Relato
Como cada día, de nuevo son las 14.20h.
Como cada día, me he sentado en la misma mesa, la de la esquina de la cafetería. Junto a la puerta.
Como cada día desde hace más de quince años. Diecisiete si te gustan tanto los datos exactos, como a mí.
Como cada día, estoy esperando a que el reloj marque las 14.25h, para levantarme, ir hasta la barra, pedir el segundo café solo sin azúcar e irme al trabajo tras terminarlo donde me espera una apasionante jornada de trabajo, con los mismos compañeros desde que llegué por primera vez a los veintitrés, recién graduada en economía.
A lo largo de mi vida, me repitieron demasiadas veces que cambie la combinación de transportes públicos y use más el taxi; que puedo comer en un restaurante en lugar de en casa, sola, dado que termino a las 13.30h y dar después un paseo hasta la oficina para disfrutar del buen tiempo; que cambie de peinado o de maquillaje… pero soy animal de costumbres.
Me gusta la rutina.
¿Para qué cambiar?
Sobre la mesa, la pantalla se ilumina con una notificación y desbloqueo sin mirar, a sabiendas de que es un mensaje de mi marido.
Llegaré tarde a la oficina. La comida se está alargando. Te quiero.
Animal de costumbres… ¿No te lo he dicho ya?
Cada día, intentamos comer juntos pero o bien sus reuniones le retienen, o una llamada a destiempo de uno de mis clientes me aparta, o el colegio te avisa de que uno de los dos debe recoger al pequeño porque tiene fiebre y ha vomitado en el comedor o esa extraescolar de la mayor, hará que te retrases y no llegues a tiempo.
Nos parecemos tanto y a veces, somos tan diferentes… Alto, atractivo y triunfador, siempre con el traje impecable si está en la oficina y sus inseparables jeans desgastado si hoy no toca trabajar, con esas canas que ya le tiñen de nieve las sienes de un peinado que cambia cada cierto tiempo y ahora, le llega por debajo de las orejas. El que tiene siempre la palabra exacta para cada ocasión y persona, al que todos adoran, con los mismos amigos desde el colegio pero con un círculo cada vez más amplio…
¿Y yo?
Con el pelo siempre planchado o recogido en un moño, siempre con pantalones elegantes o un vestido apropiado y sobrio, el maquillaje perfecto y la boca cerrada porque prefiero pecar de prudente que hablar de más. A la que respetan pero no invita nunca a una copa al salir del trabajo. Con dos amigas incondicionales y la premisa de no hablar con nadie que no conozca, más allá de un hola, adiós, por favor o gracias… El sol y la luna nos llaman nuestros amigos, el matrimonio perfecto dicen otros... La rutina que trae el paso de los años, lo llamo yo. Casados desde los veinticuatro, dos hijos que nos torturan con la adolescencia y con la cifra que empieza por 4 tan reciente en mi último pastel de cumpleaños. No llevo bien los cambios.
Aquí llega mi segundo café. Y aquí llega el mismo camarero de cada día. Ese tan joven. Seguro que su madre le daba el pecho en el mismo instante en que crucé la puerta de la iglesia con mi impoluto vestido blanco.
—Lamento llegar tarde, aquí tiene.
Y como cada día, la misma frase cuando deposita el pedido sobre mi mesa, para acto seguido desaparecer por la puerta de los empleados, tras dejar sobre la mesa la cuenta con una cifra: 14.30h. Así se repite la misma frase, llueva o nieve, haga frío o las aceras se derritan por el sol. La misma frase, el mismo hombre, el mismo café. La verdad es que, para mí, es el mejor de la ciudad… o será que nunca cambié para probar otros distintos. Más costumbres...
Apuro las últimas gotas y mientras le contesto a mi marido, salgo sin despedirme para otra tarde de papeleos y conferencias con el extranjero, dando gracias de que no sean con vídeo, porque no soportaría tener que maquillarme y peinarme de nuevo como las niñas de recepción. Ni eso no va conmigo ni mi imagen distará mucho de la que me devolvió el espejo al salir esta mañana. La melena de tono chocolate, teñido la semana pasada, recogido sin un pelo que se salga de su sitio gracias a una nube de fijador. El maquillaje nude y los labios a juego, con ese labial permanente que descubrí hace siglos. El pantalón sin arrugas y la chaqueta a juego, hoy toca ir de beige.
Otro día más de esta rutina que tanto adoro.
Inexplicablemente, el metro hoy me deja antes en mi destino… vaya, un cambio... pienso al tiempo que reviso mi vestido. Sin arrugas. Perfecto.
Me siento en la misma mesa y dejo el teléfono sobre la superficie ya desinfectada, esperando a que me sirvan sin necesidad de pedirlo. Ya saben lo que necesito. Rutina. Cero cambios.
Minutos después, llega mi café y de nuevo lamenta el camarero llegar tarde, pero, ya que el día ha cambiado, cambiaré también yo. Apoyo los brazos sobre la mesa y llamo su atención.
