Alquilado - CHARLOS

Summary

La irresistible atracción que sentía por su jefe hizo que se dejara seducir por él. ¿Qué hacía la foto de su becario en la página web de una agencia de mujeres y donceles de compañía? Carlos Sainz no sabía qué le sorprendía más, si su doble vida o su impresionante foto. ¡Había mantenido bien ocultas sus fantásticas curvas! Él necesitaba mantener a raya a su exprometida, y Charles Leclerc podía ser la mejor protección que el dinero podía comprar. Charles se indignó cuando Carlos, su intransigente jefe, se enfrentó a él. No tenía ni idea de que su foto aparecía en Internet. Pero el cheque que el hombre había dado había sido cobrado y reclamaba sus servicios, que incluían un fin de semana en Grecia… a solas con él.

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
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Age Rating
18+

Capítulo 1

Carlos Sainz, estudió el anillo que tenía en la mano; la frustración destelló en sus ojos negros. Sus bellos rasgos se tensaron con orgullo. Sujetaba el anillo de compromiso Sainz que, hasta hacía muy poco, había adornado la mano de su futura esposa, Mia Hernández.

Irónicamente, Mia no había enunciado un solo reproche sobre los términos del acuerdo prenupcial que le habían presentado a su abogado. En vez de eso, tras dejar el acuerdo sin firmar, Mia había empezado a estar irritantemente ocupada y distante, pero su resentimiento había triunfado al final, culminando en un anuncio público de que el compromiso se había roto y la boda quedaba cancelada. Y, desde entonces, Mia había ido de fiesta en fiesta por toda la ciudad, acompañada por un guapo millonario.

Carlos era consciente de que Mia le estaba lanzando un guante que esperaba que recogiera. Suponía que él se pondría celoso, pero no había sido así. Suponía que se sentiría avergonzado, pero no lo estaba. Suponía que la deseaba tanto que olvidaría el contrato prenupcial, pero él no iba a olvidarlo. No, Mia estaba jugando a perder, porque Carlos nunca se casaría con una mujer o doncel sin antes asegurar sus bienes con un acuerdo prematrimonial. Era una lección que había aprendido bien en las rodillas de su abuelo.

Su padre se había casado cuatro veces y sus tres increíblemente caros divorcios habían diezmado la fortuna familiar de los Sainz. El abuelo de Carlos había enseñado a su nieto que el amor era innecesario en un matrimonio con éxito, y que los objetivos y principios en común eran más importantes. Carlos nunca había estado enamorado, pero había sentido lujuria a menudo. Mia, una mujer de gran belleza, había alimentado su necesidad de perseguir y poseer, pero nunca se había engañado creyendo que la amaba. De hecho, antes de declararse, había evaluado el valor de Mia como si fuera una inversión. Había reconocido la ventaja que suponía tener un pasado similar; había admirado su perspectiva poco sentimental, su excelente educación y sus dotes como anfitriona de la alta sociedad. Pero, se recordó a sí mismo, había subestimado la intensidad y fuerza de la avaricia de su prometida.

Carlos metió el anillo en su caja y está en la caja fuerte, molesto por los meses que había desperdiciado con Mia, una mujer obviamente indigna de ser su esposa.

Él tenía treinta años y estaba más que listo para casarse y formar una familia, estaba harto de aventuras casuales. No se había dado cuenta de que encontrar una esposa o esposo supondría un reto, y empezaba a preguntarse cómo iba a evitar una escena en la boda de su hermana Blanca, dos semanas después; Mia era una de sus damas de honor. Mia se encolerizaría al ver que Carlos no intentaba, al menos, recuperarla. Disfrutaría siendo el centro de todas las miradas en la boda y buscaría una confrontación. Pero Carlos no quería que nadie avergonzara o molestara a su hermana pequeña en un día tan especial. La única forma de evitar ese peligro era llegar con otra mujer o doncel del brazo; Mia era demasiado orgullosa para montar una escena si estaba acompañado.

