Bajar del tren
Caminaba por una larga autopista vacía, delimitada a ambos lados por altísimos árboles de intenso color verde. Era ese momento previo al amanecer en el que el cielo comienza a clarear, pero el sol aún no hace acto de presencia. El ambiente coloreado de un azul nostálgico que acompañaba su caminata.
Varios metros delante de él, justo en el centro de la autopista, se hallaba una flor a la que él, sin duda, debía llegar.
No tenía idea de por qué se sentía tan triste.
Como si fuese a hallar la respuesta en su atuendo, bajó la vista hacia su cuerpo. Llevaba unos tenis blancos, jeans azul oscuro, la camisa blanca desabotonada en la parte de arriba y una larga gabardina beige. Entonces comprendió el sentimiento: así había vestido la última vez que lo vio. Siguió caminando, más consciente de sí mismo de lo que le gustaría, pero por más que avanzaba no lograba acercarse a la flor. Así, la nostalgia comenzó a convertirse en angustia, ocasionándole un creciente dolor en el pecho que, finalmente, lo hizo abrir los ojos de golpe.
Se halló con la cabeza recargada en el vidrio de la ventana, mientras veía el paisaje deslizarse al otro lado del cristal. Su ropa era algo distinta a la de su sueño: un sencillo traje negro y un jersey de cuello alto del mismo color.
Tomó varias respiraciones profundas para liberarse de la incómoda sensación que su sueño le había dejado en el pecho. Lo logró a medias, porque a medida que el tren en que viajaba se acercaba a la siguiente estación, sus nervios aumentaban.
No pudo evitar maldecir su suerte. De todos los lugares en los que el tren podía haberse detenido para una revisión, tenía que ser en ése.
Si las circunstancias hubieran sido otras, habría disfrutado de caminar por los alrededores de la estación, pero no lo eran, y aunque estaba permitido a los pasajeros permanecer en el tren durante la revisión, él debía bajar a buscar algo para su dolor de cabeza o éste no le daría tregua en todo el día, se conocía muy bien.
Luego de un rato intentando calmarse, llegó la hora. El tren se detuvo en la estación y Lewis tuvo que bajar.
Apenas puso un pie en el andén, miró a todos lados temiendo encontrar algún rostro conocido, o mejor dicho, ese rostro tan conocido. Era una tontería, por supuesto, porque esa persona nada tendría que estar haciendo en la estación, pero aún así no pudo evitarlo.
Su puerta de descenso estaba cerca del edificio principal de la estación, pero aún así pudo ver que el andén se extendía a un costado de éste y que prácticamente se encontraba al aire libre, salvo por un pequeño techo sostenido por pilares. Se dio permiso de caminar por él y a los pocos pasos se vio envuelto por la calma del lugar.
Quizá la persona que buscaba no estaba ahí, pero era casi como si lo estuviera, porque este lugar lo hacía sentir del mismo modo que su presencia.
Siguió caminando, mirando los pilares adornados con coloridas flores y no pudo evitar sonreír al recordar que una vez, hacía mucho tiempo, había escuchado los sueños de un muchacho, y en todos ellos había flores.
Sintió una punzada de nostalgia que fue interrumpida por su dolor de cabeza, por lo que tuvo que obligarse a volver al edificio principal para atravesarlo y así poder salir de la estación hacia el pueblo.
El lugar era pequeño pero acogedor, la clase de sitio en la que se quiere estar cuando llueve, incluso había un pequeño puestecillo de café. Sonrió.
Nico odiaba el café y Lewis lo amaba. En los días de lluvia que pasaron juntos el primero se refugiaba en el segundo igual que el frágil puestecito dentro del confortable edificio. Un espacio seguro, eso había sido Nico para él.
Siguió caminando en dirección a la salida, tratando de ignorar las pinceladas de recuerdos que aparecían en las paredes de su mente, pero entonces el efusivo abrazo de dos jóvenes llamó su atención, tanto que no pudo evitar prestar atención a su conversación posterior.
— ¡Te extrañé tanto! ¿Qué tal tu primer año?, ¿fue como esperabas? — preguntó uno, haciendo sonreír al otro.
— Fue mejor. Te juro que es otro mundo, no puedo esperar a que vayas también y lo veas con tus propios ojos.
