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Max Verstappen, oligarca petrolero ruso y temido magnate, se relajó en el sillón de su despacho y miró sorprendido a su mejor amigo, Daniel.
— ¿Hacer senderismo? ¿De verdad es eso lo que quieres para tu despedida de soltero?
— Bueno, ya hemos hecho una fiesta demasiado alta en octanos para mí –le confesó Daniel. Y se puso tenso de tan solo recordarla.
Daniel era de estatura media y complexión fuerte, daba clases en la universidad y acababa de publicar un libro sobre la historia de los ninjas antiguos.
— La culpa de eso la tiene tu futuro cuñado –le recordó Max.
Maximilian había contratado a varias bailarinas para la despedida de soltero de su amigo.
— La intención era buena –le aseguró Daniel, saltando a defender al odioso hermano de su futuro esposo, que además era banquero.
Max arqueó las cejas y su rostro, delgado y blanco, se puso serio.
— Le advertí que no te gustaría.
Daniel se ruborizó.
— Lo intenta, pero en ocasiones se equivoca.
Max no dijo nada porque estaba pensando en la pena que le daba que Daniel hubiese cambiado tanto desde que se había prometido con su novio doncel, Lando. A pesar de que ambos hombres solo tenían en común su gusto por los deportes, habían sido amigos desde que se habían conocido en la Universidad de Cambridge. Por aquel entonces, Daniel habría criticado sin ningún problema a un hombre tan ordinario, aburrido y presuntuoso como Maximilian.
Pero ya no era capaz de llamar a las cosas por su nombre y siempre estaba pendiente de no herir los sentimientos de su futuro esposo. Max, que era todo un macho alfa, apretó los blancos dientes con repugnancia.
Él jamás se casaría. Jamás cambiaría para complacer a una mujer o doncel. Solo la idea le causaba aversión. Él, que había sido criado por un hombre cuya frase favorita había sido:
“Un pollo no es un ave y una mujer o doncel no es una persona.”
A su difunto padre, Jos Verstappen, le había encantado decir aquello para provocar a la refinada niñera inglesa que había contratado para que cuidase de su único hijo. Machista, brutal y siempre insensible, a Jos le había enfadado que la niñera tratase a su hijo con demasiada delicadeza y le había preocupado que lo convirtiese en un flojo. Pero, con treinta años, Max no tenía nada de flojo. Era alto y fuerte, despiadado en los negocios e insaciable con las mujeres y donceles.
— Te gustarán los lagos... Es un lugar precioso –comentó Daniel Max hizo un esfuerzo para no parecer incómodo.
— ¿Quieres ir a hacer senderismo por los lagos? Pensé que estabas pensando en ir a Siberia...
— No puedo tomarme tantos días de vacaciones y, además, no sé si estaría a la altura de los elementos –admitió, tocándose la tripa–. No estoy tan en forma como tú. Me van más la primavera inglesa y el ejercicio físico moderado, pero ¿podrás estar tú sin limusina, lujos y guardaespaldas un par de días?
Max no iba a ninguna parte sin su equipo de seguridad. Frunció el ceño, no por tener que estar cuarenta y ocho horas sin lujos, sino porque iba a tener que convencer a su equipo de que no iba a necesitarlo durante el fin de semana. Christian, el jefe de seguridad llevaba cuidando de él desde que era un niño.
— Por supuesto que sí –contestó con innata seguridad–. Me vendrá bien un poco de aislamiento.
— También tendrás que dejar aquí tu colección de teléfonos móviles –le advirtió Daniel.
Max se puso tenso al oír aquello.
— ¿Por qué?
— Porque no dejarás de trabajar si te los llevas. Y no me apetece estar temblando en lo alto de una montaña mientras tú haces negocios. Te conozco demasiado bien.
— Si de verdad es lo que quieres, me lo pensaré –cedió Max a regañadientes.
Era consciente de que prefería que le cortasen el brazo derecho a que lo separasen de su imperio. No obstante, y a pesar de que no solía irse de vacaciones, la idea de desconectar de todo un par de días le agradó.
Llamaron a la puerta y en ella apareció una chica alta, rubia y muy guapa. Clavó sus ojos azules en su jefe y le dijo como disculpándose:
— Lo están esperando, señor.
— Gracias, Lillian. Te avisaré cuando esté preparado.
Incluso Daniel clavó la vista en las caderas de su secretaria.
— Se parece a la Miss Mundo del año pasado. ¿Te has...?
Max sonrió.
— En mi despacho, no.