Pero, a esas alturas, no sabía dónde iba a encontrar a una mujer o doncel que actuara como pareja suya durante un fin de semana de festejos familiares. Una persona que no intentara atraparlo en una relación y que no diera a la invitación más significado del que tenía. Además, tenía que ser una mujer o doncel que, aun así, fuera capaz de aparentar que tenía una relación íntima con él, porque solo eso mantendría a Mia a distancia. Se preguntó si existía esa persona perfecta.

– ¿Carlos? –uno de sus directores ejecutivos entró con un ordenador portátil bajo el brazo–. Tengo algo divertido que enseñarte, ¿estás de humor?

Carlos no estaba de humor, pero Fernando era un buen amigo, así que forzó una sonrisa.

– Claro – afirmó.

– Veamos... –Fernando puso el ordenador en la mesa, lo abrió y giró la pantalla hacia Carlos–. ¿Lo reconoces?

Carlos estudió la foto de un deslumbrante doncel, con el pelo rubio y los ojos de un color azul cielo, que lucía un traje de fiesta. Ofrecía su risa a la cámara.

– No, ¿debería conocerlo?

– Echa otro vistazo –lo urgió Fernando–. Lo creas o no, trabaja para ti.

– De eso nada, me habría fijado –afirmó Carlos de inmediato. Era demasiado bello–. ¿Qué hace su foto en Internet? ¿Estás metido en Facebook?

Fernando, divertido, negó con la cabeza.

– Estoy metido en una página web que anuncia una empresa llamada Acompañantes Exclusivos. Es una agencia de servicios de compañía para profesionales, muy exclusiva –dijo, poniendo los ojos en blanco.

– ¿Utilizas mujeres o donceles de compañía? – Carlos arrugó la frente y curvó su sensual boca con expresión de disgusto.

– No me importaría utilizar a este rubio –dijo Fernando, con una mirada lasciva, eludiendo la pregunta.

– Has dicho que trabajaba para mí –Carlos enarcó una ceja de color ébano.

– Así es, becario en prácticas con un contrato de tres meses, en esta planta. Charles... trabaja como investigador para tu asistente personal.

Carlos, atónito, volvió a centrar su atención en la pantalla.

– ¿Ese es Charles? –preguntó con incredulidad, rememorando la imagen del joven en el trabajo: pelo rubio alborotado, gafas sobre la nariz, ropa pasada de estilo. Aún con el ceño fruncido, Carlos centró su atención en las pequeñas manchas que había en las mejillas del rubio, y recordó que el investigador tenía las mismas marcas en sus mejillas –. ¡Diablos, sí que es él! ¿Este pluriempleado como acompañante?

– Es evidente. Pero lo que a mí me gustaría saber es por qué se viste como un patito feo cuando viene a trabajar aquí –le confió Fernando–. Según la página web, se llama Marc.

Carlos abrió su ordenador y pulsó varias teclas para acceder a la lista de personal. Al parecer Charles tenía como segundo nombre Marc. Así que, por increíble y extraño que le pareciera, era el mismo doncel.

– ¿No crees que mejora un montón cuando se arregla? –Fernando soltó una risita lujuriosa.

Carlos no habría descrito al becario en prácticas como un patito feo, pero tenía que admitir que las pocas veces que lo había visto el doncel había conseguido irritarlo.

«Un poco de azúcar no hace daño a nadie», le había dicho un día, al llevarle el café, fuerte y sin azúcar como a él le gustaba.

«Los modales hacen al hombre», se había burlado, cuando él salió por una puerta delante del doncel y casi chocaron en el umbral.

Pero había notado que tenía unas piernas increíblemente largas, de esas que un hombre se imaginaba rodeando su cintura. Un acompañante, rumió pensativo, un doncel cuya compañía estaba disponible a un precio.

Si se arreglaba como en la foto, sería un caramelito de lo más presentable colgado de su brazo y, además, tendría que cumplir con sus expectativas. Posiblemente no fuera consciente de todas las cláusulas de su contrato de empleo temporal; una de ellas especificaba que no podía hacer nada que pudiera dañar la reputación de la empresa. Y un lucrativo negocio como acompañante de hombres ricos no podía considerarse respetable.

