban por detrás manteniendo su distancia, hasta que a través de la transparencia del hielo logró ver el escudo. Derritió con cuidado el hielo, hasta lograr tenerlo entre sus manos.

—Señor, ¿es lo que buscaba? —preguntó alguien a su espalda.

Alón le respondió emocionado. Las manos le temblaban.

—No lo sé. No tengo idea de cómo luce el escudo. Hay muchos rumores, pero sé lo que hace y solo existe una forma de comprobarlo.

El emperador alzó el escudo con los brazos extendidos sobre su cabeza. Cerró los ojos y le aplicó un poco de fuerza.

«¡Crak!» El sonido estremeció a Alón y aún más a los científicos que no comprendían lo que pasaba. El emperador abrió los ojos lentamente mientras sus cejas se curvaban y apretaba sus puños, después de ver cómo el escudo se partió en dos. Tambaleó los labios un momento en señal de desilusión, intentando contener sus emociones.

—¡Maldición! —gritó desilusionado—. No es el escudo que busco —dijo con tristeza mientras se arrodillaba en el frío hielo, desilusionado y molesto.

Alón miraba el reflejo de su rostro en el suelo, con la esperanza perdida. La ilusión de haber encontrado lo que tanto buscó se había desvanecido. Pero todo cambiaría con las palabras que escucharía de uno de los ayudantes de Sander.

—Señor—dijo un científico intentando llamar su atención—. Al fondo del hielo se ve la silueta del primer objeto detectado. Parece ser una persona con armadura

Alón giraba rápido para ver el muro de hielo. Observó a través de la transparencia difusa y distinguió a lo lejos un guerrero congelado que parecía flotar. Un suspiro ahogado salió de él mientras intentaba levantarse y exhalaba el vapor de su boca, esta vez más denso, él no buscaba ningún guerrero, pero quizás, solo quizás, él tendría lo que buscaba.

—Dicen que hay enormes burbujas de aire detrás que no dejan ver más, ¿cierto? —dijo mientras que sus manos se enrojecían y después todo su cuerpo también lo hacía—. ¡Apártense! Derretiré todo en una zona amplia. El agua que fluirá será abrumadora y ustedes tendrán que salir del túnel para no ahogarse

Sander entendió que deberían irse y ordenó la retirada. Alón tuvo que esperar al menos un luno y cuarto para asegurarse de que salieran del largo túnel. Una vez que todos salieron, el emperador comenzó a derretir la zona en una gran área de al menos veinticinco metros. Generaba un calor que irradiaba su cuerpo y manipulaba con tal precisión que dejó columnas de hielo para que el techo no colapsara.

Toda el área se convertía en agua más rápido de lo que podía salir por el largo túnel que descendía hasta la base de la montaña, dejando al guerrero congelado y Alón sumergidos por un momento mientras el agua hervía y fluía hasta que finalmente toda el agua se fue.

El lugar se sentía caliente provocando que las paredes continuaran derritiéndose lentamente.

Cuando terminó, el emperador caminó hacia el guerrero ya descongelado. Examinó su armadura de arriba abajo y no vio nada.

De pronto notó un movimiento en la mano del cuerpo.

Al ver eso, supo que podría estar vivo. Así que esperó un momento para ver si reaccionaba.

Al ver que volvió a moverse lo sacudió un momento. El guerrero comenzó a toser un poco. El emperador lo ayudó a sentarse.

—Mi nombre es Alón. ¿Cuál es el tuyo? —dijo observando que el guerrero, que parecía tener unos veinte años, se sentaba sujetándose la cabeza, algo desconcertado.

—No lo sé —respondió con dificultad—. No recuerdo quién soy. Me siento confundido. ¡Qué frío hace! —dijo con ambas manos cruzadas y frotándose los hombros para intentar calentarse. Aunque de nada servía a esa temperatura.

—Qué lástima, aunque es posible que pueda recuperarlos, si no es con mis poderes puede ser con tecnología. Tus memorias serán lo más preciado que he tenido hasta ahora.

—¡Por qué no recuerdo nada! —gritó provocando que Alón lograra ver algo inusual en su boca.

—Muéstrame tus dientes —le ordenó agachándose para observar de cerca. El guerrero, un poco extrañado, abrió su boca. Para sorpresa de Alón, tenía colmillos afilados y con una forma peculiar. Parecía que se trataba de un vampiro, o eso pensó al verlo.

