En las malas...
Justi se acercó aun más al borde de la tabla. La altura era impresionante. Una línea dorada se perdía entre los edificios más distantes. Contempló la inmensidad de esa ciudad anaranjada que se extendía bajo sus pies: diminutos coches aceleraban demasiado hacia sus destinos. Otros enloquecían a bocinazos frente al semáforo. Personas cruzaban la calle por cualquier parte, corriendo para no ser pisadas. Se apuraban tanto… Nada parecía tan importante desde ahí arriba.
Se acercó algunos centímetros más. Sí, todavía podía, si lo hacía muy despacio… La tabla rechinó bajo sus pies y su piel se erizó. Infló el pecho y un cosquilleo recorrió todo su cuerpo hasta las extremidades. Cerró los ojos. Los últimos rayos de sol teñían sus párpados de rojo. Por un minuto los martillazos se detuvieron. El murmullo del tráfico distante se desvaneció bajo el sonido de la brisa rozando sus oídos. Brisa que acariciaba sus mejillas y aliviaba su frente cubierta de sudor. Comenzó a alzar las manos a los lados, casi sin darse cuenta, como si fueran alas que esa misma brisa elevara.
De pronto, un sacudón en la tabla que le desencajó el corazón; perdió el equilibrio y lanzó manotazos de ciego hacia los caños del andamio más cercano, ahogando un grito entre las muelas. Se arrojó a un rincón seguro mientras apretaba una mano contra el martillar en su pecho. Le pareció escuchar risas y aplausos distantes. El volumen de las burlas aumentó al tiempo que su cabeza se aclaraba. Divisó al bufón de la fiesta: era el idiota que había estado jodiéndolo toda la semana, que acababa de sacudir la tabla sobre la que estaba parado.
—¡Eh! ¡Princesa!, ¿A dónde te pensás que estamos, pibe? ¿En el Titanic? —preguntó, con sorna.
Otra ola de risas explotó. Justi apretó los dientes y los puños mientras una llamarada se encendía en su interior. Se abalanzó contra el bufón y le dio un fuerte empujón en el hombro.
—¡Pedazo de pelotudo! ¡¿Qué mierda te pasa?! ¡¿No te das cuenta de que casi me matás?!
El grandulón se dio vuelta y lo aferró de la pechera de su chaleco naranja. Era todavía más joven que él, pero mucho más alto y corpulento, lo sobrepasaba por al menos una cabeza.
—¡A mí no me tocás, pibe! —Lo soltó con tanta brusquedad que Justi tropezó y cayó sentado—. ¿Qué pasa, princesita, te measte del cagazo? —continuó, con una exagerada mueca de aflicción, mientras los otros todavía reían entre dientes—. Dale, no seas tan maricón, que no te hubieras muerto. Acá hacemos las cosas bien, a prueba de boludos, como vos. —Soltó una carcajada—. Solo te hubieras caído a las tarimas de más abajo.
Contempló a Justi por unos segundos, que seguía sentado y agitado.
—Te faltan huevos —concluyó por lo bajo, mientras meneaba la cabeza y sonreía.
Se alejó. Los otros trabajadores también se dispersaron al ver que la pelea no continuaba y ya se ponía aburrido.
Justi lo siguió con la mirada, con el ceño fruncido y los dientes apretados, hasta verlo retomar sus tareas. Intentó tranquilizarse. No quería pelear: el tipo era enorme y hubiera perdido, además de la pelea —y quizás algún diente—, el trabajo. Hacía mucho que no conseguía nada y la oportunidad en la construcción había caído del cielo. De hecho, era bastante tolerable, mientras no tuviera que soportar a semejantes pelotudos. Lo habían contratado hacía una semana y ya le tocaba la primera paga. No tenía nada de experiencia en este tipo de trabajo, aunque tampoco era complicado: la mayoría de las tareas que le tocaban consistían en llevar cargas de acá para allá o subir cosas desde abajo hacia los pisos superiores. No estaba acostumbrado a tanto esfuerzo físico y su cuerpo se estaba empezando a resentir. Pero ya era viernes, gracias a Dios.
Todo fuera por un poco de guita.
Respiró hondo y trató de visualizar el fajo de billetes que le darían. Por fin podría pagar una parte de lo que debía del alquiler de la habitación, lo suficiente como para que el señor Ramírez no lo echara a patadas, tal como le venía prometiendo y parecía deseoso de cumplir. El resto de la deuda se la podría ir pagando de a poco, en los siguientes meses. Si todo seguía bien podría volver a comprar una computadora. Y quizás, con el tiempo y si ahorraba lo suficiente, hasta podría retomar los estudios.
Pero ya estaba volando. Lo primero que haría después de darle algo de plata al señor Ramírez sería reconectar internet en su teléfono para saciar su deseo de ver unas saltarinas tetas en alguna porno.