— Bueno, eso será si me aceptan.
— Claro que lo harán. Cuando menos lo esperes estaremos yendo juntos todos los días a la universidad.
Los chicos siguieron conversando, pero Lewis dejó de escucharlos cuando un recuerdo de sí mismo lo asaltó. Tenía dieciocho años y pisaba por primera vez el departamento al que se había mudado para vivir cerca de la universidad. Sentía que un inmenso mundo se había abierto ante sus ojos y estaba aterrado y emocionado por partes iguales. Faltaban tres semanas para el inicio de clases y sus amigos se habían ido de mochilazo a algún pueblo cuyo nombre no recordaba; pero para él la aventura de una nueva vida que empezaba le resultaba más interesante y, de alguna forma, más segura, él nunca había sido la clase de chico que se lanza a explorar únicamente con una mochila en mano, sin alguna seguridad de lo que hallaría o con lo que contaría.
Claro que mudarse e iniciar la universidad no le ofrecía necesariamente un camino lleno de certezas, pero al menos había un buen número de cosas de las que estaba seguro. Quizá su único error de cálculo había sido el encontrarse a alguien como Nico Rosberg, porque él definitivamente ofrecía una amplia gama de aventuras inciertas, a su lado Lewis había hecho las cosas más inimaginables de su vida: desde enamorarse de otro hombre, hasta irse de viaje únicamente con una mochila en mano.
A simple vista podía parecer que Lewis había cambiado completamente, que se había vuelto un chico aventurero por tener a Nico en su vida; sin embargo, la realidad era que ese chico se había convertido en la seguridad que siempre buscaba antes de emprender un viaje, de modo que con él, nunca sentía que se lanzaba al mundo sin saber qué esperar o con qué contar, con él se sentía siempre a salvo.
Una estruendosa risa lo sacó de sus pensamientos y cuando giró la cabeza en dirección a la fuente de tan llamativo sonido, se halló con los mismos jóvenes que había estado observando, sólo que ahora estaban sentados en una banca algo alejada del resto, lo que les daba la suficiente privacidad para darse un par de besos castos en los labios mientras se acariciaban con dulzura.
Lewis pudo ver al chico que acababa de llegar pasar delicadamente su mano por el pecho del que lo había ido a recoger a la estación, y eso fue suficiente para sacar a la luz otro de sus recuerdos, uno de Nico tocándolo de la misma forma. Recordaba la forma en que solía hacerlo cada vez que sus labios hacían contacto. Siempre. Sin excepción, vestidos o desnudos, incluso después del accidente, cuando su pecho ya estaba cubierto de cicatrices.
— Nico, no tienes que…
— Sí tengo que, porque me gustan, son parte de ti.
— Pero no lo fueron siempre, sabes cuánto las detesto. Lucen horribles.
— Oh, no, a mi me recuerdan lo fuerte que eres...además, no hay nada más sexy que un sobreviviente. Déjame tocarlas por favor. — entonces le daba un beso, siempre en la más notoria y sensible, haciéndolo estremecer a tal punto que terminaba accediendo.
Gracias a Nico logró aceptar las marcas de su cuerpo, pero eso no significaba que hiciera lo mismo con las de su espíritu. Cómo podía hacerlo si aquello había sido tan espantoso: un joven egresado de la Escuela de Negocios de la Universidad de Cambridge, con una carrera en ascenso y un muy buen trabajo recién conseguido, había sido destrozado (casi literalmente) por un terrible accidente automovilístico. Lewis había estado en coma durante meses, no recordaba muy bien cuántos, pero sí que habían sido los suficientes como para perder su empleo y la mayoría de sus contactos, de modo que al despertar se había visto obligado a vivir una vida que no sentía como suya, una en la que era simplemente un sujeto desempleado que antes de poder reincorporarse al mundo laboral, debía ir a rehabilitación durante otros tantos meses y así poder recuperar la movilidad.
Durante todo ese tiempo, Nico se mantuvo a su lado, siempre manteniéndolo a salvo con la calidez de su cariño, desbordando en su trato una ternura que Lewis no siempre valoró como debía, pero que siempre lo ayudó a continuar.
