Capítulo 1
Narrador omnisciente
El bosque respiraba.
Las ramas crujían con la lentitud de un ser dormido, y el musgo exhalaba vapor dulce entre las raíces. Bolivú se deslizaba con el sigilo de una sombra que ya le pertenecía al entorno. Nadie notaba su presencia, excepto los insectos y las aves, que dejaban de zumbar y cantar por un instante cuando pasaba.
Aquella criatura no era un residente de ese bosque, hasta que decidió hacerlo propio y explorar su nuevo territorio.
Sus pies removian la vegetación muerta en el suelo del bosque, las pequeñas setas fosforescentes que abitaban las raíces de los árboles parpadeaban con cada paso, no eran pesados, todo lo contrario eran ligeros y silenciosos pero las pequeñas plantas sentían su presencia, lo antiguo que corría por sus venas.
Entonces, al atravesar un pequeño matorral y exhalar una nube de vapor por fosas huesudas al liberar uno de sus cuernos, atrapado por la vegetación, lo vio.
Se agacho y se escondió entre el follaje del bosque, apresar de ser imposible a ojos mortales a voluntad.
En un claro a pocos metros, cubierto de luz filtrada, allí estaba él: alto, de espalda ancha, con el sol marcando el contorno de sus hombros mientras se agachaba a examinar la tierra. Las manos de aquel hombre tocaban el suelo con respeto, no con dominio. Bolivú lo reconoció de inmediato, en lo profundo de su ser. No por nombre, ni por historia… sino por armonía.
Compatible.
Su pecho, si es que podía llamarse así, se expandió con una emoción ancestral, difícil de nombrar. No era deseo, ni hambre, ni admiración. Era algo más profundo, más primitivo: el reconocimiento de una posible unión, una posible pareja. Como una semilla encontrando por fin el suelo exacto donde germinar.
Bolivú lo observó y lo siguió durante horas, sin siquiera percatarse del paso del tiempo, más que por el sentir de que la luz empezaba a menguar.
Cada gesto que aquel hombre hacía (desde hablarle con voz baja al perro que lo acompañaba hasta levantar las piedras del camino para dejar el paso limpio) lo llenaba de certeza.
Era fuerte. No solo físicamente. Era el tipo de criatura que cuida. Que da. Que permanece.
Desde ese día, Bolivú comenzó a recolectar:
Piedras que brillaban bajo la luna.
Ramas curvadas de forma peculiar.
Flores deformes, únicas, con cicatrices en los pétalos.
Algunos cristales de río que resplandecían de forma particular.
Ofrendas.
Las dejaría cerca. No demasiado. Lo suficiente para que fueran notadas, pero no vistas como una amenaza. Así iniciaría el cortejo. Así comenzaría el nido, en un lugar seguro y alejado, donde cualquiera que quisiera hacerles daño o simplemente perturbar su paz no pudiera encontrarlos.
[•••]
Elías lo sintió primero en la nuca.
Un leve peso, como el roce de una pluma en la piel desde hacía horas, iniciado en el pequeño claro a unos pocos kilómetros de su propiedad, y desde ahí lo acompañó hasta su hogar. Pero cada vez que giraba lo más disimulado que podía, el bosque estaba como siempre: quieto, inmenso, lleno de sonidos que ya conocía de memoria.
Sajo gruñó bajo. Nada amenazante, más como un aviso. Sus orejas se inclinaron hacia el norte, donde los árboles eran más densos. Elías se detuvo y, sin poder evitarlo, miró fijamente hacia allí.
Nada.
Pero la sensación permanecía. Su instinto, o tal vez la sangre de druida diluida en sus venas, se lo decía: había algo ahí fuera.
No sentía miedo. Sabía que, si lo que fuera que lo acechaba desde la oscuridad del bosque quisiera hacerle daño, lo habría hecho mucho antes de que se percatara de su presencia. O si quisiera jugar con él, no lo habría dejado salir del bosque, y ya estaría muerto.
—Vamos, Sajo —llamó al perro, que seguía distrayéndose gruñéndole a lo que sea que los seguía.
No tenía en sus planes dejar que aquello se llevara a su pequeño bebé peludo.
[•••]
Los días siguieron así, con Elías atendiendo su viñedo, remendando y cortando leña, cazando para poder alimentarse él y Sajo. Incluso bajó al pueblo para comprar algunas cosas.
Todo bajo la atenta mirada de aquella criatura.
Pero algo había cambiado. Nada del otro mundo.
Solo que, en los últimos días, había encontrado objetos extraños cerca del viñedo: una piedra con vetas plateadas sobre el umbral del cobertizo, un trozo de rama en forma de espiral sobre su banco de trabajo, una flor extraña creciendo sola en el centro de su camino habitual.
No eran casualidades.
Limpiaba todo el lugar cada mañana (o al menos lo revisaba). Una causa razonable sería que el viento o pequeños animales fueran los responsables, pero esos días no hubo viento y el único animal que solía rondar los lares sin caer en sus trampas era su perro... y, bueno, ese ser.
Dudaba que estuviera intentando reclamar su tierra. Era más fácil matarlo que intentar imponerse de una manera tan particularmente extraña.
Pero Elías había aprendido a no ignorar los murmullos del bosque. Había visto criaturas que otros considerarían imposibles, y había sentido cuando la tierra temblaba por razones que no eran tectónicas.
—¿Estás oliendo algo corazón? —preguntó en voz baja.
Sajo respondió apoyando su cabeza contra su pierna. Se sentía inseguro, nerviosos, pero no asustado.
Ese ser seguía ahí. Lo observaba.
Sabía que no lo hacía con hostilidad. Pero sí con intensidad. Y el no saber por qué lo ponía nervioso.
Elías respiró hondo. Sus dedos se sumergieron en la peluda cabeza de su perro.
No haría preguntas al bosque aún. No convocaría a la bruja. Pero no ignoraría los signos.
Y esperaba que eso fuera suficiente, al menos por ahora.
Esa noche, como todas las otras desde que todo esto empezó, se aseguró de que todas las ventanas y las puertas estuvieran cerradas con seguridad, rezando que eso no tuviera pulgares para abrirlas. Porque, definitivamente, era inteligente. En contra de lo que cualquiera pensaría, no había tenido problemas para dormir. Solo debía acostarse y, en cuanto tocaba la almohada, caía rendido.
Y así mismo lo hizo, con Sajo a los pies de la cama cayo incosiente, dándole la espalda a la ventana que daba una clara vista a la oscuridad del bosque.
Desde ahí, dos ojos brillaban entre las ramas.
Observaban. Esperaban.
Recolectaban certeza.