COMO UNA DIOSA II

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Summary

Visitaré todos los inframundos hasta encontrarte, porque si yo soy el Olimpo, esto no ha acabado. El mundo se desmorona tras la Segunda Titanomaquia, pero la sombra de algo más oscuro amenaza con consumirlo todo. Isis, la hija de Zeus y la diosa egipcia Isis, debe enfrentarse no solo a los dioses que una vez llamaron aliados, sino también a las fuerzas ocultas de otras mitologías. ¿Por qué la arena es fría? Porque el hielo eterno del Helheim nórdico guarda secretos que Isis debe desentrañar. ¿Por qué todas las armas apuntan hacia el sol? Porque incluso aquellos que ama creen que ella es el enemigo. El destino de todos los dioses y mitologías está en juego, y la luz de Isis podría ser lo único capaz de salvarlos... o destruirlos.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Prólogo

Hace veinte años, durante la celebración del año 2002 d.T. (después de la Titanomaquia), las Moiras, conocidas comolas tres que son una, descendieron al Olimpo con un mensaje que resonaría en todos los reinos: Cielo, Mar y el Inframundo.

La reunión de los catorce dioses fue inevitable. Incluso entre las disputas y rencores, todos acudieron al trono en el Monte Olimpo. La profecía proclamada tenía un título temido:“La Segunda Titanomaquia”.

«Las profecías pueden cambiar», advirtió Hera, como una voz aislada entre el tumulto. Pero su consejo fue ahogado por la voz de Zeus, quien imponía su mando incluso cuando sus propios temores comenzaban a desbordarse. La profecía de las Moiras era clara para él:“El trono del usurpador caerá, y con él, el Olimpo sucumbirá a la oscuridad.”Desde su coronación, Zeus había cargado con esa advertencia. Su paranoia se mezclaba con su ambición, moldeando sus decisiones.

«¿Por qué engendrar semidioses cuando podríamos crear dioses poderosos que luchen por nosotros?», cuestionó Atenea, su mirada afilada como una daga. Los demás olímpicos, atrapados entre la lógica y la ambición, asintieron en silencio, compartiendo su inquietud.

Mientras las palabras de Atenea resonaban en la sala, Hades y Perséfone se retiraron sin pronunciar una palabra, sus sombras deslizándose por el Olimpo como un presagio silencioso.

Zeus, en su trono dorado, escondió su verdadera intención tras una fachada deequidad. Ordenó que los dioses descendieran al mundo humano para engendrar semidioses, seres destinados a crecer entre mortales, equilibrando el poder divino y garantizando un control más predecible. Pero en lo profundo de su mente, el rey de los dioses solo tenía un propósito:prevenir la aparición de un dios que pudiera superarlo.

El destino, sin embargo, tenía sus propios planes. Zeus eligió a Ío, una exsacerdotisa de Hera y antigua amante suya, como madre de su sucesor. Ío, marcada por un pasado de humillaciones, se mostró desnuda ante el dios, exigiendo su atención. Era imposible para Zeus resistirse: su cabello dorado, sus ojos azules, y su piel alabastrina parecían moldeados por las mismas manos que habían creado a Afrodita.

La unión solo avivó el odio que Hera sentía hacia Zeus. Para ella, aquella decisión no era más que otra excusa para sus infidelidades. Humillada y consumida por la ira, Hera encontró en la venganza su único consuelo. En un acto calculado, eligió a Epimeteo, un titán, como padre de su propia descendencia, desafiando las normas del Olimpo y, al mismo tiempo, golpeando directamente a Zeus donde más le dolía.

El veinticinco de diciembre del año dos mil dos, todos los dioses olímpicos recibieron a sus hijos. Todos, excepto Ío, quien enfrentó un destino distinto. Entre desgarradores gritos, dio a luz a una pequeña niña envuelta en rayos y arena ardiente. Ío, consumida por las energías divinas, pereció, dejando atrás a una recién nacida de piel bronceada, ojos ámbar y cabello castaño.

Zeus tomó a la niña en brazos, su mirada cargada de desdén. «No se parece a mí», murmuró con disgusto. «Tampoco a Ío». Como si eso no bastara, había nacido mujer. Enfurecido, estuvo a punto de reducirla a cenizas junto a su madre, pero una luz cegadora emergió del cuerpo sin vida de Ío, deteniéndolo.

De aquella luz surgió Isis, una diosa egipcia de imponente figura y porte regio. Sus ojos ambarinos se clavaron en Zeus mientras hablaba con una voz que destilaba autoridad:

—La viste nacer envuelta en tus rayos. Es tuya, no lo dudes.

Zeus, atrapado entre su furia y la evidencia divina, cedió a regañadientes. Sin embargo, las Moiras ya habían dictado su destino, uno que ahora temía con cada fibra de su ser. Para proteger su trono, Zeus y Isis llegaron a un acuerdo: el poder de la pequeña sería ocultado, y el mundo la vería como una semidiosa, hija de una simple humana. Pero Zeus no podía ignorar la amenaza que representaba.