De pronto los altavoces anunciaron la salida de un tren, y eso fue suficiente para interrumpir sus recuerdos, al menos hasta que caminó hacia la salida del edificio y miró el enorme reloj digital colocado sobre la puerta principal indicando la fecha y la hora:
2024-01-07
11:27 AM
Hacía varios años que su cumpleaños pasaba casi desapercibido, de hecho, si no fuera por la acostumbrada llamada anual de Valtteri a la medianoche del día siete, él nunca recordaría que se hacía un año más viejo.
Siempre era del mismo modo: la recta final del año llegaba y Lewis repentinamente comenzaba a llenarse de trabajo, tanto que cuando llegaba el siete de enero, se olvidaba de todo.
Había sido así desde que volvió a trabajar, lo cual le gustaba, porque recordar su cumpleaños era estar consciente del paso del tiempo y eso había sido una tortura durante su recuperación. Detestaba acordarse de aquello.
Habían sido tres terribles cumpleaños, cada uno más terrible que el anterior, pero todos contaminados por una enorme frustración, todos recordándole cómo había pasado otro año de su vida siendo una carga para Nico y poco más que un desperdicio para la sociedad.
Los primeros dos se fueron en la rehabilitación, y el tercero en la desesperada búsqueda de un empleo que parecía imposible conseguir, pues para cuando se recuperó, las reglas del juego en el mundo empresarial habían cambiado y sus años de inactividad bastaban para que nadie quisiera contratarlo a pesar de tener un currículum medianamente impresionante.
La crisis vino cuando el problema que ya representaban las cuentas se volvió casi insostenible. Nico podía amarlo todo lo que fuera posible, pero no podía cargar con los gastos él solo, y Lewis se preguntaba cómo era que su novio no lo odiaba o le recriminaba por vivir a sus costillas, por ser el parásito en el que su mala suerte lo había convertido.
Lo peor de todo, sin embargo, era saber que Nico no era feliz, no sólo por las dificultades económicas, sino porque desde el último año en la universidad, había descubierto, o tal vez sólo aceptado, que los negocios no eran lo suyo, pero nunca había cambiado de rumbo, primero porque no había tenido la fuerza para decidirlo y después porque, con todo el asunto del accidente y el desempleo de Lewis, no podía darse el lujo de empezar de cero en cualquier otra cosa que quisiera hacer. La comida, el techo y la salud se pagaban con dinero, no con satisfacción emocional.
Por otra parte, Lewis cada vez se acercaba más a la línea que dividía la tristeza y frustración profundas de la depresión. Jamás pudo entender qué lo mantuvo tras la línea, ni qué lo motivaba a levantarse de la cama todos los días para seguir funcionando, lo único que supo fue que a pesar de todo, no dejó de buscar empleo ni un solo día, aún cuando sentía que hasta la más mínima luz que había en su interior se estaba apagando de forma que parecía irremediable...
Qué mierda. Por esa razón prefería no acordarse de su cumpleaños y vivir en un mundo en el que no tenía por qué preocuparse del paso de otro año en su vida.
Decidió apresurarse a salir de esa maldita estación que tantos recuerdos estaba despertando y buscar de una buena vez las pastillas para su creciente dolor de cabeza. Atravesó la puerta principal sin volver a mirar el reloj sobre ella y unos instantes después se encontraba fuera del edificio.
Salió al principio de una enorme calle adoquinada, probablemente la principal del pueblo, a cuyos costados se encontraban varios comercios pequeños. Había una cantidad moderada de personas transitándola, muchas de ellas comprando y algunas pocas dirigiéndose a la estación del tren.
Era sorprendente la tranquilidad que se respiraba en ese lugar, la falta de prisa y la serenidad en los rostros de los lugareños que producían una sensación de suspensión del tiempo. Se perdían las ganas de correr, de retomar una rutina automática que a veces carecía de sentido. La vida en ese lugar debía ser tan apacible y tan distinta a la suya, que resultaba inevitable y casi lúdico imaginarse transitando por ese pequeño pueblo como si perteneciera a él.
Pero Lewis sabía que ése no era su sitio, saltaba a la vista por la forma en que su oscuro traje contrastaba con la luminosidad del paisaje o con las prendas claras de las personas a su alrededor. Hubiese sido más sencillo si solamente se tratara de la ropa, pero para él su traje oscuro representaba una decisión que había tomado hacía tiempo, una que tenía que ver con quién era, no con cómo vestía.