—¿Por qué quiso ver mis dientes? —preguntó mientras se ponía de pie.

—Eres un vampiro —dijo Alón incrédulo—. Imposible, los vampiros están extintos.

—¿Qué es un vampiro? —preguntó volviendo a abrazarse para no perder el poco calor que aún tenía—. En serio qué frío hace. Me tengo que quitar esto.

Mientras intentaba quitarse la armadura con dificultad. Alón lo asistía, ya que una armadura así requiere de ayuda para poder quitarla. Con una curiosidad inesperada, un interés repentino lo invadió, al entender que podría aprovechar el poder de un vampiro.

Sin la armadura, Alón pudo ver una bolsa en el pecho del joven. La revisó cuidadosamente, pero no encontró nada. Entonces, Alón envolvió al muchacho con su energía de calor, lo que hizo que dejara de temblar. Observó un collar con el símbolo de una triqueta colgando de su cuello. Este símbolo era el más sagrado y temido por los vampiros. Sin embargo, no parecía afectarle en absoluto. Eso solo podía significar una cosa: debía ser un vampiro primigenio, descendiente de Kanel o de algún linaje cercano.

El collar era de oro y desprendía una energía espiritual fuerte. Alón podía percibirla con claridad. El nombre de Rodaric estaba grabado y se repetía por todo el collar. El emperador dedujo que ese sería su nombre. Le sacudió las gotas de agua que le mojaban los hombros al joven guerrero.

Alón no entendía lo peligroso que un vampiro podría ser con exactitud, pues la historia sobre ellos se ha ido perdiendo con el tiempo y mucho de lo que ahora aparece en películas u otras obras de entretenimiento parecen exageradas. Pero ya que él podía controlar las voluntades de cualquier ser vivo, usaría ese poder en caso de descontrolarse.

El sonido de un eco resonó entre las paredes de hielo, confundiendo su origen. Sonaba como si alguien estuviera tosiendo y respirando con dificultad. El emperador, al poner más atención, logró distinguir su procedencia. Siguió el sonido con la mirada y se giró para ver quién era. Vio a una chica arrodillada que jadeaba por el aire helado, con la piel pálida y el cabello cubierto de escarcha. Estaba claro que acababa de descongelarse.

La chica miró a Alón con una expresión alterada. Algo había hecho para calentar su cuerpo. Alón pensó que solo un Dibond o un Auron podrían hacer eso. No podía ser una elfa ni ninguna de las otras razas. No la había visto antes porque uno de los pilares de hielo la ocultó. Al ver la mirada hostil de la chica, dudó.

—¿Nos conocemos?… —le preguntó Alón con incredulidad—. No, es imposible que me conozcas. Estamos en el año 3412. Me debes estar confundiendo con alguien —le dijo mientras observaba cómo ella se ponía de pie y dejaba ver algo que llamó la atención del emperador.

—¡No sé quién eres! ¡Pero sé lo que buscas! ¡Y no te llevarás esto! —exclamó levantándose con un escudo en la mano izquierda, que brillaba como un espejo con un marco de metal pulido. En su cuello colgaba un collar y en su mano derecha empuñaba una espada.

Impactado, Alón abrió los ojos. La chica tenía lo que él buscaba. Se puso de pie con mucho cuidado sin apartar la vista de ella. Si era una Auron, podría enfrentarse a ilusiones o cambios de forma inusuales, incluso llamas de fuego como la que usó al crear el túnel dentro del hielo. Pero si era una Dibond, lo peor sería enfrentarse a energías extrañas.

El tiempo parecía detenerse en ese momento. Cada movimiento, pestañeo y respiración se percibían como en cámara lenta. Frente a los ojos del emperador estaba todo lo que había buscado con tanta desesperación y esfuerzo.

—¡Rodaric, él es el enemigo! —gritó ella, mientras el joven guerrero se sujetaba la cabeza intentando recordar quién era.

El emperador se percató de que Rodaric no le hizo caso. Sin dudar, se abalanzó sobre la chica. En un pestañeo ya la había sujetado del cuello y estrellado contra el muro de hielo.

Al tenerla contra el hielo usó su poder tocando su frente y entrando dentro de su mente.

Next Chapter