Prólogo: Los Odio, Débiles.
El cielo de Elysara nunca había sido gris.
Las nubes flotaban teñidas de un dorado que no era del sol sino del lugar mismo. Los árboles crecían con la dignidad tranquila de lo que nunca ha conocido el hacha. Su padre componía música por las mañanas, melodías que salían flotando por la ventana y llegaban a todas partes sin que nadie las llamara. Su madre esculpía con luz: tomaba rayos de sol entre las manos y los doblaba hasta volverlos figuras que por las noches brillaban solas sobre la mesa del comedor.
No había hambre aquí. No había enfermedad. No había pérdida.
El creció entre todo eso.
Y un día se sentó en el centro del jardín, miró el cielo dorado, escuchó la música de su padre, y sintió algo que tardó en reconocer.
Nada.
Como intentar morder algo sin sabor. Como escuchar una canción que ya no llega a ningún sitio dentro de ti aunque sepas que es hermosa.
El cielo seguía dorado.
Y él seguía sin sentir nada.
Nadie notó cuándo empezó.
No había rabia. No había odio. Solo una pregunta que creció hasta ocupar cada rincón de su mente.
¿Qué se siente?
Cuando el Estado de Sobreesfuerzo despertó en él, llegó suavemente, casi con cortesía. Una corriente que subía por sus venas y le decía que podía. Que bastaba con querer.
El mundo respondió.
El fuego era blanco. Limpio. Del tipo que no deja nada reconocible detrás.
Los árboles desaparecieron primero. Luego las casas. Luego la música, que tardó más de lo esperado, como si el aire mismo la sostuviera un segundo más antes de rendirse.
Las figuras de luz de su madre ardieron en silencio.
Y entonces él lo sintió.
Desde un lugar dentro de él que había estado cerrado tanto tiempo que había olvidado que existía. No era alegría. No era alivio. Era algo más primitivo, que llenó cada rincón vacío de su pecho de golpe.
Diferente.
Alzó la vista al cielo, ahora gris, y gritó con una voz quebrada de pura emoción, la primera emoción real de toda su vida:
—¡¿Pueden verlo?! ¡Es hermoso! ¡Ahora todos nosotros… todos conocemos un nuevo sentir!
Nadie respondió.
No quedaba nadie.
Metió los dedos entre las cenizas y encontró lo único que seguía entero: una flor pequeña, perfecta. Algo cruzó su expresión. Fugaz. Desapareció antes de poder nombrarlo.
La guardó en el bolsillo.
Y empezó a caminar.
Delante estaba todo lo que aún no había destruido.