Capítulo 1
—Han ocurrido... asesinatos en varias ciudades —explicó Gemma, su voz temblando apenas—. Las víctimas... son encontradas en... en condiciones horribles. Como si algo los hubiera desgarrado... no sé. La policía cree que es obra de un asesino en serie, pero la forma en que encuentran los cuerpos... es como si... —Gemma tragó saliva— como si hubieran sido devorados o destrozados desde dentro.
El aire en torno a ellas se tornó tenso. Brooke sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía lo que su amiga estaba pensando, lo que seguramente todas pensaban en silencio: algo así no era simplemente obra de un humano.
—Probablemente sea un culto —comentó Violet en un tono racional, sin embargo, una sombra de duda parpadeaba en sus ojos—. A veces esos grupos extremos hacen cosas así. Hay muchos fanáticos.
Brooke asintió, pero el malestar en su pecho no desapareció. Las palabras de Violet sonaban lógicas, pero algo no encajaba. Algo en su instinto le decía que aquello era más de lo que cualquiera de ellas podía imaginar.
Mientras llegaban a la entrada de la academia, Brooke las observó a ambas, tratando de decidir si ese era el momento para revelar lo que llevaba ocultando desde siempre. Gemma y Violet habían sido sus amigas desde que tenía memoria; habían compartido secretos, sueños y miedos. Pero, por mucho que Brooke quisiera confiar en ellas, no estaba segura de cómo podrían reaccionar al saber la verdad.
La verdad sobre ella. Sobre su familia y el oscuro linaje de cazadores de alienígenas del cual provenía. Los Kurayami no eran solo una familia más, y ella no era solo una chica común: sus habilidades superhumanas —la velocidad, la fuerza, la agilidad— eran el resultado de generaciones de tecnología alienígena implantada en su sangre hace tantas generaciones.
A pesar de que había aprendido a dominar estas habilidades y a mantenerse fuera del radar de enemigos y aliados por igual, algo en los recientes asesinatos la inquietaba de manera inexplicable. No era la primera vez que escuchaba sobre incidentes similares, pero había algo en esa ola de violencia que parecía conectarse directamente con el pasado de su familia, con secretos mucho más oscuros que los que ella conocía.
________________________________________________________________________________
La cafetería estaba llena de ruido y risas, con los estudiantes conversando en sus grupos, compartiendo anécdotas y risas entre bocados y sorbos de café. El ambiente era acogedor y relajado, y el sol de la tarde entraba en haces dorados por las ventanas. En una esquina, como siempre, Brooke, Violet y Gemma ocupaban su rincón junto a una de las ventanas. Brooke sostenía su taza entre las manos, tratando de sacudirse el sueño de encima mientras sus ojos, con ojeras profundas, parpadeaban pesadamente. Violet la observaba con una mezcla de diversión y desaprobación.
—¿Te parece si nos reunimos después de clases? —preguntó, con un aire crítico—. Si es que aguantas, claro —añadió, señalando con un gesto las ojeras que marcaban el rostro de Brooke.Brooke le sacó la lengua, con una sonrisa traviesa que intentaba enmascarar su evidente cansancio.
—¡Aguanto perfectamente! —replicó con una sonrisa retadora, inclinándose hacia adelante con la energía que le quedaba—. ¿A dónde quieres ir?
Pero antes de que Violet pudiera responder, Gemma soltó una risita emocionada, y sus ojos se iluminaron con una chispa traviesa.
—¿Qué tal si vamos al hospital abandonado que está en las afueras? —sugirió con entusiasmo, sus ojos brillando al pensar en la aventura.
La idea cayó sobre la mesa como una piedra en el agua. Brooke sintió que el estómago se le encogía al instante, y sus manos, que habían encontrado un calor reconfortante en la taza de café, se tensaron ligeramente. Sabía perfectamente de qué lugar hablaba Gemma: un hospital en ruinas que, según las historias, había sido abandonado de repente. Los rumores decían que el lugar estaba lleno de presencias extrañas, sombras que se movían en los pasillos y voces apagadas que resonaban en la noche. Brooke disimuló la incomodidad, pero la reacción no pasó desapercibida para Violet, quien le lanzó una mirada de curiosidad.