Las palabras de Hera, ignoradas en su momento, cobraron peso años después, cuando las Moiras revelaron la verdad a Zeus: su hijanole arrebataría el trono. Hera, en un acto de ira y estrategia, asesinó a las tres tejedoras del destino, desencadenando el fin de los olímpicos.

Todos perecieron, excepto Hades y Perséfone, quienes, cansados del juego de los dioses, eligieron pasar su reino a su hijo, Daren, antes de sumirse en la oscuridad eterna. Hera, ahora aliada y luego traidora de los titanes, dio a luz a una titánide con un único propósito: destruir a Isis y erradicar la última amenaza a su propia venganza.

Así comenzó una nueva era, forjada en traiciones, profecías y un fuego que no podía extinguirse.

Soy Isis.

Hija del rayo y la magia.

El último vestigio de una época rota, la única sobreviviente de la Segunda Titanomaquia. Gané, pero en esa victoria perdí todo.

La guerra no solo destruyó el mundo que conocíamos; también destrozó mi corazón. Daren, mi amado, se fue con ella. Cada día cargo un vacío que ninguna hazaña ni poder pueden llenar. Extraño sus ojos, tan profundos como el cielo nocturno. Extraño su risa, el calor de sus abrazos, la música de su voz.

Extraño todo lo que nunca volverá.

Mis amigos, mi amor, mi familia... Todo lo que alguna vez me dio fuerza yace ahora en ruinas. El castillo donde compartimos nuestros únicos momentos de felicidad está reducido a escombros, las ruinas de nuestro amor, de nuestras vidas truncadas por el destino.

Cuando el silencio de la noche me envuelve, pienso en mi madre. La figura que siempre parecía inquebrantable, la diosa que, incluso en la más absoluta soledad, me hacía sentir protegida.

—Mamá, abrázame... —susurro al viento, como si el eco de mis palabras pudiera alcanzarla.

Pero incluso ella se ha ido. Y yo... estoy rota.

El último «te amo» de Daren retumba en mi mente, un recuerdo dulce y cruel que me hunde más en este abismo de tristeza. ¿Cómo puedo vivir sabiendo que nunca más veré su sonrisa? Que nunca más sentiré la calidez de sus manos ni el roce de sus labios. Mi cuerpo, mi alma... ya no me pertenecen, se fueron con él, con ellos.

Esta no es una historia de héroes ni de finales felices. Es una tragedia. Un amor y una amistad que se quedaron a medias.

A veces me dejo llevar por la desesperación.

—¡MALDITA SEA! —grito al vacío mientras lanzo una roca con todas mis fuerzas, como si así pudiera expulsar este dolor que me consume.

Pero la roca cae, y el vacío sigue ahí. Mis ojos se detienen en lo único que me queda de Daren: su piano.

Me acerco temblando, acariciando su madera desgastada. Está sucio, deteriorado, como todo lo que alguna vez amé. Con un suspiro, paso mis manos sobre él, usando mi magia para devolverle el brillo, para repararlo, al menos por fuera. Abrazo el piano como si pudiera sentirlo a él otra vez, como si sus brazos me rodearan una última vez.

Recuerdo cómo tocaba, cómo sus dedos danzaban sobre las teclas, creando melodías que llenaban la habitación de luz, incluso en los días más oscuros. Yo solía componer una canción mientras lo esperaba, soñando con un futuro en el que podríamos ser felices. La llaméNuestro paraíso.

Ahora, toco esa melodía entre lágrimas, dejando que mi dolor se derrame en cada nota. Extraño verlo, tocarlo, escucharlo. Mi corazón se rompe una y otra vez mientras me recuesto sobre las teclas, llorando hasta que el sueño me vence.

Mi Daren... Mi dios griego, dueño de mi corazón, alma y vida. Respiro tu recuerdo, lloro tus sonrisas, y sueño con nuestro reencuentro. Sé que nuestras almas volverán a encontrarse, porque no puedo aceptar un destino donde no vea tus ojos de nuevo.

El mundo está roto, como yo. Y aunque el amor debería haber sido suficiente, no lo fue.

—¿Mamá? ¿Estás ahí? ¿Podrías venir...? Por favor, abrázame... Dime que todo estará bien, que aún hay esperanza para mí. Dime que no soy un desastre, que no todo lo que pasó es mi culpa. Por favor, dime que no estoy sola... que alguien aún me quiere.

Te necesito, mamá. Ven, aunque sea solo por un instante. Mi corazón ya no puede más. Por favor, dime que estoy equivocada, que este dolor no será eterno... Dime que no todo está perdido.

Por favor, mamá... Solo ven.