Un siglo sin ti - RB

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Summary

⋆ La verdad es que nunca me vi como la heroína de ninguna historia. No estoy aquí para salvar a nadie, ni siquiera a mí misma. Pero hay algo que aprendí de todas esas batallas que presencié y viví: la vida no te pregunta si estás listo. Llega, te empuja, y o te quedas en el suelo llorando o te levantas y sigues andando, aunque sea con las rodillas temblando y el alma hecha pedazos. No soy perfecta, no soy buena, ni siquiera sé si soy alguien que querrías tener cerca. Pero lo que sí sé es que tengo preguntas, muchas, y la firme decisión de encontrar mis propias respuestas. Tal vez la vida no tenga un manual, pero eso no significa que no podamos escribir el nuestro en el camino. Uno donde las imperfecciones se conviertan en capítulos y los silencios digan más que las palabras. Así que, si estás aquí, prepárate. Porque esta no es una historia de finales felices ni certezas cómodas. Es una historia de buscar, de caer y levantarse, de desmenuzar cada fragmento roto para intentar armar algo que tenga sentido. Es mi historia. Y, quién sabe, tal vez también un poco la tuya. ˖ִ ࣪⚝

Genre
Drama/Other
Author
Roma
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo


 

Dicen que llegamos al mundo como hojas en blanco, listas para ser escritas con las historias y cicatrices que la vida nos regala. Las ciencias del comportamiento humano aseguran que nuestra mente es un lienzo virgen, una superficie pura que el aprendizaje va poblando con trazos de experiencias, unas suaves, otras tan profundas que rasgan el papel. Sin embargo, Konrad Lorenz veía las cosas de otra manera. Para él, aunque el ser humano había demostrado su capacidad de dominar el entorno, se estrellaba de frente contra un muro cada vez que intentaba manejar los dilemas de sus propios vínculos. Y tal vez, reflexionaba, eso ocurría porque nuestros instintos más básicos se encargaban de sabotear cualquier intento de acercamiento sincero.

Por más estudios, teorías y tratados que intentan explicarlo, nada lograba desentrañar la razón por la cual, cuando alguien que amas deja de verte como su todo, el vacío que queda se convierte en una sombra persistente, un huésped al que terminas acostumbrándote.


Yo no era la excepción.


Si algo había aprendido era que confiar en los demás, incluso en aquellos que deberían protegerse sin reservas, era una apuesta arriesgada. Las veces que lo había hecho, la casa siempre ganaba, y yo me quedaba con las manos vacías, al borde de la desesperación y la ruina emocional. En mis pensamientos encontraba mi único refugio, un lugar en el que podía permitirme ser frágil sin la mirada de nadie sobre mí. Afuera, llevaba mi armadura de autosuficiencia, un escudo impenetrable que no dejaba lugar a dudas ni compasión.


¿De qué sirve mostrar aquello que nadie puede arreglar?


Me mordí el interior de la mejilla, buscando apartar la punzada de incomodidad que se encendía en mi pecho. Hablar, sentir, dejar ver las fisuras… eso no estaba en mi naturaleza.


No otra vez.


En la soledad de mi habitación, las emociones eran aves inquietas que se posaban solo cuando la noche caía, lejos de miradas que pudieran percibir el temblor en mis manos. Afuera, Fiorella Pilar Conte era de roca y hierro; los rumores decían que no tenía fisuras, y yo prefería que fuera así. Era mejor ser la villana, la inquebrantable, que la pobre chica sin una figura paterna en la que apoyarse. Era mi manera de seguir adelante, de asegurarme de que nadie se acercara lo suficiente como para ver el caos que rugía detrás de mis ojos.


