Inmortal Errante

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Summary

Wilren, un híbrido alado inmortal, viaja por el Continente buscando algún propósito. Una razón más allá del por qué está vivo.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

There will come a soldier

Era invierno la primera vez que lo vio. Fue tal vista que no pudo dejarlo estar; una criatura tan hermosa cubierta de sangre y aterrorizada por sus perseguidores. No podía perderse en la nevada. Habría muerto si no hacía nada.

O al menos eso creía en ese entonces.


Sus patas hacían la nieve crujir endurecida ya por el frío de meses, su pelaje denso cargaba encima suaves copos iguales de nieve que no se derretían, así evitando que el Lobo se mojara. Algo peligroso en esas fechas. Solo se escuchaba la suave briza pasando por altas ramas negras, botando al suelo la ocasional nieve apelmazada acumulada en ellas– gracias a tal silencio le fue fácil distinguir el olor del sonido. El Lobo levanta la cabeza, sus orejas moviéndose unos instantes para discernir la dirección. El acre olor a húmedo, el suave olor metálico de armas humanas, perro– perros… Sangre. Junto al sonido de suave conversación, jadeo húmedo de caninos y pisadas que trataban mediocremente de ser silenciosas.

Desde el pecho del Lobo un sonido gutural y bajo nace. Cazadores. Han estado husmeando en este territorio, demasiado lejos de sus hogares y manadas. Sin contar el olor dulce y metálico de la sangre que impregnaba el bosque cada vez más, fresca de alguna presa gravemente herida. El Lobo en trote empieza a seguirlos y rodearlos, lo suficiente cerca para que los perros no lo detecten. Con tantos estímulos, él no podía ser de tanta preocupación como la presa que estaban persiguiendo y por la cantidad de sangre y las huellas que había encontrado… la presa era un híbrido. El Lobo gruñe de nuevo. Esto no estaba en sus planes pero no podía dejar a una criatura, inocente del crimen de nacer, morir de esa manera.

Ladridos de perros se escuchaban más fuertes, excitados, estaban corriendo por entre las ramas bajas y los gritos no tardaron en seguirles. Pero no eran los gritos que el Lobo esperaba.

Eran gritos humanos, venían de los Cazadores.

El Lobo para su caminata y sólo se queda escuchando el cómo segundo a segundo los gritos de los humanos se van apagando uno a uno, los perros gritan en dolor por un instante antes de no volver a hacer ningún otro ruido- el bosque vuelve a su tranquilidad de siempre. Casi. Hay una sola fuente de ruido. Se puede escuchar la rápida y dolorida respiración de un ser vivo más, mientras más el Lobo se acerca más puede discernir lo que se encontrará frente a frente.

Plumas húmedas. Tela de un material curioso rozando la piel. Una cantidad preocupante de sangre. Acero.

Puta madre.”

Se escucha una voz hablada entre dientes, formada con dolor y apenas fuerza. Y aún así, lo primero que el Lobo encuentra al dar la vuelta por un gran árbol de corteza negra, siendo lo único que le separaba de la criatura, es una espada de acero negro cubierta de sangre; ésta ya coagulada por el frío que les rodeaba.

El Lobo observa aquella arma, la mano temblorosa y húmeda en líquido carmesí que hace su hocico salivar, la ropa sucia que ha visto mejores días… La piel pálida y los cabellos rubios, casi como el Sol. La forma en que ésta criatura se sujetaba el abdomen, la manera en que una de sus alas negras no estaba correctamente en su lugar.

El Lobo se acerca un paso.

“Sé que puedes oírme.” Es dicho con odio, es dicho con cansancio. “Te lo advierto, vete”. Desesperado.

Era sorprendente que una criatura que no fuera de su especie supiera que él no era un simple lobo. Es verdad que era de un tamaño mucho mayor que un canino común pero habían lobos grandes también, más arriba en las montañas, y aunque eso no era lo único que lo diferenciaba de un simple animal, las pistas no eran información de dominio público. ¿Quién es este niño? En este momento, lo único que el Lobo quiere es encargarse de esas heridas en el abdomen de la criatura- están mal. Los cuerpos rodeandolos no deberían haber estado aquí en primer lugar, la criatura no debería haber tenido que encargarse de ellos. Pero viendo bien la situación, el Lobo no logrará nada sólo acercándose, así que, observando atento el estado del chico, el Lobo retrocede.

Tranquilo. Piensa sin poder comunicar sus preocupaciones pero con una intención clara y un plan formándose.


El gran animal retrocede al bosque, escondiéndose en las sombras. Eso claramente no tranquiliza al híbrido pero logra bajar un poco sus defensas, sin embargo no las suficientes. El plan tendrá que esperar hasta la noche.


Cuando la luna menguante se encontraba en su punto más alto, el híbrido se había movido de su lugar al lado del tronco de madera rugosa negra dejando en su lugar marcas de sangre. Había dejado atrás esos cadáveres que solo llamaban peligro, incluso en aquellos lares donde el frío es intenso y los dioses implacables, habían cosas más grandes de las qué preocuparse para una potencial presa. Porque al final en eso se transformó él, en una presa, ¿no es verdad? El lobo lo había sabido, y de seguro había ido con su manada a reportarlo. Tenía que alejarse rápido, no quería saber lo que una manada de esos lobos le harían a un intruso como él– a un “híbrido”.

Odio esa puta palabra...

¿Qué haría si uno de sus brazos se quedaba en el estómago de un hombre lobo? No, gracias, ¿Cómo lo sacaría después? Un fastidio. Asi que el chico sigue caminando incluso si ya no siente las piernas, incluso si sea la cuarta vez que sus rodillas golpean el hielo, incluso si el dolor le está queriendo incrustarse su espada en el pecho de una vez.

