Capítulo 1
LA ENAMORADA
— Conocí su muerte —
Berlín, 2003
Alemania
En ocasiones se sentaba sobre su cama a contemplar la blanca transparencia de su piel, con las manos frías y sudadas, sosteniendo un cigarrillo liado entre los labios. Era aquello sólo un rito lo suficientemente largo como para, finalmente, caer rendida y dormirse. Infinidad de veces se preguntó por qué tales cosas le sucedían: se acariciaba las piernas, las miraba —subiendo desde los pies hasta las rodillas—, y dejaba ir un suspiro; no por tristeza ni angustia, sino por temor. Temía a las sombras que atravesaban sus paredes; aquellas que venían por la noche con la intención de preservar un sueño que no requería ser guardado. Obtenía, con ello, un anhelo que, durante las tardes posteriores, pareciera querer consumirla; y, así, al caer nuevamente la noche, la dejaba muda, pálida, ojerosa… quemando cigarrillos de mota, uno tras otro, sosteniéndolos con los dedos temblorosos; todo cada Domingo.
—Alejandra, no sabes cuidarte —le espeta alguien; de pie, apoyado en una pared de su cuarto.
Ella se vuelve y mira hacia allí, pero no hay nadie. Sabe, sin embargo, que alguien ha pronunciado su nombre desde aquel rincón; desprende los labios del cigarro y vuelve a revisar el dormitorio, con cierta desaprobación.
«No sé cuidarme sola», piensa; y vuelve a aspirar el humo del tabaco, de un pitillo ya extinto.
Trata, entonces, de seguir con su día; pero no lo consigue.
—¿Por qué han de consumirse tan rápido? —se cuestiona, hundiendo los dedos en el cenicero; antes, incluso, de haber agotado la breva que tenía en la mano—. Quisiera tener un cigarrillo eterno, posándose en mi boca cada vez que acerco las manos.
Está mareada.
Se acuesta y deja que las horas pasen. Se encuentra tendida sobre la cama. La ventana, a su derecha, le permite ver la arboleda del parque y las luces amarillas de los faroles recién prendidos. La oscuridad, lentamente se adueña de su dormitorio, entrando por los resquicios; y ella se encoje, acurrucándose, desnuda sobre la colcha cárdena, protegiéndose de lo que aún no entiende.
—Esta lúgubre manera de vivir, esta recóndita humorada... Te arrastra, Alejandra, no lo desmientas. Hoy te miraste en el espejo y te viste triste; pues, yacías sola. La luz rugía, el aire cantaba; pero, tu amado, ya no estaba.
Alejandra recita estos poemas, sabe que su nombre está maldito.
«Barbitúricos», espeta para sus adentros.
Se atusa frenéticamente el cabello —con los dedos— y siente como el terror se apodera de ella, cubriéndole el alma.
—¿Por qué con barbitúricos? —se repite, murmurando—. ¿Por qué en silencio?
No puede olvidarlo.
Un lívido pavor la atrapa y la obliga a permanecer quieta sobre el lecho, esperando; aguardando un disparo; deseando que el viento termine de colarse por los resquicios de la puerta golpeando sin ritmo las cortinas, que se agitan y azotan las paredes.
Está paralizada, sudando sobre la frazada. Se observa las manos, pálidas y frías, y ruega que nada empiece sin ella, que no se haya vuelto a perder la diversión.
Observa a través de la ventana, con horror; pero, no encuentra nada. Está desilusionada. Le grita al sol: por abandonar el día; por demorar en hacerlo; por el tiempo perdido. Se pregunta por qué el astro rey emerge cada mañana entre los orificios agrietados y húmedos de su persiana, y no obtiene respuesta. Sabe sólo aquello que siente. No le gusta pronunciar palabra alguna y apenas pronuncia ya su nombre. Se siente tan sola. Está tan sola. Supo, sin embargo, lo que era sentirse feliz. Contempló, en una ocasión, con la cabeza en alto, por encima de sus hombros… y, en lugar de las sombras, hallaba sus ojos: los de aquel hombre. Por esto ahora se odia. Por tal cosa se pasea por el cuarto como una tonta; llena de preguntas, escudriñando respuestas entre libros, deseando asestarle al sol con una bala de plata y descubrir, al fin, que quizá sea mejor así.
El vendaval de su pasado inicia un ataque, nuevamente. Se mece ella, se balancea. Las sábanas ondean a los pies de la cama y contempla las paredes blancas; percatándose, entonces, de que son demasiado claras, que su color es una infamia hacia ella, que alguien las ha pintado, eliminando las manchas, lustrándolas como espejos; y ella odia los espejos. Ese rostro suyo es el rostro de la mujer que se desperdició, que perdió en el amor. Es el rostro de la mujer que él ya no ama.
—¡¿Cómo puedes quererte, Alejandra?! ¡Cómo puedes quererte! —se grita.
Pero, se quiere.
Se golpea con una mano en la rodilla: se ha herido esta mañana, y escuece. Se duele, de nuevo. Y aprieta, y refriega su mano contra la magulladura. Quizá de tal modo, luego, ya no duela tanto. Pero el dolor persiste, como el insomnio… y la angustia.
—¿Quieres venir conmigo? —le pregunto yo, a su lado.
Ella está desesperada. Sabe que ha borrado su número de la memoria —el de aquel hombre—; de su mente y de su teléfono. No quiere llamarle a berridos estando sola, ni telefonearle.
Mira el teléfono. Lleva ahora el de su madre, y en él no tiene su número.
—Deberías reírte un poco más de ti misma, Alejandra. Te haría bien —le digo.
Pero es tarde.
Escogió ser un fantasma. Cuida su rostro para que el sol no lo alcance. Se pinta los ojos con dos líneas negras. Y es tan necia. Tan simple. Tan niña. Tan asustadiza.