El eco de esa ausencia, de los "te quiero" que nunca más llegaron, marcaba cada una de mis decisiones, pero eso también era un secreto que guardaba bajo siete llaves. No me gustaba ser vista como una adolescente de 17 años perdida, insegura de hacia dónde correr. No. A menudo, los adultos me miraban con una mueca de sorpresa y respeto, murmurando entre ellos que tenía una visión de la vida que poco se parecía a la de las chicas de mi edad. Donde otras se preocupaban por el brillo de sus labios y las miradas de los chicos que se reían a carcajadas en los pasillos, yo trazaba estrategias. No era la chica de los suspiros y las cartas escritas con una caligrafía temblorosa. Era la chica de los cuadernos llenos de anotaciones limpias y de las noches en vela repasando cada fórmula y cada palabra en inglés, para asegurarse un futuro que no se desmoronara bajo mis pies.


Yo soñaba con ser alguien que tuviera el control, el poder de moldear mi vida y la de otros. Mi madre, con sus ojos cansados y manos firmes, había pasado toda su vida siendo empleada. Poseía un título respetable como instrumentadora quirúrgica, una salud que aún desafiaba al tiempo, y una risa que era capaz de encender la chispa en la habitación más sombría. Pero al final del día, seguía siendo solo eso: una empleada. Mientras sus dedos hábiles hacían el trabajo duro, el jefe, impecable en su traje, se llevaba los aplausos y los honores. No. Yo no quería ese destino. No quería ser el engranaje que hacía funcionar la máquina de otros. Soñaba con ser la mente detrás del sistema, la que decidiera qué engranajes valían la pena y cuáles podían prescindirse.


Con los pocos años que había pasado observando e interactuando con las personas a mi alrededor, había aprendido una lección simple y cruel: no confiar demasiado en los amigos y aprender a jugar con los enemigos. Los “amigos”, aquellos que se acercaban con risas y palabras dulces, eran los que al final podían clavar la daga con más fuerza. Había notado cómo la envidia se filtraba en sus ojos cuando mis notas sobresalían, cuando los profesores destacaban mi nombre. Y esa envidia, silenciosa y corrosiva, podía convertir a la persona más amable en un enemigo disfrazado. Había visto cómo se volvían unos mimados titánicos, ofendidos por cualquier éxito ajeno, como si la vida les debiera la misma recompensa sin esfuerzo alguno. En el aula, los murmullos y risas eran una sinfonía que aprendí a ignorar, un recordatorio constante de que, en el fondo, nadie deseaba realmente que sobresalieras más que ellos. Preferían verte subir, pero no tanto como para que no pudieras ser alcanzado. Y cuando entendí eso, decidí que mi camino se trazaría solo, sin necesitar el consuelo de la aprobación o las trampas de la falsa camaradería.


La ambición, lo supe entonces, era un arma de doble filo. Pero estaba dispuesta a sostenerla y a pagar el precio que exigiera. Porque si había algo que me mantenía despierta por las noches, era la idea de que, en un mundo donde todos querían ser alguien, yo tenía que ser la que decidiera el rol de cada uno.


¿Quién sabe?.


Tal vez, en un futuro no muy lejano, aquellos que apenas logran entender el inglés que enseña la señorita Campos terminan siendo mis empleados, encargados de traducir contratos y documentos que lleguen de los rincones más lejanos de Estados Unidos a mi oficina en Ibiza. Me hacía sonreír esa idea: que el más inofensivo y torpe del aula, aquel que apenas podía conjugar un verbo, pudiera algún día trabajar bajo mis órdenes, firmando papeles que ni siquiera entendería sin mi supervisión.


De todos los chicos y chicas que se pavoneaban por los pasillos, riéndose a carcajadas y jugando a los rebeldes sin causa, yo era la única que mantenía una imagen intachable. Siempre presentable, con el cabello cuidadosamente atado y la ropa impecable, desmentía cualquier sospecha con una sonrisa que había aprendido a moldear a conveniencia. Si alguna vez rompía las reglas, lo hacía con una precisión tan meticulosa que pasaba desapercibida. Era la alumna modélica, la niña dulce y obediente a la que nadie asociaría con planes más oscuros . Mis verdaderas intenciones siempre permanecían ocultas, como una dualidad oscura. Jamás revelaba cuál era el objetivo detrás de cada movimiento, manteniendo a los profesores confundidos y, lo más importante, siempre un paso detrás. No era solo una cuestión de estrategia; era una lección de paciencia. Sabía cómo envolverlos en una nube de mentiras, desviarlos por caminos tan enrevesados que, para cuando la realidad se hacía notoria, yo ya había llegado a mi meta. Los escuchaba murmurar entre ellos, perplejos, tratando de unir las piezas de algo que ya estaba fuera de su control.