Había ocurrido un año después de que comenzó a buscar empleo, las vueltas de la vida lo habían llevado a solicitar un puesto en una empresa mediana donde se reencontró con un contacto que creía perdido, y éste, ya fuera por compasión o por genuino reconocimiento de sus capacidades, decidió darle una oportunidad.
Recordaba ese día como uno de los más importantes de su vida, uno que había terminado con él llorando de alivio mientras abrazaba a Nico, quien escuchaba atentamente su promesa de no volver a hacerlo pasar por las dificultades de los últimos tres años.
Luego de eso, las cosas mejoraron considerablemente: la empresa crecía a pasos agigantados y gracias a su excelente desempeño, Lewis fue ascendido un par de veces en muy poco tiempo, de modo que pudo llegar a ganar lo suficiente como para que Nico redujera sus horas de trabajo y se dedicara a buscar otro tipo de cosas que le dieran más sentido a su vida. Fue así como descubrió su amor por las flores.
En un principio sólo se trató de recordar viejos gustos olvidados, como el dibujo botánico, o la recolección, pero luego se convirtió en algo cada vez más importante, algo que no solamente llenaba sus ojos de brillo, sino también su mente de ideas, de proyectos a futuro y, sobre todo, de valor para por fin dejar de hacer algo que no lo apasionaba.
Entonces sucedió: una coincidencia vuelta encrucijada que los obligó a poner las cartas sobre la mesa, aún cuando ninguno estaba consciente de cuáles eran esas cartas.
Desde que las cosas iban mejor, Nico había estado ahorrando, y cuando reunió una cantidad que lo hizo sentir seguro, decidió renunciar a su trabajo; Lewis estaba feliz por él, e incluso lo llamó por teléfono para darle ánimos la mañana en que le informaría de su decisión a su jefe. Ese mismo día, el jefe de Lewis le ofreció encargarse del desarrollo de un proyecto en Birmingham, a donde tendría que mudarse durante un año y, si todo salía bien, quedaría a cargo de una sede de la empresa en esa misma ciudad. Era una gran oportunidad, por fin los astros parecían haberse alineado para él y para Nico. Nunca se había sentido más feliz.
Esa noche llegó a su departamento con una botella de vino para celebrar, y aunque al verlo llegar, su novio le preguntó mil veces a qué se debía, él prefirió esperar hasta la cena para soltar la bomba.
No había pensado mucho en la reacción que esperaba de Nico, pero estaba seguro de que no era la que recibió:
— Yo...yo no puedo ir a Birmingham, Lewis.
Quiso creer que era una broma, pero la expresión triste del hombre frente a él le hizo ver claramente que no lo era.
— ¿Q-qué? — preguntó incrédulo.
— Eso, que no puedo ir. Es que... implica muchas cosas y...no puedo.
— P-pero…¿por qué?, ¿qué cosas? No te entiendo. — y era genuino, algo que escapaba a su entendimiento estaba sucediendo en ese momento. Era como si alguien le dijera que los humanos podían respirar bajo el agua, como si una de las certezas que consideraba irrebatibles se acabara de desmoronar frente a sus ojos…y frente a los de Nico, que lucía tan desconcertado como él se sentía. ¿Qué estaba pasando?
— He estado pensando mucho...sobre tantas cosas, sobre cómo me siento y cómo estar mejor...no te lo había dicho porque estabas más ocupado que de costumbre, pero esperaba que pudiéramos hablar después…
— ¿Hablar de qué?
— De nosotros, del futuro...de lo que queremos.
— Lo que yo quiero es estar contigo, Nico.
Al decir eso recibió una mirada tan llena de ternura como de tristeza, se sintió como un niño al que están por explicarle una dolorosa verdad.
— Ya lo sé...pero también sé que quieres irte a Birmingham — dijo suavemente.
— ¡Contigo! — exclamó. ¿Cómo podía el otro estar tan calmado?, ¿se daba cuenta de lo que estaba sugiriendo?
— Pero yo no quiero ir. — aclaró con tanta firmeza que se sintió como un golpe — Te amo, quiero estar contigo tanto como tú conmigo, pero mudarnos a Birmingham… es casi lo opuesto a lo que había pensado.