Salió de su ensoñación y se incorporó lentamente, volvió a agarrar el casco amarillo, que había acabado tirado en las tarimas, y se sacudió las manos en el pantalón.
Transcurrió el resto de la tarde levantando escombros. No quisieron que volviera a subir, lo que le dio una mala espina.
Al rato llegó el bendito horario de salida, así que esperó pacientemente su turno de cobrar haciendo la fila fuera de la oficina del supervisor. Los demás empleados se la pasaban bromeando, riendo y dándose palmadas; pero él era nuevo y no era exactamente el más sociable, así que apenas cruzó palabra con alguno acerca del clima o escuchó acerca de lo buena que estaba la amiga de la tía de otro. No le importaba, ya tendría tiempo de hacer amigos más adelante. De lo único que tenía que estar alerta era del grandote y de mantenerse lo más alejado posible. Le pareció que un par de tipos lo miraban demasiado por sobre el hombro y creyó que hablaban de él… o no. Tal vez solo eran ideas suyas.
Se abrió la puerta y salió un hombre bigotudo que le deseó buena suerte mientras intentaba meter en el bolsillo trasero del pantalón el sobre con su paga. Eso no tenía buena pinta… ¿Por qué le deseaba buena suerte? De la puerta abierta provino una voz:
—¿Y? ¡No tengo todo el día!
Justi entró, sonándose los nudillos y restregándose las manos. Ya anticipaba que no todo resultaría color rosa como había imaginado. Mierda…, pensó, que me digan lo que me tengan que decir y listo. Cerró la puerta detrás de él con suavidad, aunque sin poder evitar que rechinara. Era uno de esos containers devenidos en oficina, uno de los grandes. El ambiente estaba cargado de humo que salía de un cigarrillo olvidado en un cenicero repleto de colillas. El escritorio estaba cubierto de revistas, de las que también había apiladas en sillas y en el piso. Un armario hacía de separador a otra parte más al fondo; también había un perchero repleto de ropa. Ya había estado ahí cuando lo contrataron.
El supervisor dio un pequeño sorbo a su café y se bajó los anteojos para ver mejor quién había entrado.
—Ah, vos —dijo, meneando la cabeza mientras soltaba un resoplido.
Definitivamente, no tenía buena pinta.
Buscó el sobre de Justi entre los más apartados. Era uno de los más ligeros.
—Bueno, acá tenés —dijo, estirando el brazo para acercarle el sobre. Justi estiró su brazo también—. Pero ya no vengas la semana que viene, ¿sabés? Ya no vamos a necesitarte más.
—Disculpe, pero…, ¿qué pasó, por qué no? —preguntó Justi, sintiendo cómo se le estrujaban las entrañas. Bajó el brazo lentamente, sin haber tomado el sobre aún. Su jefe lo imitó.
—¿Por qué no? ¿Me tomás el pelo, pibe? Roque me contó lo que pasó.
—¿Roque? ¿El grandote? —El jefe lo miró, enarcando las cejas—. ¡Ese pedazo de hijo de puta casi me mata! ¿Le contó eso también? ¡Me sacudió el tablón en el que estaba parado! ¡Terrible pelotudo! No, disculpe, pero yo no estoy para ese tipo de bromas, ¿está bien? Casi me da un infarto, la puta que lo parió.
El jefe esperó un minuto antes de hablar, clavándole una dura y relampagueante mirada.
—Ese… “hijo de puta”, “terrible pelotudo”… es mi hijo. Y la puta que lo parió es mi esposa.
El cuerpo entero de Justi se tornó tan gris y tieso como el concreto que recubría las columnas de acero de la obra. Tenía que ser una broma.
Ambos se quedaron en silencio por un momento, mirándose a los ojos. Pero lo que Justi veía en realidad era como su dinero se alejaba volando, cada vez más y más lejos, atravesaba las nubes y brillaba a la distancia con un último resplandor, entre las putas estrellas.
—Escuche —dijo Justi, con la voz entrecortada—. Discúlpeme. No es un hijo de puta, pero sí es un inconsciente. No podés hacer ese tipo de bromas en un octavo piso.
—Mi hijo no es un inconsciente, ¡vos sos el inconsciente! —dijo, con repentina exasperación, apuntándole con el dedo y rodeando el escritorio, sin dejar de clavarle la mirada ni un instante—. ¡Vos sos el que se puso a hacer malabares en la tarima, sin equipo de seguridad, asomando la nariz a ocho pisos de altura! Roque se pondrá medio pavote a veces, pero acá el pelotudo inconsciente sos vos. Y también un egoísta de mierda, ¿tenés la más mínima idea de lo que le puede pasar a la empresa y a todos los que trabajamos acá si alguien llegara a caerse así? —Empezó a sacudir la cabeza—. Y no es la primera vez. Ya habías hecho boludeces parecidas, ¿o no? Ya me hablaron de vos. No podemos tener a alguien así trabajando con nosotros.