—¿Por qué un hospital abandonado? —preguntó Violet, observando la tensión en el rostro de Brooke y sin ocultar su interés—. ¿Qué tiene de interesante?
Gemma se encogió de hombros, sonriendo con un toque de picardía.
—Dicen que suceden cosas extrañas allí. Voces, sombras... ya sabes, lo típico. ¡Es emocionante! No todos los días tienes la oportunidad de vivir una experiencia de miedo real —contestó, bajando la voz en un intento de hacer su propuesta aún más intrigante.
Brooke trató de mantener la compostura, encogiéndose de hombros como si la idea no le importara mucho, pero por dentro una sensación de incomodidad le pinchaba la mente.
—No sé, chicas... Tal vez podríamos hacer algo menos, no sé, tenebroso. Quizá tomar un helado o algo así.
Violet arqueó una ceja, sorprendida por la respuesta de Brooke. Sabía que su amiga solía ser la primera en aceptar cualquier plan, y verla evadir algo de esa manera le resultaba inusual.
—¿Te asusta el lugar, Brooke? —preguntó, con una mezcla de sorpresa y curiosidad, notando la expresión de su amiga.
Brooke se apresuró a negar con la cabeza, tratando de restarle importancia al tema.—¡No! Para nada... Solo creo que es una pérdida de tiempo. ¿Para qué molestarse en ver paredes viejas y llenas de moho?
Gemma soltó una carcajada y le dio una palmada amistosa en el hombro.
—Vamos, Brooke, será divertido. No todos los días tenemos la oportunidad de explorar un hospital abandonado. ¡Es algo que recordarás siempre!
Violet, que hasta ese momento había estado observando con una expresión neutra, comenzó a mostrar un leve interés. Brooke notó cómo sus ojos se afilaban, claramente intrigada.
—Yo también siento curiosidad —admitió Violet—. Dicen que el hospital se cerró de repente y que incluso los registros fueron eliminados. Se rumorea que hacían experimentos allí.Brooke soltó un suspiro, dándose cuenta de que no tenía escapatoria. A pesar de que no tenía buenos presentimientos sobre ese lugar, nunca había podido resistirse a la insistencia de Gemma ni a la curiosidad lógica de Violet.
—Está bien —aceptó finalmente, forzando una sonrisa. Internamente, un instinto le decía que no debía ir, pero su determinación por mantener su secreto intacto la convenció de que podría manejar cualquier situación.
Justo entonces, la campana resonó por todo el pasillo, marcando el final del almuerzo. Las tres comenzaron a recoger sus cosas para dirigirse a sus clases, pero en su prisa, Gemma tropezó con la mesa, haciendo que el cartón de leche que llevaba cayera al suelo. Brooke reaccionó al instante, extendiendo la mano y atrapándolo en el aire, un parpadeo antes de que tocara el suelo.
Todo sucedió en un segundo, pero Brooke sintió el aire congelarse al darse cuenta de que Violet y Gemma la miraban con sorpresa.
—Wow, Brooke —dijo Violet, con las cejas alzadas—. No sabía que eras tan rápida. ¿Desde cuándo haces deportes?
Brooke sintió cómo la sangre se le subía a la cabeza, y se esforzó por mantener la calma. Su respuesta fue automática, un intento de desviar la atención.
—Ah... fue solo un impulso, supongo. Reflejos rápidos.
Violet la miró con una expresión que sugería que no había creído del todo su explicación, pero antes de que pudiera insistir, Gemma soltó una carcajada y le dio un golpecito en el brazo.
—¡Reflejos rápidos, eh? Si yo intentara algo así, seguro que termino tirando la leche encima de alguien.
Rieron, y Brooke soltó un suspiro de alivio al ver que el momento incómodo había pasado. Pero mientras salían de la cafetería, su mente se llenó de pensamientos. Sabía que debía tener cuidado; sus habilidades no eran algo que sus amigas conocieran, y la última cosa que quería era llamar la atención.
Brooke llegó a casa arrastrando los pies, el peso del día le pesaba en cada paso. Cerró la puerta con cuidado, escuchando el eco que resonaba en la silenciosa entrada. Como ya era costumbre, llamó a su abuela, pero solo recibió el vacío en respuesta. Un suspiro se escapó de sus labios mientras se daba cuenta de que su abuela, como siempre, estaba fuera en alguna misión secreta, envuelta en ese misterio que impregnaba la vida de ambas.
