🏹Capitulo 1🏹
Adara Keith
Hace 45 años el mundo se dividió en siete reinos, algunos fueron gobernados en beneficio de sus habitantes, mientras que otros sucumbieron a la avaricia. Con el tiempo, la ambición corrompió sus corazones convirtiéndolos en mounstro deseosos de territorio y poder, se volvieron ciegos y sordos a las súplicas de sus ciudadanos.
La guerra se convirtió en una matanza brutal y sangrienta en la que murieron mujeres, soldados y niños. Meses después, el Reino Orlux se alzó como el victorioso. Sin embargo, un individuo buscó venganza
Este individuo fue el primero y único en exterminar casi todo el linaje Caigh: reyes, príncipes, princesas y primos; todos los que llevaban la sangre Caigh perecieron. Pero cometió un error al dejar vivo al general, quien lo mató a sangre fría y establecio un reinado de oscuridad y terror para todos los demás reinos, que él consideraba implicados.
El mandato del Gr. Amateus Caight fue el más sangriento y tiránico de la historia, aunque su era también estuvo marcada por una riqueza desbordante. Sin embargo, para la historia, se convirtió en un guerrero sediento de sangre y poder, dispuesto a hacer lo que fuera necesario para obtenerlo.
Al saciar su venganza, el General empezó a expandir su dominio. En la actualidad, de los siete reinos, cuatro están gobernados indirectamente por el linaje Caigh. Los gobiernos autónomos son: el Reino Calosea, el Reino Hiedal y el mío, el Reino Enevell.
No soy una princesa ni una guerrera; soy una mujer a la que le han arrebatado todo. En muchos aspectos, no difiero de los habitantes de Orlux: tengo sed de venganza, pero lucho por la libertad de mi reino.
Cumpliré con lo que mis ancestros no pudieron durante la Guerra de los Siete Reinos, ni en la masacre perpetrada por aquel hombre. Exterminaré hasta el último ser con sangre Caigh.
Después de años estudiandolo estoy, escondida en uno de los edificios más altos de la capital Deigh, con un traje ceñido al cuerpo, preparando mi espacio. El viento molesta, intentando llevarse mi cabello rubio ondulado.
Observo la celebración con indiferencia. La gente baila, bebe y come, ajena a mi presencia. Hoy no vengo por ellos, sino por Xavier Caigh, el nuevo rey, relajado en su trono, distraído con sus nuevas batallas.
Rápidamente recojo mi cabello y cubro la mitad de mi rostro con una tela negra atada detrás de mi cabeza.
Las bailarinas terminan su número y se alejan. Alisto mi arco, fabricado con la madera más resistente y adornado con detalles dorados obtenidos de las lágrimas del sol. La flecha sale disparada, rozando la mejilla del rey y dejando un corte fino y preciso. Sus guardias se apresuran al castillo. Mis piernas se mueven, llegando apenas unos segundos antes que ellos, y me posiciono en la gran asamblea.
Las luces se encienden y quedo frente a frente con el tirano.
—Pensé que había apuntado más arriba—digo, tocando el corte con mi dedo—, pero también pensaba que no eras un cobarde.
Los guardias me apuntan con sus espadas, listas para atacarme.
—Una mujer tan pequeña no puede intentar matarme.
—¿Quién dijo que quería matarte?—Una sonrisa se dibuja en mi rostro—. Si hubiera querido matarte, lo habría hecho. La venganza es más sabrosa cuando se sirve fría. Hoy solo quería tu atención para darte una advertencia.
Sus ojos, tan oscuros como su corazón, intentan ver más allá. Sus puños cerrados solo aumentan mi confianza.
—La sangre derramada será pagada con la sangre de quien la derramó—digo, llevando la sangre a mi boca y saboreando la maldad y la muerte—. Tú has derramado tanta sangre que la que corre por tus venas no será suficiente para pagar.
Me despido con un beso al aire y salgo casi corriendo para evitar ser atrapada. Antes de salir del palacio, escucho:
—¿Quién era esa mujer?
Soy tu infierno, soy tu perdición.
Prepárate, porque muy pronto estarás acabado.
Esta guerra recién comienza.