Ser subestimada era mi ventaja más poderosa.


Nadie se salvaba cuando algo se me metia en la cabeza.


Ni siquiera mamá, que con sus ojos cansados y sonrisa forzada intentaba, día tras día, tender un puente entre nosotras. Por más que pusiera todo el esmero por entenderme, siempre terminaba perdida en un laberinto de silencios y miradas vacías. Yo lo sabía, lo sentía, y en cierto modo, lo fomentaba. La confusión de los demás era mi combustible; mantenerlos en un estado de alerta constante, alimentaba esa flor de misterio e imprevisibilidad que cuidaba con la misma precisión quirúrgica que mi madre. Los seres humanos son criaturas de hábito, adictas a la seguridad de lo conocido, de lo familiar. Les gusta reconocer patrones en las acciones, aferrarse a una lógica que les dé una falsa sensación de control. Pero si les privas de esa certeza, si te mueves fuera de sus expectativas, su confianza se desvanece y el miedo se cuela en sus mentes. Eso era lo que yo buscaba: ser la incógnita que nunca se podía resolver, el viento que cambiaba de dirección sin aviso.


Mis acciones eran tan meticulosamente planificadas que parecían espontáneas, un caótico lienzo que solo yo entendía. Rechazar una invitación a un baile aquí, responder de forma insolente pero cortés allá, y desaparecer de eventos sin dar explicaciones... Cada pequeño gesto era parte de un gran esquema que mantenía a todos en fila. Todo estaba milimétricamente calculado. No era una chica rebelde por diversión, ni una figura heroica en busca de justicia. Era un juego que aprendí a jugar para sobrevivir en un mundo que, desde siempre, me había enseñado a no confiar, a no bajar la guardia. Si querían entenderme, que lo intentaran. Pero para cuando se dieran cuenta de mis verdaderas intenciones, yo ya estaría en otro punto, lista para la próxima jugada.


—¿De dónde vienes? —preguntó mamá apenas crucé la puerta de entrada.


Apoye la mochila en el primer escalón del recibidor, dándole un merecido descanso a mi espalda. La miré de reojo, pensando que el uniforme de la escuela, las marcas del día en mi rostro y las ojeras bajo mis ojos deberían ser suficientes pistas. Pero, al parecer, no lo eran. Mamá no era buena descifrando silencios, y yo no era buena rellenándolos.


—De fumar marihuana con los drogadictos de la barbería —respondí con ironía, avanzando hacia la cocina sin detenerme.


Abrí la puerta del refrigerador y saqué una botella de agua mientras sentía sus pasos detrás de mí. No podía evitarlo: si algo se salía de su control, tenía que enfrentarlo de inmediato, como si cada problema fuera un paciente en plena mesa de operaciones.


—Fiorella, por favor… —Su voz tenía ese matiz de súplica y fastidio que tantas veces me ponía al borde.


—¿Qué? —Dejé el vaso con un golpe seco en la encimera y me giré hacia ella—. ¿No te basta con tener una hija que no trae problemas, así que tienes que inventártelos? Vengo de la escuela, mamá. De la escuela.


Ella me miró en silencio por unos segundos, con los brazos cruzados. Su delantal llevaba una mancha de café, probablemente de la taza que nunca llegaba a terminar antes de salir corriendo al hospital.


Esa imagen suya, tan agotada y llena de responsabilidades que nunca la dejaban, era algo que me partía el corazón… aunque jamás se lo admitiría.