—Disculpa... Cada día me dices lo mismo y en serio, no llegas tarde, tengo tiempo de sobra para tomarme el café, no llego tarde al trabajo ni mucho menos —le aclaro con la misma sonrisa que le dedico a todo aquel al que considero, únicamente, conocido.
—No me refería al café —responde mirando mi anillo. Miro mis manos y desvío la vista a las suyas. Siempre va en manga corta, aunque como hoy, llueva y sus brazos, cubiertos con tatuajes, roban mi atención hasta que vuelve a hablar —Me refiero a tu vida...
Muda.
Por una vez en mi vida, las palabras ya no brotan de mi boca como si de un torrente de lluvia se tratara cuando me siento segura. Mi móvil suena y ni siquiera lo miro. Recojo mis cosas, pero antes, me tomo el café hirviendo y salgo como alma que lleva el diablo. Las chicas de la recepción me miran extrañadas y murmuran entre ellas. Y yo, solo quiero perderme entre mis papeles y que se termine el día pronto, necesito llegar a casa.
¿Qué diablos me pasa?
14.30...
14.30...
14.30…
El mismo número, la misma frase. Cada día.
Han pasado cinco días, cinco interminables días de tomarme el café sin levantar la vista de la mesa, leyendo las noticias en mi teléfono para no ceder a la tentación de acercarme a la barra a por el periódico que ha pasado por demasiadas manos a lo largo del día y escribiéndole mensajes de amor a mi marido. Y la misma frase día tras día, hasta que hoy la ha cambiado. Se rompió de nuevo mi rutina...
—¿No vas a volver a mirarme? —Hace una pausa hasta que consigue que le mire, pero me arrepiento en cuanto vuelve a soltar la dichosa frase —Lamento llegar tarde, aquí tienes.
Le miro alejarse, me fijo en la arruga que le hacen los pantalones, algo caídos en el trasero, como los lleva la gente de su edad y en esos rizos en la parte de la nuca. ¿Cómo sería pasar los dedos entre ellos?
Tan ausente estoy en mis propios pensamientos, que no me doy cuenta de que ha vuelto y se agacha para susurrarme.
—¿Tienes las mismas ganas de besarme que yo a ti?
Derramo el café sobre la mesa y, nerviosa, busco una servilleta con la que arreglar el estropicio.
¿Qué parte de mi cerebro ordenó a mis manos temblar de ese modo?
Mi teléfono se estrella contra el suelo y mi camarero se acerca a la cocina con una sonrisa en busca de una bayeta para limpiar este desastre al tiempo que me agacho para averiguar dónde ha ido a parar la tarjeta de memoria. ¡Genial! No la veo.
Me he puesto de rodillas sobre el café y me ha mojado el bajo de la falda. ¡Mierda!
Corro al baño, y ahora sí, doy gracias al bendito Metro, porque podré limpiar la mancha y entrar decente a recepción, con lo que las niñas de la entrada tendrán que freír a críticas a otra. Siento joderos vuestro pasatiempo favorito. No, en realidad no lo siento. Mientras froto, se va haciendo cada vez más grande la mancha… perfecto, marrón sobre blanco, tal vez cree tendencia este año y todo, pienso distraída y mientras me empeñó en hacer desaparecer el fruto de mi torpeza, la puerta del baño se abre y yo, como las niñas pequeñas que piensan que al cubrirse la cabeza con la manta, el fantasma desaparece, me niego a mirar atrás.
—Aunque cuentes hasta diez mientras frotas, seguiré aquí. ¿Tan nerviosa te ponen las verdades?
No dejo que siga hablando, porque mi boca calla la suya mientras sus manos pelean con los botones de mi camisa. las mías, recorren su espalda, notando como con el contacto de mis dedos, su piel se eriza.
Me levanto sin decir nada, sentándome en el lavabo con la alegría de no haber optado por unos pantalones esta mañana frente al vestidor. Me mira a los ojos repitiendo una y otra vez, lamento haber llegado tan tarde, entre besos que muy pronto se nos van de las manos hasta sentir como entra en mí y sus manos se aferran a mis caderas para no perder el equilibrio.
Muerde mis labios con una suavidad que contrasta con la fiereza de sus embestidas. Temo que llegué a notar la sangre de su espalda bajo mis uñas, convirtiéndolas en la prueba irrefutable de que esto, no debería estar pasando.
—¿Por qué escribes 14.30 en cada ticket? —le pregunto volviendo a aplicarme el pintalabios, ese que prometen indeleble. Él, apoyado en la pared, vigila cada uno de mis movimientos y sonríe cuando me ve soltarme el pelo.
—Porque es la hora a la que sales cada tarde de la cafetería.
—Salgo a las 14.28h —replico a sabiendas de que necesito dos minutos para llegar a mi empresa, justo al lado. Sonríe de nuevo y recorre a paso lento, el escaso espacio que nos separa.
—¿Ves? Llego tarde de nuevo.
Cuando mi reloj marca las 15.40h, mientras mi conferencia con Japón se retrasa, mi marido entra en mi oficina, y tras un beso en la mejilla, me dice:
-Lamento llegar tarde...
-Tranquilo...Tú llegaste pronto.