Él nunca había utilizado un servicio de compañía, ni se habría planteado hacerlo en circunstancias normales, pero en ese momento le gustaba la idea de contratar a un doncel que lo acompañara a la boda de su hermana. No tendría que pedir favores a nadie, ni fingir interés por un doncel o mujer por quien no sentía nada. Además, no habría lugar para malentendidos: él pagaría a Acompañantes Exclusivos y el doncel haría lo que le pidiera. Cuanto más lo pensaba, más le gustaba la idea; estaría bajo su control, igual que lo estaría un robot.

Charles tragó un bostezo con dificultad mientras Alana, la asistente personal de Carlos Sainz, le daba detalles exhaustivos sobre la empresa que quería que investigara. Con una mano, se frotó la pierna dolorida, que siempre lo incomodaba cuando pasaba demasiado tiempo en pie. Su pierna derecha había resultado gravemente dañada en un accidente de coche cuando tenía doce años, y Charles había pasado mucho tiempo incapacitado, al principio en una silla de ruedas y después lo bastante fuerte para utilizar muletas. De hecho, si no se hubiera sometido a cirugía experimental privada nunca habría vuelto a caminar sin ayuda; seguía sintiéndose tan agradecido por la cirugía que no solía dar la menor importancia a los dolores ocasionales.

Por desgracia, su cansancio hacía que le resultara virtualmente imposible concentrarse y, no por primera vez, Charles se maravilló de haber sido capaz de creer que un trabajo en prácticas, sin sueldo, sería la solución perfecta para su crisis de desempleo. Tras pasar meses con un contrato temporal en la biblioteca local, Charles había estado dispuesto a probar cualquier cosa para poner en marcha su carrera. Sin embargo, había saltado de la sartén al fuego. Aunque tenía varias amistades que trabajaban sin sueldo para añadir experiencia a su currículum, todas ellas contaban con apoyo financiero de sus padres.

Charles no era tan afortunado en ese sentido. A pesar de estar licenciado en Empresariales, la crisis económica había reducido los puestos de trabajo, y los pocos que había iban a solicitantes con las habilidades y saber hacer que solo se obtenían gracias al trabajo práctico. Tras innumerables solicitudes sin éxito, Charles había aceptado que necesitaba experiencia para mejorar sus oportunidades. Al principio se había alegrado enormemente cuando consiguió la plaza de prácticas en Corporación Sainz, una de las empresas de software más agresivas y de más éxito de Londres.

Como nunca había vivido en la gran ciudad como adulto independiente, al principio no había sido consciente del reto que supondría llegar a fin de mes. Y entonces Marilú, la madre a la que hacía mucho tiempo que no veía, se había puesto en contacto con él y le había ofrecido su habitación de invitados. Charles había aceptado gustoso la oferta de un alojamiento barato sin el que no habría podido aceptar el empleo. En ningún momento había pensado que su madre podía tener un motivo ulterior al invitarlo a su casa. Ingenuamente, Charles había agradecido la oportunidad de llegar a conocer a la madre a la que había visto por última vez cuando tenía doce años. Desde esa edad, Charles y sus dos hermanos habían sido criados por su hermano mayor, Sergio, en el Distrito de los Lagos y, aunque era consciente de que a Sergio no le había gustado nada el plan de que viviera en Londres con su madre no había interferido; se había limitado a advertirle que Marilú podía ser «difícil». Sin embargo, la palabra «difícil» no empezaba siquiera a describir los problemas que estaba teniendo; Charles deseó para sí no tener que enfrentarse a otra interminable pelea cuando llegara a casa.

Su primer inquietante descubrimiento tras mudarse a vivir con Marilú había sido que su madre se ganaba muy bien la vida con una agencia de señoritas y señoritos de compañía por Internet. Más impactante aún había sido el empeño de Marilú en que se uniera a su lista de acompañantes y se ganara así la vida. Cuando Charles se había negado e insistido en trabajar Charles le entregaba cada penique de sus míseras ganancias, seguía enfadado e insatisfecho con su hijo.