Subió las escaleras lentamente, sintiendo cómo el cansancio se hundía en su cuerpo, y al llegar a su cuarto, se dejó caer sobre la cama sin molestarse en quitarse los zapatos. Cerró los ojos, esperando que el sueño la recibiera de inmediato, pero apenas su cabeza tocó la almohada, la imagen del hospital abandonado apareció en su mente. No podía sacarse la sensación de incomodidad que la había estado acosando desde que Gemma propuso la idea de explorar ese lugar. A pesar de su actitud despreocupada frente a sus amigas, Brooke no podía ignorar el peso de los recuerdos de advertencias y relatos oscuros que su abuela le había confiado sobre ese hospital y era un nido de criaturas de otro mundo.
Su linaje había guardado secretos durante generaciones, cosas que ni siquiera sus amigas más cercanas podrían imaginar. La familia Kurayami se hacía pasar por artesanos para ocultar su verdadera identidad, una tapadera para disuadir a cualquiera de descubrir la realidad detrás de su linaje. Cazadores de alienígenas, lo suficientemente disciplinados y poderosos para controlar sus habilidades y enfrentar a enemigos que llegaban a la Tierra con propósitos oscuros. Brooke suspiró, sintiendo un escalofrío en la piel al recordar que no todos los alienígenas eran pacíficos; la mayoría de los que llegaban a su planeta parecían ser lo peor de su especie.
El linaje Kurayami se remonta a siglos atrás, cuando uno de sus antepasados encontró una nave alienígena oculta en el desierto, aún intacta. Ese hallazgo cambió el curso de la historia para su familia, y de ahí en adelante, dedicaron sus vidas a la misión de proteger la Tierra. La tecnología y el conocimiento que obtuvieron en aquella nave les permitió modificar su genética, desarrollando habilidades sobrehumanas para enfrentar a esas criaturas. Brooke era heredera de ese legado, igual que habian sido sus padres.
Pero la historia de sus padres era una herida abierta en su corazón. Fueron cazadores, y su última misión los llevó a enfrentarse a una criatura de las más poderosas que jamás habían encontrado. Brooke recordaba el momento en que su abuela le había contado sobre su muerte.
Fue un duelo épico, uno que dejó cicatrices invisibles en la familia. Desde entonces, Haruko se convirtió en su mentora y protectora, endureciéndose en un caparazón de frialdad y firmeza, ocultando el dolor por la pérdida de sus hijos. Su abuela era implacable en su entrenamiento, una mujer que a pesar de su edad parecía congelada en el tiempo, conservando una habilidad y agilidad que impresionaban incluso a sus enemigos.
El problema de Brooke era su falta de control. Su abuela siempre le advertía sobre el riesgo de usar sus habilidades sin total dominio. Si abusaba de ellas, podía caer en un estado de trance, una especie de frenesí donde sus impulsos instintivos tomaban el control, un estado que en más de una ocasión la había llevado a perder el sentido del peligro. Le había prohibido interactuar con alienígenas hasta que pudiera controlar esa parte salvaje de sí misma.
Mientras se cambiaba frente al espejo, su mente batallaba entre la advertencia de su abuela y el instinto de proteger a sus amigas. Se puso unos jeans, una camiseta oscura y una chaqueta ligera, y se quedó un momento observando su reflejo. A pesar de que sus ojos reflejaban algo de inquietud, había en ellos una firmeza que la sorprendió. La idea de que Gemma y Violet exploraran ese lugar sin ninguna protección le resultaba insoportable. Tal vez, si las acompañaba, podría cuidarlas sin necesidad de usar sus poderes. Pero sabía, en el fondo, que esa posibilidad era poco probable. Lo que sea que habitara en ese hospital no era nada ordinario.
Brooke respiró hondo y echó un último vistazo a su habitación. Se quedó quieta un segundo, repasando mentalmente las lecciones de su abuela, los consejos sobre cómo mantener la calma y la vigilancia en situaciones de riesgo. Sabía que cualquier descuido podía poner a sus amigas en peligro. Cerró la puerta con suavidad y salió al exterior, sintiendo el aire fresco en su rostro y tratando de convencerse de que podría enfrentarse a lo que fuera que las esperara en el hospital.
