Prólogo: Nos volveremos a ver
El aire olía a hierro.
Hagane Ryuga corría.
No utilizaba magia.
No había dimensiones, ni vacíos, ni convergencias.
Solo corría.
Su respiración era irregular. Cada paso hacía que la sangre resbalara por su uniforme roto. El dolor en el pecho ya no era una punzada: era una presencia constante, un peso que aplastaba cada intento de seguir avanzando.
No puedo pedirle más al árbol...
No queda nada.
Tropezó.
Sus manos golpearon el lodo húmedo.
Intentó levantarse.
Sus piernas respondieron con un temblor miserable.
Detrás de él resonaron unos pasos.
Lentos.
Firmes.
Sin prisa.
Como si su perseguidor ya hubiera decidido el desenlace mucho antes de empezar a caminar.
Ryuga volteó.
No alcanzó a distinguir un rostro.
Solo una silueta que avanzaba entre el polvo.
No...
No todavía.
Apretó los dientes y volvió a incorporarse.
Corrió otra vez.
Con lo único que le quedaba.
Su cuerpo.
Duró apenas unos segundos.
Un golpe seco le aplastó la espalda contra el suelo.
El aire abandonó sus pulmones.
Una mano tiró de su cabello y obligó su cabeza a elevarse.
Un filo frente a su garganta.
Ryuga levantó una mano para detenerla.
Sus dedos temblaron.