Tal vez, lo más desalentador para Charles había sido darse cuenta de que su madre no lo quería, no tenía ningún deseo de conocerlo mejor y no se arrepentía en absoluto de haberlo dejado al cuidado de su hermano mayor cuando tenía doce años.

Había sido una curva de aprendizaje pronunciada y dolorosa que había ayudado a Charles a entender que había ido a vivir con su madre con la esperanza de retomar una relación que solo había existido en su mente. Por desgracia, Marilú no era una mujer maternal. Sus hijos no eran sino subproductos de relaciones que habían ido mal; y daba la impresión de que Marilú nunca había conseguido forjar vínculo alguno con ellos.

– Ah, Alana... –dijo una voz grave y acentuada desde el umbral–. La reunión está a punto de empezar. Charles puede ocuparse de levantar el acta.

Charles se giró en redondo, y sus mejillas se sonrojaron cuando miró la alta y fuerte figura de Carlos Sainz. El empresario tenía un perfil muy popular en las mejores publicaciones empresariales y él lo había leído todo sobre el hombre mucho antes de empezar a trabajar en su empresa. Era impresionante en fotografía, pero más atractivo aún en persona: su altura, envergadura y el reluciente cabello negro de punta en la espalda con flequillo que enmarcaba su rostro pálido llamaban la atención incluso en una multitud. Era más alto que la mayoría de los hombres, algo que Charles solía notar, porque él medía un metro setenta y siete y el señor Sainz le sacaba al varios centímetros. Era innegable que tenía el carisma y el aspecto que ninguna mujer o doncel habría sido capaz de ignorar, junto con los rasgos perfectos de un ángel caído.

Había leído que su madre había sido una famosa actriz italiana con ascendencia española y que era igual que ella, incluyendo los ojos negros como la noche sin luna que en ese momento lo escrutaban de arriba abajo como si fuera comestible y el hombre se muriera de hambre. Atónito por la comparación y por la intensidad de su escrutinio, Charles se tensó y alzó la barbilla, intrigado; Carlos nunca lo había mirado así antes. Pensó que la mirada de su jefe quizás ilustrara el extraño estado de humor del que Alana lo había advertido, sin duda consecuencia de la ruptura de su compromiso, que nadie se había atrevido aún a mencionar delante del hombre.

– Por supuesto –le contestó Alana, ecuánime. La mujer morena, delgada y eficiente, de cuarenta y pocos años, se levantó del asiento y siguió a su jefe.

Carlos echó un vistazo a su presa, Charles, y se preguntó cómo sería la primera sonrisa que le ofreciera. Estaba acostumbrado a que las mujeres y donceles le sonrieran, no a que lo retaran con la cabeza alta y ladeada y el ceño fruncido. Sin embargo, algo le resultaba familiar en el doncel, alguna cualidad que le producía la sensación de haberlo visto o conocido antes en algún sitio.

Esa sensación lo irritaba; era muy consciente de que el doncel no se movía en su círculo social y, de hecho, provenía del algún lugar del norte. Pensó que tal vez lo hubiera conocido cuando actuaba como acompañante de alguien a quien él conocía. Sin duda era una posibilidad. Se preguntó, con cierto desagrado, cómo se había involucrado en ese tipo de vida a su edad. Pero, ingenuo o no, sabía que las mujeres y donceles de gran belleza podían llegar a conseguir riqueza y un estilo de vida envidiable dedicándose a esas cosas. De hecho, si llegara a conocer al hombre rico adecuado y a casarse con él, Charles tendría la vida resuelta.

Carlos había aprendido, siendo muy joven, que la mayoría de esas mujeres o donceles utilizaban su belleza como una herramienta, que esperaban que jugara a su favor y les procurara un trato especial. Su propia madre había pertenecido a ese grupo; Charles Leclerc no tenía por qué ser distinto. Lo observó tomar notas durante la reunión, fijándose en las tenues sombras que rodeaban sus ojos y en su delicada piel. No creía haber visto nunca una piel tan perfecta excepto en los niños.