— Es preciosa –comentó Daniel.
— ¿Acaso se está terminando el reinado de Lando?
Daniel se puso colorado.
— Por supuesto que no. No pasa nada por mirar.
Max pensó que él podía mirar y hacer lo que quisiera, y que esa situación era mucho mejor que la de su amigo. ¿Cómo podía este estar tan seguro de que había encontrado al amor de su vida? A él le parecía antinatural y poco varonil prometer amor eterno a una mujer o doncel, y jamás se colocaría en una situación financiera tan vulnerable.
Sergio se puso tenso al oír la camioneta de la oficina postal. Su hermano Charles se había presentado en su casa muy tarde y de manera inesperada la noche anterior y no quería que el timbre lo despertase. Así que dejó la colcha que estaba cociendo, flexionó los doloridos dedos y corrió a la puerta. Se le encogió el estómago al pensar en lo que podía llevarle el cartero. Era un miedo que ya no lo abandonaba, que dominaba sus días, pero aun así abrió la puerta con una sonrisa, fue amable y firmó el acuse de recibo de la carta certificada con mano firme.
Después volvió a la casa de piedra que había heredado de su padre. Tras haber pasado la niñez viajando de un lado a otro con Marilú, su madre, aquel lugar tan bonito y tranquilo le había parecido un paraíso. Marilú había sido modelo y nunca le había gustado llevar una vida normal y corriente, ni siquiera después de haber sido madre. El padre de Sergio se había casado con ella antes de que alcanzara la fama, pero la cada vez más sofisticada Marilú había dejado al tranquilo contable con el que se había casado demasiado joven para dedicarse a conocer a hombres ricos en sus viajes.
Diez años después, Marilú había vuelto a casarse y había tenido gemelos, George y Charles.
Y su última relación seria había sido con un jugador de futbol sudamericano, con el que había tenido al hermano pequeño de Sergio, Liam. Con veintitrés años, Sergio se había tenido que hacer cargo de sus tres hermanos, ya que su madre le había dicho que no podía controlar a los gemelos y no sabía qué hacer con ellos, y los cuatro habían formado un hogar en el Distrito de los Lagos, al noroeste de Inglaterra.
En esos momentos le resultaba amargo echar la vista atrás a esos años en los que había soñado con empezar de cero. No podía evitar sentirse fracasado. Había querido dar a los niños el hogar y el amor que el mismo nunca había tenido. Rasgó el sobre y leyó. Otra carta más para el cajón, con las anteriores. Estaba tan endeudado que se lo iban a quitar todo. Por muchas horas al día que trabajase haciendo colchas, solo un milagro podría sacarlo del agujero económico en el que se encontraba.
Había pedido un crédito para convertir la vieja casa en una posada. Había hecho baños en las habitaciones, había ampliado la cocina y había puesto un comedor. La constante afluencia de clientes durante los primeros años había hecho que se endeudase todavía más, decidido a ayudar lo máximo posible a sus hermanos, y poco a poco la clientela había ido menguando. Al parecer, la gente prefería alojarse en un hotel barato o en un agradable pub. Además, la casa estaba situada al final de un camino, demasiado lejos de la civilización, y la reciente recesión había hecho que los clientes escaseasen todavía más.
Charles, que era un doncel alto, rubio y muy guapo, bajó las escaleras bostezando.
— Ese cartero hace demasiado ruido –protestó–. Supongo que llevas siglos levantado. Siempre te has despertado muy pronto.
Sergio se contuvo para no contestarle que no tenía elección, que había tenido que madrugar para que sus tres hermanos llegasen al colegio y para que sus huéspedes desayunasen. En el fondo se alegraba de que Charles estuviese más hablador que la noche anterior, cuando después de bajarse del taxi le había dicho que estaba agotado y que necesitaba dormir. Durante la noche, Sergio no había podido evitar sentir curiosidad por el regreso de su hermano, que seis meses antes se había marchado a vivir con su madre a Londres, decidido a conocer a la mujer a la que casi no había visto desde los doce años. Sergio había preferido no interferir. Al fin y al cabo, Charles tenía veintitrés años. No obstante, se había preocupado mucho por el doncel más joven, ya que había sabido que Charles terminaría descubriendo que a Marilú solo le importaba ella misma.
— ¿Quieres desayunar? –le preguntó.
— No tengo hambre –respondió Charles, sentándose ante la mesa de la cocina–, pero me vendría bien una taza de té.
— Te he echado de menos –le confesó Sergio mientras ponía el agua a hervir.