La noche estaba cayendo con un aire de quietud casi sobrenatural cuando Brooke llegó al punto de encuentro. Sus amigas, Gemma y Violet, ya estaban allí, bajo las sombras de los árboles y la fachada desgastada del hospital abandonado. La estructura antigua, con sus ventanas rotas y paredes cubiertas de moho, parecía un gigante dormido, acechante, listo para tragarse a cualquiera que osara cruzar su umbral. Pero el ambiente, tenso y casi mudo, se rompía con las risas de Gemma y Violet, que parecían completamente inmunes a la inquietante atmósfera del lugar.
Brooke se detuvo frente a ellas, observando el hospital con el ceño fruncido. Sabía que debería mantener la calma, pero algo en su interior se retorcía, advirtiéndole que dar un paso más allá de la entrada podría traer consecuencias que ni ella misma podría prever.
—¿En serio vamos a entrar ahí? —preguntó, tratando de sonar relajada, aunque una punzada de incomodidad en su estómago traicionaba su fachada. Violet, siempre observadora, levantó una ceja, pero mantuvo su expresión seria.
—¿Tienes miedo, Brooke? —se burló Gemma, dándole un empujón juguetón en el hombro. Sus ojos brillaban con una emoción casi infantil, como si se tratara de una simple aventura.
Violet, en cambio, parecía más sobria. La miró de reojo, percibiendo la incomodidad de su amiga de una manera que, en su naturaleza lógica, no podía ignorar.
—No tienes que forzarte si no quieres, Brooke —dijo con voz tranquila, aunque su tono guardaba una extraña mezcla de empatía y curiosidad—. Si te molesta, podemos dar media vuelta y seguir con la noche en otro lado.
Brooke se mordió el labio y asintió, dibujando una sonrisa ligera, queriendo parecer segura de sí misma. Sabía que ambas la estaban observando, evaluando cada uno de sus gestos. No quería preocuparlas, pero el mal presentimiento persistía. Bajó la voz solo para que Violet pudiera oírla.
—Estoy bien, en serio. Solo... no quiero que terminen lastimándose por hacer alguna tontería.
Violet le dio una mirada comprensiva, una pequeña sonrisa en los labios que parecía decir “entiendo”. Gemma, mientras tanto, sacaba su teléfono y ponía música de fondo, una melodía baja que pretendía aligerar la tensión que, sin saberlo, ya era casi palpable. Sin decir más, Violet encendió su linterna y proyectó el haz de luz en la fachada oscura del hospital, donde las sombras parecían retorcerse en formas que sus ojos no podían seguir completamente.
Brooke dio un paso hacia adelante, sintiendo cómo sus sentidos se agudizaban instintivamente, como si una alerta silenciosa le recorriese la piel, tensando sus músculos y despertando cada nervio. Sabía que lo correcto sería girarse, tomar a sus amigas del brazo y marcharse, pero también sabía que Gemma no abandonaría el lugar hasta haberlo explorado. Así que mantuvo su postura, controlando su respiración y evaluando cada rincón de su entorno con la mirada.
—Aquí estamos... ¡listas para una noche de historias de terror! —anunció Gemma con un entusiasmo desenfadado, avanzando hacia la puerta sin detenerse a pensar en las sombras que parecían observarlas desde el hospital.
Las tres cruzaron la entrada y se adentraron en el interior del edificio. Las paredes, alguna vez blancas, estaban cubiertas de manchas oscuras y grietas que parecían rostros deformados bajo la luz de la linterna. Un olor a humedad, polvo y algo más antiguo y rancio impregnaba el aire, haciendo que Brooke tuviera que contener una mueca de disgusto.
—No creo en espíritus ni en demonios, pero supongo que ver para creer —murmuró Violet con un tono desafiante, inspeccionando los alrededores con mirada crítica—. Esto es solo un edificio viejo.Gemma resopló, negando con la cabeza y sonriendo ante la seriedad de su amiga.
—Claro que no, Violet. Hay muchísima evidencia de que existen espíritus y energía residual en lugares como este. No puedes simplemente decir que no existe porque no lo ves.