—No tienes por qué contestarme así —murmuró finalmente.


—Y tú no tienes por qué interrogarme cada vez que cruzo la puerta —repliqué, pero mis ganas de refutar se habían esfumado.


Ella suspiró y se frotó los ojos, como si la discusión le estuviera costando más energía de la que tenía. Luego se giró y se dirigió al salón, dejando la conversación otra vez en las manos del silencio. Bebí otro sorbo de agua, tratando de desenredar el nudo de mi pecho. Estas peleas eran casi un ritual, una rutina a la que ninguna de las dos parecía saber cómo renunciar. Ella quería entenderme; yo no quería que lo hiciera.


Era una batalla que ni siquiera sabíamos por qué empezábamos.


— No se porque eres así, inaguantable –dijo al fin, volviendo a aparecer con el control remoto en sus manos magulladas por el alcohol etílico–. A veces parece que te fuerzo en hablarme. Como si siempre tuviera que adivinar por qué te comportas como si todo te diera igual.


— Porque lo hace, mamá –respondí sin pensar, el sarcasmo todavía afilado para ser lanzado con elegancia.


Aunque no era del todo cierto.

Nada me daba igual, pero era más fácil fingir que admitirlo.


Ella negó con la cabeza y salió de la cocina, llevando consigo ese ambiente de mierda que había creado con su actitud controladora. Me quedé sola, mirando el vaso de agua como si contuviera alguna respuesta. No soy tan mala hija, pensé. Pero lo cierto es que no sabía ser otra cosa. En mi mente, repasaba la conversación como si pudiera reescribirla, pero la verdad era que no me arrepentía de mis palabras.


Al menos, no del todo.


Era un hábito que ni siquiera entendía del todo.


Pero la vida me era más sencilla así.


Subí las escaleras y cerré la puerta de mi habitación tras de mí.


La habitación, tal como estaba ahora, era mi cueva de paz mental. Me quité los zapatos y, por fin, pude respirar sin esa presión invisible que me generaba intercambiar palabras con mamá. La luz de la lámpara de escritorio iluminaba las esquinas más personales de mi pequeño mundo: los libros apilados junto al ordenador, las fotos clavadas en el corcho que habían perdido significado con el tiempo, y ese oso de peluche que nunca me atreví a guardar.


Me senté frente al escritorio y abrí mi cuaderno. Había algo casi terapéutico en el simple acto de garabatear; las palabras y los dibujos surgían como si buscaran calmar ese torbellino interno que nunca podía mostrar con libertad. Dibujé un espiral en la esquina de la hoja, viéndolo crecer mientras el barullo lejano del televisor opacaba el silencio predominante de casa. El espiral crecía lentamente, expandiéndose como los Europeos en América Latina, cada línea caminando por la cornisa de lo que no quería admitir. Era extraño cómo, a pesar de todo, seguía intentando entenderme a través de estos pequeños gestos tan infantiles: las líneas que dibujaba, las palabras que escribía, los planes que formulaba. Afuera, era otro panorama. Pero aquí, en estas cuatro paredes de mi mundo, podía permitirme ser esa adolecente frágil que se escondía debajo de todo esto.


No sé por qué eres así, inaguantable”, había dicho mamá, y aunque pretendía no importarme, algo dentro de mí sabía que esas palabras se habían quedado clavadas en mi cerebro como dardos.


Tal vez tenía razón.


Tal vez sí era inaguantable.


Pero, ¿acaso era mi culpa?.


No había manual para sobrevivir a este desastre emocional que llamaban vida, y yo hacía lo que podía con lo que tenía. Igual que ella, supongo, como madre. No era perfecta, claro está. Trabajaba toda la semana, y las pocas horas libres que le quedaban las consumía entre siestas en el sofá y programas de televisión que nunca lograban capturar su atención del todo. No me faltaba nada, al menos en un sentido práctico: había comida en la mesa, ropa limpia y una casa que funcionaba.


