Prólogo
Es jueves por la noche y el sol aún brilla con todo su esplendor, como lo hará durante los próximos 2 meses. Sin embargo, un frío helado se cuela entre las calles de la ciudad. En la casa de los Carpenter, el hijo varón ha encendido la chimenea con maestría, colocando unos cuantos leños de madera y prendiéndolos como todo un experto. Poco después, el crepitar de la madera consumiéndose lentamente por el fuego empieza a hacerse audible.
La casa está sumida en un silencio absoluto, tanto que se pueden escuchar claramente las pisadas de quienes la habitan en este momento. Varias cajas apiladas se amontonan en un rincón de la sala, listas para ser cargadas en el camión de mudanza y solo se ha dejado los muebles cubiertos por sábanas. En el sofá de la sala, Derek está sentado junto a su madre, quien revisa el pronóstico del clima para el viaje de mañana, mientras su padre va arrojando algunas facturas viejas al fuego.
El teléfono celular de Derek comienza a sonar, mostrando en la pantalla el nombre de quien llama: “Osa”. El celular sigue sonando y vibrando, casi parece que baila sobre la palma de la mano de su dueño. Derek desliza el dedo índice sobre la pantalla y contesta la llamada.
―¿Dónde estás? ―pregunta con ansiedad.
―Estoy cerca. ¿Mamá ya preguntó por mí? ―responde con cierto tono de impaciencia.
―¿Realmente preguntas algo tan obvio? ―mira a su madre, quien le dirige una mirada con el ceño fruncido―. Será mejor que te apresures.
Se escucha un golpe seco al otro lado del teléfono.
―¿Qué fue eso?
―¿Qué fue qué? ―se hace desatendido - Dile a mamá que no demoro en llegar, estaré ahí en una hora.
La llamada se corta de golpe.
Coloca el teléfono en modo vibración y lo guarda en el bolsillo trasero de su pantalón. Se agacha y mete la mano en los bolsillos del pantalón de su víctima, buscando con tranquilidad y sin apuro. Finalmente, encuentra algo pequeño, sólido y plano: la tarjeta de memoria de una cámara, con dimensiones de 4x4. Continúa revisando los bolsillos y encuentra algunos billetes, los cuales tira a un lado. Después de revisar meticulosamente cada bolsillo, se levanta del suelo.
―Realmente eres un estúpido. ¿Pensaste que con esto iba a ceder?
La respiración entrecortada y unos gemidos apenas audibles llegan a los oídos del monstruo, quien baja la mirada y examina detalladamente el cuerpo de su víctima. La cara está llena de moretones, tiene un labio partido y una ceja con una raja de la que brota sangre. La ropa está hecha jirones y el estómago ha adquirido un tono rojo intenso. Su víctima, agonizando por el dolor, murmura apenas unas palabras entre sus dientes cubiertos de sangre. Esto causa gracia al monstruo.
―Eras bastante lindo. Lástima que no sepas usar la cabeza - dijo señalando su propia cabeza -. Es una pena que el cazador termine siendo cazado.
―…..
―¿Qué? ¿No te escucho? Aunque tengo una idea de lo que dices
―….pudrete…maldita psicópata cof cof
―Ja, ja, ja es lo mas divertido que me has dicho ja, ja
Se ríe a carcajadas. La hilaridad es tal que pronto siente un dolor punzante en el estómago y se agarra con ambas manos. Después de unos segundos de risa descontrolada, se endereza y vuelve a adoptar el mismo rostro inexpresivo de antes. Su mirada, en sus ojos de color verde esmeralda, refleja la frialdad y la falta de humanidad de un ser vacío y carente de emociones. Le propina una patada en la cara con tal fuerza que lo deja inconsciente.
Se aleja del lugar, uno de los muchos callejones que serpentean por los suburbios populares de la zona, marcados como peligrosos debido a la presencia de delincuentes que los frecuentan. Estos callejones han sido etiquetados como ‘lugares de mala muerte’ por la comunidad. Mientras tararea la canción ‘Psycho’ de Muse, observa la memoria en su mano. Ese pequeño trozo de plástico contiene suficiente evidencia de sus actividades nocturnas en los rincones más oscuros de la ciudad. Casi arruina el futuro de su pequeña flor de primavera. ‘Yo te protegeré, mi flor’, piensa el pequeño monstruo, casi como un juramento de caballero.
Al salir del callejón, divisa un taxi libre estacionado a dos cuadras de distancia. Se dirige hacia él, lo aborda y le pide al conductor que lo lleve a casa. Mira por la ventana y nota que el cielo aún brilla con intensidad.
―Es un gran día, ayer hacía bastante frío ―dijo el conductor con entusiasmo.
―¿Cómo le ha ido hoy? En días como este, nuestro negocio suele ser excelente. La gente tiende a salir mucho los días festivos, aunque a veces las calles se vuelvan un poco solitarias ―explicó, disculpándose después―. Perdón, tiendo a hablar mucho, pero soy bastante hablador.
―No se preocupe ―respondió con amabilidad―, usted es bastante agradable.
El conductor miró al pasajero a través del retrovisor mientras este soltaba la coleta y dejaba caer su larga cabellera sobre sus hombros. La apariencia le pareció hermosa y no dudó en decírselo.
―Señorita, con todo el respeto que usted se merece, déjeme decirle que es bastante hermosa ―dijo el conductor sin quitar la vista del volante.
―Gracias ―respondió ella.
Luego, volvió su mirada y notó una mancha de sangre en un costado de su rostro.
―Disculpe, pero me parece que tiene manchada la cara con algo rojo.
―Oh, qué descuidada, gracias ―dijo ella mientras se limpiaba con el dorso de la mano y le dirigía una sonrisa amable al conductor, agregando las siguientes palabras―: Hubiera sido un problema si él la hubiera visto, seguro me metería en problemas.
―Ya veo... yo me llamo Andrés ―dijo él mientras conducía―, mucho gusto. Sabe, usted me recuerda a mi hija, es tan hermosa como un ángel. Pero debe tener cuidado, afuera hay gente muy perversa, nunca sabes con quién tratas, aunque claro, usted no. Usted parece una señorita muy amable.
Aquel comentario tan amistoso le causó algo de gracia. El taxista resultó ser realmente alguien muy agradable, lo suficiente como para no desear matarlo.