— ¿Y qué es lo que habías pensado?, ¿qué tan diferente puede ser?
Mucho. Ésa fue la respuesta que obtuvo luego de escuchar a Nico. Y es que entre más lo escuchaba hablar, más comprendía que sus proyectos de vida se habían vuelto incompatibles.
Nico había pasado años haciendo algo que detestaba para mantener a alguien que amaba, se había sometido a un estrés que Lewis sólo podía imaginar, aunque las secuelas eran claras: ataques de pánico, aturdimiento y varios problemas de salud. Nico no estaba bien y vivir en una ciudad tan grande, bulliciosa y apresurada como Londres no estaba ayudando para nada. Su deseo más profundo era mudarse al campo, o a un pueblo pequeño y lejano donde pudiera gozar de toda la tranquilidad que necesitaba; sin embargo, estaba dispuesto a sacrificar ese deseo por Lewis, así que había pensado en buscar un departamento en las orillas de la ciudad o en algún barrio medianamente tranquilo, lo más tranquilo que se pudiera, uno donde fuese más fácil para él vivir con calma. Por eso mudarse a Birmingham era demasiado, no sólo implicaba abandonar su sueño de mudarse al campo, sino también exponerse a tener que conocer otra grande, bulliciosa y apresurada ciudad sufriendo de ataques de pánico, aturdimiento y problemas de salud. Mudarse a Birmingham era atentar contra sí mismo.
La situación de Lewis era totalmente distinta: él siempre había amado la ciudad y lo que hacía, sobre todo cuando la estabilidad había llegado por fin a su vida, por eso la propuesta de trabajo en Birmingham era como un sueño para él, el reconocimiento a una vida de esfuerzos, el último paso que debería dar antes de sentirse totalmente realizado.
Ahora bien, si le preguntaban por su deseo más profundo, diría que éste era poder seguir viviendo como lo hacía, en medio de una ciudad inmensa, no por su extensión geográfica, sino por todo lo que había en ella. Le gustaban sus luces, su ruido, su velocidad; le recordaban que estaba vivo y que una vez había estado a punto de no volver a disfrutarlos. Ser parte de algo tan grande y complejo le daba sentido a su vida.
Claro que todo lo anterior no significaba que no estuviese consciente de los problemas de Nico, sin embargo, siempre había creído que comenzaría a recuperarse lentamente después de renunciar a su empleo, que sólo era cuestión de tiempo, de paciencia y de amor. Pero estaba visto que nada de eso era suficiente.
Así había terminado todo, con dos hombres que se amaban despidiéndose en la estación de tren unos meses después, luego de haber aceptado que sus caminos iban a separarse irremediablemente.
Ese día, Lewis había llorado todo el camino hasta Birmingham e incluso después de llegar. Era la primera vez que emprendía un viaje con las certezas que siempre buscaba, pero sin la que más quería: la de que Nico estaba a su lado.
Semanas después una postal había llegado a su buzón, informándole que el hombre que más había amado en su vida, estaba instalado, tal como deseaba, en un pequeño pueblo, el mismo en el que, cuatro años después, el tren de Lewis rumbo a Manchester, había tenido que parar para una revisión.
Los recuerdos estaban resultando inesperadamente intensos, y eso no ayudaba en absoluto a su dolor de cabeza, de modo que se apresuró a buscar un lugar donde comprar algún analgésico. No tuvo que avanzar mucho sobre la calle principal para hallar uno, así que pronto estuvo estuvo pasándose una pequeña píldora con la mitad de una botella de agua, más por la repentina ansiedad que por la dificultad para tragar.
— Ya sabe que siempre lo hago. Gracias por preocuparse de todas formas. Vendremos a verlo más tarde. — escuchó. Su corazón dio un vuelco. ¿Podría ser…?
— Claro, para que Naila pueda llevarse más manzanas a escondidas, no creas que no la vi. — respondió con diversión la voz de un hombre mayor.
Entonces se oyó una risa. Su risa.
Lewis se dio la vuelta para buscar al emisor de ese sonido. Logró verlo en el momento justo en que se giraba de espaldas a él y echaba a andar por la calle, adentrándose más en el pueblo. Era Nico.
