Tentación Prohibida (Deseos Prohibidos #2)

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Summary

Dos años después de escapar de una pasión peligrosa, Sherisse ha construido una nueva vida. Sin embargo, la tranquilidad es solo una fachada que oculta un amor prohibido que aún arde en su interior. Cuando su pasado irrumpe en su presente, todo comienza a desmoronarse. La tentación vuelve con su peligroso magnetismo, atrapándola en una red de secretos y deseos. Sherisse deberá elegir entre la seguridad de su vida actual y el desenfrenado deseo que nunca murió, un deseo que promete tanto peligro como lujuria.

Status
Ongoing
Chapters
41
Rating
4.3 3 reviews
Age Rating
18+

Pʀᴏ́ʟᴏɢᴏ

Un año y medio antes...

Nueva York, Estos Unidos.


Creo que algo anda mal. Grace está inquieta, muy inquieta. Esta ya es la cuarta vez que revisa su teléfono, ¿o quizás es la quinta? Además, ha estado viendo hacia la puerta del restaurante casi desde que entramos.


—G, ¿está todo en orden? —giré mi cabeza hacia la puerta, intentando ver lo que ella veía.


—¿Qué? —dijo ella, claramente sorprendida por mi pregunta.


—Llevas viendo hacia la puerta desde que llegamos, G —le dije con una sonrisa burlona.


—Todo en orden, solo que tengo una reunión con un cliente importante y no quiero que se me haga tarde —se excusó, aunque su tono no era del todo convincente.


—Número uno: no creo que tus clientes vayan a atravesar esa puerta, Grace —comencé a hablar—. Número dos, y más importante: tú fuiste quien insistió en venir a comer. Te dije que podíamos quedarnos a comer con mi tía, pero no, me hiciste viajar hasta Tribeca.


Grace iba a decir algo cuando se escuchó la campanilla de la puerta. Alguien llegó, y al parecer Grace conocía a esa persona, ya que de inmediato puso una gran sonrisa y saludó con su mano.


Me giré para ver a la persona en cuestión y de inmediato me sorprendí. Era un hombre alto, muy atractivo, de cabello castaño y barba bien cuidada. Llevaba un traje gris claro que lucía caro. De inmediato volteé a ver a Grace.


—¡Vince! —dijo ella con entusiasmo en cuanto el sujeto estuvo a nuestro lado. Grace se puso de pie y lo saludó con un beso en la mejilla—. Me alegra que hayas podido venir —sonrió.


—¿Cómo decirle que no a una de mis mejores abogadas? —dijo el hombre y sonrió. Tenía una sonrisa encantadora.


Yo tan solo los veía a ambos con una sonrisa, sin entender muy bien lo que estaba pasando. ¿Quién carajo era él? Grace no mencionó nunca que estuviera saliendo con alguien, así que no podía ser eso. Entonces, ¿qué estaba pasando?


—Vince, ella es Sherisse —me señaló con la mano—. Es una de mis mejores amigas. Sher, él es Vincent, el Fiscal General, y por lo tanto, mi jefe.


Me quedé sin palabras por un momento, intentando procesar la información. Entonces, Grace me dirigió una mirada traviesa.


—¿Te importa si Vincent se une al almuerzo, Sher? —preguntó Grace con un tono juguetón.


—Amm...no...no hay problema, adelante —dije, tartamudeando un poco pues realmente no estaba entendiendo absolutamente nada.


Vincent acercó una silla y se sentó frente a mí, sus ojos marrones me veían fijamente mientras una pequeña sonrisa coqueta se posaba en su rostro.


—Debo admitir que estaba deseando conocerte, Sherisse —dijo Vincent sin dejar de mirarme.


—¿Ah sí? —pregunté confundida.


—Sí, Grace me ha hablado mucho de ti.