Charles sonrió.
— Yo también. Lo que no he echado de menos es mi trabajo en la biblioteca ni la aburrida vida de aquí. No obstante, siento no haberte llamado más.
— No pasa nada.
A Sergio le brillaron los ojos verdes al mirarlo con cariño. Los mechones marrones le acariciaron las mejillas al estirarse para sacar dos tazas del armario. Tenía más de diez años más que su hermano y era un doncel alto y esbelto, con una bonita piel, los ojos negros y una boca generosa.
Me imaginé que estarías ocupado y que te lo estarías pasando muy bien Charles apretó los labios e hizo una mueca.
— Vivir con Marilú ha sido una pesadilla –admitió de repente.
— Lo siento –le dijo Sergio mientras servía el té.
— Tú ya sabías que sería así, ¿verdad? –le preguntó Charles, tomando su taza–. ¿Por qué no me lo advertiste?
— Pensé que a lo mejor mamá había cambiado con la edad y, además, no quería influir en tu decisión –le explicó Sergio.
Charles resopló y le contó varios incidentes que reflejaban el egoísmo de su madre.
— Así que he vuelto a casa para quedarme –le aseguró después–. Y tengo que contarte que... Estoy embarazado.
— ¿Embarazado? –inquirió Sergio–. Por favor, dime que es una broma.
— Estoy embarazado –repitió Charles, clavando sus ojos azules en el rostro de su hermano–. Lo siento, pero es verdad y no puedo hacer nada al respecto...
— ¿Y el padre?
Charles se puso serio. — Eso se ha terminado y no quiero hablar del tema.
Sergio hizo un esfuerzo por no hacerle más preguntas, por miedo a decir algo que pudiese ofenderlo. En realidad, siempre había sido más un “papá” por así decirlo que un hermano para sus hermanastros y en esos momentos no pudo evitar preguntarse qué había hecho mal.
— De acuerdo, entiendo que en estos momentos...
— Pero quiero tener el bebé –proclamó Charles en tono desafiante. Todavía aturdido con la noticia, Sergio se sentó frente al joven doncel.
— ¿Has pensado en cómo te las vas a arreglar?
— Por supuesto. Viviré aquí contigo y te ayudaré con el negocio –le contestó Charles tan tranquilo.
— Ahora mismo no hay negocio con el que me puedas ayudar –admitió Sergio, sabiendo que tenía que ser sincero–. Hace más de un mes que no ha venido ni un cliente...
— Seguro que las cosas empiezan a ir mejor a partir de Pascua.
— Lo dudo. Además, estoy hasta el cuello de deudas –le confesó Sergio muy a su pesar.
— ¿Desde cuándo? –le preguntó su hermano sorprendido.
— Desde hace siglos –respondió el doncel mayor, no queriendo contárselo todo a su hermano para que no se sintiese culpable.
Charles ya tenía otras preocupaciones. Estaba embarazado y solo. Sergio se preguntó si algunas personas nacían ya con mala suerte, porque Charles había sufrido mucho en la vida, empezando por tener que vivir a la sombra de su gemelo, que era un supermodelo internacionalmente conocido. George también había sufrido, pero mucho menos, era independiente y mucho más frío que Charles, que era más vulnerable. Este, además de soportar la indiferencia de su madre, había tenido un accidente con doce años y había pasado mucho tiempo en una silla de ruedas. Después, no había podido recuperarse del todo y se le había quedado una pierna más corta que la otra, lo que había hecho que cojease y que le quedasen muchas cicatrices. El sufrimiento de Charles y las desafortunadas comparaciones con su hermano por parte de personas sin sensibilidad habían hecho que los gemelos se distanciasen.
Por suerte, Charles ya no cojeaba. En un intento desesperado de ayudar a su hermano pequeño a recuperar la autoestima y las ganas de vivir, Sergio había pedido un préstamo para que lo operasen en el extranjero. La operación había sido un éxito, pero esa deuda era lo que lo estaba ahogando en esos momentos y no podía hacer que su hermano se sintiese culpable por ello. A pesar de las dificultades económicas, Sergio habría vuelto a hacerlo sin dudarlo.
— Ya lo tengo –dijo Charles de repente–. Podrías vender el terreno para pagar las deudas. Me sorprende que no se te haya ocurrido a ti.
Pero Sergio ya había vendido el terreno varios años antes para poder mantener a sus tres hermanos. Su madre había dejado de enviarles dinero y, además de los problemas de Charles, Liam, el pequeño de la familia había sufrido acoso escolar porque era muy inteligente y había tenido que mandarlo a un internado. Por suerte, Liam había conseguido después una beca y Sergio ya no tenía que preocuparse por su educación.