No lo pensó ni un segundo antes de seguirlo.
Parecía una sueño: el sol matutino iluminaba con intensidad el pueblo y él, vestido con un sencillo suéter holgado color blanco, más que reflejar la luz parecía irradiarla.
Sólo lo veía de espaldas, pero podía jurar que estaba tan hermoso como siempre, su precioso cabello rubio brillaba más de lo que lo había hecho antes, y había en su manera de andar tanta gracia y tranquilidad, que uno simplemente podía sentir paz al mirarlo. De eso estaba hecha la belleza, de una serie de elementos que se captan por la vista pero se sienten en el cuerpo y terminan peinando las aguas del alma como las de un lago quieto y silencioso.
Sonrió para sus adentros porque sólo Nico podía inspirarle ese tipo de pensamientos, nadie más lo había hecho hasta ahora.
Siguió caminando tras él, a una distancia segura que le permitiría ocultarse si es que se le ocurría voltear. No quería que lo viera, temía volver a encontrar sus ojos y no querer dejar de mirarlos jamás, arrepentirse de haber elegido la vida que había elegido, descubrirse vacío sin él.
Dieron vuelta en una pequeña calle y automáticamente la sombra de los edificios los cobijó un poco, pues la luz del sol venía del otro lado de las construcciones; la mayoría eran solamente de una planta, y fue justamente en una de esas en la que Nico entró.
Al ver la fachada del lugar, Lewis no podía decir que estaba sorprendido, al contrario, era lo más lógico del universo que el hombre que había estado siguiendo entrara ahí: ese lugar gritaba “Nico” por todas partes; sin embargo, o quizás por esa misma razón, lo que verdaderamente le inspiraba ese sitio era un profundo asombro, pues si bien tenía una sencilla puerta de cristal con marco de madera, a un costado de ésta, se extendía un enorme panel de flores blancas, azules y unas pocas rosadas, que cubría un ventanal cuadriculado casi del tamaño del muro. Seguramente, al otro lado del edificio había un ventanal similar por el que la luz del sol entraba con la intensidad suficiente para atravesar el lugar e iluminar desde dentro el panel de flores.
Boquiabierto, observó la luz que parecían desprender las flores blancas, así como los ligeros toques de sombra y color que producían las azules y rosadas. El espectáculo no podía ser más bello, o al menos eso creyó por un momento.
Poco después la puerta se abrió, por lo que Lewis dio unos pasos atrás para poder ocultarse en la esquina que había doblado poco antes; Nico salió llevando un par de macetas que colocó en el suelo a lado de cada esquina inferior del panel, y un banquillo alto que puso entre ambas para finalmente sentarse, alzar su vista al cielo y respirar profundamente en medio de la calma de la calle.
En ese momento Lewis supo que ese espectáculo definitivamente podía ser más bello, de una forma en que no habría podido serlo si ese hermosísimo ser humano no se hubiese colocado al centro.
Nico seguía siendo hermoso, y lo era tanto, con tanta luz desprendiéndose de él todo el tiempo, que casi parecía un ser etéreo, un sueño, como había pensado antes, alguien a quien no podía tocar, a quien nunca podría alcanzar, con quien nunca podría estar.
Era una locura, pero por un instante, Lewis estuvo cerca de preguntarse si todo aquello era real, si no seguía en el tren, soñando con el hombre al que había amado tanto y a quien había creído que nunca volvería a ver…
— ¡Nico! — escuchó de pronto — ¿Puedes venir? Están preguntando por un pedido de la semana en que no estuve.
La mujer que decía esas palabras acababa de salir del local, era muy bella y llevaba en brazos a una niña muy pequeña. Nico, que parecía estar absorto en sus propios pensamientos, pareció sobresaltarse al escucharla, pero enseguida se levantó del banco y caminó hacia ella, aunque con una discreta expresión de desconcierto en el rostro.
— Claro, Viv. — le respondió a la mujer mientras se apoyaba ligeramente en su hombro y se inclinaba para besar a la niña.
En ese momento Lewis sintió como si cayera de la pendiente más alta en una montaña rusa, después...después no supo qué sentir. Nico tenía una familia, una que no era él, una a la que él no pertenecía. ¿Cómo se suponía que se sintiera?