Pero había algo más, algo que no podía señalar con el dedo, un vacío que siempre estaba ahí.


El rencor que sentía hacia mamá no era del todo suyo. En parte, sabía que era una herencia de papá. Él era mi refugio antes de que todo se viniera abajo. Cuando tenía ocho años, un año antes de que se separaran por una tercera en discordia, pasábamos casi todo el tiempo juntos. Dormíamos la siesta abrazados en el sofá, explorábamos playas en verano y comíamos helado junto a la estufa en los frios inviernos. A mis ojos infantiles, papá era un superhéroe. No era como mamá. Él no parecía cargar el peso del mundo sobre su espalda. Era sencillo, independiente, y siempre tenía una solución para todo. Había trabajado tanto en su juventud que, para cuando llegué a sus vidas, su rutina consistía en firmar acuerdos electrónicos mientras delegaba todo lo demás a su equipo. Solo con su firma, ganaba una cantidad de euros que sonaba ridículamente alta para algo que no le tomaba más de cinco minutos al día.


Por eso, cuando mamá llegaba de trabajar con su cansancio mutado en enojo y comenzaba a expulsarlo en nosotros, papá se convertía en su peor enemigo. Siempre estaba ahí para protegerme, para hacerle frente a su ira. Pero esas discusiones nunca eran batallas justas; eran guerras imperiales donde ambos lanzaban palabras como si fueran espadas afiladas, y yo siempre estaba en el medio, atrapada en el fuego cruzado… Una noche, recuerdo que me refugié detrás del sillón mientras ellos discutían en la cocina. Podía escuchar sus voces, los gritos de mamá entrelazados con el tono grave y firme de papá. Esa noche, algo en mí cabeza hizo un click. Entendí, aunque no del todo, que la versión de ellos que yo conocía —el papá superhéroe y la mamá incansable— no era la realidad completa.  Eran humanos, llenos de defectos, de frustraciones y heridas que yo no podía ver con mi corta edad. Pero eso no hacía que doliera menos. Desde entonces, esa imagen ideal de mi padre se fue desmoronando, aunque nunca lo admití del todo.


Cuando se fue, llevándose su ropa, su colonia y hasta la magia de su sonrisa, dejó un pozo que mamá no pudo llenar ni con toda la arena de la playa. Su partida no solo cambió nuestra rutina; la cambió a ella, endureciéndola, volviéndola más fría de lo que ya era. Tal vez, en el fondo, su enojo persistente no era más que otra forma de expresar ese dolor oculto, uno que no sabía cómo manejar…Pero eso no lo hacía más fácil de soportar.


Apoyé la frente en el escritorio, cerrando los ojos por un momento.


Al final, todo se resume en una cosa: control. No importa cuántas cicatrices cargues, cuántos vacíos llenes con silencios o cuántas veces te rompas frente al espejo. Lo que importa es que aprendas a sostener las riendas, aunque el caballo se desboque. Eso es lo que intento, lo que siempre he intentado. No quiero ser la que sigue las reglas sin cuestionarlas ni la que busca consuelo en excusas que otros inventaron para justificar sus fracasos. Quiero ser la que diseña las reglas, la que se atreve a dibujar su camino aunque sea con las manos temblorosas y una linterna casi sin batería.


Y quizás, en el fondo, eso sea lo que más asuste a los demás. No que sea una chica distante o calculadora, sino que ellos también podrían serlo, si tuvieran el valor de mirar a los ojos al caos que llevan dentro. Pero no lo hacen, y por eso me ven como un misterio, como alguien difícil de descifrar.


Que lo intenten.


Que traten de ponerme en una caja, de etiquetarme con palabras que ni siquiera entienden del todo. Yo estaré aquí, detrás de mis cuadernos, mis planes y mis silencios. Pero que quede claro: si creen que soy solo una página más en sus libros de vidas normales, están equivocados. Porque mi historia apenas comienza, y no pienso ser una nota al pie en la de nadie.