Una de sus manos se apoya con fuerza en la nieve que cruje bajo su peso dejando una marca sangrienta. Puede ver las gotas carmesí caer una a una, espesas y calientes. Se enfrían a penas salen de su cuerpo. El chico no está seguro si- si va a morir rápido o no. Tiene que seguir hasta que se asegure. Asi que junta fuerza de donde no hay, apoyándose en un árbol a su lado. Siente que oye una voz lastimera, probablemente es él mismo.

Mierda. Levántate, vamos- no serás maldita cena… de maldito lobo-

Entonces escucha el crujir de la nieve cerca. Demasiado cerca. De un movimiento rápido deja de sostener sus heridas en su abdomen para agarrar la espada en su cinto con el objetivo de atestar un estoque a quien sea que se haya acercado tanto.

No logra su cometido.

La espada ni siquiera sale de su funda antes de ser detenida por una mano grande, en su pánico, el chico no trata de utilizar su otra mano si no de mover sus alas rotas- da igual con el frío casi no lo siente- para distraer a lo que sea que sea la gran sombra sujetándole demasiado cerca de su persona. Escucha un gutural sonido, el chico grita y trata de moverse pero la sombra gigante lo presiona contra la nieve, sintiendo algo húmedo presionando su boca y nariz. El efecto es inmediato.

“...or tu bien, criatura”.

El chico cae dormido contra su voluntad en la nieve. Un suspiro aliviado se escucha en el bosque.


Los olores de la mañana siempre le han parecido relajantes. El suave y fresco aroma del rocío, las rocas húmedas, el pasado rastro de alguna presa nocturna. El Lobo observaba el bosque a primeras horas disfrutando de la quietud, viendo la niebla disiparse, cuando su oreja izquierda se mueve atenta hacia el sonido que rompe la atmósfera, detrás suya. El Lobo no mueve ningún otro músculo pero está atento.

Es algo delicado; tela contra piel, una respiración suave aumenta su ritmo. Plumas contra la roca. Es Pequeño. Cauteloso.

Puede oler el miedo. El cansancio que se pega a la criatura como el rocío al pelaje.

Un ataque.

El Lobo mueve su gran cabeza para observar a la criatura quien tenía la intención de levantar esa espada extraña suya. Con un movimiento de su pata trasera aleja el metal de la mano estirada del chico rubio, sacudiendo las orejas en molestia al ruido que hace el metal negro al chocar contra la pared de la cueva.

“Agh- debes estar jodiéndome”, masculla el aviario. Medio estirado donde trató de arrastrarse hacia la espada, eso no podía ser. Sus heridas no deben de ensuciarse.

El Lobo se levanta con movimientos tranquilos y el chico puede ver qué tan grande es, al menos en su forma animal, lo malo es que esto le asusta y se mueve bruscamente hacia la dirección contraria del Lobo. Maltratando sus alas y vendajes en el proceso. El Lobo gruñe muy bajo de forma involuntaria, lo que hace que la criatura frene sus movimientos, mirándolo fijamente.

Bien.

Así comienza un pequeño baile donde el Lobo avanza un paso y recibe un insulto de por medio con la criatura tratando de alejarse de él, a cambio el híbrido obtiene un gruñido por intentarlo. De a poco el avian entiende que él no quiere que se mueva.

“Tú… está bien. Hey-!” Le apunta y hace el ademán de utilizar el brazo que no le está apuntando con un dedo acusatorio, para intentar levantarse. El Lobo entrecierra los párpados, observando ese mismo brazo fijamente. “Entiendo. Está bien. No- me muevo”, dice mientras relaja el cuerpo y se echa con lentitud en la cama de pieles en la que se encuentra. Aunque se apresura en agregar cuando el Lobo se intenta acercar de nuevo, “Pero tú! Te quedas. Atrás”, casi que gruñe, recargando cada palabra.

El cánido observa los vendajes del híbrido y… bueno. Está bien. Cambiará esa venda sucia cuando la criatura duerma, puede ver un poco de sangre en las orillas que no le gusta pero tendrá que ser así. Como la criatura diga.

El Lobo se acomoda con una botada de aire desde la nariz, mirándolo como un niño mal portado. El chico casi podía ver el suspiro sacado del alma y los hombros bajando en derrota.

Sí, eso… quédate ahí.

Se sentía incómodo. Claro que sí. Ese lobo, no era un lobo cualquiera y acababa de drogarlo. Pero puede sentir el dolor agudo de las vendas contra la piel, el aroma y el picor de la medicina trabajando en su abdomen. Lo que más odiaba era que sus alas… una de sus alas tenía vendas.

“Las tocaste, ¿no es verdad?”, no evitó el tono de odio que salió de su garganta, su respiración un poco más rápida aún recostado en ese suelo. Mirando de reojo al animal y haciendo una pequeña floritura hacia el vendaje. “¿Sacaste un souvenir?”

Para el crédito del Lobo, se las ingenió para mirarle con ojos cargados de incredulidad. Horror. Como si el solo pensamiento bastara para hacer su piel hormiguear y lamerse incómodo.

Bien.


El Lobo sentía pena. ¿Qué había pasado aquella criatura para suponer que él haría tales atrocidades? Él sabe que los híbridos son vistos de malas maneras, ¿pero mutilación? Pero… A quién quiere engañar.

Los humanos son capaces de aquello. Lo sabe.

Solo que nunca había visto las consecuencias frente a frente.

El Lobo sacude un tanto su cabeza, y se aleja del aviario volviendo a recostarse en la entrada de la cueva, observando el valle. Esperaría a que la criatura durmiera para levantarse una vez más.