Pudo haberse quedado allí, completamente perdido, mirándolo hasta que descubriera cómo tomar lo que acaba de descubrir; pero entonces el otro, antes de entrar al local, hizo amago de girarse hacia donde él se encontraba, de modo que tuvo que esconderse tras la pared esperando no haber sido visto.
Era demasiado. Había bajado del tren por unas píldoras para el dolor de cabeza, creyendo que no esperaba encontrar a alguien tan importante en su vida, y ahora no sólo lo había vuelto a ver, sino que además acababa de descubrir que tenía una familia.
Su turbación no le dejó fuerzas para volver a mirar, seguía sin saber qué sentir, y temía que si se quedaba allí preguntándoselo, terminaría por enfrascarse tanto en sus pensamientos que perdería el tren. Así, tomó una respiración profunda para intentar tranquilizarse y echó a andar de vuelta a la estación.
Debía ser veloz, cuanto antes estuviera fuera del pozo de recuerdos en el que se había convertido ese pueblo, mejor para él. Necesitaba pensar, alejarse de todo y de todos para asegurarse de que todo estaba bien, como creía que lo había estado desde hacía algún tiempo, cuando ya se había acostumbrado a la ausencia de Nico.
Recorrió la calle principal, entró al edificio de la estación, se aseguró de no mirar más que al frente para evitar cualquier clase de catalizador de memorias innecesarias en ese momento, y justo cuando atravesó la puerta que lo sacaba al andén, escuchó algo que nunca creyó volver a escuchar.
— ¡Lewis! — gritó una voz a sus espaldas, la voz de alguien con el poder de tomar su corazón e inyectarlo de miedo, nerviosismo, emoción, alegría y calidez, todo en una fracción de segundo.
Primero se tensó, víctima de la explosión que sintió por dentro, después, consciente de que no había escapatoria, decidió enfrentar la situación, así que se giró lentamente sobre sus talones...y entonces lo vió. Su belleza vista de cerca era casi avasalladora, lucía incluso más joven que la última vez que se habían visto de frente, así como también más tranquilo. Era tan hermoso, aún recordaba cómo se derretía con sólo tocar su piel, o con mirar esos lindos ojos, esa nariz perfecta, esos labios definidos; recordaba cada sensación de su cuerpo al tener a Nico tan cerca y, sin embargo, eso no significaba que las sintiera en ese momento.
Las cosas eran distintas ahora, se sentían distintas, no de una mala manera, ni incómoda siquiera, simplemente diferentes. Esa pequeña sorpresa lo desconcertó, tanto que por un instante no supo qué decir, de modo que Nico aprovechó el momento para volver a hablar.
— ¿Te ibas a ir sin despedirte? — preguntó, sus ojos ligeramente cristalizados.
Lewis carraspeó, tratando de deshacer el nudo que comenzaba a formarse en su garganta.
— Sí. — admitió — Eso habría sido horrible, ¿no es cierto?
Se alegraba de seguir teniendo la fuerza para intentar bromear, pero estalló en emoción (internamente, claro), cuando vio una pequeña sonrisa asomarse en los labios de su interlocutor.
— De muy mala educación además — su expresión vaciló un momento — ¿qué...q- qué hacías por aquí?
— Mi tren tuvo que parar para una revisión y ésta era la estación más conveniente.
— Así que simplemente decidiste explorar el lugar. — afirmó, pero había en su voz un trozo de esperanza rota, como si hubiese deseado que Lewis lo buscara y se hubiese decepcionado al saber que no lo había hecho.
— En realidad sólo bajé por analgésicos — se sinceró — pero entonces te vi...
— Y decidiste seguirme. — completó Nico, dejando ver la alegría del descubrimiento en sus brillantes ojos.
— Sí.
Hubo un silencio que aprovecharon para apartarse unos pasos de la puerta y así dejar de entorpecer el flujo de gente en la estación.
— Me alegro de verte. — dijo el otro de pronto.
— Yo también — y Lewis se sorprendió de la sinceridad con que esas palabras salieron de su boca. Entonces recordó otra cosa que, ahora sabía, también le causaba alegría, entre algunos otros sentimientos más leves — Me alegro por eso y por...por la familia que tienes.