El doncel tenía la barbilla apoyada en la mano, y el ángulo de su cabeza definía la curva de su cuello y la delicadeza de su mandíbula. Lo maravilló no haberse fijado en la calidad de su belleza antes. Pero sus ropas anticuadas dos tallas más grandes y las feas gafas actuaban como un disfraz que impedía fijarse en primera instancia en el delicioso mohín de su boca carnosa de labios rosados, o en que los ojos que había tras las lentes eran de un asombroso azul cielo. A Carlos lo asombró comprobar que estaba teniendo una erección al imaginarse esos labios frunciéndose solo para él. Se preguntó con cuántos hombres había utilizado ese truco como parte de sus deberes de acompañante, y eso cortó su excitación en seco; aunque no se acostaba con mujeres y donceles inocentes, sentía una aversión innata al sexo por dinero, conocía el precio muy bien.

– Charles no está disponible. Está muy solicitado –lo había informado la voz del otro lado de la línea, cuando llamó a la agencia–. Puedo ofrecerle a Jasmine, o...

– Tiene que ser Charles –había interrumpido él–. Es el único que quiero. Haré que le merezca la pena aceptarme como cliente.

Y después Carlos había negociado, una habilidad que dominaba a la perfección. Había vuelto a comprobar que, pagando un precio, podía conseguir lo que quisiera, incluyendo al nunca disponible Charles, que en ese momento se estaba quedando dormido sobre la mesa, frente a él. Había obtenido sus servicios para el fin de semana, y había pagado un precio enorme por ese privilegio. Lo divertía que el doncel no fuera consciente de ese hecho, pero también lo maravillaba que un doncel pudiera vender su tiempo y atención de forma tan irresponsable, a desconocidos que podrían abusar de su confianza. Sus pestañas curvas rozaban sus mejillas, y tenía los hombros caídos, hundido en el asiento. Él estiró una pierna bajo la mesa, encontró su pie y le dio una patadita. El doncel se despertó de golpe, entreabrió los labios y enrojeció de vergüenza, mientras lo miraba con sus grandes ojos azules. Él se preguntó a quién habría entretenido la noche anterior y si el sexo había formado parte de la ecuación. Nueve de cada diez hombres esperarían sexo por lo que él había pagado por sus servicios. Se preguntó qué pensaría Charles al respecto y también qué sentiría él... aunque, no, nunca llegaría a ese punto, porque la mera idea lo desagradaba.

Charles se encontró con unos ojos de un negros que le recordaron a una noche sin luna ni estrellas y, de inmediato, perdió la capacidad de respirar y sintió como su miembro se removía bajo su pantalón. Lo asombró esa respuesta sexual, porque hacía mucho tiempo que no se sentía así. Charles rara vez reaccionaba a los hombres atractivos, porque en su experiencia eran vanos y egoístas. Era muy quisquilloso, tanto que aún no había tenido un primer amante, aunque había estado muy cerca de perder la virginidad en la universidad, cuando se enamoró. Por supuesto, esa relación se había ido al traste en cuanto Antony lo miró y dijo «Me cuesta creer que voy a acostarme con un doncel que es la viva imagen de George».

Esa asombrosa admisión había golpeado a Charles donde más le dolía, aplastando su confianza y su fe en el amor que el hombre le había prometido. Ser el hermano de un supermodelo y, aún peor, su gemelo, a menudo había tenido el efecto de que Charles se sintiera como si no tuviera identidad o individualidad propia. Una y otra vez, los hombres habían hecho que se sintiera como una copia imperfecta o sustituto de su exquisito hermano. El parecido entre ellos era tal que, para evitar la humillante asociación, Charles solía disimular sus mejores cualidades y evitaba la compañía de su gemelo.

En ese momento se preguntó qué tenía Carlos Sainz para afectarlo así. Bajó los párpados y lo estudió por entre las pestañas, con el corazón desbocado. No sabía por qué el hombre lo había mirado así. Su compromiso se había roto y volvía a ser libre, pero tenía que estar jugando a algo. Los hombres, en general, no veían más allá de la ropa sencilla y poco favorecedora que llevaba. Además, físicamente, su ex prometida era completamente distinta de él: hermosa, con clase y vivaz, como una princesa. Alzó la barbilla y le devolvió la mirada.