— Hace mucho tiempo que vendí el terreno –admitió a regañadientes–. Es posible que pierda también la casa...
— Dios mío, ¿en qué te has gastado el dinero? –preguntó Charles sorprendido.
Sergio no respondió. Para empezar, nunca había habido mucho dinero que gastar. Llamaron a la puerta y se levantó, contento de poder escapar del interrogatorio de su hermano.
Torger, su vecino, un hombre viudo de unos cuarenta años, lo saludó con su característico movimiento de cabeza.
— Mañana te traeré algo de leña... ¿Quieres que la deje donde siempre?
— Esto... sí. Muchas gracias –respondió Sergio, incómodo con su generosidad–. Qué frío hace hoy.
— Sopla el viento del norte –le dijo el hombre –. Va a nevar esta noche. Espero que estés bien abastecido de comida.
— Ojalá no nieve –comentó el doncel, temblando–. Permite que te pague la leña. No me parece bien que me la regales.
— Es normal que nos ayudemos entre vecinos –le dijo hombre–. Un doncel solo aquí... Me alegro de poder echarte una mano.
Sergio le dio las gracias y volvió a entrar. Vio su reflejo en el espejo del pasillo. Era un doncel estresado. Tenía treinta y cinco años y la sensación de haber nacido siendo un solterón. Hacía mucho tiempo que ningún hombre lo miraba con interés.
De hecho, había dejado de tener vida propia cuando se había hecho cargo de sus hermanos. El único novio serio que había tenido lo había dejado entonces y lo cierto era que no lo había echado de menos.
Cuando volvió a la cocina, Charles se estaba guardando el teléfono móvil.
— ¿Me prestas tu coche? Alexa me acaba de invitar a ir a su casa –le explicó, refiriéndose a una amiga del colegio que todavía vivía en el pueblo.
— De acuerdo, pero Torger me ha dicho que va a nevar esta noche, así que ten cuidado.
— Si la cosa se pone fea, me quedaré a dormir en casa de Hinata –le aseguró Charles, poniéndose en pie –. Voy a vestirme. — Al llegar a la puerta, se detuvo y lo miró como si quisiese disculparse. — Gracias por no criticarme por lo del bebé. Sergio le dio un abrazo.
— Aun así, quiero que pienses bien en tu futuro. No todo el mundo puede ser papá soltero.
— Ya no soy una niño –replicó Charles–. ¡Sé lo que hago!
A Sergio le dolió que le respondiese así, pero se limitó a suspirar. Llevaba once años haciendo el papel de “papá soltero” y sabía lo duro que era. Se preguntó adónde irían si perdía la casa. ¿De dónde sacaría dinero para vivir? En las zonas rurales había pocas casas disponibles y todavía menos trabajo.
Detuvo aquellos pensamientos negativos y la creciente sensación de pánico y vio cómo empezaba a nevar. Cuando el mundo se transformaba con un velo de hielo blanco todo parecía limpio y bonito, pero la nieve podía ser muy traicionera.
Charles llamó un rato después para decirle que se iba a quedar a dormir en casa de Hinata. Sergio apiló varios troncos al lado de la chimenea del salón y después se puso a trabajar en su última colcha. Y pensó en que iba a llegar un bebé a la familia. Hacía tiempo que había aceptado que él nunca sería papá y sonrió al pensar en su futuro sobrino o sobrina.
Eran las ocho cuando sonó el timbre, seguido de tres innecesarios golpes en la puerta. Sergio salió al recibidor y vio tres figuras en el porche. Esperó que fuesen clientes. Abrió la puerta sin dudarlo y vio a dos hombres altos que sujetaban a un tercero de menor estatura.
— Esto es una posada, ¿verdad? –preguntó uno de los hombres, alto y desgarbado.
— ¿Nos puede acoger esta noche? –preguntó el otro hombre alto que parecía impaciente–. Nuestro amigo se ha roto el tobillo.
— Oh, vaya... –dijo Sergio, apartándose de la puerta para dejarlos pasar–. Entren. Deben de estar congelados. En estos momentos no tengo a nadie alojado, pero hay tres habitaciones con baño disponibles.
— Le recompensaremos generosamente si nos cuida bien –añadió el más alto, que tenía un acento extraño.
— Cuido bien de todos mis huéspedes –respondió Sergio sin dudarlo, mirándolo a los ojos.