Me forcé a sonreír y asentí, sintiéndome repentinamente nerviosa. Grace nunca mencionó que planeaba traer a su jefe a almorzar con nosotras. Volteé a ver a Grace, quien le estaba dando un gran trago a su vaso de jugo mientras evitaba mi mirada. Perra. Más le valía que esto no fuera lo que creía, o ella estaría muerta muy pronto.


La conversación fluyó de manera natural durante los primeros minutos, pero justo cuando empezaba a relajarme, Grace miró su teléfono y frunció el ceño.


—Oh, no. —Grace dejó escapar un suspiro dramático—. Acabo de recibir un mensaje urgente de mi papá. Necesito regresar de inmediato al despacho.


—¿Qué? —pregunté, sintiendo un ligero pánico—. Pero...


—Lo siento mucho, Sher. Vince, ¿te importaría quedarte y cuidar de Sherisse por mí? —Grace le lanzó a Vincent una mirada suplicante.


—Claro, no hay problema —respondió Vincent con una sonrisa tranquilizadora—. Estaré encantado de hacerle compañía.


Grace me dio un beso rápido en la mejilla antes de salir apresuradamente del restaurante. Me quedé sentada allí, completamente sorprendida por el giro de los acontecimientos.


—Entonces, Sherisse, cuéntame más sobre ti —dijo Vincent, inclinándose hacia adelante con interés—. Estoy seguro de que tienes muchas historias interesantes.


Me forcé a sonreír, aunque sentía las mejillas ardiendo. No podía creer que Grace hubiera hecho esto. Voy a matarla. No solo me había arrastrado hasta aquí bajo falsas pretensiones, sino que ahora me había dejado sola en una cita improvisada con el Fiscal General. ¡Jodidamente fantástico!


—Bueno, no sé si son interesantes, pero intentaré no aburrirte —dije, jugando con una servilleta para calmar mis nervios.


—Dudo mucho que alguien tan fascinante como tú pueda aburrirme, Sherisse —respondió Vincent con un tono coqueto, sus ojos brillando con diversión.


Me sentí ruborizar aún más ante su comentario. No podía creer que esto de verdad estuviera pasando. Grace llevaba tiempo suplicándome que saliera y conociera a alguien, y como me negué, entonces lo hizo por mí. No sé si amarla por preocuparse por mí o estrangularla.


—Escucha, Vincent...no sé qué te contó Grace, pero no...


—No me dio muchos detalles —me interrumpió—. Pero dijo que pasaste por una ruptura fuerte —lo vi—. Y entiendo totalmente, así que no presionaré —sonrió galante. ¡Joder! Su maldita sonrisa era encantadora.


El resto del almuerzo fue bastante ameno. Vincent era un sujeto encantador, sin duda, y todo un caballero. Después de despedirnos, subí a mi auto y de inmediato tomé mi teléfono.


—¿Cómo pudiste hacer eso, perra? —reclamé en cuanto Grace contestó el teléfono.


—No te enfades conmigo, Sher —habló dulcemente—. Sabía que si te lo preguntaba dirías que no.


—¿Y por qué ponerme en esa situación entonces?


—Porque necesitas empezar a soltar, nena, conocer gente nueva y... —suspiró—. Vincent es un gran sujeto, Sherisse. Solo dale una oportunidad ¿quieres?


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Nueve meses después...


Mi mirada estaba fija en la ventanilla del auto, observando el paisaje de la ciudad mientras Vince conducía. Seguía sin decirme a dónde íbamos. Le había preguntado varias veces, pero siempre respondía que era una sorpresa. Después de insistir por tercera vez y recibir la misma respuesta, decidí rendirme.


—¿Seguro que no puedes darme una pista? —pregunté una vez más, aunque ya conocía la respuesta.


Vincent sonrió sin apartar la vista del camino.


—Paciencia, Sherisse. Solo un poco más y lo sabrás.


Suspiré y me recosté en el asiento, tratando de relajarme. Con Vincent, las sorpresas siempre eran grandiosas, pero también me llenaban de una mezcla de curiosidad y ansiedad.