A su pesar, Carlos sonrió para sí. Tenía valor y eso le gustaba, le gustaba mucho.

– Lo espero en mi despacho, en cinco minutos –le dijo con voz fría, apartando la silla y alzándose en toda su estatura.

– Supongo que quiere comprobar las actas. Espero que les hayas seguido el ritmo – comentó Alana–. Ha habido un momento en que temí que te estuvieras quedando dormido.

– Podría haber ocurrido – Charles hizo una mueca. «Pero tu jefe me despertó de una patada».

Saber que Carlos Sainz había notado que se estaba quedando dormido hizo que se estremeciera; tal vez fuera eso de lo que quería hablarle. Nunca antes se había molestado en hablarle excepto de paso, y siempre le daba instrucciones a través de Alana.

– ¿No hay forma de que puedas dejar el trabajo de camarero? –preguntó Alana en voz baja.

– Por desgracia no, pero solo me quedan unas cuantas semanas de trabajo aquí – apuntó Charles. Se alegraba de haber sido sincero con la mujer respecto al hecho de que tenía que hacer dos trabajos para sobrevivir.

– Ojalá que las muchas horas que pasas aquí tengan su recompensa –comentó Alana.

Por el tono de su voz, Charles adivinó que Alana veía pocas posibilidades de que le ofrecieran un puesto a tiempo completo en la empresa. Lo cierto era que Charles no había confiado en que el puesto en prácticas fuera a proporcionarle un trabajo permanente, pero había tenido la esperanza de equivocarse. Sabía que lo más probable era que ofreciesen el puesto que él dejase a otro becario o becaria. ¿Por qué iba un empresario a contratar a personal con sueldo cuando había montones de jóvenes dispuestos a trabajar gratis, solo por la experiencia?

Charles entró en el despacho de Carlos por primera vez y miró a su alrededor. El mobiliario y las obras de arte eran de estilo contemporáneo; una decoración opulenta en la que no se había escatimado ningún gasto. Pero Carlos Sainz no tenía necesidad de hacerlo. Era un genio del desarrollo del software y un hombre de negocios excepcional; él solo había creado una empresa internacional a partir de un programa superventas, que había desarrollado antes de salir de la universidad. Se había convertido en un hombre inmensamente rico siendo aún muy joven.

– Cierra la puerta –ordenó Carlos con voz grave.

Era un hombre muy masculino, aun sin tener en cuenta su tamaño físico. Su virilidad era patente en su estructura ósea, en sus ojos agudos y en la autoridad y seguridad con la que hablaba. Aunque estaba perfectamente acicalado, no tenía nada de metrosexual. Bastaba con ver a Carlos Sainz con la camisa arremangada sobre sus fuertes antebrazos, la corbata aflojada y el botón del cuello desabrochado mostrando su piel bronceada, para saber que era un macho puro, de una forma en la que pocos hombres se atrevían a serlo.

Charles cerró la puerta y se volvió hacia el hombre. Sintió un estremecimiento cuando, tras recorrer su alto y esbelto cuerpo, se encontró con sus ojos, agudos e inteligentes. Pensó que eran unos ojos bellísimos. Su cuerpo lo traicionó de inmediato, como si ese hombre hubiera encontrado una grieta en su coraza y lo hubiera agrandado; su miembro se removió dentro de sus pantalones, lo cual le resultó incómodo.

– Señorito Leclerc –dijo Carlos, observando cada uno de sus cambios de expresión–. ¿O puedo llamarte Charles?

– Charles me parece bien –murmuró el doncel, casi sin aliento.

– ¿O prefieres Marc?

– No utilizo ese nombre –dijo Charles, desconcertado al oírlo utilizar su nombre segundo nombre.

– ¿No? –una ceja de color ébano se arqueó como si lo hubiera sorprendido. Después, inclinó la cabeza sobre el ordenador portátil.