Jamás habría esperado el impacto de sus palabras, por eso fue tan grata la sorpresa de haber detonado ese destello de felicidad en los ojos de Nico, uno que expresaba todo lo pleno que se sentía. Eso bastó para aclarar sus dudas, para darse cuenta de que en esa historia no había lugar para el arrepentimiento. Nico era feliz y ésa había sido la única certeza que le faltaba para serlo también.
— Yo...no sabes cuánt…creí que n….gracias — expresó atropelladamente, revelando una gratitud más grande de la que Lewis esperaba recibir. Era como si hubiese dicho algo que el otro esperaba hacía tiempo. — Si un día quieres volver podríamos...podría...ya sabes, presentártelos. — hizo una pausa en la que pareció evaluar su reacción antes de seguir — Aunque te advierto que debes tener cuidado con Naila, tiene poco más de dos años y le encanta tomar lo que no es suyo, es igual que su padre de pequeño.
Ambos rieron, y eso bastó para acabar con cualquier rastro de tensión que hubiese quedado entre ellos.
— Volveré, Nico, y estaré encantado de conocer a Naila y a…
— Vivian.
— A Vivian. Bien, pues debemos buscar una forma de comunicarnos, ¿no crees?
— ¡Oh, claro! — exclamó emocionado antes de meter la mano en su bolsillo, sacar su billetera y extraer de ella una pequeña tarjeta de presentación para tendérsela — Ahí está el número del local y el de mi teléfono móvil. Llama o escribe cuando quieras.
Lewis tomó la tarjeta, observando los delicados motivos florales que la adornaban, y sonrió al leer:
Roseberg
Floristería
Entonces pensó que no había nada que combinara más con Nico que la vida que llevaba, y eso bastó para que un par de lágrimas se escaparan de sus ojos.
— Lewis…— escuchó, mas no retiró la vista de la tarjeta. — te extrañé.
— Y yo. — su voz opacada en un susurro.
— Pero eso...eso se acabó, ¿no es cierto?
Fue esa pregunta la que lo hizo levantar la mirada y dirigirla a los ojos que había querido volver a mirar hacía años.
— Sí — dijo sonriendo. — No vas a librarte de mi.
— Cuento con eso.
Se quedaron mirándose el uno al otro con una sonrisa en el rostro sin saber exactamente por cuánto tiempo. Disfrutaron del reconfortante silencio en que se sumieron y comprobaron el hecho de que la vida no sólo se trata de con quién hablas, sino también de con quién disfrutar callar.
De pronto, por los altavoces de toda la estación comenzaron a llamar a los pasajeros del tren que había sido sometido a una revisión. Era momento de irse.
Ninguno de los dos lo pensó mucho antes de abrazarse y juntos descubrieron cuánta falta les hacía.
Lewis volvió la vista hacia Nico antes de abordar al tren, ya que por la ubicación de su asiento no podría verlo por la ventana al partir. Se sonrieron una vez más antes de despedirse con un gesto de la mano.
Cuando subió al tren y mientras caminaba por el pasillo hasta su asiento, una nueva sensación se instaló en su pecho, una que estaba hecha de calidez y de un alivio que no sabía que necesitaba. Tomó asiento sintiéndose más ligero de lo que se había sentido en años y soltó un suspiro.
Entonces, sin saber muy bien por qué recordó la fecha. Tristemente, reconoció que siempre estaría plagada de recuerdos amargos que ni el reencuentro con Nico podría borrar, pero admitió también que lo que había obtenido ese día definitivamente había sido un excelente regalo.
Recordó la última vez que se había despedido de Nico en una estación de tren creyendo que se estaba despidiendo definitivamente, que su historia había llegado a su fin...y sonrió, quiso volver en el tiempo y decirse a sí mismo que se equivocaba, que sólo debía ser paciente, que estaría bien. Ahora sabía que aquello sólo había sido una pausa dolorosa, un momento de oscuridad y tristeza que por fin se terminaba. Ya no le hacía falta nada.
Ahora la vida podía continuar.
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Nota: Esta historia es una adaptación de A train to you (KyuMin OS), publicada en Wattpad en la cuenta de @offlinebyeol, a quien agradezco mucho que me permitiera adaptarla a Lewis y Nico :’)
¡Gracias por leer!
- LHJ