LA PARED

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COMEDIA ERÓTICA Tropes: el vecino - pareja interracial - un poco de hate to lovers Vivir en una ciudad como Washington D.C. es muy caro, así que cuando Onur encuentra un apartamento muy bueno con un precio muy bajo, sabe que tiene que haber algo muy malo allí. Ese algo malo es su vecino, demasiado grande, demasiado guapo y demasiado egoísta para molestarse en no despertar a Onur con los chillidos, jadeos y gemidos de los chicos que se folla. Justo contra la única pared que comparten los apartamentos. La de sus habitaciones. La Pared.

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PRÓLOGO

PUM

Abrí los ojos. El golpe había sonado contra la pared del dormitorio y, mi primer pensamiento, fue que mi vecino había tirado algo al suelo.

PUM

La pared volvió a temblar contra mi cama.

―No, por favor… ―murmuré.

PUM. PUM. PUM.

―No… ―fruncí el ceño y apreté los dientes, deseando que a mi vecino le hubiera dado por colgar un cuadro a las dos y media de la madrugada.

Entonces llegó el:

―¡Sí, sí, fóllameeee!

Gruñí con desesperación y me rodeé la cabeza con la almohada. No hizo demasiado por mitigar los jadeos, gemidos y gritos que llegaban desde el otro lado; y, mucho menos, las constantes vibraciones que causaba la cama chocando contra la pared a un ritmo cada vez mayor.

―¡Oh, joder, sí, sí, papi! ¡Dame duro!

PUM. PUM. PUM. PUM.

―¡Oh! ¡OH! ¡SÍIIIIII! ¡Destrózame el coñito!

Esa primera noche en mi nuevo apartamento, tuve el placer de conocer a Sr. Coñito. Un hombre con voz aflautada que gritaba demasiado, gemía demasiado, y tenía una enfermiza obsesión con considerar su ano un órgano sexual femenino.

No entendía muy bien el por qué.

Después, la segunda noche, conocí a Perrito Sumiso. A las tres de la madrugada, me despertó un repentino PUM contra la pared de mi habitación y el gemido más fingido y gay que había oído en mi vida.

Perrito Sumiso jadeaba como… bueno, como un perrito; y, juro por dios, parecía el actor principal de una película porno. A veces resultaba hasta violento ―más de lo normal, quiero decir―, porque no estabas seguro de si lo estaba disfrutando, o si en realidad le estaban haciendo daño. Había momentos en los que lloriqueaba y gemía como si le estuvieran matando.

Dos días después, tras una inesperada noche en calma, llegó el Vaquero.

PUM. PUM. PUM. PUM.

―¡Yeeeehwaaaw!

―Estás de puta broma ―murmuré, mirando el techo blanquecino de mi habitación.

―¡Móntame como a un puto potro, cabrón!

Llegado ese punto, mis esperanzas de que aquellas sesiones de sexo salvaje fuera solo algo puntual, se disiparon por completo.

Mi peor pesadilla se había hecho realidad: mi vecino era un follador empedernido y tenía cero respeto por los demás. La pared de su habitación, esa que compartíamos, debía estar agrietada y a punto de derrumbarse con la cantidad de hostias que le daba cada noche.

―¡Ahógame! ¡Oh, sí, méteme esa polla de caballo!

Me cubrí el rostro con la almohada y ahogué un grito.

No debería haber pagado seis meses de alquiler por adelantado.

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