Finalmente, el auto se detuvo frente a un elegante edificio que reconocí de inmediato. Era uno de los restaurantes más exclusivos de la ciudad, conocido por su impresionante vista panorámica.


—¿Aquí? —pregunté, mi curiosidad ahora completamente despierta.


Vincent asintió y salió del auto para abrirme la puerta. Tomé su mano y salí, observando el edificio con admiración.


—Vamos —dijo él, guiándome hacia el interior.


Nos llevaron a una mesa junto a una enorme ventana que ofrecía una vista espectacular del skyline de Nueva York. Las luces de la ciudad brillaban como joyas en la noche, creando un ambiente mágico.


La cena transcurrió de manera encantadora. Vincent estaba especialmente atento y cariñoso, lo cual no era raro, pero había algo en su comportamiento que me hacía sospechar que algo más estaba pasando.


Después del postre, Vincent tomó mi mano y la sostuvo entre las suyas.


—Sherisse, estos últimos nueve meses han sido los más maravillosos de mi vida —comenzó, mirándome con una intensidad que hizo que mi corazón se acelerara—. Has traído luz y alegría a mi mundo de una manera que nunca imaginé posible.


Sentí mis ojos llenarse de lágrimas. Vincent era siempre tan encantador y sincero, y sus palabras me conmovían profundamente.


—Quiero pasar el resto de mi vida haciéndote tan feliz como tú me haces feliz a mí —continuó, mientras sacaba una pequeña caja de su bolsillo y la abría para revelar un anillo deslumbrante—. Sherisse, ¿quieres casarte conmigo?


Me quedé sin aliento, incapaz de hablar por un momento. Mis ojos se movieron del anillo a los ojos de Vincent, que brillaban con esperanza y amor.


—Sí —susurré, apenas capaz de creer lo que estaba sucediendo—. Sí, quiero casarme contigo.


Vincent sonrió ampliamente mientras deslizaba el anillo en mi dedo. Nos abrazamos y besamos, mientras el restaurante estallaba en aplausos.


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Días después...

Sicilia, Italia.


Mi teléfono estaba encendido sobre mi escritorio. Llevaba al menos diez jodidos minutos debatiéndome en si debía ver aquellas fotos o no. Desde que me llegó el primer texto diciendo que tenían novedades que no iban a gustarme, me lo podía imaginar.


Suspiré y finalmente tomé el teléfono. Pero en cuanto vi aquella fotografía, me quedé completamente paralizado. Aferré aún más el vaso de whisky que tenía en la mano. La fotografía mostraba a Sherisse y a ese bastardo de Vincent, sonriendo mientras Sherisse mostraba un jodido anillo de compromiso en su dedo.


La rabia no tardó en aparecer. Nueve meses, nueve jodidos meses juntos y ya le había hecho una propuesta. Desde que supe que Sherisse había comenzado a salir con alguien, una rabia y una tristeza inundaron mi interior. Sabía que este día llegaría algún día, simplemente no imaginé nunca que fuera a ser tan jodidamente pronto.


Aparté la mirada de la pantalla de mi teléfono rápidamente y lo puse boca abajo sobre mi escritorio. Cerré los ojos un momento, tratando de controlar la puta mezcla de emociones que me invadían: ira, celos y un jodido y profundo dolor que nunca admitiría. Aferré aún más mi agarre al vaso de whisky, tratando de controlarme para no hacer alguna jodida estupidez. Solté un gruñido desesperado y arrojé el vaso contra una pared. El vidrio de inmediato se hizo añicos y se esparció por el suelo.


Suspiré y me pasé las manos por la cara y el cabello. No tenía sentido que esto me afectara tanto; finalmente fui yo quien la alejó. Ella tenía derecho a rehacer su vida y yo lo sabía, pero la parte jodidamente egoísta de mí no quería que alguien más la tuviera. Volví a suspirar y me puse de pie. Tenía un imperio criminal que dirigir y, aunque esto me afectara, no podía dejar que la amargura me impidiera hacer mi trabajo.