Relato
No respondió al teléfono hasta el quinto tono.
Al otro lado de la línea, esperaba impaciente que no estuviera demasiado ocupada. Qué tontería. Para ella nunca lo estaba.
Dame un minuto, le pidió apartando con pereza las manos que agarraban sus piernas.
―¡Hola mi niña! ¡Dime!... ―pronto perdió ese tono alegre con el que había contactado tras salir de la cama ―¿Nena, estás llorando?
―Soy gilipollas ―consiguió entenderla entre sollozos y tratando de animarla, dijo lo primero que le vino a la mente.
―Mira, por fin lo conseguiste ¡Ya eres algo en la vida!
―Es por esas cosas que me gusta hablar contigo ―se rió aun sin ganas y tomó aire para continuar ―tengo que contarte algo muy fuerte.
―Espera que me siente… dime y no llores de nuevo que no te entiendo nada.
―Le he sido infiel...
―Frena... ―le pidió alejándose hasta llegar al salón, para sentarse frente a la ventana ―¿Tú? venga ya...
Se ajustó la sábana al cuerpo. No era agradable que los vecinos cuchichearan al pasar por la calle. Al otro lado de la línea, su amiga buscó un rincón en la oficina alejado de oídos indiscretos.
―Sí, yo… quien lo diría. Y necesito sacar esto que llevo dentro porque creo que me estallará la cabeza… Solo escucha y cuando termine, me respondes.
Silencio.
Vía libre.
―No sé porque lo he hecho, lo nuestro es perfecto, bueno… ¡Él es perfecto!
Nadie lo es, pensó su amiga, que callada, esperaba su turno.
―Son ya diez años juntos y cada día tres, sin falta, me llegan a la oficina seis rosas blancas, una por cada día que tardé en decirle que saldría con él... Cada mañana me manda un mensaje para decirme que le gustaría haber visto mi cara al abrir los ojos, pero se conforma con mi sonrisa en una fotografía, esa que sobre la mesilla le recuerda la suerte que tiene por tenerme a su lado. Cuando sabe que trabajaré hasta tarde, se pasa por mi casa para dejarme la cena preparada, porque odio cocinar y los sándwiches van que vuelan. Mis padres le adoran, a veces hasta pienso que le quieren más a él que a mí… y mi hermana le dice que cuando se quede viudo, se casa con él...
―Qué cabrona.
Ambas rieron.
Ambas suspiraron.
―Es por todo eso, que me siento tan mal, porque no tendría que haber pasado, pero ya sabes… Yo paso muchas horas en el trabajo y casi no nos vemos… y dicen que el roce hace el cariño y...
―¿Y?
―Y... mi ayudante se quedó conmigo la noche del inventario...nos pusimos a hablar de la empresa al principio, de los viajes que tenemos pendientes, de las cosas que haríamos si nadie pudiera enterarse nunca… y me dijo una cosa que me hizo mucha gracia:
¿Si te ofrecen dar una vuelta en un Ferrari, la rechazas?
Yo le contesté que no me gustan los deportivos, pero él me miró, se rió y entendí que no me estaba hablando de coches. No te imaginas como me puse. Más roja que en toda mi vida y le contesté que yo estaba muy contenta con mi coche familiar y no me apetecía dar vueltas en un Ferrari, por nuevo que fuera. A lo que él me respondió: No te están pidiendo que compres el coche nuevo, solo te ofrecen una vuelta sin compromiso… y me besó… y yo… no le rechacé, solo me aferre a sus labios para calmar una sed que desconocía tener. ¿Sigues ahí? ―preguntó dado que esperaba algún tipo de reacción a pesar de haberle pedido silencio.
―¿Eh? sí, perdona. Es que me cuesta creerlo.
―Lo sé, aún estoy en una nube. Pero eso no es lo peor. Sé que solo fueron besos, pero ahora cada vez que él me toca, desde aquel día,
solo pienso en que esas no son las manos que deberían desnudarme, que los labios que van recorriendo mi vientre en dirección a la cuna de mi deseo, no son los que corresponden. Que la piel que se funde con la mía y penetra en mi ser, no es la que yo espero. Y que los gemidos han dejado de ser reales, para disimular la tristeza que me provoca su ausencia.
―¿Vas a dejarle? ―preguntó tras dejar que las palabras reposaran y su mente, diera forma a una pregunta clara.
―No… Son 10 años juntos, no quiero echar por la ventana lo que tanto me costó construir por una obsesión pasajera… Se me pasará, supongo. No le merezco ―ambas callaron. Una sumergida en el recuerdo de una única vez y la otra, en las palabras que quedarían apartadas al rincón de las malas decisiones ―Bueno mi niña, hablamos, que ya es muy tarde y querrás irte a almorzar. Me toca seguir con lo mío. Te quiero.
―Te quiero. Chao.
Volvió sobre sus pasos, pensativa.
No, no te lo mereces...mereces a alguien mejor...
―¿Con quién hablabas? ―preguntó desde la cama, abriendo las sábanas y dejándole espacio para retomar lo que no habían terminado.
―Con tu novia...