Tenía la mirada oscura e intensa y las pestañas largas y negras. Era muy alto y fuerte. Sergio tuvo que echar la cabeza hacia atrás para mirarlo, cosa a lo que no estaba acostumbrado, ya que el mismo también era muy alto. Además, de repente se dio cuenta de que también era muy guapo. Tenía los pómulos marcados, una cicatriz por debajo del ojo izquierda, las cejas definidas, la mandíbula fuerte y el pelo un poco claro. Era un macho alfa en todos los aspectos.
— Soy Max Verstappen y estos son mi amigo Daniel y el hermano de su prometido, Maximilian.
Era la primera vez que Max se quedaba tan impactado con un doncel nada más verlo. Una melena castaña que enmarcada su pequeño rostro y los ojos eran de un café tan intenso que hasta podía ver un poco de verde. Tenía los labios carnosos y rosados y Max no pudo evitar pensar en lo que aquel doncel podría hacer con semejantes labios. Se excitó al instante y eso lo puso tenso porque estaba acostumbrado a controlar su libido y cualquier falta de control era, a su parecer, una señal de debilidad.
— Sergio Pérez...–murmuró Sergio, que de repente se había quedado sin aliento–. Traed a vuestro amigo al salón. Puede tumbarse en el sofá. No sé qué vamos a hacer si necesita que lo vea un médico, porque es probable que la carretera esté cortada...
— Solo me he torcido el tobillo –dijo Daniel, que tenía el mismo acento que el otro hombre–. Solo necesito descansarlo.
Max miró a su alrededor y se fijó en las curvas del doncel que se marcaban a través del jersey negro y en las largas y sensuales piernas que iban enfundadas en unos pantalones vaqueros. “Precioso” pensó embelesado y desconcertado al mismo tiempo.
— Qué bombón... –comentó Maximilian, añadiendo después un comentario grosero de lo que le gustaría hacer con el doncel.
Por suerte, su anfitrión no lo oyó, porque si no los habría echado de allí inmediatamente. Max apretó los dientes con frustración. Hasta el momento, lo peor del desastroso fin de semana había sido tener que soportar a Maximilian.
Él era un hombre acostumbrado a dar lo mejor de sí en momentos de crisis, por eso no se había estresado a pesar del frío, de la caída de Daniel y del hecho de no tener teléfonos móviles para poder pedir ayuda. No obstante, tener que soportar a Maximilian le estaba costando mucho trabajo, ya que no solía tener que tratar con nadie ni nada que no le gustase.
Ayudaron a Daniel a sentarse en el sofá, donde este gimió aliviado. Sergio le llevó un taburete para que apoyase la pierna mientras el hombre más alto salía al porche a por sus mochilas, poco después el hombre regresó con un pequeño botiquín y se puso de cuclillas para quitarle la bota a su amigo, cosa que hizo gemir a este. Hablaron en un idioma que Sergio no reconoció. Sin que se lo pidieran, el doncel sacó también su botiquín, que estaba mejor abastecido, y le vendaron el tobillo. Después, Sergio buscó el bastón de su padre y se lo dejó al lado del sofá antes de darse cuenta de que Daniel estaba temblando y entonces le acercó una manta.
— ¿Tienes algún analgésico? –le preguntó Max, mirándolo a los ojos.
Y Sergio pensó que nunca había visto a un hombre con las pestañas tan largas y oscuras.
Se ruborizó y fue a por los analgésicos y un vaso de agua, mientras se fijaba en que el otro hombre, que parecía más joven y estirado, todavía no había hecho nada para ayudar. De hecho, lo único que había hecho era quejarse cuando los otros dos hombres habían hablado en un idioma extranjero.
— Voy a enseñaros las habitaciones. Tengo una en la planta baja que te vendrá muy bien –le dijo a Daniel sonriendo.
— Necesito quitarme esta ropa sucia y darme una ducha –dijo Maximilian, subiendo las escaleras delante de Sergio.
— El agua tarda por lo menos media hora en calentarse –le advirtió Sergio.
— ¿No hay agua caliente constantemente? –protestó Maximilian –. ¿Qué clase de posada es esta?
— No esperaba huéspedes –se disculpó Sergio, enseñándole la primera habitación disponible para deshacerse del hombre lo antes posible.
— No le hagas caso –le dijo Max–. Yo...
Su voz profunda hizo que a Sergio se le pusiese la piel de gallina y abrió la puerta de la segunda habitación, deseando poder volver al piso de abajo solo.