Se queda sobre la cama, y no dice nada.
—Recuerda aquel día, hace cinco años —insisto—. Lo miraste… y creíste que también él vagaba como un espectro; pero, te equivocaste. En esa época no estabas condenada. ¿No lo comprendes? —hago una breve pausa y engullo saliva—. Alejandra… te estoy reclamando, te estoy llamando. Y… no lo entiendes.
—Es tarde —suelta ella.
—Eras más joven. Cinco años más joven. Y sus ojos se tachonaron en los tuyos. Te dijo que se iba; y tú, sin pensarlo, corriste hacia él tratando de salvarte a ti misma. Porque sí, Alejandra, aún entonces querías salvarte.
Ella se incorpora, despegándose de la almohada, pone los pies en el suelo y se levanta; y ambos paseamos por el corredor de su casa.
—No era tan blanco tu rostro. Tus labios eran más rosados… y sanos. Tu mirada, sin embargo, era la misma que hoy soporto sólo porque aproximarme a tu tristeza me hace sentir bien. Pero, tú… te lanzaste a sus brazos.
Regresamos al dormitorio, y la conduzco nuevamente hasta su lecho de penas.
—Quédate, Alejandra; no te precipites hacia la locura. Ya llegará. Llegará de su mano o llegará de la mía. Es sólo cuestión de tiempo —prosigo—. Los que más sabemos sobre la verdad cruel… más hemos de sufrir, ¿recuerdas? Te lo susurré en una ocasión... en un restaurante elegante, y caro. Estaba yo ebrio… —suspiro—. ¡Qué deleite! Tus labios colorados por el vino tinto y las trufas. Y tú… mirándome con la mirada ciega y hablándome de tu amor por él —me detengo, esta vez para expulsar un pungente resuello—. Eres tan frágil que siquiera yo soy capaz de recomponerte. Te observo. Veo como te derrumbas en mis brazos —un ligero carraspeo me sobreviene; pues, duele revivirlo—. Me contaste sobre aquella vez que te desnudaste en el balcón, entre macetas en flor, de madrugada. Estabas… extasiada; colmada. No querías entender lo que realmente ocurría. Te tomó él de la cintura y te miró profusamente a los ojos… y te atravesó su agonía, su inocencia. ¿Lo comprendiste entonces? No. No existe la maldad. Existe sólo el miedo. Estaba él aterrado, entre tus brazos. Y aprendiste tú a temerle a todo. Aflojaste, bajaste la guardia. Tus piernas pálidas y amoratadas se abrieron; y, ahí amancebada, en cueros, sujeta a la baranda, rodeada de tiestos con flores, sus manos acariciaron tus senos. Sus labios fueron recorriéndote, deslizándose por tu cuello y tus clavículas, hacia tus pechos; presionando con firmeza tus pezones, mordiéndolos, hasta hacerlos sangrar. Y lo miraste a los ojos, desafiándole.
»«¡Tiene que quererme!», te dijiste; afianzándote en tal idea.
»Y aceptaste la visita de una parte de él; encandilada con la extensión de sus ojos y los recodos de las comisuras de sus labios —otro suspiro mío—. Era él pálido, tus facciones lo eran también. Por aquel entonces, ambos vestíais de negro: los labios negros, las uñas negras, los dientes blancos y relucientes bajo las encías macilentas, cianóticas… Todo lo sé —Me lastima relatarle todo esto. Y a ella le da igual—. Duele, Alejandra. A ti. A mí. Sabes que duele. Lo agarraste, y te mantuviste aferrada a sus caderas, desprovistas éstas ya de ropa, contemplando su piel translúcida: las venas púrpura marcadas en su torso, sus ojos en los tuyos, y tu pelvis rozándose en ávidos movimientos contra él. Le clavaste las uñas en las nalgas, perdidamente ajada; como ese cigarro —se lo señalo—. Caísteis al suelo y le rodeaste con tus piernas. Rasgabas con tu mano en su cuello, arrebatada, y le mordiste. Te sostuvo él. Apresó tus muslos y embistió con rudeza. Le rogaste que parase. Y te preguntó él, entonces:
»—¿Quieres que pare?
»Lo abofeteaste, completamente ida. Lo acercaste más a ti, asida tú a su torso, con las manos en su espalda... y le obligaste a continuar. Sus temerosos ojos te respondieron con frialdad y supiste que era él quien mandaba, hicieras lo que hicieras.
Alejandra siente como la pasión la conmueve y se adueña de su cuerpo. Siente deseo por aquel otro hombre. Aunque, quizá también sienta deseo por mí; y por esto se me acerca, insinuándose.
Pasa sus manos por mi rostro y se apresura en despojarse de su ropa y querer deshacerse de la mía.
—Desvístete; déjame ayudarte. No quiero hacer el amor... mientras estés así de borracha —le digo. Pero… ella insiste, asiendo mis manos y poniéndolas sobre ella, para que siga yo—. Mírame, Alejandra. Te estoy desnudando. No quiero hacer esto sin ser consciente.
—No me voy a acordar de nada —contesta ella, al tiempo que se va quitando todo a tirones—. ¡Ya! —clama cuando está lista, apartando la colcha e introduciéndose en la cama.
Me acuesto a su lado y la abrazo. Me da un puntapié, y un codazo.
—¡Te conozco! No caeré en tu vicioso y rutinario juego de siempre —asevero. Apreso con firmeza sus brazos contra sus costillas; le doy la vuelta, la pongo boca abajo y separo sus piernas.
—¡Alejandra! ¡Te merezco! —expreso—. ¿Lo entiendes?
—¡Sí! —responde ella.
—¿Estás segura?
—¡Sí!