A Charles le alivió tener ese momento para recuperar la respiración mientras observaba la luz de la ventana destellar sobre su espeso cabello negro. No sabía qué le estaba ocurriendo, pero deseó poder volver a poner en marcha su cerebro. Era un hombre guapo, sí, pero eso no lo impresionaba. En su experiencia, los hombres guapos solían saber que lo eran y se ofendían cuando una mujer o doncel no los admiraba. Sin embargo, Carlos Sainz no le daba la impresión de pertenecer a esa categoría. En su escala de valores, Charles tenía una importancia tan minúscula que seguramente le daría igual cómo reaccionara. En realidad era su propio orgullo el que se sentía herido por su nerviosismo ante el hombre. Un doncel adulto no perdía su capacidad de razonar ante un hombre atractivo, al menos si pretendía que lo tomara en serio como empleado en una oficina ejecutiva que, en gran medida, seguía siendo parte de un mundo de hombres.

– No, no utilizo ese nombre, nunca lo he hecho –proclamó Charles con una sonrisa forzada, recordando que solo podía haber sacado ese nombre de su solicitud de empleo porque solo lo utilizaba en documentos oficiales. Tal vez lo recordaba porque era poco usual.

Carlos Sainz alzó la cabeza con una leve sonrisa e, inexplicablemente, esa sonrisa heló a Charles hasta la médula.

– Eso no es cierto, ¿verdad?

Charles, paralizado ante su escritorio, parpadeó rápidamente. Sentía vibraciones que lo advertían de una amenaza, aunque no sabía cuál podía ser.

– ¿Disculpa? –preguntó con incertidumbre. Había perdido el hilo de la conversación.

Es mentira que no utilices el nombre Marc –declaró Carlos, haciendo girar su portátil para enseñarle la pantalla.

Charles se quedó boquiabierto cuando vio la foto. La incredulidad recorrió su cuerpo de arriba abajo; no podía imaginarse cómo una foto personal suya había acabado en Internet, a la vista de cualquiera. Se lo habían sacado en su fiesta de graduación, en una de las raras ocasiones en las que se había arreglado y lucido ropa bonita, olvidando su cautela habitual. La foto seguía estando en su cámara digital o, al menos, eso había creído.

– ¿Qué es eso? ¿Dónde has encontrado esa foto? –gimió, horrorizado.

– En la página web de la agencia Acompañantes Exclusivos –contestó Carlos. Se dio cuenta de que Charles se ponía pálido, y experimentó un inesperado pinchazo de remordimiento, porque parecía realmente devastado por su descubrimiento. Se dijo que eso demostraba que tenía la útil habilidad de ser buen actor en situaciones difíciles.

– ¿Acompañantes Ex… Exclusivos? –tartamudeó Charles. Esa era la empresa de su madre, y sabía que solo ella podía haber hecho que colgaran su foto en esa página web. Anonadado, contempló la imagen con el corazón en un puño, preguntándose cómo podía haberle hecho eso Marilú. Su madre sabía que no quería tener nada que ver con su negocio–. ¿Cómo la has encontrado?

– No porque yo estuviera visitando la página –aseveró Carlos con voz seca–. Otra persona que trabaja aquí, llamó mi atención sobre este asunto.

Charles sintió náuseas. Se preguntó cuántos empleados más lo sabían. Se encogió de vergüenza al pensar que había gente que creía que trabajaba como acompañante fuera del horario de oficina. Quizás todos sus compañeros de trabajo hablaban de él a sus espaldas. Atenazado por la humillación, maldijo el día en que se había instalado en casa de su madre. ¿Qué diablos hacía su foto en la página web si él no trabajaba como acompañante? Lo malo era que nadie le creería cuando alegara su inocencia.

– Eres tú, ¿no? –lo presionó Carlos Sainz.

Charles apretó los dientes y asintió con la cabeza, eso era imposible negarlo.

– Pero no es lo que piensas...

– Deja que sea yo quien decida lo que pienso –murmuró Carlos con voz cristalina.

– ¡Esto no es asunto tuyo! –protestó Charles, dejando que su vergüenza diera paso a una súbita oleada de resentimiento.

– Me temo que sí es asunto mío –lo contradijo Carlos –. Tu contrato de empleo con esta empresa estipula que no se te permite hacer nada que pueda dañar la reputación de la empresa, y yo diría que anunciarte como señorito de compañía en Internet incumple esa norma.