Justi soltó un largo suspiro, cerró los ojos y restregó su frente con una mano.
—Está bien… Bueno, entonces supongo que esta va a ser mi primera y última paga —dijo, esperando con el brazo estirado y la mano abierta. El jefe se cruzó de brazos lentamente, apoyó el culo en el escritorio y le lanzó una larga y desdeñosa mirada.
—Ya te di tu plata. Rajá de acá.
El rostro de Justi se ensombreció y sus ojos relampaguearon. Bajó el brazo y avanzó unos pasos hacia él.
—Trabajé duro por esta guita. Por favor… Solo deme el sobre. Y no me vuelve a ver un pelo.
Justi esperó una respuesta, después se acercó unos pasos más.
—Dele… —soltó una risita nerviosa—. No me haga esto. Solo quiero lo que me corresponde —continuó, con mirada suplicante. La desesperación en su voz iba en aumento.
Estaban a solo unos centímetros uno del otro. Justi esperó lo que le parecieron unos eternos segundos más, hasta que divisó que en la boca del hijo de puta se comenzaba a asomar una cínica sonrisa.
—Hijo de… —susurró para sí—. ¡DEME MI MIERDA DE PLATA! —estalló súbitamente.
El jefe se abalanzó sobre Justi y atrapó sus hombros, estrujándolos hasta el dolor, mientras lo hacía caminar hacia atrás para llevarlo a la salida, pero éste se echó a un lado con todas sus fuerzas y logró zafarse. Corrió hasta el escritorio y lanzó un rápido manotazo al que creía que era su sobre, pero tomó uno que no tenía su nombre. Rodeó el escritorio para quedar del lado opuesto al jefe y recorrió velozmente con la mirada todos los nombres en los sobres, sin lograr encontrar el suyo.
—¡Eh! ¿Todo bien? —preguntó alguien desde afuera.
El supervisor caminó hacia la puerta, sin dejar de mirar a Justi, y la abrió. Entraron dos hombres y otros dos más se asomaron.
—¿Qué pasa?
—Este pendejo quiere llevarse lo que no es suyo.
—Solo quiero mi plata. —Los nervios provocaron que su voz saliera entrecortada. Gotas de sudor se deslizaban por su frente y sus mejillas. Soltó el sobre que tenía en la mano como si le quemara—. Quiero la mía, no esta. ¡Quiero la que me corresponde!
Los dos hombres que acababan de entrar cruzaron rápidas miradas con el jefe y se encaminaron a Justi, pero él saltó por encima del escritorio con agilidad y los dejó atrás, sorteó al jefe mientras éste le lanzaba un inútil manotazo para atraparlo y se dispuso a salir disparado del lugar. Hasta que chocó con un cuerpazo que interrumpió su fabulosa huida: era el grandote hijo de puta, el tal Roque.
—¿Este gil te está dando problemas, papá? —preguntó, aferrándolo del brazo.
Arrastró a Justi hasta la salida, mientras los trabajadores que todavía no habían salido abucheaban, silbaban o aplaudían. Monos de mierda.
—Rajá de acá, y que no se te ocurra volver, ¿te queda claro? —dijo, a tan solo unos centímetros de su cara.
Soltó su brazo y le dio un último empujón en el pecho que casi lo hizo caer de nuevo, aunque está vez logró mantener el equilibrio. Justi comenzó a darse la vuelta para irse, pero sus manos ardían de furia, así que volvió a girarse hacia el grandote y le embocó un puñetazo directo entre los dientes. Algo en él estalló, y no solo fue el dolor repentino en su mano, sino también satisfacción, una tan intensa que logró capturar cada detalle del momento: las olas de carne agitadas por el golpe, la mandíbula torcida en un ángulo grotesco, el coro de exclamaciones que se oía de fondo. Y lo mejor de todo, la sangre que voló por los aires, fresca y brillante, todo con la belleza y lentitud de un poema recitado en perfecta cadencia. No recordó haberse sentido tan bien en toda su vida.
Cuando la poesía terminó, recibió uno similar en el ojo, además de un par de golpes en los muslos y en los brazos, con los que se protegió.
Se alejó de ahí rengueando y sin plata, aunque sonriendo como un desquiciado: en su cabeza seguía viendo la cara deformada del grandote después de haber recibido el impacto de su puñetazo. Dios, todavía podía ver esos hilitos rojos que salían disparados de sus dientes desencajados.
No sabía cómo iba a pagar el alquiler de la habitación, si apenas le alcanzaba para los gastos diarios con sus pocos ahorros. Tampoco sabía qué sería de él si no encontraba otro trabajo rápido. Pero lo que sí sabía, era que su amigo Alan hubiera estado orgulloso de él.