Charles palideció. No podía creer que la estúpida acción de su madre hubiera puesto en peligro su empleo, pero entendía que cualquier empresario considerara esa asociación de muy mal gusto.

– Me ocuparé de ello –afirmó, apretando los labios con determinación.

– ¿Cómo te ocuparás de ello? –preguntó Carlos con curiosidad, clavando en el doncel sus ojos chispeantes. Su mirada se detuvo en su carnosa boca. Deseó arrancarle las gafas para que queden al descubierto esos impresionantes ojos azules como el cielo de verano. La mayoría de las mujeres y donceles se esforzaban para sacar el mayor partido posible de su aspecto; no tenía sentido que Charles ocultara su belleza como si fuera algo de lo que avergonzarse. Para luego desvelarlo ante un acompañante. Tal vez había temido que alguien de la empresa reconociera la foto y se diera cuenta de que llevaba una doble vida. Era la única explicación posible para su disfraz.

– Haré que retiren la foto de la página web. No tendría que estar ahí –declaró Charles a la defensiva–. No trabajo como acompañante...

– Pero es obvio que tienes relación con la agencia –señaló Carlos, divertido por su vehemencia, por su interés en persuadirlo de que había cometido un error. Tenía pocas posibilidades de triunfar en su objetivo, dado que había reservado y pagado por sus servicios.

Charles no quería admitir la degradante verdad: que su vínculo con la agencia de servicios de compañía era su madre.

– Te prometo que me ocuparé de ello, y que esa foto será retirada lo antes posible.

– Si tienes un contrato de empleo con la agencia, no será tan sencillo –la advirtió Carlos, empujando una tarjeta de visita hacia el doncel –. Puedes ponerte en contacto con este abogado si necesitas consejo o asistencia en ese sentido.

– No hay ningún contrato. Ya te lo he dicho... no trabajo como acompañante – repitió Charles, rojo como la grana, porque sabía que no le creía y no podía culparlo por ello. La foto estaba en una página pública. Se sentía mortificado por toda la conversación, pero también sorprendido por que le hubiera ofrecido un contacto legal que lo ayudara a romper contratos que no existían. Por fortuna, el único vínculo de Charles con Acompañantes Exclusivas, era el vínculo de sangre que lo unía a su manipuladora madre–. ¿Por qué no se está ocupando de este asunto Recursos Humanos? –preguntó.

– Me pareció que era algo que requería atención inmediata, sin propagar la noticia por toda la oficina.

– Gracias –haciendo acopio de autocontrol, Charles apretó los dientes–. Te lo agradezco de verdad –le dijo con toda sinceridad.

– Tómate el resto del día libre para ocuparte de esto –sugirió Carlos, sorprendiéndolo con su consideración–. Le diré a Alana que tienes mi permiso.

Totalmente desconcertado por su generosidad, Charles se puso rígido. Pero lo cierto era que agradecía la oportunidad de ir directa a casa y enfrentarse a su madre, porque no era un asunto que estuviera dispuesto a ignorar.

– Una puntada a tiempo, ahorra ciento –murmuró Charles entre dientes. Le airaba y avergonzaba no poder limpiar su nombre, pero, por otro lado, se alegraba de haber descubierto que su foto aparecía en esa página web, para poder exigir que fuera retirada.

– ¿Ese es otro de tus refranes? –sarcástico, Carlos enarcó una ceja.

– Hablaba conmigo mismo –rezongó Charles, sonrojándose. Había adquirido el hábito de recitar refranes en la infancia, y solía decirlos sin pensar cuando estaba nervioso o sentía aprensión.

Cuando salió de su despacho, Carlos pensó, con cinismo, que todo iba bien. Charles había reaccionado tal y como había esperado: intentando negar la verdad. Aun así, haría que retiraran la foto de la página web y rompería sus vínculos con la agencia, lo que encajaba de maravilla en sus planes. No quería que nadie descubriera que se hacía ver con una señorito de compañía; una vez la foto desapareciera de la página web, el riesgo de que eso ocurriera sería mucho menor.